Archivo de la categoría: Vida

Los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas

Esta Semana Santa estuve en Santander pasando unos días. Me gusta ir al Norte a descansar. Mis días allí básicamente se traducen en levantarme pronto, salir a correr viendo el mar (sin música) y luego dejar que el resto de la mañana vaya muriendo en alguna cafetería, junto con algún periódico y mezclando cafés con vermuts. Las tardes las dedico, o más bien se dedican ellas solas, a ir pasando lentamente mientras leo en el sofá o adelanto algo de trabajo esperando a que llegue la noche. Esa primera noche es obligatorio ir con un amigo a cenar al Marucho para tomar albóndigas de rape y mucho vino en la barra. Las demás noches suelen ser hamburguesa y gin tonics en el Caribe, en pleno Sardinero, o cenas en el Tenis absorbiendo lentamente la decadencia de la ciudad.

Aproveché una mañana para ir a hacer surf a Suances con un amigo. Lo mejor del surf es el después. Sales del agua tan cansado pero, al mismo tiempo, tan relajado como cuando, tras un día de SPA, te tumbas en albornoz en una habitación semi-oscura, con música relajante de fondo y consigues, sin esfuerzo, llegar a ese punto de relajación en el que no piensas en nada (que es una de las cosas más complicadas de esta vida).

En Suances hay un lugar, un hotel más bien, El Castillo, con unas vistas preciosas a la playa de Los Locos. Siempre que hago surf en Suances, al terminar, voy a El Castillo a tomar un café y un sándwich. Es un ritual, igual que la primera cena cada vez que voy a Santander tiene que ser en Marucho. Tengo unos amigos, ya mayores, que llevan muchos años viajando juntos. Siempre que van a una ciudad investigan cuál es el hotel (tiene que ser un hotel, no les vale un bar) con la mejor coctelería y allí se van la primera tarde a tomar unos martinis. Esos martinis los comparan con los recuerdos que tienen de otros martinis bebidos en otros viajes y mientras planifican, con una copa en la mano, nuevos viajes, me confiesan que suelen caer en la melancolía al recordar que ya nunca beberán tan jóvenes pero que, sin embargo, eso no quiere decir que sean jóvenes. Porque, como decía el poema, que dejaron de ser jóvenes y entender de qué iba esto, ya se dieron cuenta hace demasiado tiempo:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes,

yo vine a llevarme la vida por delante.

Me gustan los rituales por una razón muy sencilla: los rituales los creas tú. Tus rituales, como tus amigos o tus ex, son lo que te definen. A todos ellos los has escogido tú.

En Suances, decía, en el hotel El Castillo estaba tomando un café bien caliente y mi sándwich, cuando en la mesa de al lado se sentó una madre (supongo) y su hijo. El hijo tendría entre treinta y treinta cinco años y escuchaba a su madre sin decir una sola palabra. La madre le repetía que debía ir pensando en casarse. Que tenía que salir menos. Y que a su edad ya era el momento de que formara una familia. Como argumento final, y para zanjar aquel asunto con su hijo, le dio un último consejo: “haz como el resto de la gente”. En ese momento, me acordé de la anécdota que publicó hace tiempo Manuel Jabois:

“En Pardiñas con Diego de León una anciana alta de pelo muy blanco y muy corto, peinada a lo garçon como una flapper superviviente del hundimiento del 29, se acercó a mi hijo para decir que estaba dispuesta a robarlo. Ella ya había criado a seis hijos, dijo, pero podría hacerse cargo del mío. Hablaba con ese humor feliz que se le pone a las señoras mayores cuando pasean por la calle asombrándose de todo como si tuvieran 15 años. Mi mujer declinó amablemente la invitación. Pasados los sofocos iniciales, y mientras no dejaba de jugar con el niño, la mujer dijo en un acento levemente extranjero, diluido con los años y caído en algún momento del siglo pasado:

– Tuve seis hijos, sí, y perdí a uno muy jovencito.

– Pues lo sentimos, de verdad.

Hizo un gesto de dejarlo estar, como si ya hubiese pasado mucho tiempo.

– Era una época en la que en Madrid los jóvenes bebían y se drogaban mucho, ¿sabes? Y yo siempre le metí en la cabeza a mi hijo que hiciese deporte. Murió en el Himalaya.

Sonrió muy despacio, como si temiese echar a llorar, y dijo con la voz ronca: «Nunca aconsejes nada a nadie».”

Creo que David Trueba podía haber metido los consejos, junto con los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas, en el comienzo de su libro Cuatro Amigos:

“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas (…). No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados”.

IMG_9490

Salvaje y sentimental

Existe un placer, intenso y profundo, que poca gente conoce y, por tanto, pocos pueden disfrutar en dejarse atrapar por un bucle de sufrimiento. Levantarse un sábado con la boca pegajosa y los vaqueros al lado de la cama. Recordar que escribiste a un par de amigos para salir a cenar porque no querías quedarte en casa un viernes por la noche. “Un poco de dignidad” pensaste. Vas hacia el cuarto de baño, pisas la camisa blanca que tiraste al entrar por la puerta y recuerdas, mientras bebes agua directamente del grifo, que después de unos chupitos de no sabes muy bien qué terminaste, sin más compañía que un vodka, en la barra de El Amante. Hasta que lo cerraste. Hay felicidad en esos momentos en los que, aceptando que te han derrotado, te vuelves solo a casa en un taxi sufriendo por alguien.

Te escribió sobre las 2:30 pero parecía que lo hacía ya por pura rutina. No estaba convencida. O al menos no es como otras que te escribían. O estás convencida o no lo estás. No hay más. No te voy a perseguir, para eso búscate otro perro.

Mientras cenas con los dos amigos que has conseguido a última hora miras de vez en cuando el móvil. Más o menos cada dos o tres minutos. Como si fueras el presidente de Goldman Sachs. Sin embargo, tú aquí ni pones las normas ni controlas nada (y sabes que ya es demasiado tarde para hacerlo). Por supuesto que tus amigos no saben nada. Nadie sabe nada. Y no lo van a saber. Ocultarlo es una forma razonable de ser alguien. Puede ser que algún día dejes caer alguna cosa. Si es un buen amigo lo captará. No necesita más. Y no te preguntará, te dejará hablar, si es que tú quieres hablar. De repente, te viene a la memoria aquel amigo de la universidad que parecía inmune a cualquier mordedura de este tipo pero que ahora cuando le ves de cena en cena ya sólo habla de amor. Lo que sufría sabiendo que unos pocos meses antes le había invitado a Nueva York y que ahora ésa misma se la estaba jugando a otro en alguna estación de esquí (mira que me avisaron… si ya se lo había hecho a otros). Su sufrimiento te parecía tan lejano como el del ciclista que ves en la televisión escalando Alpe d’Huez. No hemos llegado a eso, es cierto, pero ya, ¡por fin!, sufriendo en la barra de El Amante has conseguido darte cuenta de algo: están jugando contigo. Sabes que tenía que pasar, era pura justicia divina o como cada uno quiera llamarlo. Tantas veces estuviste en el otro lado poniendo tú las reglas que algún día te tocaría jugar en el lado que sólo sabías que existía por referencias y del que no tienes ningún manual.

Te duchas, bajas la cabeza mientras el agua te cae sobre el pelo y piensas qué hacer el sábado. No tienes ningún plan y no hay nada peor en esta vida que no tener un plan para el fin de semana. Te pones las gafas de sol y como un náufrago te dejas arrastrar hacia donde te lleve el día, sin saber tampoco si te rescatarán. Al menos, los náufragos tienen un madero al que agarrarse, piensas parado en un semáforo.

Te pones esta canción (only miss the sun when it starts to snow), o ésta otra (debería estar cansado de tus manos, de tu pelo… de tus rarezas), para llegar a la terraza de Cappuccino. Hay tanto placer en este sufrimiento con música de fondo… Y lo disfrutas, porque no sabes cuándo volverá a repetirse. Y cuando todo esto haya pasado (porque pasará) lo recordarás con la misma felicidad que sentiste cuando te levantaste por primera vez con ella y no se lo dijiste a nadie (porque nadie sabe nada, ni del principio, ni del final). Te pones al sol, con el abrigo, un café y un vaso de agua mientras ves a la gente pasar. Parecen felices. Siempre has sospechado de la gente que te dice que es feliz. Estos sólo lo parecen. Y pensando en la felicidad pides otro café y otro vaso de agua. Miras al móvil y todavía no te ha escrito. Cuña de tu madera.

Paseas por Serrano, llegas hasta no sabes dónde, y recorres el mismo camino de vuelta, entras en alguna tienda y sientes mucha debilidad, no por la resaca sino por esa desconocida sensación de estar jugando fuera de casa, con el campo embarrado y el árbitro en contra en un partido de sentimientos que tienes que salir a remontar. Te paras a tomar un vermut en Café Murillo y vuelves a echarle un ojo al móvil, debe ser la vigésima cuarta vez que te lo sacas del bolsillo desde que lo miraste deambulando hacia la ducha como un extra de The Walking Dead. Nada. Pues tú no piensas escribirla.

Del vermut inicial pasaste al tercero y a lo mejor ya es suficiente. Decides volver a casa para disfrutar de esta extraña sensación con alguien que ya haya vivido el juego al que te están obligando a jugar. Así que te agarras a Mr. Allen como el náufrago al madero. Te decides entre Manhattan o Annie Hall. Manhattan. Al acabar de verla, te das cuenta de que el hoyo es más grande y que no estás parando de cavar.

Crees que es una buena idea salir a correr para así no tener que estar mirando cada tres minutos el móvil y también, seamos aquí honestos, con la esperanza de que cuando te pares tengas algún mensaje. Tratando de llegar a El Retiro vuelves a notar que ayer bebiste demasiado. Sin embargo, salir a correr te aclara las ideas y en un momento de lucidez caes en la cuenta de que envidias a la gente que se atreve a ir a alcohólicos anónimos. Ellos también tienen problemas pero por lo menos se tienen los unos a los otros para contarse por lo que están pasando.

No hay ningún mensaje y te quieres ir ya a la cama en un sábado de sufrimiento, tristeza y puro placer en donde envidias la suerte que corrió Napoleón en Waterloo. Sólo quieres levantarte el domingo pronto y tomar tres cafés bien cargados mientras lees el periódico en silencio. Te duchas y en otro momento más de debilidad decides mandarla un mensaje antes de ir a dormir. Algo suave. Que no crea que estás ofendido o que le importas demasiado. Vaya, te contesta y está encantadora. Dice que sale a cenar y luego a tomar algo. Que si vas a salir.

Está claro que cuanto mayor es el sufrimiento, menor es el azar de que haya sido justo con ella. Tu propia medicina.

Pues sí, yo también salgo hoy. Y sí, resulta que yo también tengo una cena. Qué casualidad, le digo. Habrá que llamar a alguien. Y piensas que hay que disfrutar de estos momentos que no se dan muy a menudo. Sonríes y te vuelves a acordar de la noche anterior, en el taxi, borracho, solo, volviendo a casa, sufriendo y disfrutando.

Agradeces todo lo que te está pasando, porque te estás sintiendo muy vivo dentro de este interminable bucle.

IMG_6646

Y justo antes de salir por la puerta a forzar un encuentro casi casual, llegas a una conclusión: tú no estás sufriendo por amor, amigo. No. El que está aquí realmente sufriendo es tu E-G-O.

Fin de año

Sin uvas. La televisión apagada. No hay campanadas. Tampoco Puerta del Sol. Sin balance de lo bueno y lo malo. En nuestro hotel. Nada de cenar. Fuera está nevando. ¿O es verano? Qué más da. Sin turrón. Sólo vino (y champán). Vamos a la ducha. Tu pelo mojado. Te pones el albornoz. Lovers at first sight, in love forever. No llegamos a la cama. El servicio de habitaciones. Más champán. Tus hombros. Bowie. El esmoquin. Busco tu bolso. Bajamos a la fiesta. Tus miradas. Me colocas el pañuelo. Bailas. ¿Subimos? Me dices. El ascensor. Te beso. Mi pajarita. Tu perfume.

¿Qué hora es?

la foto

Agotados. Do not disturb en la puerta y amor en la cama. Dime algo bonito, por favor: lie to meNos dormimos. Sin despertador. Abres los ojos: 2 de enero.

¿Qué es la eternidad? – Te pregunto en la cama.

Estas horas – me contestas en voz baja.

(Ever since that night, we’ve been together) 

El pianista del hotel

Cuenta David Gistau que cuando entrevistó a Manuel Vincent hace años éste le dijo que, “a cierta edad”, viajar consiste en procurar que te conozcan por tu nombre los pianistas de los grandes hoteles de no más de media docena de ciudades sublimes del mundo.

Hace poco, en el hotel Only You, donde no hay piano, aunque sí me conocen por mi nombre, celebraron su primer aniversario con un brunch de domingo que duró todo el día y al que nos invitaron a un amigo y a mí. Veníamos los dos de un sábado en Toledo, en donde en otra fiesta nos pasamos el día bebiendo, riendo y hablando (entre canciones de Pereza que se repetían en bucle) de fútbol, chicas, viajes…vamos, de la vida.

De ese domingo en Only You me llevé una agradable resaca para el lunes, a una azafata rubia con un vestido verde muy corto a tomar una copa cuando se acabó la fiesta en el hotel y una caricatura con mi amigo bastante graciosa (y con bastante poca semejanza con la realidad) que nos hizo un tipo que yo creo que sólo hacía caricaturas a los que consideraba los personajes más variopintos y, por tanto, más caricaturables del brunch non-stop.

Hace cinco años, o quizás menos –pongamos tres o incluso dos-, lo de la rubia habría sido el gran recuerdo de aquel fin de semana y lo más probable es que la caricatura se hubiera perdido incluso antes de llegar a casa. Sin embargo, ahora que estoy viendo en salón de mi casa la caricatura, enmarcada y colgada, mi gran recuerdo de aquel estupendo fin de semana será, y más con el paso de los años, esa caricatura que me recordará que ya no beberé ni reiré tan joven.

Si viajar es que “a cierta edad” te conozcan algunos pianistas; quizás hacerte mayor es que “a cierta edad” aunque te sigan invitando a las mismas fiestas, sonando las mismas canciones y pasándote las mismas cosas te quedes con otros recuerdos de ellas.

  la foto

“Al tigre nunca se le van las rayas”

Ya sólo habla de amor

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso

que no me canso nunca de escucharlo.

Repíteme otra vez que la pareja

del cuento fue feliz hasta la muerte,

que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera

se le ocurrió engañarla. Y no te olvides

de que, a pesar del tiempo y los problemas,

se seguían besando cada noche.

Cuéntamelo mil veces, por favor;

es la historia más bella que conozco.

(Amalia Bautista)

 la foto

 
(Por ese beso que nunca nos dimos. Y nunca nos podremos dar)

Dime algo bonito: Miénteme

No teníamos ningún futuro. Y yo se lo repetía. Pero nos divertíamos juntos. Ella odiaba París. ¿Qué futuro puede haber con alguien que odia París? En mi casa nos mentíamos los domingos por la tarde. Pero me gustaban sus (nuestras) mentiras. Nadie me dijo que era el último domingo. Ahora me gustaría que me volviera a decir algo bonito. Algo como:

– Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.

– Te he esperado todos estos años.

– Dime que habrías muerto si no hubiese vuelto.

– Habría muerto si no hubieses vuelto.

– Dime que todavía me quieres, como yo te quiero.

-Todavía te quiero como tú me quieres.

– Gracias. Muchas gracias.

Quizás, porque fue ella, y no yo, el que ya no volvió a escribir.

Tenía razón  Loriga, otra vez, cuando dijo “esperar a ser querido por una mujer que no te quiere es uno de los placeres más grandes que este mundo puede regalarnos”.

la foto

El guisante

No era un príncipe feliz ya que no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.

-¡Eres demasiado exigente! -le decía la reina- Te he presentado a las princesas más hermosas, más inteligentes y más encantadoras del mundo, pero ninguna ha colmado tu deseo.

-Te estoy muy agradecido, madre -respondía el príncipe- Es muy difícil encontrar una verdadera princesa. Pero, estoy seguro de que algún día la hallaré.

La reina decidió salir en ayuda de su hijo y convocó en palacio a todas aquéllas que decían ser princesas. Y les puso a prueba. Dormirían sobre veinte colchones y veinte edredones, debajo de los cuales había colocado un guisante. Pasarían la prueba las que no pudieran pegar ojo por culpa del guisante. Ninguna de ellas protestó a la mañana siguiente. Cuando ya creían que no encontrarían princesa para el príncipe apareció una noche una desconocida, superviviente de un naufragio, pidiendo pasar la noche en palacio. La reina, aunque ya sin esperanzas, decidió también ponerla a prueba. No pudo dormir en toda la noche por culpa del guisante.

Hay una canción de Lana del Rey que comienza así: blue jeans, white shirt…cuatro palabras que definen un estilo de mujer. Blue jeans, white shirt es la  princesa náufraga. Blue jeans, white shirt: ése es el guisante.

Zuma

Mientras escribía La Modernidad traté de recordar la primera vez que fui a un restaurante japonés. Fue en Londres, allá por el 2006 ó 2007. Había conocido en Lisboa a una chica canadiense (o de madre canadiense o… ahora creo que era francesa pero había vivido en Canadá. Bueno, no sé) que vivía en Londres. Se llamaba Isabelle. Nos intercambiamos algunos correos electrónicos y, a las pocas semanas, con la excusa de ir a visitar a un amigo me presenté en Londres con mi amigo Charlie.

Fue Isabelle la que organizó la cena. Trajo un par de amigas y dos o tres amigos, que, por supuesto, nos sobraban a Charlie y a mí. Aquella noche fue mi primera vez en Zuma (5 Raphael Street, Knightsbridge). Y, la primera vez, también, que descalzo y sobre un tatami, tomé carne de Kobe, probé sus crispy fried squid (de los que me enamoré de por vida) y descubrí dos cosas: que hay sake que se toma caliente y que la comida japonesa vuelve locas a las mujeres. Recuerdo que después de cenar fuimos a Annabel’s (44 Berkeley Square) pero nos vetaron en la puerta ya que una de las chicas llevaba vaqueros (y si hay un club estricto en Londres con la admisión ése es Annabel’s). Ya no recuerdo muy bien qué hicimos luego (quizás intentarlo en otro club). Lo siguiente que me viene a la cabeza es dejar a Charlie en el hotel y acompañar a Isabelle a su casa. Subí a su diminuto apartamento en South Kensington y, aunque, como decía, no me acuerdo de muchos más detalles de la noche, sí hay un momento que se me ha quedado grabado para siempre: esa forma en la que se quitó sus tacones azules, los limpió y los metió en una caja de zapatos de Yves Saint Laurent (es como si estuviera viendo ahora las iniciales, YSL, en la caja) con tanta delicadeza que no creo que haya tratado tan bien a un hombre como a ese par de zapatos.

La segunda vez que pisé Zuma fue, con dos amigos, cerca de la Navidad de 2011. Cenamos mucho (de nuevo esos increíbles crispy fried squid) y bebimos más. En frente tenía una pareja que bebió incluso más que nosotros y no paraban de ir al cuarto de baño. Ella era guapa y sexy. Llevaba ligueros, tacones de vértigo y actitud. Pagó ella la cuenta y mis amigos y yo nos preguntamos si esa mujer era de verdad. Parecía sacada de una novela de Loriga: el ruido de todas las ciudades del mundo no pueden tapar el sonido de mis tacones. Cuando abandonaba el restaurante, al pasar por mi lado, le dije un ciao o, puede que, un see you. Ella se paró y estuvimos hablando de pie entre las mesas del comedor. Nos besamos. Resulta que su acompañante era un amigo gay al que había invitado a cenar. Me dio su teléfono, que aún conservo en mi agenda porque hay cosas inútiles de las que nos cuesta deshacernos, Tonya London (+44 7788…). Al poco de besarme noté como mis labios perdían sensibilidad y se quedaban, digamos que, anestesiados. Entendí entonces por qué Tonya iba tanto al cuarto de baño.

Estos recuerdos los tenía aparcados, casi olvidados y recordándolos me he sentido feliz. Fui muy feliz en aquellas dos cenas y no lo sabía. O, a lo mejor, no me había parado nunca a pensarlo. La gente cambia, los amigos cambian, tú cambias y esas cenas y esos momentos probablemente ya no volverán. Quizás la felicidad sea recordar esos momentos felices en los que no sabíamos que lo éramos.

¿Y si ahora estoy viendo momentos tan felices como aquéllos y no me estoy dando cuenta?

La modernidad

El otro día en www.thebestandbrightestclub.es encontré esta brillante ilustración sobre cómo comer sushi correctamente y evitar, en la medida de lo posible, hacer el ridículo en el 2014.

 la foto

 

Mientras lo leía, recordé cuando Bud Fox (Charlie Sheen) en la película Wall Street (Oliver Stone. 1987) invitaba a cenar a Darien (Daryl Hannah) a su nuevo apartamento del Upper East Side (que iba a  ser fotografiado en House & Garden). En la cocina, mientras de fondo sonaba ópera, Bud y Darien preparaban sushi y bebían vino.

la foto

Era 1985.

Quizás todo lo moderno ya lo fue antes en Nueva York.

My bucket list

Me gusta leer a Pedro G. Cuartango todos los lunes en El Mundo escribiendo el mismo artículo durante años: ¿Qué es la vida?, ¿cuál es el sentido de nuestra existencia?,  ¿por qué estoy aquí?, ¿somos dueños de nuestras decisiones?…

“Las grandes decepciones nos hacen refugiarnos en las cosas pequeñas. Eso es lo que me está pasando a mí. Vuelvo a escuchar las canciones que me gustaban en mi adolescencia, hojeo viejas novelas con páginas ajadas por el tiempo, me pregunto qué será de aquella chica con la que me crucé una tarde, sueño con barrios que ya no existen, con amigos que he perdido para siempre.

Me había hecho la ilusión de que mi vida sería mejor al conquistar ciertas metas, al lograr cierto grado de bienestar y de reconocimiento profesional, pero ahora siento una añoranza irresistible por el pasado, cuando no poseía nada pero tenía todo el tiempo por delante.

Cuando uno se acerca a los 60 años, empieza a tomar conciencia del carácter perecedero de lo que importa, de las personas que jamás volveremos a ver, de los libros que no leeremos, de los sentimientos que no podremos recobrar. Entramos sin ser todavía conscientes en el club de los corazones solitarios.”

Hay dos sensaciones que aborrezco pero que, al mismo tiempo, es necesario haber sentido intensamente para poder detestarlas y aprender – si es posible – a evitarlas. La primera es la sensación de malgastar el dinero, de no estar invirtiéndolo bien en uno mismo:  de gastarlo en el mismo viaje de siempre, en los mismos sitios de siempre y con la misma gente aburrida de siempre. Eso es, para mí, tirar el dinero. La segunda, y más importante, es la sensación  de que la vida vaya pasando sin vivirla. De no tener un plan con tu vida, de no saber hacia dónde vas (¿quizás alguien lo sepa?) de no ser uno mismo el que trata de dirigirla (¿quizás alguien puede?).

Bucket list es el término que los ingleses  usan como “lista de cosas a hacer antes de morir”. Mi bucket list es una lista abierta, actualizable, que revisaré cada cierto tiempo y sin grandes pretensiones. Al fin y al cabo, como diría Cuartango: “Aunque la vida está llena de decepciones, aunque el espectáculo es deplorable, prefiero seguir teniendo los ojos abiertos y no perderme la función”. Y no quiero que la función termine sin haber podido vivir estos momentos:

– Subir al Machu Picchu con mi amigo Iñaki.

– Recorrer la costa Oeste de Estados Unidos en una furgoneta alquilada con unas tablas de surf. Sin un plan.

– [Privado]

– Tomar un dry martini en el Waldorf Astoria y en el Cipriani de la 42 de Nueva York (ojalá con mi amigo Luis).

– Aprender francés, vivir, al menos, seis meses en París y tener un affaire con una parisina, aunque sea similar al que tuvo Juan Belmonte:

“Como todo el mundo, yo he tenido una aventura en París. Fue ese día. Iba yo muy orondo en el auto del  contrarrevolucionario por los bulevares. Era la hora en que salen a comer los empleados y, como no había taxis, tranvías, ni autobuses, mucha gente, desesperada, se paraba al borde de las aceras, esperando el paso de algún raro automóvil particular que quisiera por favor llevarla. Al detenernos en un cruce, nos hizo señas para que la recogiésemos una muchacha bonita y elegante, que estaba en el filo de la acera. El buen señor que me servía de taxista me miró sonriente, pidiendo mi aquiescencia, y yo, al ver aquella chica tan graciosa, di gustoso mi conformidad.

-¿Para dónde va usted? -me preguntó la muchacha.

-Voy hacia la estación del Norte.

-¡Qué lástima! Yo tengo que ir en otra dirección.

-¡Caramba! Pues lo siento…

-Y yo…

Nos quedamos los dos un momento pensando si teníamos algún pretexto para cambiar de ruta y emparejarnos, pero la verdad era que no lo teníamos. En aquel crítico instante, una mujer fea, con unas gafas grandes y un chapeo inverosímil, que había estado cazando al vuelo el diálogo, intervino:

-A mí sí me conviene ir hacia la estación del Norte. ¿Quiere usted llevarme?

No era exactamente lo mismo llevar a la muchacha bonita que aquel esperpento; pero no acerté con la excusa a tiempo, y tuve que resignarme a decirle que subiera. Apenas accedí, la fea aquella hizo señas a un gandulazo postinero que estaba unos pasos más allá arrimado a un farol, y con un formidable “usted perdone”, se metieron los dos en el auto y me arrinconaron. El taxi partió dejando al borde la acera a la chica guapa, que me despidió con la más dulce y conmiserativa sonrisa, mientras la vieja de las gafas y su gigoló se hacían carantoñas en mis narices.

Ésta ha sido mi gran aventura en París.”

– Vivir en un hotel durante, al menos, seis meses.

– Montar un negocio, por pequeño e insignificante que sea.

– [A decidir en los próximos 10 años]