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Completamente avergonzado

Me encanta la frivolidad, eso sí, siempre que sea en su justo punto. La frivolidad es como el vermú en el dry martini, unas gotas pueden convertir un simple chorro de ginebra en una bebida compleja, difícil y de adultos. Sin embargo, un toque de más del barman y aquello es un brebaje que sólo te puedes beber cuando te da igual todo, por ejemplo, si estás enamorado o eres aficionado del Real Madrid en la temporada 2017-2018. Yo una vez devolví uno en el bar del Le Meurice; a veces, las revoluciones empiezan con pequeños gestos. Lo recordé el otro día cuando leí que habían entrado en el Ritz de París a robar unas joyas y que habían tenido que esconder a los clientes del bar en un salón para protegerlos, entre ellos estaba Beigbeder. Hay vidas que sólo se entienden desde la frivolidad.

De Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946. Por cierto, siempre me gustó más su título original “Notorious”) me encanta cuando el grupo de amigos nazis exiliados en Brasil quedan para cenar en casa del jefe y se dedican a conspirar con unos modales exquisitos en esmoquin. El otro día, un diputado del parlamento británico dimitía en directo por haber llegado dos minutos tarde (thoroughly ashamed). Hace poco una amiga se fue de casa de sus padres para vivir sola, me dijo que ahora se estaba dando cuenta de la cantidad de gastos que suponía vivir sola y que tendría que empezar a cortar con lo superfluo, le pregunté si iba entonces a dejar de usar una colonia de Jo Malone que me gusta mucho “antes dejo de comer que de usar Jo Malone”, me contestó. Uno se enamora de chicas así y no de las que te hablan de planes de pensiones.

Ojalá un día quedar a cenar con mis amigos para conspirar en esmoquin, aunque después de la cena nos diéramos cuenta de que no teníamos nada contra qué conspirar.

Drunker

Este diciembre del 2017 se han cumplido 70 años del estreno de Casablanca. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi y la impresión que me causó. Fueron unas Navidades en casa de mi abuela cuando yo tenía unos 14 ó 15 años. Circulaba por allí una colección del periódico El Mundo sobre las 100 mejores películas de la historia y ahí estaba ella en su cinta VHS. Me quedé pegado a la pantalla desde el momento en que apareció el mapa de África. Cuando acabó comprendí que había visto no una película, sino mi película. Sí, es mi película, no sé cuántas veces la he visto; la he visto cuando estoy triste, cuando estoy enamorado, cuando estoy feliz, cuando estoy aburrido, cuando estoy borracho y siempre, siempre, siempre lloro justo en el momento en el que cantan La Marsellesa y a una de los amantes de Rick, que tonteaba con los alemanes y vuelve con el Bien al escuchar la canción (qué difícil es para algunos saber lo que es el Bien en el 2017. Esa gente no me interesa, por cierto), se le caen las lágrimas (bufff qué guapa sale llorando).

Mi película siempre la he visto solo. La única vez que la vi acompañado fue cuando cerraron el cine Palafox de Madrid (“El mejor cine de Europa”, así se anunciaba hace muchos, muchos años). También esa vez lloré, aunque en la oscuridad del cine el amigo al que invité no se dio cuenta. Conservo dos cosas de aquella sesión: las entradas y, sobre todo, el recuerdo de ver Casablanca en pantalla grande. Fue la última sesión del Palafox. Cuando salí de ver la película pensé que cerrar un cine con Casablanca es como si eres músico y en tu funeral aparece David Bowie.

Perdón, vuelvo a la peli. Vuelvo a Ilsa ¿cómo no te vas a enamorar de Ilsa?, vuelvo al jefe de la Resistencia ¿cómo no te vas a enamorar de quien es la esperanza frente a la barbarie? Vuelvo a Sam ¿cómo no vas a querer tener un amigo como Sam? Vuelvo a Renault ¿cómo no va a hacerte gracia el mayor cínico de la historia del cine? Vuelvo al bar que siempre he soñado con tener (con una puerta secreta que te lleva a un casino y poder firmar los cheques con: OK Rick. Sé que también es el sueño de mi amigo Borja) vuelvo a Rick. Conocer a Rick es querer ser como Rick, es querer ser el tipo “al que todo le sucedió la noche anterior”, como dice Garci. Rick es un buen tipo con ideales pero camuflados en un escudo de sarcasmo y cinismo. Rick enamora a las mujeres (a todas, sí, también a nuestras madres, hermanas, novias y amantes. Lo siento, chicos), lleva el mejor bar de la ciudad y, además (y se me quedó marcado) nunca acepta que nadie se tome una copa con él. Bebe solo. Rick es el hermano mayor al que quieres imitar, es el repetidor en el colegio por el que suspiran las chicas de clase (sí, ésas que nunca se fijaron en ti cuando tenías 16), Rick bebe pero nunca se emborracha, a Rick toda Casablanca le respeta (sus empleados del bar, Ferrari, su competencia, Renault, la máxima autoridad de la ciudad, Paul Henreid, el Bien pero su competidor)… todos hemos querido ser Rick. Yo he hablado como Rick, he contestado como Rick a las chicas, he bebido solo como Rick, yo he fingido ser Rick… hasta que con el paso de los años te das cuenta de que Rick es lo que es: un fracasado.

Cuando ves Casablanca con 14 ó 15 (y luego, también, con 24 ó 25) Rick es tu modelo, Rick lo es todo, pero Rick no es ejemplo de nada. Ni pretende serlo. Rick es honesto. Rick quería amar, quería estar con Ilsa, quería tener una familia con ella, quería vivir en un país libre, con su adosado, su barbacoa los domingos y sus hijos correteando en el jardín mientras Ilsa grita desde la cocina que el pastel de manzana está ya listo pero que hay que esperar a que se enfríe para comerlo.

Cuando el mayor Strasser le pregunta a Rick cuál es su profesión y éste contesta “borracho” (drunker) no hay nada de valentía o heroicidad en su respuesta. No. Lo que está diciéndole a mucha gente es que no seáis como yo. Sin embargo, su mensaje sólo lo puedes entender cuando ya tienes unos años, cuando has viajado, has querido, te han roto el corazón y has bebido solo en las barras de muchos bares por todo el mundo.

Beber solo no tiene nada de romanticismo, a mí me gustaría beber con la mujer que amo, ni de épica, porque beber solo es lo fácil y parar lo complicado, ni de grandeza, ninguna mujer se enamora de un borracho.

Todo lo anterior lo sé porque lo que estáis leyendo lo escribo desde la barra de un bar. Acabo este texto justo cuando finiquito mi tercer dry martini.

Feliz 2018.

(Y que esta entrada sirva del más, más, más, humilde de los textos en homenaje a Casablanca)

 

No sé si lo entendéis

Mi momento favorito de la semana comienza la tarde del viernes (sí, un día como hoy), alrededor de las 19:30 o 20 horas, cuando entro en mi bar.

La puerta de mi bar es como una frontera, cuando la atravieso dejo atrás el mundo real, el de los malos trabajos, las desgracias, los sinsabores del amor, las decepciones de la gente que querías, los jefes que tiene que demostrar (¿ante quién?) que son jefes y, sobre todo, el mal gusto, para entrar en un país de ciudadanos que tiene el corazón limpio, que no envidian, que no juzgan. Mi bar es como una nación donde te reencuentras con todo aquello por lo que merece la pena vivir (y, posiblemente, morir) los momentos de felicidad con amigos, los goles de mi equipo en el 93, los viajes de verano con veintipocos cuando aún no sabías que el mundo también contenía desgracias, el primer beso con aquella chica del trabajo ¿te acuerdas?, las noches de reyes, los partidos de fútbol en los recreos o los besos de las películas antiguas.

Agarro una revista, nunca la leo, sólo la ojeo mientras bebo, me acomodo en mi sitio de la barra (digo mío porque de tantas horas que he estado allí ya lo considero mío) y dependiendo del ánimo de la semana me pido un daiquiri, un dry martini o un negroni. Aunque hay días que me siento invencible y dejo al barman que decida por mí. Ningún buen barman me ha fallado nunca en una recomendación.

Allí en la barra, mi copa y yo miramos a todo los que nos rodea, al barman que prueba la pajita del bloody mary para saber si está picante, a las botellas de bitters, cada uno de un color, que alineados junto a las cocteleras y los vasos mezcladores parecen un ejército a punto de luchar por nuestra felicidad, a esa pareja en donde ella, con esos tacones y ese vestido, va overdressed ¿serán amantes?, a las dos chicas que hay solas tomando manhattans (abro paréntesis. Siempre me he preguntado de qué hablan dos chicas solas con unas copas delante. Son un misterio) y también al que está bebiendo solo ¿esperará a alguien o sólo querrá un momento de tranquilidad consigo mismo aquí en su Inisfree?

Ya son las 21:30 y he quedado para cenar con mis amigos, hablaremos de eso que hablan los amigos cuando se juntan: chicas, fútbol, fiestas pero también de amores, cine, libros, fracasos, proyectos y recuerdos. Muchos recuerdos. Cada vez hablamos más de recuerdos.

Mis tres daiquiris y yo estamos ya en la calle buscando el restaurante. Ya he llegado. Saludo a mis amigos. Ahora charlaremos, reiremos y luego saldremos por ahí. Pero no es lo mismo. No sé si lo entendéis.

La vie en rose

Hace unos pocos fines de semana estuve en Francia en la boda de un amigo del colegio mayor. Mi amigo se llama Iñaki, es ingeniero de caminos, vive en París y se ha casado con una parisina .

Como si nos tratáramos de unos jóvenes aristócratas del norte de Europa que buscan el sentido de la vida en la belleza, el campo y el pasado, alquilé con unos amigos el jueves un coche en Nantes con la intención de recorrer con calma la parte Este del país de Houellebecq (que, por cierto, siempre he pensado que es por donde Rick llevó a Ilda a beber vino y comer queso en aquel paseo en coche en donde ella, enamorada, pone su cabeza sobre el hombro de Rick y ambos creen que estarán juntos para siempre) con el fin de contemplar sus viñedos, sus ríos navegables y sus pueblos, cada uno tan orgulloso de su vino local como los rondeños de Antonio Ordóñez, los romanos de su ciudad o Gianni Agnelli de sus trajes. Abandonados a los placeres más profundos, que siempre tienen que ver con la comida y la bebida, almorzamos a la orilla del Loira en la terraza de La Route du Sel, inolvidable la anguila y excelentes el queso y la mousse de limón. Hay comidas que se graban a martillazos en tu memoria.

Para reforzar la experiencia estética y confirmar que a la felicidad se llega a través de la belleza, como descubrieron Henry Miller o Lawrence Durrell en sus viajes al Mediterráneo, donde sus libros más recordados fueron escritos, la boda fue en el precioso château familiar que la familia de ella posee desde hace más de 150 años cerca de un pequeño pueblo llamado Montreuil-Bellay.

Allí en el pueblo se celebró una cena la noche del viernes, que básicamente consistió en probar todos los tipos de vinos de la zona. Arrastrados como tablones en el mar por la marea alcohólica de la preboda, recalamos en el château donde encontramos un precioso cielo estrellado y luz en la cocina. Pensando que quizás habría que echar una mano de última hora con algún preparativo, nos adentramos con la decisión de un legionario. Y, efectivamente, se requería nuestra ayuda, pero para acabar unas cuantas botellas de champagne que el padre de Iñaki había abierto con un amigo para brindar por su hijo.

Mi amigo tiene una de las mejores cabezas que conozco y al mismo tiempo es la persona más humilde con la que me he topado, dos cualidades que suelen tomar siempre caminos opuestos, como la manera de vestir de la mayoría de la gente que sube a un avión y el buen gusto. Esto de la genialidad y la humildad me lleva a recordar la contestación que me dio mi amigo Javier cuando le comenté que las revistas dirigidas a mujeres tenían artículos mejores, estaban mejor editadas y, en general, eran más interesantes que las de hombres “es que las revistas de hombres están hechas por tontos que se creen listos y las de mujeres por listas que van de tontas”.

En uno de los brindis, el padre nos contó una anécdota que sirve para perfilar perfectamente el carácter de mi amigo. Cuando Iñaki trabajaba en una constructora española y les dijo que se iba a París, la comisión ejecutiva del consejo de administración le citó para que explicara el estado de todos los proyectos que llevaba. Iñaki se los fue explicando detalladamente y al finalizar la exposición el consejero delegado, sorprendido por la responsabilidad que recaía sobre él a su edad, le ofreció doblarle el sueldo si se quedaba. Iñaki se lo agradeció pero rechazó la oferta. El consejero delegado insistió y le ofreció que pusiera él una cifra. Esta vez mi amigo le explico que no era una cuestión de dinero, que él se iba a París por amor. Esta historia (de amor) no la conoce su ya mujer. Soy sincero y reconozco que entre el champagne y la forma de contarlo del padre me emocioné.

La declaración de amor más grande del cine es la de Tom Doniphon (John Wayne) en El hombre que mató a Liberty Valance cuando escondido de noche en un callejón mata al asesino de Liberty pero, sin embargo, hace creer a todo el pueblo que ha sido Ransom Stoddard (James Stewart) el que les ha liberado del tirano. Ransom se casa con su chica, se va a Washington y logra ser senador. Se ha quedado con todo. Tom muere solo y sin que nadie sepa lo que ha hecho por el pueblo y a lo que ha tenido que renunciar.

De todas las formas que tenían de declarar su amor tanto Tom como mi amigo, ambos eligieron la que creo es la más sincera pero, al mismo tiempo, la más difícil: evitar declararse.

Por lo menos, en esta película mi amigo se ha quedado con la chica.

Sé que John Ford estaría orgulloso de mi amigo. Y yo lo estoy de tener un amigo que podría ser protagonista de una película del mayor genio del cine.

(Escrito en Be Tulum el 3 y el 6 de agosto mientras espero a unos amigos antes de ir a cenar. El día 3 han tocado en directo, entre otras, dos maravillosas versiones de La vie en rose – como el día de la boda  – y La mujer de Ipanema. El día 6 había luna llena y mientras la pareja de enamorados que tengo enfrente cenaba, los camareros me han dicho que las tortugas estaban dejando los huevos en la playa. He bebido unas cuantas caipirinhas)

¿El azar planificado?

Hace un par de noches vi este documental de National Geographic sobre el nacimiento de la Tierra y la vida. Es un documental excepcional que me ha enseñado varias cosas, por ejemplo: que la Tierra nació hace aproximadamente 4.500 millones de años. Que se cree que durante el proceso de formación la Tierra otro planeta llamado Tea chocó contra el nuestro y así se creó nuestra luna. Que el agua llegó a la Tierra a través de millones de meteoritos que estuvieron cayendo durante millones de años sobre el planeta, así que el agua no tiene un origen terrestre. Que los días no siempre han durado 24 horas o que la especie que más ha dominado la Tierra no ha sido la humana, sino los dinosaurios que vivieron unos 170 millones de años antes de extinguirse. Nosotros (si nos podemos empezar a llamar nosotros a un simio que vivió sobre un árbol y no podía ponerse de pie) debemos llevar unos cuatro millones de años. También que el hombre, como el resto de los animales, podría descender de un pez llamado picaya. Y que hay una teoría que dice que la vida pudo no nacer en la Tierra sino que llegó a ella a través de algún meteorito, lo que convertiría nuestros orígenes en extraterrestres. Hablar de miles de millones de años hace que pierda toda perspectiva.

A la mañana siguiente, mientras andaba camino del trabajo, iba pensando en lo insignificante que es la vida de cada uno con los que me cruzaba pero también qué insignificante es la mía. ¿Qué significa una vida, la de cualquier especie, en un periodo de 4.500 millones años? ¿Qué valor tiene mi vida frente al universo? Por muchos años que pueda vivir no significaré nada en la historia del universo y, a la vez, con qué intensidad pueda llegar a sentir amor, odio, felicidad, tristeza o pasión. Mi vida no significará nada y, sin embargo, todo en mi vida gira en torno a mí, como la del resto de gente que iba viendo por la calle gira en torno a ellas. Qué insignificantes son ellos para mí igual que yo lo soy para el universo.

¿Qué he elegido yo en mi vida? No lo sé. No elegí a mis padres, ni a mis hermanos, no elegí mi familia, no elegí dónde nací, tampoco la fecha de mi nacimiento y no elegiré el día que me muera. ¿Qué puede depender de mí? Vivimos sabiendo que vamos a morir y ésa es una losa que nos acompaña desde que nacemos. Hace unos años un amigo me dijo que ya nunca beberíamos tan jóvenes como esa noche, y ese pensamiento me creó una profunda angustia. Soy joven pero siento la angustia del paso del tiempo.

Voy andando por la calle y veo los autobuses, las paradas de metro, los edificios y pienso en lo mucho que el hombre ha evolucionado en los últimos 70.000 años, que es cuando se cree que el homo sapiens abandonó África. Hemos pasado de descender de un pez que un día salió del agua, a erguirnos y caminar, de escondernos en cuevas a construir catedrales, de aprender a cazar a explorar el espacio interestelar gracias a la Voyager 1 y también a crear esta maravilla que suena sin parar mientras escribo ¿pero esta evolución ha sido rápido o lenta? ¿Son muchos o pocos 70.000 años de evolución? No lo podemos saber porque no sabemos cuántos años, miles de años o millones de años seguiremos sobre la Tierra para comparar nuestro proceso evolutivo.

Se cree que dentro de 5.000 millones de años la Tierra desaparecerá. Otra galaxia chocará contra la nuestra y se creará un agujero negro que arrastrará al Sol y a la Tierra, lo que será nuestro fin. Pero es probable que el ser humano haya desaparecido antes por la caída de un meteorito ¿Y una vez desaparecidos, significará que nuestro paso por la Tierra fue puro azar o, por el contrario, el hecho de poder tener estos pensamientos supone ya de por sí que somos fruto de un plan?

Jamás lo sabré.

Entro en mi despacho, me pongo un café, leo los periódicos y comienza un nuevo día.

El club de las horas contadas

Estos días de Navidad he vuelto a ver El Ladrón de Bicicletas. Hacía muchísimo tiempo que no la veía. Estamos en Roma, hacia 1947, en medio de una posguerra durísima. A un padre, el primer día de trabajo después de pasarse meses buscando uno, le roban la bicicleta que necesita para trabajar o será despedido, así que al día siguiente coge a su hijo, que tendrá cuatro o cinco años, y juntos se dedican a buscar al ladrón durante toda la mañana.

La frustración del padre por los fracasos en la búsqueda hace que lo pague con el hijo y acaben enfadados entre ellos, por lo que durante un breve momento se separan; breve, pero lo justo para que el padre tema que su hijo haya podido morir ahogado en el Tíber. Sin embargo, no es Bruno el desafortunado y cuando aliviado el padre lo descubre, le comienza a tratar con más dulzura (“estás sudando, Bruno. Anda, venga, ponte la americana” le dice cuando le encuentra) y se lo lleva a comer a un restaurante donde la posguerra ya no existe.

En el restaurante, el chaval juega con su mozzarella en carrozza como si fuera chicle mientras no deja de mirar a la mesa de al lado, donde un crío de su edad, bien vestido y regordete, que come a dos carrillos, está sentado con una familia que no para de pedir más comida y champagne. El padre observa a su hijo y le dice inocentemente que para comer como los de esa mesa habría que ganar “por lo menos, un millón al mes”. El niño, que no ha dicho una sola palabra desde que entraron en el restaurante, suelta automáticamente la mozzarella de las manos, como si en ese queso estuviesen todos los fracasos de la familia y la culpabilidad que siente el padre por ser pobres, y es que Bruno será pequeño pero sabe perfectamente que su padre le ha llevado a un restaurante que su familia no se puede permitir. El padre, que ha sido humillado durante toda la mañana delante de su hijo, le mira con ternura y le dice que no se preocupe, que siga comiendo, que “todo tiene solución menos la muerte”.

Esta escena está llena de la mayor ternura y el amor más sincero que pueden existir.

En muchas ocasiones, ya no hay amor ni queda nada de la amistad pero muchos prefieren seguir fingiendo, creo que por el pánico que les produce la soledad (“tengo miedo a los domingos por la tarde solo” me dijo hace poco un conocido). Yo, mientras, prefiero seguir siendo socio del club de las horas contadas, donde hace años que el tiempo se acaba, para que cuando alguien reciba mi amor o mi amistad sepan que es totalmente sincera, como el amor del desdichado padre a Bruno.

Feliz Navidad

En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal

El infierno

– Nos está tocando mucho las narices a mi familia el periodista ése.

Hace algunos jueves un amigo me invitó a la inauguración de un restaurante gallego en Madrid. Nos pusimos de pulpo y vieiras como si estuviéramos en la boda de un narco gallego de segunda (digo de segunda porque quiero pensar que en la de uno de primera, además de pulpo y vieiras, habría kilos de percebes, decenas de langostas y varios enanos paseando entre las mesas sosteniendo sobre sus cabezas bandejas de plata repletas de drogas). Todo perfecto mientras planificábamos la forma de ir a Milán a la final de la Copa de Europa y oíamos de fondo a un grupo destrozar en directo Absolute Beginners como sentido homenaje al cantante. Pobre David nos decíamos mi amigo y yo con una empanada de bacalao en la mano.

Después de charlar con las chicas de comunicación que habían organizado la convocatoria, me presentaron a un chaval simpático y extrovertido con el que acabamos hablando del libro de Arcadi Espada “En Nombre de Franco”. El chico que me acababan de presentar es descendiente de uno de los diplomáticos españoles en Hungría que salvaron a miles de judíos de una muerte segura a manos de los nazis. “En Nombre de Franco” trata de dar luz a aquella historia no siempre bien contada. Lo interesante de este libro (que no he leído pero lo tengo en la lista) es que el periodista afirma, con pruebas en la mano, que los diplomáticos españoles no actuaron por su cuenta, como reza la versión oficialista y quizás edulcorada, sino cumpliendo órdenes del gobierno franquista. Al parecer, también se desvelan las aventuras de los diplomáticos con mujeres que no eran las suyas. Vamos, lo de siempre entre diplomáticos ¿no? Nada nuevo. Sin embargo, estas revelaciones no debieron sentar bien en la familia del chico, ya que los insultos que le cayeron a Arcadi todavía resuenan en las paredes del restaurante. Yo, callado, pensé en lo afortunado que era la familia del chico porque un buen periodista se hubiera interesado en olisquear en la historia familiar mientras que en la mía ya podían ir muriendo familiares que ni el más gris y profesional inspector de hacienda iba a investigar cómo se había tributado.

Decidido ya con mi amigo que teníamos que ir a Milán y lamentándonos por no ser jóvenes herederos de una rica familia burguesa catalana para salir en coche desde Barcelona 10 días antes de la final desembarcando en San Siro habiendo hecho parada antes en Gerona, Nimes, Marsella, Saint Tropez, Cannes, Niza, Mónaco y Génova y temiendo que la banda versionara otra canción de míster Bowie nos fuimos a tomar una copa a uno de nuestros bares favoritos

Instalados en la barra del bar le pedimos un par de gintonics a una camarera muy simpática que siempre nos trata muy bien. Esa noche, sin embargo, la notamos algo rara y al preguntarla nos contó, con ojos vidriosos, que se encontraba muy preocupada y asustada por culpa de los resultados de unos análisis médicos que tenía que repetir en los próximos días. Nosotros nos ofrecimos a ayudarla en lo que pudiéramos, nunca se sabe, quizás a través de algún amigo conociéramos a algún médico especialista de su no se sabe qué, porque de momento no tenía nada. Ella, agradeciendo nuestro ofrecimiento, nos dijo que no confiaba mucho en la medicina, que creía que los métodos homeopáticos pueden funcionar igual de bien que los científicos y que los médicos le daban miedo. Bastante sorprendidos seguimos bebiendo.

Tras acabar el segundo gintonic me fui andando hacia mi casa escuchando esta versión de Mañana por Manolo Tena. Mientras cruzaba de noche el precioso Paseo de Recoletos relacioné las dos historias: la del chico que no quería asumir la verdadera historia de su antepasado y la de la camarera que niega a la ciencia. Realmente, no eran dos historias separadas, eran la misma historia, la de no querer afrontar la realidad. Entrando casi en el portal de casa recordé aquella frase que leí en un libro y subrayé: “el infierno somos nosotros”… aunque algunas veces le echemos la culpa a Arcadi o a la ciencia.

No soy blando, muñeca

El martes pasado ya en la cama, tras haberme acostado tarde por culpa del trabajo, me di cuenta de que no había hablado con nadie en todo el día. Me refiero que a nadie le conté cómo estaba o qué me apetecía hacer después del trabajo, qué planes podía tener para esa semana o, no sé, si la maître del restaurante donde cené el viernes merecía tanto la pena como para ir a cenar una noche con ella. Por supuesto que había intercambiado algunas frases con alguien ese martes:  compañeros de trabajo, varias llamadas con clientes y contrapartes (ahora se dice calls) y también con algún pesado del gimnasio a la hora de comer, pero realmente eso no es hablar; de hecho, ni se le parece. Con la luz apagada en la cama pensé que el lunes tampoco había hablado con nadie; ni el domingo, en el que me había levantado pronto para salir con la bicicleta y acabé por la noche en los cines de la plaza de Jacinto Benavente viendo una película con una botella de agua y una bolsa de gominolas. Todo lo hice solo.

Ese martes había cenado en la terraza de Sifón leyendo a Raymond Chandler:

“- Eres un cachorro tan guapo, Johnny. Dios mío, qué guapo eres. Lástima que seas blando.

De Ruse dijo en voz baja sin moverse:

– No soy blando, muñeca, sólo un poco sentimental. Me gusta apostar a los caballos y jugar a las cartas y echar unos unos cubos rojos con puntos blancos. Me gustan los juegos de azar, incluyendo a las mujeres. Pero cuando pierdo, no me desespero ni hago trampas. Paso a la mesa siguiente. Hasta la vista.”

El lunes cené, también solo, en la barra del Cisne Azul. Ya casi nunca ceno en casa. Creo que lo hago (inconscientemente) para que mis días no sean unos iguales a los otros. Cuando llego a casa, normalmente tarde del trabajo, no tengo a nadie que me espere. Tampoco tengo a nadie a quien esperar. Dice mi amigo Luis que la mayoría de la gente se junta simplemente porque tiene miedo a estar sola ya que no están a gusto consigo mismos. Y creo que es verdad. Puede que los cobardes no sean los que están siempre solos, sin comprometerse con nadie, sino los que son incapaces de poder cenar, salir y beber solos y entonces huyen buscando alguien (cualquiera) a quien agarrarse. No lo sé, pero también puede que los valientes sean ésos a los que no les gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, aquéllos que se enfrentan a la soledad y no la rehuyen. La soledad es una condena y siempre va a estar acompañándonos. Muchos tratan de obviarla fingiendo que no existe, escondiéndose en sus mujeres, novios o amigos. Nacemos, vivimos y morimos solos. Sin embargo, como De Ruse, soy un sentimental y sigo buscando (discretamente) a alguien con quien compartir mi soledad… y también la suya. Y si la encuentro, decirle algo parecido a lo que Bruno, el protagonista de Las Partículas Elementales de Houllebecq, le dice a Christiane, porque aunque es cierto que nunca dos se aman a la plena satifacción del otro, los tipos como De Ruse sabemos que una vida, por muy solitaria que sea, sin amor es media vida:

“Bruno interrumpió aquí el artículo, tras una semana de estancia. Lo que le quedaba por decir era más tierno, más delicado, más incierto. Se habían acostumbrado, después de pasar la tarde en la playa, a tomar un aperitivo a las siete. Él bebía Campari; Christiane solía tomar un Martini blanco. Bruno miraba los reflejos del sol sobre las paredes (blancas en el interior, ligeramente rosadas en el exterior). Le gustaba ver a Christiane andar desnudada por el apartamento mientras iba a por hielo o las aceitunas. Lo que sentía era extraño, muy extraño: respiraba con más facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. Una tarde, ocho días después de su llegada, le dijo a Christiane: “Creo que soy feliz.” Ella se detuvo en seco, con la mano crispada en la bandeja del hielo, y dejó escapar el aire lentamente. Él continuó:

– Quiero vivir contigo. Tengo la impresión de que ya está bien, que ya hemos sido lo bastante desgraciados durante demasiado tiempo. Luego vendrán la enfermedad, la invalidez y la muerte. Pero creo que podemos ser felices juntos hasta el final. En cualquier caso, tengo ganas de intentarlo. Creo que te quiero.”

Feliz Navidad.

¿Qué necesito para vivir?

Hace no mucho, un buen amigo me dijo “no vas a ser feliz nunca si necesitas todo eso”. Por desgracia, no recuerdo a santo de qué me soltó aquella frase… y no será porque no he tratado de acordarme.

Me olvidé de lo de mi amigo cuando a las pocas semanas me invitaron un sábado por la noche a una gala de boxeo en el Casino de Torrelodones. La presentación fue magnífica. En uno de los salones del Casino montaron un ring rodeado por apenas tres o cuatro filas de sillas. Entre combate y combate el público salía a un jardín a tomar copas, fumar y hablar con los boxeadores y sus entrenadores. Estaba claro que muchos de los espectadores no eran los habituales que suelen ir a ver combates al extrarradio de Madrid. La intención de los organizadores era fomentar el boxeo en un ambiente distendido y en un lugar que pudiera atraer precisamente al público que no va a los extrarradios de Madrid. Allí me encontré con un conocido al que aprecio y que al verme me preguntó qué pintaba yo por allí, “en un combate de boxeo”. Insistió, dijo que me hacía más “viendo un partido de pádel o de bádminton con sus raquetas” y no a dos tíos pegarse. No soy precisamente Sherlock Holmes, pero creo que me estaba haciendo saber que si me había acercado por allí era más por el ambiente que por el deporte y que si la pelea hubiera sido en un gimnasio de barrio con su olor a lejía, sudor y duchas mal desinfectadas habría rechazado la invitación.

ring

A los pocos días relacioné ambas historias. Me entristecí. Noto como poco a poco me voy alejando más de la gente (amigos y conocidos) igual que el ciclista que al comienzo del puerto lentamente se va quedando descolgado del grupo; primero un metro, luego dos, al cabo de unos segundos cinco metros, y al final acaba renunciando a seguirlos porque nota que ya no tiene fuerzas.

La verdad, yo no necesito ni un coche con muchos caballos, ni un descapotable, ni una moto, ni mucho menos chófer… de hecho, ni necesito coche. Tampoco una casa grande, ni una casa con jardín, ni una casa con piscina, ni un ático, ni un dúplex, ni un ático dúplex. No necesito ir a restaurantes de lujo. Ni tampoco a mesas con modelos y bengalitas en las botellas. No necesito modelos. Tampoco viajar en primera clase. No tengo ninguna necesidad de invitar a 300 personas a mi boda. Ni a 200. Ni a 100. Ni a 50. Quizás ni me case. ¿Para qué quiero una colección de tarjetas negras o que lleven la palabra premier? Tampoco necesito ser miembro de ningún club social, náutico o de tenis. No quiero palcos ni entradas en barrera. Ni el último móvil, tableta o altavoces. No necesito subir fotos a Facebook o a Instagram. Ni Navidades en la nieve. No persigo ninguna invitación a inauguraciones, fiestas de revistas u hoteles. No soy más feliz por tener un reloj exclusivo ni caro en mi muñeca. No tengo la necesidad de presentarme a dueños de discotecas, clubs o restaurantes. Tampoco de que me los presenten.

Nada de lo anterior se lo dije ni a mi amigo ni a mi conocido. Ni siquiera les contesté ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de justificarse? Sin embargo, sí es cierto que pensé que puede que mi amigo ya no me conociera tanto y que mi conocido en algo tenía razón: yo no tengo ni idea de boxeo… como tampoco de pádel o bádminton.

Estos días me he estado preguntando qué necesito para vivir. Tras darle algunas vueltas creo que, básicamente, me bastaría con algunas de estas cosas: un pequeño apartamento (exterior) en el centro de la ciudad (o cerca del centro). Al menos, tres (buenos) amigos. Unos vaqueros y algunas camisas blancas. Iberlibro.com. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco, lo suficiente para ser independiente y pagarme mis copas. Una buena fiesta al año en Londres y en Ibiza (si puede ser). Hacer algo de deporte (casi) a diario. Aire acondicionado. Pasar las Navidades en casa de mis padres. Una bicicleta; no tiene que ser el último modelo puede ser ésta o ésta. ¿Y qué más? Pues trabajar (en un buen ambiente). Una cama grande. Un traje a medida de invierno y otro de verano. Una máquina de café. Unas buenas gafas de sol. Leer el periódico en papel por las mañanas con el café. ¡Ah! y un buen verano sin mirar (demasiado) lo que gasto, porque ¿hay acaso algo peor que un mal verano?

Por último, una mujer así que haga bien el amor. Quizás, todas las mujeres así hacen bien el amor.

Ahora que lo vuelvo a leer, veo que lo que necesito para vivir es lo mismo que necesito para ser feliz o, por lo menos, intentarlo. No sé si es mucho o poco o más o menos de lo que necesitan mis amigos y conocidos. Tampoco me interesa saberlo. Cada uno tiene unas necesidades diferentes para tratar de ser feliz:

“Me refiero a su canción It’s Money Matters. Viene a decir que vale, el dinero no da la felicidad, pero a mí dame media onza de coca y méteme con dos mellizas de quince años en una limusina, y yo te cuento” Andrés Calamaro.