Gin fizz en Javier de las Muelas

Algunos deportistas han logrado más fama, chicas, coches, groupies y dinero del que jamás soñaron cuando comenzaban a despuntar. Hay, además, un pequeño grupo que tiene la gran suerte de haberlo ganado todo, e incluso unos pocos afortunados pueden presumir de haber sido los mejores durante un tiempo (número uno en la ATP cuatro semanas, balón de oro un año sin favoritos, MVP de una final de la NBA…).

Sin embargo, de entre todos ellos, sólo existe un puñado en activo, unos elegidos (cuatro, cinco, no sé…cada uno tendrá los suyos), que lo han ganado todo, que han sido los mejores y que ya simplemente siguen jugando para algo más importante que otra Copa del Mundo o un Laureus: para nuestra memoria.

Por eso, merece la pena ir a Delle Alpi y ver a Pirlo tirar una última falta por encima de la barrera o a Augusta para contemplar de cerca el penúltimo eagle de Woods antes de que otra rubia le mande al psiquiatra o a la Central Court de Wimbledon a aplaudir un paralelo de Federer porque en breve caerá en esa pequeña y maldita pista conocida como la Graveyard of Champions o el “Cementerio de Elefantes” (donde antes cayeron otros: McEnroe, Connors, Agassi, Sampras…) y decidirá que ya, por fin, es momento de retirarse a su casa de Suiza, frente a un precioso y aburrido lago, e invitar a su vecino Clooney a desayunar todos los sábados.

Algún día (que está muy cerca) las leyendas de hoy ya no estarán y las nuevas que vayan ocupando los tronos vacantes no lograrán alcanzar el nivel de grandeza de los actuales. Porque igual que para nuestros abuelos o padres las leyendas murieron cuando se retiraron Mark Spitz, Cassius Clay o Pelé, lo que ahora venga siempre será peor, y es que cada uno es de su tiempo, y su tiempo (en cuanto a leyendas) siempre es el mejor.

En Madrid hay un lugar donde puedes ver desde el parking del British Open como Seve se jugó un golpe hacia los coches en el 79 para acortar distancia al hoyo, hacer un birdie y coronarse como el ganador más joven del siglo. Puede incluso que una toalla llena de sudor y sangre de Alí caiga a tu lado mientras sujetas una copa y ves cómo le golpea una y otra vez a Foreman en Kinshasa en el 74. Y si tienes suerte, y ese día el bartender está inspirado, puede que veas desde las gradas del estadio olímpico de Berlín como un chico negro de Oakville, Alabama, llamado James Cleveland “Jesse” Owens y nieto de un esclavo, ganaba cuatro medallas de oro en los Juegos del 36 con Hitler en el palco. Hasta tengo un amigo que me confesó, aunque no sé si creerle, y eso que me lo ha jurado y perjurado tantas veces como un chico puede amar y fingir que no está enamorado, que tras el segundo gin fizz una tarde de sábado de diciembre el mísmismo Coppi, Il Campionissimo más grande no sólo de Italia sino de la historia del ciclismo, le pidió que le echara algo de agua sobre el maillot en una curva de Alpe d’Huez en el 52.

Así, que de un tiempo a esta parte, cada vez que entro en el Javier de las Muelas lo hago sabiendo que va ser un encuentro muy especial, como cuando vuelves a quedar con esa chica que un día desapareció de tu vida y no dio más motivos que un “tengo miedo” y entonces te das cuenta de que era verdad que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama. Y si al igual que un futbolista nunca sabe cuándo una entrada le retirará, un ciclista se dejará la vida bajando el Col d’Aspin o a un boxeador le ha llegado a ese último combate en donde el cuerpo sin avisar le dice game over y ya nunca más podrá volver a subirse a un ring, yo tampoco sé si ese dry martini que sirven en una pequeña bandeja de plata o el gin fizz que suelo tomar en la barra casi todas las semanas es el último que beberé antes de que se lleven el bar a otra ciudad, lo cierren o se dé la más degradante de las derrotas en un bar, lo mantengan vivo pero bajando lo único que es innegociable: la calidad.

Hay lugares que nunca volverán y donde nunca pude estar. Ya no podré beber en Balmoral, ni comer en el Bulli (original), ni ir luego por la noche al Penta a escuchar (canciones que consiguen que te pueda amar). Por eso, cuando dentro de unos años se evoque el nombre de Javier de las Muelas como un lugar mítico y mágico donde cada copa rebosaba de bondad y sensibilidad, podré levantar la cabeza y recordar como un día invité a un gin fizz a Michael Phelps mientras le pedía consejos para mejorar la patada en el agua o presumir de aquel viernes antes de cenar en que en el cuarto de baño me encontré al Pirata Pantani o la de veces que me crucé con Loquillo en el hall del hotel y un jueves, después del trabajo, me acerqué a él, como una Marianne Faithfull cualquiera, y le dije señalándome el traje que como en su canción, yo me había buscado un trabajo con miedo a volar.

¿Quién podrá decirme que todo eso yo no lo viví si ya es parte de mi memoria?

Nueve amigos y relojes suizos

Ya Sólo Habla de Amor

Pobre Sebastián y cómo me hubiera gustado conocerle aquella noche en la fiesta de la embajada de Suiza. El débil Sebastián, cuando más abajo estaba, fue lo suficientemente valiente como para lanzarse al vacío y preguntarle a una amiga qué son las mujeres:

Tractores, mi vida, tractores, mira los surcos que dejan. Mientras tú lloras ellas ya le están haciendo llorar a otro.

Y claro, así dejaron a Sebastián, él que las había besado a todas:

Hasta tal punto había llegado su debilidad que ni siquiera era capaz de seguir besando mujeres por los bares, él que las había besado a todas, sin exigir nada a cambio.

Mr Porter

Una vez cayó en mis manos un libro que se titulaba algo así como El Manual de un Gentleman o El Perfecto Caballero. Te explicaba que un caballero debe cortarse las uñas y, por supuesto, no llevarlas nunca sucias. Además, exigía al “perfecto caballero” que el afeitado fuera con una brocha de pelo de tejón o ardilla (no sé, no recuerdo muy bien). Tras estas lecturas, comprobé que el libro estaba editado en este siglo y pensé que tratar de hacer algo con “buen gusto y sensibilidad” sobre el tema en España parece imposible. Pero bueno, resignación y Mr Porter. Éste fue su primer libro. Un libro que se puede leer y releer continuamente para aprender, porque gracias a Mr Porter se aprende, y mucho. He de confesar que a este libro le tengo un especial cariño porque me lo regaló una chica que, según me dijo, al verlo en el quiosco de un aeropuerto se acordó de mí (¿mentira? quizás, pero… tell me something nice: lie to me).

¿Puede haber una declaración de intenciones más directa por parte de una mujer que recibir un libro con tanto gusto como Mr Porter (the manual for a stilysh life)?

YOUR THIRTIES

You are older, perhaps not thinner, you may or may not be single but you’re still just about ready to mingle. It’s in our thirties that we start to learn a bit more about quality, provenance and timeless style rather than disposable fashion. The look is contemporary classicism: Oliver Spencer shirt, battered Grenson brogues, slim fit cotton-twill trousers from Burberry Brit, Acne jacket. Hip and relevant, but not enslaved to trends.

Cuatro Amigos

Algunas veces, de manera sutil, lanzamos ciertas preguntas trampas, ¿qué te apetece beber? ¿Cómo vas a pedir la carne? ¿Te gusta Woody Allen? Y por las respuestas ya sabes si esa persona te aportará o será otro previsible bostezo que te acercará (aún más) a Juan Solo, el protagonista del libro. ¿Te gustó Cuatro Amigos? ¿No lo has leído? Te lo regalo y cuando lo leas me das tu opinión (pero hasta entonces podemos seguir besándonos).

Claudio jugaba a la simpleza en sus relaciones, pero yo sabía que nada era tan cierto. Se cubría con un escudo antisentimental, pero yo conocía sus miedos, más de una vez me los había confesado: «Lo que trato de evitar es llegar a ese punto donde las mujeres pueden abandonarte, donde te destrozan cuando más enamorado estás. Sé que me pasará algún día, como a todo el mundo, pero lo único que intento es retrasarlo lo más posible». Y por ese sistema eludía complicarse la existencia. Su éxito con las mujeres le permitía no enamorarse.

¿Para qué están los amigos?

Los amigos creen que quererte es admitirte como eres: es así, pues vale, cuando lo que uno necesita es gente que te grite que estás equivocado, que te transforme.

Beber de Cine

“Buen gusto y sensibilidad” le escuché decir una vez a Garci para referirse a cómo hacer las cosas en esta vida. Buen gusto y sensibilidad es todo lo que escribe Garci. Buen gusto y sensibilidad es lo que intento que sea este lugar. Y buen gusto y mucha sensibilidad es este libro que, además, es mi favorito para regalar.

Sobre el bloody mary:

Del mismo modo que hay cócteles que no se deben tomar sin pajarita, la única manera sensata de sumergirse en un Bloody Mary es en pijama y de cabeza –un pijama de seda y la cabeza de latón-, o en los instantes previos a abrir la ducha, o justo cuando escuchas el portazo de la rubia. Tiene otros tragos, otras circunstancias, pero conviene dejar bien escrito que la mayor virtud del Bloody Mary es su efecto reparador de la resaca. De ahí, que debes tener muy en cuenta que el mejor momento para preparar un Bloody Mary nunca será tu mejor momento. Dudarás entre el supremo esfuerzo de prepararlo o volverte al sarcófago. Los profesionales, los cazadores de monstruos nocturnos, los francotiradores que aguardan apostados en una esquina de la amanecida para descerrajarse una ráfaga de alcohola su maltrecha carrocería, los que ensayan viejos y queridos blues con el tintineo del hielo de sus copas, gentes cuyos apellidos siempre empiezan con h de Hemingway, de Huston…, bueno, pues todos esos, todos, saben que un verdadero Bloody Mary no hay que agitarlo: se mezcla.

Hotel Nirvana

Siempre he querido vivir en un hotel (“vivir en un hotel durante, al menos, seis meses“). No me parece que haya nada más cómodo que subir de desayunar (a ser posible solo y con la única compañía de un periódico) y encontrar tu habitación perfectamente ordenada, con las zapatillas alineadas al lado de la cama, los champús en fila y un caramelo encima de la colcha. Tampoco creo que haya nada con más carisma que te conozcan por tu nombre todos los empleados de un hotel. Y, por supuesto, no hay nada con más glamour que el director del hotel, tras un desliz (por ejemplo, con la rubia del portazo que dice Garci), te cubra ante quien se crea con derecho a pedirte explicaciones. Porque, al fin y al cabo, como decía el director del hotel de Pretty Woman: special customers are friends (minuto 1:30).

La elección de un hotel es algo tan personal como para una “vamp” la elección de un perfume o para un sibarita la marca del champaña.

Armas, Mujeres y Relojes Suizos

Es un libro muy personal y a mí me gustan mucho los libros personales. A Torres-Dulce, poco antes de dimitir como fiscal general del Estado, le escribió algo precioso su amigo Cuartango (quizás, el hombre más melancólico de España y cuya columna idéntica todos los lunes en El Mundo sobre el paso del tiempo y los recuerdos que vamos atesorando en la memoria es de lo mejor de la prensa). A este libro le debo tres cosas:

Esta escena.

– Este diálogo:

Sólo hay dos cosas más hermosas que un arma: una mujer y un reloj suizo. ¿Has tenido alguna vez un reloj suizo?

Y este poema que está al final del libro.

Paris For Men

Me lo recomendó un amigo que tropezó con él por casualidad en una visita a París. No es más que una guía de una ciudad, pero ¡qué guía! Está escrito (y además perfectamente editado) por un enamorado de París. No lo dice, pero yo sé que el libro se lo ha dedicado a toda esa gente con buen gusto (hombres o mujeres) que disfrutan con pequeñas cosas pero bien hechas. Dirigido a ese tipo de personas que no se han vendido, que siempre dan propinas y que no te van contando sus problemas, simplemente los afrontan. ¿Dónde ir a comer solo? ¿Dónde tomar el mejor café? ¿Dónde besarnos? ¿Dónde contemplar las piernas a las parisinas? Ojalá alguien se atreva a hacer una guía así de Madrid porque creo que sería un éxito. De hecho, creo que el amigo que me lo recomendó podría hacer un Madrid Para Hombres como mínimo con el mismo “buen gusto y sensibilidad” (y talento, le añado yo a Garci) que Paris For Men.

I like Paris and its neighbourhoods and the habits you pick up there, the feeling of belonging to a sort of tribe. It’s what I enjoy on Sunday morning, and it’s become a ritual. It always starts the same way: on the corner of Rue des Martyrs and Rue Choron, I have the first espresso of the morning. It’s a way of getting prepared.

Juan Belmonte

Poco más que decir 

El Amor Dura Tres Años

Creo que todos los que nos sentimos (algo) salvajes y sentimentales hubiéramos preferido en alguna ocasión no haber sido correspondidos y así nos hubieran evitado un final tan desastroso como previsible. Y aunque tristes por lo no alcanzado, seguir deseando pasado un tiempo, digamos, por ejemplo, tres años, ese beso que nunca nos dimos (y que nunca nos podremos dar)… sintiéndonos, al recordar lo que ya no podremos robar, tan débiles como Sebastián aquella noche en la embajada de Suiza.

Yo nunca tengo suficiente: cuando una chica me gusta, quiero enamorarme de ella: cuando me enamoro, quiero besarla; una vez que la he besado, quiero acostarme con ella; cuando me he acostado con ella, quiero vivir con ella en un apartamento; cuando vivo con ella en un apartamento, quiero casarme con ella; cuando me he casado con ella, conozco a otro chica que me gusta. El hombre es un animal insatisfecho que se debate entre varias frustraciones.

(Gracias a todos los que dejáis algún comentario)

Salvaje y sentimental

Existe un placer, intenso y profundo, que poca gente conoce y, por tanto, pocos pueden disfrutar en dejarse atrapar por un bucle de sufrimiento. Levantarse un sábado con la boca pegajosa y los vaqueros al lado de la cama. Recordar que escribiste a un par de amigos para salir a cenar porque no querías quedarte en casa un viernes por la noche. “Un poco de dignidad” pensaste. Vas hacia el cuarto de baño, pisas la camisa blanca que tiraste al entrar por la puerta y recuerdas, mientras bebes agua directamente del grifo, que después de unos chupitos de no sabes muy bien qué terminaste, sin más compañía que un vodka, en la barra de El Amante. Hasta que lo cerraste. Hay felicidad en esos momentos en los que, aceptando que te han derrotado, te vuelves solo a casa en un taxi sufriendo por alguien.

Te escribió sobre las 2:30 pero parecía que lo hacía ya por pura rutina. No estaba convencida. O al menos no es como otras que te escribían. O estás convencida o no lo estás. No hay más. No te voy a perseguir, para eso búscate otro perro.

Mientras cenas con los dos amigos que has conseguido a última hora miras de vez en cuando el móvil. Más o menos cada dos o tres minutos. Como si fueras el presidente de Goldman Sachs. Sin embargo, tú aquí ni pones las normas ni controlas nada (y sabes que ya es demasiado tarde para hacerlo). Por supuesto que tus amigos no saben nada. Nadie sabe nada. Y no lo van a saber. Ocultarlo es una forma razonable de ser alguien. Puede ser que algún día dejes caer alguna cosa. Si es un buen amigo lo captará. No necesita más. Y no te preguntará, te dejará hablar, si es que tú quieres hablar. De repente, te viene a la memoria aquel amigo de la universidad que parecía inmune a cualquier mordedura de este tipo pero que ahora cuando le ves de cena en cena ya sólo habla de amor. Lo que sufría sabiendo que unos pocos meses antes le había invitado a Nueva York y que ahora ésa misma se la estaba jugando a otro en alguna estación de esquí (mira que me avisaron… si ya se lo había hecho a otros). Su sufrimiento te parecía tan lejano como el del ciclista que ves en la televisión escalando Alpe d’Huez. No hemos llegado a eso, es cierto, pero ya, ¡por fin!, sufriendo en la barra de El Amante has conseguido darte cuenta de algo: están jugando contigo. Sabes que tenía que pasar, era pura justicia divina o como cada uno quiera llamarlo. Tantas veces estuviste en el otro lado poniendo tú las reglas que algún día te tocaría jugar en el lado que sólo sabías que existía por referencias y del que no tienes ningún manual.

Te duchas, bajas la cabeza mientras el agua te cae sobre el pelo y piensas qué hacer el sábado. No tienes ningún plan y no hay nada peor en esta vida que no tener un plan para el fin de semana. Te pones las gafas de sol y como un náufrago te dejas arrastrar hacia donde te lleve el día, sin saber tampoco si te rescatarán. Al menos, los náufragos tienen un madero al que agarrarse, piensas parado en un semáforo.

Te pones esta canción (only miss the sun when it starts to snow), o ésta otra (debería estar cansado de tus manos, de tu pelo… de tus rarezas), para llegar a la terraza de Cappuccino. Hay tanto placer en este sufrimiento con música de fondo… Y lo disfrutas, porque no sabes cuándo volverá a repetirse. Y cuando todo esto haya pasado (porque pasará) lo recordarás con la misma felicidad que sentiste cuando te levantaste por primera vez con ella y no se lo dijiste a nadie (porque nadie sabe nada, ni del principio, ni del final). Te pones al sol, con el abrigo, un café y un vaso de agua mientras ves a la gente pasar. Parecen felices. Siempre has sospechado de la gente que te dice que es feliz. Estos sólo lo parecen. Y pensando en la felicidad pides otro café y otro vaso de agua. Miras al móvil y todavía no te ha escrito. Cuña de tu madera.

Paseas por Serrano, llegas hasta no sabes dónde, y recorres el mismo camino de vuelta, entras en alguna tienda y sientes mucha debilidad, no por la resaca sino por esa desconocida sensación de estar jugando fuera de casa, con el campo embarrado y el árbitro en contra en un partido de sentimientos que tienes que salir a remontar. Te paras a tomar un vermut en Café Murillo y vuelves a echarle un ojo al móvil, debe ser la vigésima cuarta vez que te lo sacas del bolsillo desde que lo miraste deambulando hacia la ducha como un extra de The Walking Dead. Nada. Pues tú no piensas escribirla.

Del vermut inicial pasaste al tercero y a lo mejor ya es suficiente. Decides volver a casa para disfrutar de esta extraña sensación con alguien que ya haya vivido el juego al que te están obligando a jugar. Así que te agarras a Mr. Allen como el náufrago al madero. Te decides entre Manhattan o Annie Hall. Manhattan. Al acabar de verla, te das cuenta de que el hoyo es más grande y que no estás parando de cavar.

Crees que es una buena idea salir a correr para así no tener que estar mirando cada tres minutos el móvil y también, seamos aquí honestos, con la esperanza de que cuando te pares tengas algún mensaje. Tratando de llegar a El Retiro vuelves a notar que ayer bebiste demasiado. Sin embargo, salir a correr te aclara las ideas y en un momento de lucidez caes en la cuenta de que envidias a la gente que se atreve a ir a alcohólicos anónimos. Ellos también tienen problemas pero por lo menos se tienen los unos a los otros para contarse por lo que están pasando.

No hay ningún mensaje y te quieres ir ya a la cama en un sábado de sufrimiento, tristeza y puro placer en donde envidias la suerte que corrió Napoleón en Waterloo. Sólo quieres levantarte el domingo pronto y tomar tres cafés bien cargados mientras lees el periódico en silencio. Te duchas y en otro momento más de debilidad decides mandarla un mensaje antes de ir a dormir. Algo suave. Que no crea que estás ofendido o que le importas demasiado. Vaya, te contesta y está encantadora. Dice que sale a cenar y luego a tomar algo. Que si vas a salir.

Está claro que cuanto mayor es el sufrimiento, menor es el azar de que haya sido justo con ella. Tu propia medicina.

Pues sí, yo también salgo hoy. Y sí, resulta que yo también tengo una cena. Qué casualidad, le digo. Habrá que llamar a alguien. Y piensas que hay que disfrutar de estos momentos que no se dan muy a menudo. Sonríes y te vuelves a acordar de la noche anterior, en el taxi, borracho, solo, volviendo a casa, sufriendo y disfrutando.

Agradeces todo lo que te está pasando, porque te estás sintiendo muy vivo dentro de este interminable bucle.

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Y justo antes de salir por la puerta a forzar un encuentro casi casual, llegas a una conclusión: tú no estás sufriendo por amor, amigo. No. El que está aquí realmente sufriendo es tu E-G-O.

Fin de año

Sin uvas. La televisión apagada. No hay campanadas. Tampoco Puerta del Sol. Sin balance de lo bueno y lo malo. En nuestro hotel. Nada de cenar. Fuera está nevando. ¿O es verano? Qué más da. Sin turrón. Sólo vino (y champán). Vamos a la ducha. Tu pelo mojado. Te pones el albornoz. Lovers at first sight, in love forever. No llegamos a la cama. El servicio de habitaciones. Más champán. Tus hombros. Bowie. El esmoquin. Busco tu bolso. Bajamos a la fiesta. Tus miradas. Me colocas el pañuelo. Bailas. ¿Subimos? Me dices. El ascensor. Te beso. Mi pajarita. Tu perfume.

¿Qué hora es?

la foto

Agotados. Do not disturb en la puerta y amor en la cama. Dime algo bonito, por favor: lie to meNos dormimos. Sin despertador. Abres los ojos: 2 de enero.

¿Qué es la eternidad? – Te pregunto en la cama.

Estas horas – me contestas en voz baja.

(Ever since that night, we’ve been together) 

Gin fizz en Del Diego

Moderno pero sin excesos. He leído por ahí que “con un aire neoyorquino” (quizás era eso lo que quería decir con “moderno pero sin excesos”). No muy grande y con un servicio de otra época. Las mesas están muy pegadas entre sí, lo que siempre es una gran ventaja porque mientras la lengua se te va poniendo graciosa entre trago y trago, difícil es que no hagas un nuevo amigo (todo lo amigos que pueden hacerse unos tipos que se conocen en una coctelería y se despiden en el taxi que les deja en la puerta de casa a las 8 de la mañana) o amanezcas con el número de teléfono de alguna clienta o, mejor aún, como diría Dorothy Parker al cuarto dry martini “debajo del anfitrión”.

I like to have a martini, two at the very most. After three I’m under the table, after four I’m under my host.

Si uno lo que quiere es beber solo, tranquilo, ahuyentando sus fantasmas internos y disfrutar de esos momentos de reflexión en una buena coctelería, su sitio es siempre la barra, buscando la única compañía y conversación del barman y el vaso (como nos ha enseñado Mr Draper temporada tras temporada). Para esos momentos, la barra de Del Diego es perfecta.

Pero centrémonos, el gin fizz de Del Diego es, simplemente, excelente. Tan excelente que es imposible pedir sólo uno.

A mí me gusta ir a su barra los viernes por la noche antes de una cena con amigos o con aquella chica de tu anterior trabajo con la que ya, ¡por fin!, puedes quedar. Allí, sentado, callado, solo, mientras contemplo cómo los barman preparan sus elixires, tener ese momento de tranquilidad tras toda una semana de trabajo para encontrarme conmigo mismo. Y así poder sentarme luego en la mesa con la misma seguridad con la que caminan las mujeres guapas que nunca dudan de su condición porque saben que, por muchos errores que cometan, siempre habrá un hombre dispuesto a perdonarlas.

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Mi resumen del Real Madrid-Celta de Vigo

En el descanso, tiritando, bajé las escaleras buscando el cuarto de baño. Giré a la izquierda y me la encontré viniendo de frente. Tenía la naricita roja por el frío y una cara tan blanquita  que parecía transparente. Su cutis era como el de una muñequita de porcelana. Debía de ser noruega o sueca. Quizás danesa. Era de una raza de mujeres donde con cada grado menos de termómetro están más apabullantes. Llevaba un anorak con capucha. Con esas capuchas en el que el borde está forrado de piel y sólo con verlas dan calor. No tenía pecas. Le asomaban unos mechones dorados que se fundían con la piel de la capucha. Andaba hacia mí como una de esas mujeres que no tienen miedo a nada. Ni a los lunes.  Era especial. Tenía unos ojos azules que estaban llenos de cosas. En esos ojos vi como en un little black  dress bailaba con una copa de champagne en V Estocolmo (quizás la mejor discoteca del mundo http://stureplansgruppen.se/nattliv/v/). También vi en sus ojos que iba a la biblioteca con el pelo recogido, unas gafas de pasta negras y que le gustaba morder el boli mientras sonreía al chico sentado enfrente. Estoy seguro de que tenía pecas. Era puro rock and roll. Pasó pegada a mí pero no me vio. Cuando se alejaba caí en que iba con un chico. Confirmando que (hasta en el fútbol) no hay perro bonito sin collar. Volví del cuarto de baño y me quedé esperándola en el mismo sitio hasta el minuto cinco de la segunda parte.  Pero no volvió a dejarse caer por ahí.

Regresé a mi sitio donde siguió haciendo frío y la lluvia no paró. Para entonces yo ya no recordaba quiénes jugaban ni de qué equipo era. Hay partidos de fútbol que siempre recordarás pero nunca hubiera creído que un Real Madrid-Celta de Vigo de liga en diciembre fuera uno de ellos. También hay mujeres por las que merece la pena cambiar de bebida, de vida, de patria y hasta de algo más importante: de equipo de fútbol. 

Al día siguiente en los periódicos se dijeron muchas cosas del partido pero nadie habló de la chica noruega o sueca (quizás danesa) con la capucha forrada de piel. Aún merece la pena ir al fútbol por la noche, en diciembre, con lluvia y frío aunque después de tantos años salgas del estadio siendo de otro equipo.

¿Qué busca un hombre?

Que le echen en falta. Tener algún buen amigo. Pasear solo. Invitarla a cenar. Que se acuerden de él (alguna vez). Viajar con ella. Hacerse (algo) el duro. Compartir el periódico en el desayuno. Que le digan que ese traje le sienta bien. Viajar solo. Que le regalen alguna sonrisa. Pasear con ella. Que alguien le abrace en la cama. Que (alguna vez) le inviten a cenar. Que no le mientan. Morir viejo. No enamorarse. Un buen par de zapatos. Un fin de año sin uvas. Sentirse vivo. Que le mientan. Robar algún beso. Que le regalen algún libro. Creer en algo. Regalar alguna sonrisa. No morir solo. Que le roben algún beso. Perderse en Nueva York. Que le rían las gracias. Brindar con champagne. Un buen amante. Enamorarse.

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¿Qué busca una mujer? Exactamente lo mismo que un hombre.

El pianista del hotel

Cuenta David Gistau que cuando entrevistó a Manuel Vincent hace años éste le dijo que, “a cierta edad”, viajar consiste en procurar que te conozcan por tu nombre los pianistas de los grandes hoteles de no más de media docena de ciudades sublimes del mundo.

Hace poco, en el hotel Only You, donde no hay piano, aunque sí me conocen por mi nombre, celebraron su primer aniversario con un brunch de domingo que duró todo el día y al que nos invitaron a un amigo y a mí. Veníamos los dos de un sábado en Toledo, en donde en otra fiesta nos pasamos el día bebiendo, riendo y hablando (entre canciones de Pereza que se repetían en bucle) de fútbol, chicas, viajes…vamos, de la vida.

De ese domingo en Only You me llevé una agradable resaca para el lunes, a una azafata rubia con un vestido verde muy corto a tomar una copa cuando se acabó la fiesta en el hotel y una caricatura con mi amigo bastante graciosa (y con bastante poca semejanza con la realidad) que nos hizo un tipo que yo creo que sólo hacía caricaturas a los que consideraba los personajes más variopintos y, por tanto, más caricaturables del brunch non-stop.

Hace cinco años, o quizás menos –pongamos tres o incluso dos-, lo de la rubia habría sido el gran recuerdo de aquel fin de semana y lo más probable es que la caricatura se hubiera perdido incluso antes de llegar a casa. Sin embargo, ahora que estoy viendo en salón de mi casa la caricatura, enmarcada y colgada, mi gran recuerdo de aquel estupendo fin de semana será, y más con el paso de los años, esa caricatura que me recordará que ya no beberé ni reiré tan joven.

Si viajar es que “a cierta edad” te conozcan algunos pianistas; quizás hacerte mayor es que “a cierta edad” aunque te sigan invitando a las mismas fiestas, sonando las mismas canciones y pasándote las mismas cosas te quedes con otros recuerdos de ellas.

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“Al tigre nunca se le van las rayas”

Ya sólo habla de amor

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso

que no me canso nunca de escucharlo.

Repíteme otra vez que la pareja

del cuento fue feliz hasta la muerte,

que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera

se le ocurrió engañarla. Y no te olvides

de que, a pesar del tiempo y los problemas,

se seguían besando cada noche.

Cuéntamelo mil veces, por favor;

es la historia más bella que conozco.

(Amalia Bautista)

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(Por ese beso que nunca nos dimos. Y nunca nos podremos dar)