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Todo el mundo tiene un plan

He pasado unos días en familia estas Navidades en Valladolid. Allí he vuelto a ver a algunos de los pocos amigos que tengo, de esos con los que puedes pasarte semanas o meses no ya sin verte sino sin hablarte y cuando les ves “poder pensar junto a ellos en voz alta”; también he comido como si tuviera que engordar para luego meterme en una cueva a hibernar (sopa castellana, lechazo, cocido, pularda, guisantes con jamón – mi perdición -, no soy muy de turrón pero sí de roscón y panettone con el café); no he parado de beber vino, sobre todo Emilio Moro, que para eso estábamos en Valladolid y luego en otras ciudades te lo encuentras inflado (como los desayunos en la cama, el sexo en la playa, los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas) – algunas veces me pregunto si las relaciones con mis amigos no estarán basadas en los gintonics, los vodka tonic y el vino, es decir: en el alcohol; y que si lo elimináramos de nuestras reuniones sería como quedar con el delegado de clase del colegio (el que se sentaba en primera fila, te pedía que callaras cuando hablaba el profesor y en la cena de graduación se iba al acabar los postres mientras nosotros esperábamos a las copas y ellas se iban al baño a maquillar. Posiblemente ahora sea uno de esos millonarios de Sillicon Valley, pero ¿y?) -; acabé también algún libro pendiente, entre ellos el de “Straight to Hell” de @GSElevator (aventuras y golfadas bastante exageradas, cuando no inventadas directamente, de un trader en un banco americano antes de la crisis de 2007); también madrugué mucho, hay días que me gusta levantarme muy pronto, mientras el resto de la casa duerme y sólo se oye el ruido de la cafetera, y con la tranquilidad de la mañana leer en la cocina los artículos que me he guardado en Pocket para luego, lleno de cafeína, salir a correr junto al Pisuerga con una lista de música un poco incomprensible que va desde Los Panchos a Luz Casal o Solomum. Sobre esto, sobre las listas de música, siempre he creído que junto con la biblioteca de cada uno es de lo más personal que tenemos. Yo cuando voy a casa de alguien siempre trato de cotillear un poco la librería a ver qué lee. Te puede definir el contorno de una persona. No exageremos y no digamos aquello de que “si no tiene libros, no te lo folles”. Llegado a ese punto, acabemos el trabajo, disfrutemos las cosas bien hechas y, aunque no le demos ya ninguna posibilidad a otra cena (bien es cierto que nunca sabes si te la volverás a encontrar de noche en algún sitio y entonces…), aprovechemos la oportunidad para ¡por una vez! hacer de rubia despechada yéndonos de su casa dando un sonoro portazo; indignados porque aunque la cama era cómoda y la compañía entregada de qué puedes conversar en una segunda cena con alguien que no lee ni la carta del restaurante y te dice “pide tú por mí”. No, algunos todavía preferimos a las que saben abrir una botella de vino pero que mientras te miran con cara de gatita y sonríen (puede que hasta también se muerdan el dedo) te piden que se la abras. ¿Qué por qué lo hacen? Pues chico, porque se pasan el día poniéndonos a prueba.

Bueno, sigo, allí en Valladolid el punto de encuentro con mis amigos es siempre un pequeño bar en el centro llamado Monsó. El sitio es pequeño pero muy cómodo; con una terraza agradable para pasar con copas las tardes claras de Valladolid una vez que la niebla de la mañana (que es cuando salgo a correr o con la bicicleta) ha decidido irse. Además, como pasa en provincias, y aún más en un bar, allí se mezclan todo tipo de gente de todas las edades. Te puedes encontrar a aquella chica que te gustaba hace años y que ¡oh vaya! parece que los treinta no le han sentado bien, un funcionario, al empresario al que la crisis le arruinó, la universitaria que vuelve a casa por Navidad y le cuenta a la amiga que se quedó cómo le va (“a ver si vienes a verme, porque salimos con unos chicos que siempre tienen botellas en Madrid y nunca pagamos, además, pasamos sin hacer cola. Y allí – mientras le guiña el ojo a su amiga – no nos conoce nadie” como si las oyera), un trasnochado que todavía no lo sabe, el alcalde, una funcionaria ¿cuántos funcionarios hay en provincias? y alguno que pasados los treinta aún consigue vivir de sus padres. Vamos, “un poco de todo”, como digo siempre que me preguntan qué quiero para acompañar a los garbanzos del cocido.

Como decía, por el bar se dejaba caer gente de todas las edades. De todos ellos, el que a mí más  me llamó mucho la atención fue un hombre mayor – no soy muy bueno para las edades pero apostaría a que ya no cumple los ochenta -. Siempre iba hecho un pincel con su bastón, los zapatos limpios, una corbata con el nudo bien hecho, jersey de pico y chaqueta; este look junto con su pelo, que cuidadosamente peinaba hacia atrás, le daba un cierto aire de galán del cine español ya retirado.

Siempre iba solo. La primera vez que le vi entrar y pedirse un Ribera pensé que estaría esperando a alguien. Sin embargo, allí nunca aparecía nadie. Tampoco se quedaba mucho por el bar, quince, quizás veinte minutos, y tras mirar con cuidado las monedas antes de pagar se despedía de los camareros con mucha educación.

Un día me dijeron que se había quedado viudo hacía poco y que su mujer y a él les gustaba salir juntos por el centro a tomar un vino. Cuando me enteré y le volví a ver por el bar imaginé que seguía saliendo, aunque fuera solo, a tomar un Ribera para no quedarse en casa y tratar de evitar así que el tiempo le pasase por encima. Que no hay mejor manera de no olvidar los momentos felices que pasó con su mujer que recordando los momentos felices que pasaron juntos. Yo le miraba y en ese tipo veía estilo y clase. Veía que no quería rendirse. Que los golpes son parte de la vida y que hay que saber encajarlos.

Mucha gente confunde el estilo o la clase con tener un 911 en el parking, pasar unas Navidades en Baqueira con casa a pie de pista, o pasear por París con un traje de Loro Piana agarrado a unas piernas muy largas que abrazan un 2.55 de Chanel. Y no, eso nada tiene que ver con el estilo o la clase. Sé perfectamente que no lo es porque vivo rodeada de gente así; tipos que se desmoronarían, y arrastrarían a todos los que pudieran, al menor golpe.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe. Y tiene razón. Sólo unos pocos cuando reciben un crochet en forma de enfermedad o un gancho por una traición o un directo donde más duele (en el corazón) por un abandono siguen teniendo un plan… o al menos lo parece.

Por eso, el estilo y la clase sólo se lo puedes descubrir a alguien cuando está recibiendo golpes.

Alí

En Valladolid para tomar el aperitivo La Tasquita y su tartar de pimienta. También Daicoco con sus gildas y ensaladilla.

Para comer con muy buenos vinos por copa y una gran cocina a un precio mejor: La Chula. Me encanta su pasta de calamar.

Para cenar con algo de rollo, sin lugar a dudas, la planta de arriba de Corinto.

Hay varios sitios que me han decepcionado así que mejor ni mencionarlos. En este blog me gusta hablar sólo de cosas bonitas.

Si alguien va a Valladolid y quiere saber dónde ir a comer o de pinchos, que le pregunte a Pablo Lázaro. Los ha probado todos y no le debe nada a nadie. El día que le vea escribiendo en algún periódico o revista entonces es cuando dejaré de fiarme.

No soy blando, muñeca

El martes pasado ya en la cama, tras haberme acostado tarde por culpa del trabajo, me di cuenta de que no había hablado con nadie en todo el día. Me refiero que a nadie le conté cómo estaba o qué me apetecía hacer después del trabajo, qué planes podía tener para esa semana o, no sé, si la maître del restaurante donde cené el viernes merecía tanto la pena como para ir a cenar una noche con ella. Por supuesto que había intercambiado algunas frases con alguien ese martes:  compañeros de trabajo, varias llamadas con clientes y contrapartes (ahora se dice calls) y también con algún pesado del gimnasio a la hora de comer, pero realmente eso no es hablar; de hecho, ni se le parece. Con la luz apagada en la cama pensé que el lunes tampoco había hablado con nadie; ni el domingo, en el que me había levantado pronto para salir con la bicicleta y acabé por la noche en los cines de la plaza de Jacinto Benavente viendo una película con una botella de agua y una bolsa de gominolas. Todo lo hice solo.

Ese martes había cenado en la terraza de Sifón leyendo a Raymond Chandler:

“- Eres un cachorro tan guapo, Johnny. Dios mío, qué guapo eres. Lástima que seas blando.

De Ruse dijo en voz baja sin moverse:

– No soy blando, muñeca, sólo un poco sentimental. Me gusta apostar a los caballos y jugar a las cartas y echar unos unos cubos rojos con puntos blancos. Me gustan los juegos de azar, incluyendo a las mujeres. Pero cuando pierdo, no me desespero ni hago trampas. Paso a la mesa siguiente. Hasta la vista.”

El lunes cené, también solo, en la barra del Cisne Azul. Ya casi nunca ceno en casa. Creo que lo hago (inconscientemente) para que mis días no sean unos iguales a los otros. Cuando llego a casa, normalmente tarde del trabajo, no tengo a nadie que me espere. Tampoco tengo a nadie a quien esperar. Dice mi amigo Luis que la mayoría de la gente se junta simplemente porque tiene miedo a estar sola ya que no están a gusto consigo mismos. Y creo que es verdad. Puede que los cobardes no sean los que están siempre solos, sin comprometerse con nadie, sino los que son incapaces de poder cenar, salir y beber solos y entonces huyen buscando alguien (cualquiera) a quien agarrarse. No lo sé, pero también puede que los valientes sean ésos a los que no les gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, aquéllos que se enfrentan a la soledad y no la rehuyen. La soledad es una condena y siempre va a estar acompañándonos. Muchos tratan de obviarla fingiendo que no existe, escondiéndose en sus mujeres, novios o amigos. Nacemos, vivimos y morimos solos. Sin embargo, como De Ruse, soy un sentimental y sigo buscando (discretamente) a alguien con quien compartir mi soledad… y también la suya. Y si la encuentro, decirle algo parecido a lo que Bruno, el protagonista de Las Partículas Elementales de Houllebecq, le dice a Christiane, porque aunque es cierto que nunca dos se aman a la plena satifacción del otro, los tipos como De Ruse sabemos que una vida, por muy solitaria que sea, sin amor es media vida:

“Bruno interrumpió aquí el artículo, tras una semana de estancia. Lo que le quedaba por decir era más tierno, más delicado, más incierto. Se habían acostumbrado, después de pasar la tarde en la playa, a tomar un aperitivo a las siete. Él bebía Campari; Christiane solía tomar un Martini blanco. Bruno miraba los reflejos del sol sobre las paredes (blancas en el interior, ligeramente rosadas en el exterior). Le gustaba ver a Christiane andar desnudada por el apartamento mientras iba a por hielo o las aceitunas. Lo que sentía era extraño, muy extraño: respiraba con más facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. Una tarde, ocho días después de su llegada, le dijo a Christiane: “Creo que soy feliz.” Ella se detuvo en seco, con la mano crispada en la bandeja del hielo, y dejó escapar el aire lentamente. Él continuó:

– Quiero vivir contigo. Tengo la impresión de que ya está bien, que ya hemos sido lo bastante desgraciados durante demasiado tiempo. Luego vendrán la enfermedad, la invalidez y la muerte. Pero creo que podemos ser felices juntos hasta el final. En cualquier caso, tengo ganas de intentarlo. Creo que te quiero.”

Feliz Navidad.

Algunos apuntes del verano

  • El jardín de noche del restaurante Macao en Santa Gertrudis de Fruitera (Ibiza). Un lugar discreto, con estilo y muchísimo encanto. Una gran cena. Y las grandes cenas tienen que acabar en desayuno.
  • La tortilla trufada y el bacalao negro (estilo Nobu) de Tatel en Madrid. Debo ser honesto y decir que uno de los dueños es amigo mío, pero también creo que no me llevo por la amistad cuando digo que el sitio y la comida merecen mucho la pena. Ah, y que no se me olvide, también merece la pena, y mucho, la pelirroja que canta en directo New York, New York mientras cenas.
  • La exposición de Vogue en el Thyssen (Vogue like a painting). Y de entre todas las fotos, ésta de Patrick Demarchelier

Vogue like a painting

  • Un pescado llamado raó que comí en el chiringuito Tanga en Formentera. Según nos comentó el camarero, a este pececito (parecido al salmonete) sólo se le puede pescar en septiembre. Espectacular.
  • Esta foto. Esta pareja.

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  • 0, (00 también, si es ruleta americana), 17, 20 y 36 son, a partir de ahora, mis números del casino para toda la vida. Son los mismos números con los que jugaba en el casino de Biarritz la abuela de un amigo (sin que el abuelo supiera que su mujer se dejaba caer por el casino) con el que he estado en México este verano. Yo les he añadido el 7 y el 13. Tuvimos buenas noches.

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  • Este llavero de Fernández o Hernández que compré en una tienda de la calle de Madrid Ayala (creo que Ayala 27) en donde únicamente venden cosas (todas las cosas que se te ocurran) de Tintín. Por cierto, no hay mejor libro para sostener a Hernández o Fernández.

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  • El bonito con tomate del restaurante La Bombi en Santander. En Santander: Marucho y La Bombi.
  • Este traje cruzado de verano que se hizo un amigo en Suitz (sí, para una boda en septiembre). Vuelvo a ser honesto, uno de los dueños es amigo mío, pero por muy amigo que fuera no lo recomendaría si la calidad y precio no estuvieran a la altura: lo están.

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  • Esta canción que hacía años que no escuchaba y sonó en un momento de paz absoluta una mañana. Fue el preludio de un gran día. La canción de un viaje corto a Ibiza. Ahora la escucho a diario.

Amore, fai presto, io non resisto…

se tu non arrivi non esisto

non esisto, non esisto…

  • Esta foto en donde están resumidos todos los buenos veranos que he pasado (y espero seguir pasando).

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  • “Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo”, el libro de Augusto Assía que recopila sus crónicas a La Vanguardia durante la Segunda Guerra Mundial como corresponsal en Londres. Un enamorado de Inglaterra:

“¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad? Los ingleses creen – y ya la experiencia nos dirá si con razón o equivocadamente – que sin aquellas cosas no se puede hacer la guerra, y que si se hace, se pierde.”

“¿Qué cómo han vivido los ingleses en la retaguardia durante el año 1942? Querido director: los ingleses vivieron en la retaguardia del año 1942 como el año 1941, el año 1790 o el de la nanita. Leyendo el Times por las noches al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky, divagando sobre el tiempo y los antepasados, tirando de la pipa, labrando la tierra, trabajando en el torno, educando a los hijos, obedeciendo las leyes y temiendo a Dios. Vivieron, en fin, con arreglo a sus costumbres”.

  • Esto de Pessoa que robé de la cuenta de Twitter de @guardian_el_

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  • Y, sobre todo, Batey en Tulum. Pocos bares con tanto rollo he encontrado nunca. Cuando nos lo recomendó una camarera de Be Tulum nunca pensé que un sitio que no parecía ser mucho a primera vista pudiera ofrecerme tanto. Música en directo todos los días, camareras divertidas (argentinas, italianas, cubanas…), perdedores con clase que eligieron Tulum para huir y mujeres que acuden solas y se pagan sus copas (aún queda alguna).

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El blog nació con la idea publicar entradas como la de hoy o ésta de Madrid. Sin ninguna pretensión, simplemente porque me gusta pensar que en otras ciudades hay gente con gustos parecidos; gente interesante con la que es posible hablar e intercambiar consejos. Algunas veces pienso que si MenInMadrid no lo hice realmente para escapar, si es que se puede, de la soledad. Un blog como mera distracción y, a la vez, honesto, muy honesto; con la certeza de que lo que publique tiene que ser mejor que lo que se lee en la mayoría de las publicaciones de viajes, vida, hombres o como se quieran autodefinir.

Sin embargo, el blog ha ido mutando (o degenerando, dirán algunos) a algo diferente, más personal.

Pero la idea original sigue estando ahí, saber que hay gente que disfruta tomando un vermú casero mientras lee el periódico en una terraza de ¿Barcelona? o que les gusta salir a pasear solos alguna noche de verano en ¿Valencia? escuchando una canción versionada de Bowie; los mismos que saben decirte dónde hay un cine en versión original en ¿Bilbao? o que pueden tener una noche memorable en The Box Londres, rodeados de chicas que abrazan la química,  sin la necesidad de publicarlo en ninguna red social; esos mismos a los que te puedes encontrar una semana más tarde tomando una gilda y un negroni en ¿Valladolid? discutiendo sobre fútbol, los tacones perfectos o cómo mejorar el swing pero también sobre qué libro de Houellebecq es mejor: Ampliación del Campo de Batalla o Plataforma. He conocido gente así. Un poco lo que decía Garci cuando le preguntaban si sus gustos culinarios son siempre sofisticados:

Al contrario, soy un clásico. Ostras y caviar, con Dom Pérignon, por supuesto. Pero también la cuchara: judías pintas, cocido, lentejas, el arroz a banda, el jamón de Jabugo (para mí, el mejor amigo del hombre), y los bocadillos de chorizo, de anchoas, la escarola, las patatas fritas, la ensaladilla de Casa Rafa [en Madrid], el steak-tartare del Club 31 [Madrid], la carne a la brasa, el pan con aceite, las castañas asadas y las castañas pilongas, todos los frutos secos…

Chico, cuidado

Qué difícil es decir hasta luego… y más aún adiós. Qué difícil es borrar sus fotos. Qué difícil es saber que amó más intensamente a otros. Qué difícil es no sonreír al recordar sus (¿nuestras?) gracias. Qué difícil es un domingo por la tarde sin que me mientan. Qué difícil es dejar de engañarse. Qué difícil es no recordar al pedir un gin fizz. Qué difícil es ver que ya no hay ningún mensaje al acostarme. Qué difícil es no poder contárselo a nadie. Y, sobre todo, qué difícil es dejar de amar.

Qué valiente es hacerlo aunque te acusen de cobarde.

¿Te arrepientes de haberme conocido? Me preguntó un día. Y yo no supe qué contestar a eso.

Me ha vuelto a ocurrir lo mismo que a Beigbeder “amé y he sido amado, pero nunca las dos cosas al mismo tiempo”.

¿De qué le sirve abrocharse el cinturón y ponerse el casco a un kamikaze?

Qué difícil es olvidar y qué vacío es vivir sin sufrir.

Chico, cuidado con la melancolía, es un vicio… y el invierno viene frío.

(Camino de Formentera – también como Beigbeder – para huir…  de mí).

¿Qué necesito para vivir?

Hace no mucho, un buen amigo me dijo “no vas a ser feliz nunca si necesitas todo eso”. Por desgracia, no recuerdo a santo de qué me soltó aquella frase… y no será porque no he tratado de acordarme.

Me olvidé de lo de mi amigo cuando a las pocas semanas me invitaron un sábado por la noche a una gala de boxeo en el Casino de Torrelodones. La presentación fue magnífica. En uno de los salones del Casino montaron un ring rodeado por apenas tres o cuatro filas de sillas. Entre combate y combate el público salía a un jardín a tomar copas, fumar y hablar con los boxeadores y sus entrenadores. Estaba claro que muchos de los espectadores no eran los habituales que suelen ir a ver combates al extrarradio de Madrid. La intención de los organizadores era fomentar el boxeo en un ambiente distendido y en un lugar que pudiera atraer precisamente al público que no va a los extrarradios de Madrid. Allí me encontré con un conocido al que aprecio y que al verme me preguntó qué pintaba yo por allí, “en un combate de boxeo”. Insistió, dijo que me hacía más “viendo un partido de pádel o de bádminton con sus raquetas” y no a dos tíos pegarse. No soy precisamente Sherlock Holmes, pero creo que me estaba haciendo saber que si me había acercado por allí era más por el ambiente que por el deporte y que si la pelea hubiera sido en un gimnasio de barrio con su olor a lejía, sudor y duchas mal desinfectadas habría rechazado la invitación.

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A los pocos días relacioné ambas historias. Me entristecí. Noto como poco a poco me voy alejando más de la gente (amigos y conocidos) igual que el ciclista que al comienzo del puerto lentamente se va quedando descolgado del grupo; primero un metro, luego dos, al cabo de unos segundos cinco metros, y al final acaba renunciando a seguirlos porque nota que ya no tiene fuerzas.

La verdad, yo no necesito ni un coche con muchos caballos, ni un descapotable, ni una moto, ni mucho menos chófer… de hecho, ni necesito coche. Tampoco una casa grande, ni una casa con jardín, ni una casa con piscina, ni un ático, ni un dúplex, ni un ático dúplex. No necesito ir a restaurantes de lujo. Ni tampoco a mesas con modelos y bengalitas en las botellas. No necesito modelos. Tampoco viajar en primera clase. No tengo ninguna necesidad de invitar a 300 personas a mi boda. Ni a 200. Ni a 100. Ni a 50. Quizás ni me case. ¿Para qué quiero una colección de tarjetas negras o que lleven la palabra premier? Tampoco necesito ser miembro de ningún club social, náutico o de tenis. No quiero palcos ni entradas en barrera. Ni el último móvil, tableta o altavoces. No necesito subir fotos a Facebook o a Instagram. Ni Navidades en la nieve. No persigo ninguna invitación a inauguraciones, fiestas de revistas u hoteles. No soy más feliz por tener un reloj exclusivo ni caro en mi muñeca. No tengo la necesidad de presentarme a dueños de discotecas, clubs o restaurantes. Tampoco de que me los presenten.

Nada de lo anterior se lo dije ni a mi amigo ni a mi conocido. Ni siquiera les contesté ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de justificarse? Sin embargo, sí es cierto que pensé que puede que mi amigo ya no me conociera tanto y que mi conocido en algo tenía razón: yo no tengo ni idea de boxeo… como tampoco de pádel o bádminton.

Estos días me he estado preguntando qué necesito para vivir. Tras darle algunas vueltas creo que, básicamente, me bastaría con algunas de estas cosas: un pequeño apartamento (exterior) en el centro de la ciudad (o cerca del centro). Al menos, tres (buenos) amigos. Unos vaqueros y algunas camisas blancas. Iberlibro.com. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco, lo suficiente para ser independiente y pagarme mis copas. Una buena fiesta al año en Londres y en Ibiza (si puede ser). Hacer algo de deporte (casi) a diario. Aire acondicionado. Pasar las Navidades en casa de mis padres. Una bicicleta; no tiene que ser el último modelo puede ser ésta o ésta. ¿Y qué más? Pues trabajar (en un buen ambiente). Una cama grande. Un traje a medida de invierno y otro de verano. Una máquina de café. Unas buenas gafas de sol. Leer el periódico en papel por las mañanas con el café. ¡Ah! y un buen verano sin mirar (demasiado) lo que gasto, porque ¿hay acaso algo peor que un mal verano?

Por último, una mujer así que haga bien el amor. Quizás, todas las mujeres así hacen bien el amor.

Ahora que lo vuelvo a leer, veo que lo que necesito para vivir es lo mismo que necesito para ser feliz o, por lo menos, intentarlo. No sé si es mucho o poco o más o menos de lo que necesitan mis amigos y conocidos. Tampoco me interesa saberlo. Cada uno tiene unas necesidades diferentes para tratar de ser feliz:

“Me refiero a su canción It’s Money Matters. Viene a decir que vale, el dinero no da la felicidad, pero a mí dame media onza de coca y méteme con dos mellizas de quince años en una limusina, y yo te cuento” Andrés Calamaro.

Todo lo bueno pasa

¿Por qué merece la pena vivir? Sí, además de Groucho Marx, las películas suecas, Marlon Brando, Frank Sinatra y las manzanas y peras de Cézanne.

Pues por otro verano más, por el gin tonic que pido en el aeropuerto antes de embarcar, por el arroz de El Pirata de Formentera, por la chica que me sonrió al pedir el gin tonic, por las camisas de lino, por los mojitos en el cubano de Isla Mujeres, por el sabor salado en una piel morena, por la colonia de suecas de Marbella, por la sangría de cava de Sa Trinxa, por esta canción (y por ésta también), por el puerto de Malta, por los pantalones blancos, por los baños mixtos de Lío, por desayunar solo en una terraza viendo el mar con un periódico, por la fiesta décimo aniversario de Circo Loco en DC10, por bañarte desnudo a la salida del BNS de Santander, por la Osa Mayor (que no sé dónde está pero me gusta señalársela a las chicas en la playa de noche), por los amigos que te acompañaron y ya no volverán, por el concierto de Pharrel Williams en VIP Room Saint Tropez el día que España ganó el mundial, por el gin tonic que pides en el avión, por la italiana que desayunaba un vodka con zumo de naranja, por esconder los calcetines en lo más profundo del cajón, por pasear solo de noche en Madrid en agosto, por el ceviche del hotel Be Tulum, por las salidas en bicicleta asfixiado bajo el sol, por las chicas que se van solas de vacaciones, por los vestidos blancos, por hacer el amor en la cubierta de un barco…

Pero también merece la pena vivir por todo lo que rodea al viaje, por la excitación contenida de los días previos, por las recomendaciones que has ido pidiendo, por no poder cerrar la maleta, por decirle al taxista que espere, que se te han olvidado unos pantalones (los blancos), por las revistas que te compras en el aeropuerto… y por soñar, otro verano más, que éste va a ser el verano en que una chica me enseñe dónde está realmente la Osa Mayor.

Lo más bonito de las vacaciones, como esas Navidades con mis padres y hermanos cuando era pequeño, no es lo que realmente viví sino, cuando las cosas no son como uno espera, poder recordarlas como un momento muy feliz. Y ahí encuentro mi imagen de la felicidad: en mis Navidades de niño y en mis veranos con buenos amigos.

Porque todo lo bueno pasa y luego vendrá septiembre con los gastos de las tarjetas, la boda de alguien que no debería casarse (¿por qué ahora todo el mundo se casa en septiembre?), volver a abrir el ojo a la misma hora todas las mañanas, la luz roja de la blackberry, la gente que sin preguntarles me cuentan sus vacaciones en Huelva o en Sotogrande, todos esos restaurantes -tan creativos como un fotomatón- que abren después del verano (tartar de atún, tataki de atún, tortilla trufada…), otra boda más y los tristes kind regards al final de cada mail.

Porque sí, es verdad, todo lo buena pasa, pero también… todo lo malo.

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Feliz verano

Cuidado con los osos

Viajar a Nueva York a bordo de un transatlántico. Dejar que los días vayan pasando  instalado en el bar tomando cócteles de champán rosado. Salir a pasear a cubierta con un trench y un sombrero cuando, de repente, un chico de la tripulación comienza a gritar mi nombre. Lleva un sobre dirigido a mí. Lo abro: un telegrama. Empiezo a leerlo pero un golpe de viento se lo lleva. Una mujer se agacha y lo recoge. Vaya, parece que a la señorita le gusta tomarme el pelo. ¡Devuélvamelo! Recupero el telegrama: Te echo en falta. Stop. Te veo en el puerto. Stop. Llevaré el vestido que tanto te gusta. Stop. Sonrío, hago del telegrama una bola y lo tiro al mar. Regreso a mi camarote, echo un ojo al baúl armario con el que siempre viajo y me tomo un tiempo decidiendo qué ponerme para otra tediosa noche más a bordo: el esmoquin cruzado. Subo a cenar al comedor principal. Mi mesa de todas las noches. El piano suena de fondo y los platos se balancean. La sientan cerca de mí. Es preciosa. Un momento, ¡es ella! ¡La chica del telegrama! ¿Cómo no me había dado cuenta de que era tan guapa? Levanto la copa y le sonrío. Acompáñeme, por favor, estamos los dos solos. ¡Dos cócteles más, camarero! ¡De champán rosado! Salimos a pasear a cubierta. Se cubre la cabeza con un pañuelo; son muy frías las noches en alta mar. Está preciosa. Me dan ganas de besarla pero no puedo (o no debo); estoy prometido, está prometida. Nos quedamos callados. El Atlántico es muy oscuro de noche. De repente, sin mirarme, me dice:

“Creo que tú y yo estamos acostumbrados a una vida de champán rosado”.

En su huida hacia el camarote la oigo susurrar: “El matrimonio es una paso muy serio para una chica como yo”.

El último día de travesía me entrega una carta. Casi no puedo leer el final, la tinta está corrida; son sus lágrimas pienso; eran mis lágrimas, me dice. Nos besamos apoyados contra la barandilla. Desde la cubierta principal, por fin (o no), divisamos Nueva York. Los dos sabemos que hay compromisos que no podemos romper. Me señala el Empire Estate, lo más cerca que hay del cielo “the Empire State Building is the closest thing to Heaven in this city”. Sigo leyendo su carta, si mi sigues queriendo dentro de seis meses “el 1 de julio, a las cinco, en la planta 102 del Empire Estate nos encontraremos”. Allí estaré.

Así comienza “la más hermosa comedia romántica jamás filmada y también la del más triste final feliz que se recuerde”. Estoy hablando de Tú y Yo de Leo McCarey.

Estamos en 1939, la guerra civil ha terminado, Pío XII es el nuevo Papa, Hitler ha decidido invadir Polonia y el belga Sylvère Maes ha ganado la trigésimo tercera edición del Tour de Francia ya que al gran Gino Bartali (ganador de la edición anterior) su país, Italia, no le ha dejado competir debido a las tensiones bélicas.

Las cosas han cambiado mucho desde 1939. Ahora el Atlántico se cruza en avión, ya no se pueden recibir telegramas, los cócteles de champán han sido sustituidos por mojitos de sabores, las cosas en España están más tranquilas y ya ni el Empire Estate es uno de los edificios más altos del mundo. Sí, todo ha cambiado mucho desde 1939. De hecho, ya ni los papas se parecen. Aunque, bueno, seamos honestos, hay algo que no ha cambiado desde entonces: Nueva York sigue siendo Nueva York.

L’Eroica es regresar a 1939, o al año que cada uno quiera soñar, es quedarse con lo más bonito de tiempos pasados, es, simplemente, regresar a algo tan sencillo como los orígenes del ciclismo; al romanticismo de los ataques de lejos, a las grandes pájaras, a las carreteras mal asfaltadas, a los propios ciclistas haciendo de mecánicos, a parar en las fuentes de los pueblos para beber.

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El origen de la L’Eroica está en La Toscana, así que La Rioja Alta fue el lugar perfecto para la primera edición en España. Allí, en Cenicero, me presenté con una bicicleta con cambios en el cuadro, rastrales en los pedales y anterior a 1987 (como marca el reglamento), un maillot de lana y ganas de hacer 120 kilómetros entre viñedos, subidas, bajadas, caminos de tierras, subidas, pequeños pueblos, carreteras mal asfaltadas (¿he dicho subidas?), con el objetivo de acabar la etapa y hacer mía la anécdota, que cuenta Ander Izaguirre en su gran libro sobre el Tour de Francia, de cuando en 1910 un loco (porque no tiene otro nombre) subido a una bicicleta se escapó al comienzo de una etapa de 326 kilómetros (sí, 326 kilómetros uno detrás de otro) y pedaleó sin descanso 14 horas, subiendo en su trayecto cinco monstruosos puertos, y alcanzada una vez la meta, tiró la bicicleta al suelo, se dirigió a uno de los organizadores y le gritó: “Asesinos”.

Eroica Hispania

Como decía, enfundarme un maillot de lana mientras el sol derretía el asfalto, subirme a una bicicleta de hace más de 30 años, luchar contra un recorrido rompepiernas durante 120 kilómetros (muchos de ellos en solitario), pasar de carreteras a caminos de tierra, tener que arreglarme los pinchazos o hacer los avituallamientos en las fuentes de los pueblos recargando el bidón y mojándome la nuca para refrescarme, fue como volver a cuando se escribían cartas a mano, a cuando aún los amantes se podían despedir en las escaleras del avión, a comprar la edición especial de tarde de un periódico recién salido de la imprenta con la tinta aún húmeda (Extra, extra! Titanic disaster great loss of life!), en definitiva, fue… volver a beber cócteles de champán rosado en esmoquin.

Eroica Hispania

Dicen que las primeras veces que se subió el Tourmalet en el Tour de Francia a los ciclistas se les avisaba de que tuvieran cuidado con los osos. En L’Eroica no hay osos y el mayor peligro es perderte y acabar en algún pequeño pueblo (pongamos Barriobusto) pidiendo agua en el bar y la dirección correcta para volver a la carrera. De momento, mejor así, tampoco es necesario tanto romanticismo.

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El 1 de mayo me subí a un tren con destino a la ciudad de mis padres. En cuanto me senté, saqué un libro y me puse a leer. Había salido la noche anterior y quería que el viaje pasara deprisa. Llevaba un buen rato concentrado en mi lectura cuando miré el reloj: las doce en punto. Clavadas. Bien, sólo quedaban treinta y cinco minutos de viaje y el libro era interesante. Miré el móvil. Ningún mensaje. Ok. Ninguna notificación. Ok. Un momento, el móvil marca las 11:56. El reloj del móvil nunca falla. Nunca. Es tan exacto que cambia de hora con los pitidos de la radio. ¿Cómo puede ser? Mi reloj siempre marca la hora real, nada de llevarlo adelantado, y mucho menos atrasado. No me había dado problemas antes. Algo le pasa. Volví a mirar mi reloj y marcaba las 11:56. Vaya, la resaca me había jugado una mala pasada pero, al mismo tiempo, me había regalado cuatro minutos extras. Desde que cumplí cierta edad he comenzado a pensar, con cierta frecuencia, en el tiempo, pero en el que me falta y el que ya ha gastado, y, en menor medida, en el que me queda por delante. Nunca en el tiempo que me regalan. Ahora me hago preguntas que no me había hecho antes ¿estaré aprovechando mi tiempo? ¿Se puede aspirar a la felicidad? ¿Estamos solos pero rodeados de gente? ¿Es necesario encontrar a alguien para aspirar a la felicidad? ¿Se puede escapar de la soledad? También me pregunto por qué me tengo que hacer estas preguntas… y si el resto de las personas se las hacen.

Era una sensación extraña, tenía cuatro minutos de regalo pero estaba encerrado en un tren y no había muchas más opciones que seguir leyendo. Además, era un tren sin cafetería. Sin embargo, seguir leyendo era lo que más me apetecía en ese momento, así que tranquilamente volví a mi lectura. El libro era Plataforma de Houellebecq (uno de esos libros que mis amigos me decían que debería haber leído, como mínimo, cinco años antes. Quizás hace cinco años no lo habría entendido. Tampoco estoy ahora seguro de estar entendiéndolo). Al poco tiempo de que el tren abandonara la estación marqué este párrafo del libro:

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos.

El tiempo extra pasó mientras leía. A punto de llegar a la estación, cuando la gente empezaba a levantarse, cerré el libro y me acordé de esos cuatro minutos de regalo. Pensé que los había aprovechado porque hice lo que más me apetecía en ese momento.  Y me pregunté: ¿Y si en vez de cuatro minutos me hubieran regalado cuatro años? ¿Cómo los habría aprovechado?

No lo sé. Y sentí tristeza.

Y (quizás) entendí el libro.

Los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas

Esta Semana Santa estuve en Santander pasando unos días. Me gusta ir al Norte a descansar. Mis días allí básicamente se traducen en levantarme pronto, salir a correr viendo el mar (sin música) y luego dejar que el resto de la mañana vaya muriendo en alguna cafetería, junto con algún periódico y mezclando cafés con vermuts. Las tardes las dedico, o más bien se dedican ellas solas, a ir pasando lentamente mientras leo en el sofá o adelanto algo de trabajo esperando a que llegue la noche. Esa primera noche es obligatorio ir con un amigo a cenar al Marucho para tomar albóndigas de rape y mucho vino en la barra. Las demás noches suelen ser hamburguesa y gin tonics en el Caribe, en pleno Sardinero, o cenas en el Tenis absorbiendo lentamente la decadencia de la ciudad.

Aproveché una mañana para ir a hacer surf a Suances con un amigo. Lo mejor del surf es el después. Sales del agua tan cansado pero, al mismo tiempo, tan relajado como cuando, tras un día de SPA, te tumbas en albornoz en una habitación semi-oscura, con música relajante de fondo y consigues, sin esfuerzo, llegar a ese punto de relajación en el que no piensas en nada (que es una de las cosas más complicadas de esta vida).

En Suances hay un lugar, un hotel más bien, El Castillo, con unas vistas preciosas a la playa de Los Locos. Siempre que hago surf en Suances, al terminar, voy a El Castillo a tomar un café y un sándwich. Es un ritual, igual que la primera cena cada vez que voy a Santander tiene que ser en Marucho. Tengo unos amigos, ya mayores, que llevan muchos años viajando juntos. Siempre que van a una ciudad investigan cuál es el hotel (tiene que ser un hotel, no les vale un bar) con la mejor coctelería y allí se van la primera tarde a tomar unos martinis. Esos martinis los comparan con los recuerdos que tienen de otros martinis bebidos en otros viajes y mientras planifican, con una copa en la mano, nuevos viajes, me confiesan que suelen caer en la melancolía al recordar que ya nunca beberán tan jóvenes pero que, sin embargo, eso no quiere decir que sean jóvenes. Porque, como decía el poema, que dejaron de ser jóvenes y entender de qué iba esto, ya se dieron cuenta hace demasiado tiempo:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes,

yo vine a llevarme la vida por delante.

Me gustan los rituales por una razón muy sencilla: los rituales los creas tú. Tus rituales, como tus amigos o tus ex, son lo que te definen. A todos ellos los has escogido tú.

En Suances, decía, en el hotel El Castillo estaba tomando un café bien caliente y mi sándwich, cuando en la mesa de al lado se sentó una madre (supongo) y su hijo. El hijo tendría entre treinta y treinta cinco años y escuchaba a su madre sin decir una sola palabra. La madre le repetía que debía ir pensando en casarse. Que tenía que salir menos. Y que a su edad ya era el momento de que formara una familia. Como argumento final, y para zanjar aquel asunto con su hijo, le dio un último consejo: “haz como el resto de la gente”. En ese momento, me acordé de la anécdota que publicó hace tiempo Manuel Jabois:

“En Pardiñas con Diego de León una anciana alta de pelo muy blanco y muy corto, peinada a lo garçon como una flapper superviviente del hundimiento del 29, se acercó a mi hijo para decir que estaba dispuesta a robarlo. Ella ya había criado a seis hijos, dijo, pero podría hacerse cargo del mío. Hablaba con ese humor feliz que se le pone a las señoras mayores cuando pasean por la calle asombrándose de todo como si tuvieran 15 años. Mi mujer declinó amablemente la invitación. Pasados los sofocos iniciales, y mientras no dejaba de jugar con el niño, la mujer dijo en un acento levemente extranjero, diluido con los años y caído en algún momento del siglo pasado:

– Tuve seis hijos, sí, y perdí a uno muy jovencito.

– Pues lo sentimos, de verdad.

Hizo un gesto de dejarlo estar, como si ya hubiese pasado mucho tiempo.

– Era una época en la que en Madrid los jóvenes bebían y se drogaban mucho, ¿sabes? Y yo siempre le metí en la cabeza a mi hijo que hiciese deporte. Murió en el Himalaya.

Sonrió muy despacio, como si temiese echar a llorar, y dijo con la voz ronca: «Nunca aconsejes nada a nadie».”

Creo que David Trueba podía haber metido los consejos, junto con los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas, en el comienzo de su libro Cuatro Amigos:

“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas (…). No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados”.

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Algunos apuntes de Madrid

– Que te limpien los zapatos con cariño y esmero en Orquera (y por sólo seis euros). Creo que ha pasado a ser mi nuevo sitio favorito de Madrid.

– La planta de abajo de El Amante.

– Los blazers de Hartford que venden en L’Habilleur.

– El aperitivo en las terrazas de la Plaza del Rey.

– El bloody mary de Salsa Diablo con su receta secreta de salsa diablo.

Salsa Diablo

– Las gafas de sol que me digan en Ópticas Toscana.

– Las margaritas y el taco gobernador de La Lupita (mejor el de Villanueva que el de Conde de Xiquena. Hay más rollo).

– Los chalecos cruzados de Anglomanía para chaqués.

– El salmorejo de Taberna Laredo.

– La colección Abelló que se expuso en el Palacio de Cibeles.

– El vermú Zarro de El Cangrejero y su ventresca de bonito en conserva.

El Cangrejero

– Las colecciones de Le Coq Sportif que tienen en Isolée. En general, cualquier cosa que venden en Isolée (“belleza, moda, delicatesen, menaje, regalo…”).

– Los huevos benedict de Café Murillo.

Café Murillo

– Los gin tonics de La Ruleta.

– Las más de 5.000 películas y cientos de series que hay en Diurno para alquilar por 1,5 euros.

– El kamchatka de Luzi Bombón (y el pan de centeno con mantequilla).

– Un Sin Aliento (pisco, tamarindo, lima…) en Club Matador junto a una ventana abierta.

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– El edificio del despacho de abogados Pérez-Llorca visto desde Castellana.

– La calle Barquillo y la tarta de manzana de Pomme Sucre.

Pomme Sucre

– Nunca diré no a un vodka zumo de naranja en la terraza de El Viajero, por muy conocida que sea.

– Los boletus con vieiras y las chuletillas de cabrito de El Cisne Azul.

– La Plaza Villa de París, que sigue siendo la plaza más bonita de Madrid (a pesar de la reforma de la Audiencia Nacional y el parking que le han metido con calzador).

– Tener un viernes por la tarde libre en primavera e ir andando desde el trabajo a casa. Desde cualquier trabajo a cualquier casa.