Blue Stoli Martini

Arruinada, sin marido, sin hijo, sin amigos y sin Hamptons. El mundo de Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen, 2013) se había derrumbado completamente. Sin embargo, ella siguió siendo fiel a dos de sus caprichos (o no tan caprichos) de su antigua vida,  su Birkin de Hermés y el Stoli martini.

El Stoli martini es una variante muy simple del dry martini. En vez de verter ginebra en la copa, debidamente perfumada con vermú, se sustituye por vodka. Pero no por cualquier vodka, debe ser Stolichnaya. De ahí, ¡tachán!: Stoli Martini.

“What the hell are you drinking? Let me see. What is this? Is it vodka?” Le pregunta un buscavidas.

 “Martini”.

Me gusta Jasmine, me gusta mucho, porque como diría Loriga  es una de esas “mujeres pertenecientes no a una clase superior, sino a un mundo distinto”.

De la película hay que sacar dos conclusiones.  La primera es que si te vas a comprar todo el juego de maletas de viaje de Louis Vuitton, nunca le pongas tus iniciales, porque si tu marido es un estafador no te van a dar mucho por ellas cuando tengas que venderlas para saldar deudas. La segunda es que nunca hay que preguntar a una mujer por su edad.  No porque sea una falta de educación, sino porque realmente debería darte igual.

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Cate Blanchett (1969 ¿y?). Festival de Cannes 2014.

 

 

Y así pasan los días…y yo…desesperando

Hoy hace dos semanas subía y bajaba cuestas por la moderna -a su manera- Lisboa con la bufanda de mi equipo anudada al cuello. Un buen resumen del viaje podría ser: un córner desde la derecha, un cabezazo al otro palo y dos amigos abrazados rodando por las escaleras de un estadio de fútbol.

Pero hubo algo más. Hubo una tarde de viernes y gafas de sol. De pantalones blancos y zapatos sin calcetín. Fue en una terraza escalonada encima del Tajo.  Mientras daba sorbos a varios vodkas con zumo de naranja le hablaba a mi amigo rodante, sumergido en un mundo de caipiriñas (del que sospecho no quería escapar), sobre un libro que nunca vamos a escribir.

La terraza se llamaba Noobai (Rua de Santa Catarina), y durante las casi cuatro horas que estuvimos decidiendo el mediocentro que tenía que jugar o el ilustrador que necesitábamos para nuestro libro (imaginario) sonaron muchas canciones de fondo. Aunque yo ya sólo recuerde una: Quizás, Quizás, Quizás de Pink Martini (y así pasan los dias, y yo…desesperando…)

Ahora, cada vez que escucho la canción quiero volver a Lisboa. Y no para perseguir una Copa de Europa más.

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El centro del Universo

“Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes” así comienza Enric González su libro Historias de Nueva York.

Este genial comienzo me recordó una escena de Mad Men. Tras haber estado Roger y Don en una fiesta hippie californiana típica de finales de los sesenta (piscina,  alcohol, mujeres, drogas…), Roger le dice a Don en el avión de vuelta a Nueva York:   “Know what I learned? New York is the center of the universe”.

Posiblemente Nueva York sea el centro de este universo. Sin embargo, para mí, en primavera y verano el centro del universo es una terraza en la Plaza del Rey que se llama Sifón. Allí, con mi vermú casero,  siento que juego en casa. Como Enric o Roger en Nueva York.

 

Terraza