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¿Qué necesito para vivir?

Hace no mucho, un buen amigo me dijo “no vas a ser feliz nunca si necesitas todo eso”. Por desgracia, no recuerdo a santo de qué me soltó aquella frase… y no será porque no he tratado de acordarme.

Me olvidé de lo de mi amigo cuando a las pocas semanas me invitaron un sábado por la noche a una gala de boxeo en el Casino de Torrelodones. La presentación fue magnífica. En uno de los salones del Casino montaron un ring rodeado por apenas tres o cuatro filas de sillas. Entre combate y combate el público salía a un jardín a tomar copas, fumar y hablar con los boxeadores y sus entrenadores. Estaba claro que muchos de los espectadores no eran los habituales que suelen ir a ver combates al extrarradio de Madrid. La intención de los organizadores era fomentar el boxeo en un ambiente distendido y en un lugar que pudiera atraer precisamente al público que no va a los extrarradios de Madrid. Allí me encontré con un conocido al que aprecio y que al verme me preguntó qué pintaba yo por allí, “en un combate de boxeo”. Insistió, dijo que me hacía más “viendo un partido de pádel o de bádminton con sus raquetas” y no a dos tíos pegarse. No soy precisamente Sherlock Holmes, pero creo que me estaba haciendo saber que si me había acercado por allí era más por el ambiente que por el deporte y que si la pelea hubiera sido en un gimnasio de barrio con su olor a lejía, sudor y duchas mal desinfectadas habría rechazado la invitación.

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A los pocos días relacioné ambas historias. Me entristecí. Noto como poco a poco me voy alejando más de la gente (amigos y conocidos) igual que el ciclista que al comienzo del puerto lentamente se va quedando descolgado del grupo; primero un metro, luego dos, al cabo de unos segundos cinco metros, y al final acaba renunciando a seguirlos porque nota que ya no tiene fuerzas.

La verdad, yo no necesito ni un coche con muchos caballos, ni un descapotable, ni una moto, ni mucho menos chófer… de hecho, ni necesito coche. Tampoco una casa grande, ni una casa con jardín, ni una casa con piscina, ni un ático, ni un dúplex, ni un ático dúplex. No necesito ir a restaurantes de lujo. Ni tampoco a mesas con modelos y bengalitas en las botellas. No necesito modelos. Tampoco viajar en primera clase. No tengo ninguna necesidad de invitar a 300 personas a mi boda. Ni a 200. Ni a 100. Ni a 50. Quizás ni me case. ¿Para qué quiero una colección de tarjetas negras o que lleven la palabra premier? Tampoco necesito ser miembro de ningún club social, náutico o de tenis. No quiero palcos ni entradas en barrera. Ni el último móvil, tableta o altavoces. No necesito subir fotos a Facebook o a Instagram. Ni Navidades en la nieve. No persigo ninguna invitación a inauguraciones, fiestas de revistas u hoteles. No soy más feliz por tener un reloj exclusivo ni caro en mi muñeca. No tengo la necesidad de presentarme a dueños de discotecas, clubs o restaurantes. Tampoco de que me los presenten.

Nada de lo anterior se lo dije ni a mi amigo ni a mi conocido. Ni siquiera les contesté ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de justificarse? Sin embargo, sí es cierto que pensé que puede que mi amigo ya no me conociera tanto y que mi conocido en algo tenía razón: yo no tengo ni idea de boxeo… como tampoco de pádel o bádminton.

Estos días me he estado preguntando qué necesito para vivir. Tras darle algunas vueltas creo que, básicamente, me bastaría con algunas de estas cosas: un pequeño apartamento (exterior) en el centro de la ciudad (o cerca del centro). Al menos, tres (buenos) amigos. Unos vaqueros y algunas camisas blancas. Iberlibro.com. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco, lo suficiente para ser independiente y pagarme mis copas. Una buena fiesta al año en Londres y en Ibiza (si puede ser). Hacer algo de deporte (casi) a diario. Aire acondicionado. Pasar las Navidades en casa de mis padres. Una bicicleta; no tiene que ser el último modelo puede ser ésta o ésta. ¿Y qué más? Pues trabajar (en un buen ambiente). Una cama grande. Un traje a medida de invierno y otro de verano. Una máquina de café. Unas buenas gafas de sol. Leer el periódico en papel por las mañanas con el café. ¡Ah! y un buen verano sin mirar (demasiado) lo que gasto, porque ¿hay acaso algo peor que un mal verano?

Por último, una mujer así que haga bien el amor. Quizás, todas las mujeres así hacen bien el amor.

Ahora que lo vuelvo a leer, veo que lo que necesito para vivir es lo mismo que necesito para ser feliz o, por lo menos, intentarlo. No sé si es mucho o poco o más o menos de lo que necesitan mis amigos y conocidos. Tampoco me interesa saberlo. Cada uno tiene unas necesidades diferentes para tratar de ser feliz:

“Me refiero a su canción It’s Money Matters. Viene a decir que vale, el dinero no da la felicidad, pero a mí dame media onza de coca y méteme con dos mellizas de quince años en una limusina, y yo te cuento” Andrés Calamaro.

Todo lo bueno pasa

¿Por qué merece la pena vivir? Sí, además de Groucho Marx, las películas suecas, Marlon Brando, Frank Sinatra y las manzanas y peras de Cézanne.

Pues por otro verano más, por el gin tonic que pido en el aeropuerto antes de embarcar, por el arroz de El Pirata de Formentera, por la chica que me sonrió al pedir el gin tonic, por las camisas de lino, por los mojitos en el cubano de Isla Mujeres, por el sabor salado en una piel morena, por la colonia de suecas de Marbella, por la sangría de cava de Sa Trinxa, por esta canción (y por ésta también), por el puerto de Malta, por los pantalones blancos, por los baños mixtos de Lío, por desayunar solo en una terraza viendo el mar con un periódico, por la fiesta décimo aniversario de Circo Loco en DC10, por bañarte desnudo a la salida del BNS de Santander, por la Osa Mayor (que no sé dónde está pero me gusta señalársela a las chicas en la playa de noche), por los amigos que te acompañaron y ya no volverán, por el concierto de Pharrel Williams en VIP Room Saint Tropez el día que España ganó el mundial, por el gin tonic que pides en el avión, por la italiana que desayunaba un vodka con zumo de naranja, por esconder los calcetines en lo más profundo del cajón, por pasear solo de noche en Madrid en agosto, por el ceviche del hotel Be Tulum, por las salidas en bicicleta asfixiado bajo el sol, por las chicas que se van solas de vacaciones, por los vestidos blancos, por hacer el amor en la cubierta de un barco…

Pero también merece la pena vivir por todo lo que rodea al viaje, por la excitación contenida de los días previos, por las recomendaciones que has ido pidiendo, por no poder cerrar la maleta, por decirle al taxista que espere, que se te han olvidado unos pantalones (los blancos), por las revistas que te compras en el aeropuerto… y por soñar, otro verano más, que éste va a ser el verano en que una chica me enseñe dónde está realmente la Osa Mayor.

Lo más bonito de las vacaciones, como esas Navidades con mis padres y hermanos cuando era pequeño, no es lo que realmente viví sino, cuando las cosas no son como uno espera, poder recordarlas como un momento muy feliz. Y ahí encuentro mi imagen de la felicidad: en mis Navidades de niño y en mis veranos con buenos amigos.

Porque todo lo bueno pasa y luego vendrá septiembre con los gastos de las tarjetas, la boda de alguien que no debería casarse (¿por qué ahora todo el mundo se casa en septiembre?), volver a abrir el ojo a la misma hora todas las mañanas, la luz roja de la blackberry, la gente que sin preguntarles me cuentan sus vacaciones en Huelva o en Sotogrande, todos esos restaurantes -tan creativos como un fotomatón- que abren después del verano (tartar de atún, tataki de atún, tortilla trufada…), otra boda más y los tristes kind regards al final de cada mail.

Porque sí, es verdad, todo lo buena pasa, pero también… todo lo malo.

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Feliz verano

Cuidado con los osos

Viajar a Nueva York a bordo de un transatlántico. Dejar que los días vayan pasando  instalado en el bar tomando cócteles de champán rosado. Salir a pasear a cubierta con un trench y un sombrero cuando, de repente, un chico de la tripulación comienza a gritar mi nombre. Lleva un sobre dirigido a mí. Lo abro: un telegrama. Empiezo a leerlo pero un golpe de viento se lo lleva. Una mujer se agacha y lo recoge. Vaya, parece que a la señorita le gusta tomarme el pelo. ¡Devuélvamelo! Recupero el telegrama: Te echo en falta. Stop. Te veo en el puerto. Stop. Llevaré el vestido que tanto te gusta. Stop. Sonrío, hago del telegrama una bola y lo tiro al mar. Regreso a mi camarote, echo un ojo al baúl armario con el que siempre viajo y me tomo un tiempo decidiendo qué ponerme para otra tediosa noche más a bordo: el esmoquin cruzado. Subo a cenar al comedor principal. Mi mesa de todas las noches. El piano suena de fondo y los platos se balancean. La sientan cerca de mí. Es preciosa. Un momento, ¡es ella! ¡La chica del telegrama! ¿Cómo no me había dado cuenta de que era tan guapa? Levanto la copa y le sonrío. Acompáñeme, por favor, estamos los dos solos. ¡Dos cócteles más, camarero! ¡De champán rosado! Salimos a pasear a cubierta. Se cubre la cabeza con un pañuelo; son muy frías las noches en alta mar. Está preciosa. Me dan ganas de besarla pero no puedo (o no debo); estoy prometido, está prometida. Nos quedamos callados. El Atlántico es muy oscuro de noche. De repente, sin mirarme, me dice:

“Creo que tú y yo estamos acostumbrados a una vida de champán rosado”.

En su huida hacia el camarote la oigo susurrar: “El matrimonio es una paso muy serio para una chica como yo”.

El último día de travesía me entrega una carta. Casi no puedo leer el final, la tinta está corrida; son sus lágrimas pienso; eran mis lágrimas, me dice. Nos besamos apoyados contra la barandilla. Desde la cubierta principal, por fin (o no), divisamos Nueva York. Los dos sabemos que hay compromisos que no podemos romper. Me señala el Empire Estate, lo más cerca que hay del cielo “the Empire State Building is the closest thing to Heaven in this city”. Sigo leyendo su carta, si mi sigues queriendo dentro de seis meses “el 1 de julio, a las cinco, en la planta 102 del Empire Estate nos encontraremos”. Allí estaré.

Así comienza “la más hermosa comedia romántica jamás filmada y también la del más triste final feliz que se recuerde”. Estoy hablando de Tú y Yo de Leo McCarey.

Estamos en 1939, la guerra civil ha terminado, Pío XII es el nuevo Papa, Hitler ha decidido invadir Polonia y el belga Sylvère Maes ha ganado la trigésimo tercera edición del Tour de Francia ya que al gran Gino Bartali (ganador de la edición anterior) su país, Italia, no le ha dejado competir debido a las tensiones bélicas.

Las cosas han cambiado mucho desde 1939. Ahora el Atlántico se cruza en avión, ya no se pueden recibir telegramas, los cócteles de champán han sido sustituidos por mojitos de sabores, las cosas en España están más tranquilas y ya ni el Empire Estate es uno de los edificios más altos del mundo. Sí, todo ha cambiado mucho desde 1939. De hecho, ya ni los papas se parecen. Aunque, bueno, seamos honestos, hay algo que no ha cambiado desde entonces: Nueva York sigue siendo Nueva York.

L’Eroica es regresar a 1939, o al año que cada uno quiera soñar, es quedarse con lo más bonito de tiempos pasados, es, simplemente, regresar a algo tan sencillo como los orígenes del ciclismo; al romanticismo de los ataques de lejos, a las grandes pájaras, a las carreteras mal asfaltadas, a los propios ciclistas haciendo de mecánicos, a parar en las fuentes de los pueblos para beber.

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El origen de la L’Eroica está en La Toscana, así que La Rioja Alta fue el lugar perfecto para la primera edición en España. Allí, en Cenicero, me presenté con una bicicleta con cambios en el cuadro, rastrales en los pedales y anterior a 1987 (como marca el reglamento), un maillot de lana y ganas de hacer 120 kilómetros entre viñedos, subidas, bajadas, caminos de tierras, subidas, pequeños pueblos, carreteras mal asfaltadas (¿he dicho subidas?), con el objetivo de acabar la etapa y hacer mía la anécdota, que cuenta Ander Izaguirre en su gran libro sobre el Tour de Francia, de cuando en 1910 un loco (porque no tiene otro nombre) subido a una bicicleta se escapó al comienzo de una etapa de 326 kilómetros (sí, 326 kilómetros uno detrás de otro) y pedaleó sin descanso 14 horas, subiendo en su trayecto cinco monstruosos puertos, y alcanzada una vez la meta, tiró la bicicleta al suelo, se dirigió a uno de los organizadores y le gritó: “Asesinos”.

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Como decía, enfundarme un maillot de lana mientras el sol derretía el asfalto, subirme a una bicicleta de hace más de 30 años, luchar contra un recorrido rompepiernas durante 120 kilómetros (muchos de ellos en solitario), pasar de carreteras a caminos de tierra, tener que arreglarme los pinchazos o hacer los avituallamientos en las fuentes de los pueblos recargando el bidón y mojándome la nuca para refrescarme, fue como volver a cuando se escribían cartas a mano, a cuando aún los amantes se podían despedir en las escaleras del avión, a comprar la edición especial de tarde de un periódico recién salido de la imprenta con la tinta aún húmeda (Extra, extra! Titanic disaster great loss of life!), en definitiva, fue… volver a beber cócteles de champán rosado en esmoquin.

Eroica Hispania

Dicen que las primeras veces que se subió el Tourmalet en el Tour de Francia a los ciclistas se les avisaba de que tuvieran cuidado con los osos. En L’Eroica no hay osos y el mayor peligro es perderte y acabar en algún pequeño pueblo (pongamos Barriobusto) pidiendo agua en el bar y la dirección correcta para volver a la carrera. De momento, mejor así, tampoco es necesario tanto romanticismo.

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Los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas

Esta Semana Santa estuve en Santander pasando unos días. Me gusta ir al Norte a descansar. Mis días allí básicamente se traducen en levantarme pronto, salir a correr viendo el mar (sin música) y luego dejar que el resto de la mañana vaya muriendo en alguna cafetería, junto con algún periódico y mezclando cafés con vermuts. Las tardes las dedico, o más bien se dedican ellas solas, a ir pasando lentamente mientras leo en el sofá o adelanto algo de trabajo esperando a que llegue la noche. Esa primera noche es obligatorio ir con un amigo a cenar al Marucho para tomar albóndigas de rape y mucho vino en la barra. Las demás noches suelen ser hamburguesa y gin tonics en el Caribe, en pleno Sardinero, o cenas en el Tenis absorbiendo lentamente la decadencia de la ciudad.

Aproveché una mañana para ir a hacer surf a Suances con un amigo. Lo mejor del surf es el después. Sales del agua tan cansado pero, al mismo tiempo, tan relajado como cuando, tras un día de SPA, te tumbas en albornoz en una habitación semi-oscura, con música relajante de fondo y consigues, sin esfuerzo, llegar a ese punto de relajación en el que no piensas en nada (que es una de las cosas más complicadas de esta vida).

En Suances hay un lugar, un hotel más bien, El Castillo, con unas vistas preciosas a la playa de Los Locos. Siempre que hago surf en Suances, al terminar, voy a El Castillo a tomar un café y un sándwich. Es un ritual, igual que la primera cena cada vez que voy a Santander tiene que ser en Marucho. Tengo unos amigos, ya mayores, que llevan muchos años viajando juntos. Siempre que van a una ciudad investigan cuál es el hotel (tiene que ser un hotel, no les vale un bar) con la mejor coctelería y allí se van la primera tarde a tomar unos martinis. Esos martinis los comparan con los recuerdos que tienen de otros martinis bebidos en otros viajes y mientras planifican, con una copa en la mano, nuevos viajes, me confiesan que suelen caer en la melancolía al recordar que ya nunca beberán tan jóvenes pero que, sin embargo, eso no quiere decir que sean jóvenes. Porque, como decía el poema, que dejaron de ser jóvenes y entender de qué iba esto, ya se dieron cuenta hace demasiado tiempo:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes,

yo vine a llevarme la vida por delante.

Me gustan los rituales por una razón muy sencilla: los rituales los creas tú. Tus rituales, como tus amigos o tus ex, son lo que te definen. A todos ellos los has escogido tú.

En Suances, decía, en el hotel El Castillo estaba tomando un café bien caliente y mi sándwich, cuando en la mesa de al lado se sentó una madre (supongo) y su hijo. El hijo tendría entre treinta y treinta cinco años y escuchaba a su madre sin decir una sola palabra. La madre le repetía que debía ir pensando en casarse. Que tenía que salir menos. Y que a su edad ya era el momento de que formara una familia. Como argumento final, y para zanjar aquel asunto con su hijo, le dio un último consejo: “haz como el resto de la gente”. En ese momento, me acordé de la anécdota que publicó hace tiempo Manuel Jabois:

“En Pardiñas con Diego de León una anciana alta de pelo muy blanco y muy corto, peinada a lo garçon como una flapper superviviente del hundimiento del 29, se acercó a mi hijo para decir que estaba dispuesta a robarlo. Ella ya había criado a seis hijos, dijo, pero podría hacerse cargo del mío. Hablaba con ese humor feliz que se le pone a las señoras mayores cuando pasean por la calle asombrándose de todo como si tuvieran 15 años. Mi mujer declinó amablemente la invitación. Pasados los sofocos iniciales, y mientras no dejaba de jugar con el niño, la mujer dijo en un acento levemente extranjero, diluido con los años y caído en algún momento del siglo pasado:

– Tuve seis hijos, sí, y perdí a uno muy jovencito.

– Pues lo sentimos, de verdad.

Hizo un gesto de dejarlo estar, como si ya hubiese pasado mucho tiempo.

– Era una época en la que en Madrid los jóvenes bebían y se drogaban mucho, ¿sabes? Y yo siempre le metí en la cabeza a mi hijo que hiciese deporte. Murió en el Himalaya.

Sonrió muy despacio, como si temiese echar a llorar, y dijo con la voz ronca: «Nunca aconsejes nada a nadie».”

Creo que David Trueba podía haber metido los consejos, junto con los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas, en el comienzo de su libro Cuatro Amigos:

“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas (…). No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados”.

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Salvaje y sentimental

Existe un placer, intenso y profundo, que poca gente conoce y, por tanto, pocos pueden disfrutar en dejarse atrapar por un bucle de sufrimiento. Levantarse un sábado con la boca pegajosa y los vaqueros al lado de la cama. Recordar que escribiste a un par de amigos para salir a cenar porque no querías quedarte en casa un viernes por la noche. “Un poco de dignidad” pensaste. Vas hacia el cuarto de baño, pisas la camisa blanca que tiraste al entrar por la puerta y recuerdas, mientras bebes agua directamente del grifo, que después de unos chupitos de no sabes muy bien qué terminaste, sin más compañía que un vodka, en la barra de El Amante. Hasta que lo cerraste. Hay felicidad en esos momentos en los que, aceptando que te han derrotado, te vuelves solo a casa en un taxi sufriendo por alguien.

Te escribió sobre las 2:30 pero parecía que lo hacía ya por pura rutina. No estaba convencida. O al menos no es como otras que te escribían. O estás convencida o no lo estás. No hay más. No te voy a perseguir, para eso búscate otro perro.

Mientras cenas con los dos amigos que has conseguido a última hora miras de vez en cuando el móvil. Más o menos cada dos o tres minutos. Como si fueras el presidente de Goldman Sachs. Sin embargo, tú aquí ni pones las normas ni controlas nada (y sabes que ya es demasiado tarde para hacerlo). Por supuesto que tus amigos no saben nada. Nadie sabe nada. Y no lo van a saber. Ocultarlo es una forma razonable de ser alguien. Puede ser que algún día dejes caer alguna cosa. Si es un buen amigo lo captará. No necesita más. Y no te preguntará, te dejará hablar, si es que tú quieres hablar. De repente, te viene a la memoria aquel amigo de la universidad que parecía inmune a cualquier mordedura de este tipo pero que ahora cuando le ves de cena en cena ya sólo habla de amor. Lo que sufría sabiendo que unos pocos meses antes le había invitado a Nueva York y que ahora ésa misma se la estaba jugando a otro en alguna estación de esquí (mira que me avisaron… si ya se lo había hecho a otros). Su sufrimiento te parecía tan lejano como el del ciclista que ves en la televisión escalando Alpe d’Huez. No hemos llegado a eso, es cierto, pero ya, ¡por fin!, sufriendo en la barra de El Amante has conseguido darte cuenta de algo: están jugando contigo. Sabes que tenía que pasar, era pura justicia divina o como cada uno quiera llamarlo. Tantas veces estuviste en el otro lado poniendo tú las reglas que algún día te tocaría jugar en el lado que sólo sabías que existía por referencias y del que no tienes ningún manual.

Te duchas, bajas la cabeza mientras el agua te cae sobre el pelo y piensas qué hacer el sábado. No tienes ningún plan y no hay nada peor en esta vida que no tener un plan para el fin de semana. Te pones las gafas de sol y como un náufrago te dejas arrastrar hacia donde te lleve el día, sin saber tampoco si te rescatarán. Al menos, los náufragos tienen un madero al que agarrarse, piensas parado en un semáforo.

Te pones esta canción (only miss the sun when it starts to snow), o ésta otra (debería estar cansado de tus manos, de tu pelo… de tus rarezas), para llegar a la terraza de Cappuccino. Hay tanto placer en este sufrimiento con música de fondo… Y lo disfrutas, porque no sabes cuándo volverá a repetirse. Y cuando todo esto haya pasado (porque pasará) lo recordarás con la misma felicidad que sentiste cuando te levantaste por primera vez con ella y no se lo dijiste a nadie (porque nadie sabe nada, ni del principio, ni del final). Te pones al sol, con el abrigo, un café y un vaso de agua mientras ves a la gente pasar. Parecen felices. Siempre has sospechado de la gente que te dice que es feliz. Estos sólo lo parecen. Y pensando en la felicidad pides otro café y otro vaso de agua. Miras al móvil y todavía no te ha escrito. Cuña de tu madera.

Paseas por Serrano, llegas hasta no sabes dónde, y recorres el mismo camino de vuelta, entras en alguna tienda y sientes mucha debilidad, no por la resaca sino por esa desconocida sensación de estar jugando fuera de casa, con el campo embarrado y el árbitro en contra en un partido de sentimientos que tienes que salir a remontar. Te paras a tomar un vermut en Café Murillo y vuelves a echarle un ojo al móvil, debe ser la vigésima cuarta vez que te lo sacas del bolsillo desde que lo miraste deambulando hacia la ducha como un extra de The Walking Dead. Nada. Pues tú no piensas escribirla.

Del vermut inicial pasaste al tercero y a lo mejor ya es suficiente. Decides volver a casa para disfrutar de esta extraña sensación con alguien que ya haya vivido el juego al que te están obligando a jugar. Así que te agarras a Mr. Allen como el náufrago al madero. Te decides entre Manhattan o Annie Hall. Manhattan. Al acabar de verla, te das cuenta de que el hoyo es más grande y que no estás parando de cavar.

Crees que es una buena idea salir a correr para así no tener que estar mirando cada tres minutos el móvil y también, seamos aquí honestos, con la esperanza de que cuando te pares tengas algún mensaje. Tratando de llegar a El Retiro vuelves a notar que ayer bebiste demasiado. Sin embargo, salir a correr te aclara las ideas y en un momento de lucidez caes en la cuenta de que envidias a la gente que se atreve a ir a alcohólicos anónimos. Ellos también tienen problemas pero por lo menos se tienen los unos a los otros para contarse por lo que están pasando.

No hay ningún mensaje y te quieres ir ya a la cama en un sábado de sufrimiento, tristeza y puro placer en donde envidias la suerte que corrió Napoleón en Waterloo. Sólo quieres levantarte el domingo pronto y tomar tres cafés bien cargados mientras lees el periódico en silencio. Te duchas y en otro momento más de debilidad decides mandarla un mensaje antes de ir a dormir. Algo suave. Que no crea que estás ofendido o que le importas demasiado. Vaya, te contesta y está encantadora. Dice que sale a cenar y luego a tomar algo. Que si vas a salir.

Está claro que cuanto mayor es el sufrimiento, menor es el azar de que haya sido justo con ella. Tu propia medicina.

Pues sí, yo también salgo hoy. Y sí, resulta que yo también tengo una cena. Qué casualidad, le digo. Habrá que llamar a alguien. Y piensas que hay que disfrutar de estos momentos que no se dan muy a menudo. Sonríes y te vuelves a acordar de la noche anterior, en el taxi, borracho, solo, volviendo a casa, sufriendo y disfrutando.

Agradeces todo lo que te está pasando, porque te estás sintiendo muy vivo dentro de este interminable bucle.

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Y justo antes de salir por la puerta a forzar un encuentro casi casual, llegas a una conclusión: tú no estás sufriendo por amor, amigo. No. El que está aquí realmente sufriendo es tu E-G-O.

Fin de año

Sin uvas. La televisión apagada. No hay campanadas. Tampoco Puerta del Sol. Sin balance de lo bueno y lo malo. En nuestro hotel. Nada de cenar. Fuera está nevando. ¿O es verano? Qué más da. Sin turrón. Sólo vino (y champán). Vamos a la ducha. Tu pelo mojado. Te pones el albornoz. Lovers at first sight, in love forever. No llegamos a la cama. El servicio de habitaciones. Más champán. Tus hombros. Bowie. El esmoquin. Busco tu bolso. Bajamos a la fiesta. Tus miradas. Me colocas el pañuelo. Bailas. ¿Subimos? Me dices. El ascensor. Te beso. Mi pajarita. Tu perfume.

¿Qué hora es?

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Agotados. Do not disturb en la puerta y amor en la cama. Dime algo bonito, por favor: lie to meNos dormimos. Sin despertador. Abres los ojos: 2 de enero.

¿Qué es la eternidad? – Te pregunto en la cama.

Estas horas – me contestas en voz baja.

(Ever since that night, we’ve been together) 

El pianista del hotel

Cuenta David Gistau que cuando entrevistó a Manuel Vincent hace años éste le dijo que, “a cierta edad”, viajar consiste en procurar que te conozcan por tu nombre los pianistas de los grandes hoteles de no más de media docena de ciudades sublimes del mundo.

Hace poco, en el hotel Only You, donde no hay piano, aunque sí me conocen por mi nombre, celebraron su primer aniversario con un brunch de domingo que duró todo el día y al que nos invitaron a un amigo y a mí. Veníamos los dos de un sábado en Toledo, en donde en otra fiesta nos pasamos el día bebiendo, riendo y hablando (entre canciones de Pereza que se repetían en bucle) de fútbol, chicas, viajes…vamos, de la vida.

De ese domingo en Only You me llevé una agradable resaca para el lunes, a una azafata rubia con un vestido verde muy corto a tomar una copa cuando se acabó la fiesta en el hotel y una caricatura con mi amigo bastante graciosa (y con bastante poca semejanza con la realidad) que nos hizo un tipo que yo creo que sólo hacía caricaturas a los que consideraba los personajes más variopintos y, por tanto, más caricaturables del brunch non-stop.

Hace cinco años, o quizás menos –pongamos tres o incluso dos-, lo de la rubia habría sido el gran recuerdo de aquel fin de semana y lo más probable es que la caricatura se hubiera perdido incluso antes de llegar a casa. Sin embargo, ahora que estoy viendo en salón de mi casa la caricatura, enmarcada y colgada, mi gran recuerdo de aquel estupendo fin de semana será, y más con el paso de los años, esa caricatura que me recordará que ya no beberé ni reiré tan joven.

Si viajar es que “a cierta edad” te conozcan algunos pianistas; quizás hacerte mayor es que “a cierta edad” aunque te sigan invitando a las mismas fiestas, sonando las mismas canciones y pasándote las mismas cosas te quedes con otros recuerdos de ellas.

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“Al tigre nunca se le van las rayas”

Ya sólo habla de amor

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso

que no me canso nunca de escucharlo.

Repíteme otra vez que la pareja

del cuento fue feliz hasta la muerte,

que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera

se le ocurrió engañarla. Y no te olvides

de que, a pesar del tiempo y los problemas,

se seguían besando cada noche.

Cuéntamelo mil veces, por favor;

es la historia más bella que conozco.

(Amalia Bautista)

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(Por ese beso que nunca nos dimos. Y nunca nos podremos dar)

Dime algo bonito: Miénteme

No teníamos ningún futuro. Y yo se lo repetía. Pero nos divertíamos juntos. Ella odiaba París. ¿Qué futuro puede haber con alguien que odia París? En mi casa nos mentíamos los domingos por la tarde. Pero me gustaban sus (nuestras) mentiras. Nadie me dijo que era el último domingo. Ahora me gustaría que me volviera a decir algo bonito. Algo como:

– Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.

– Te he esperado todos estos años.

– Dime que habrías muerto si no hubiese vuelto.

– Habría muerto si no hubieses vuelto.

– Dime que todavía me quieres, como yo te quiero.

-Todavía te quiero como tú me quieres.

– Gracias. Muchas gracias.

Quizás, porque fue ella, y no yo, el que ya no volvió a escribir.

Tenía razón  Loriga, otra vez, cuando dijo “esperar a ser querido por una mujer que no te quiere es uno de los placeres más grandes que este mundo puede regalarnos”.

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El guisante

No era un príncipe feliz ya que no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.

-¡Eres demasiado exigente! -le decía la reina- Te he presentado a las princesas más hermosas, más inteligentes y más encantadoras del mundo, pero ninguna ha colmado tu deseo.

-Te estoy muy agradecido, madre -respondía el príncipe- Es muy difícil encontrar una verdadera princesa. Pero, estoy seguro de que algún día la hallaré.

La reina decidió salir en ayuda de su hijo y convocó en palacio a todas aquéllas que decían ser princesas. Y les puso a prueba. Dormirían sobre veinte colchones y veinte edredones, debajo de los cuales había colocado un guisante. Pasarían la prueba las que no pudieran pegar ojo por culpa del guisante. Ninguna de ellas protestó a la mañana siguiente. Cuando ya creían que no encontrarían princesa para el príncipe apareció una noche una desconocida, superviviente de un naufragio, pidiendo pasar la noche en palacio. La reina, aunque ya sin esperanzas, decidió también ponerla a prueba. No pudo dormir en toda la noche por culpa del guisante.

Hay una canción de Lana del Rey que comienza así: blue jeans, white shirt…cuatro palabras que definen un estilo de mujer. Blue jeans, white shirt es la  princesa náufraga. Blue jeans, white shirt: ése es el guisante.