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Tres

TRES LIBROS

Tres libros que he leído o releído hace poco:

  1. Travesuras de la niña mala (Mario Vargas Llosa. 2006)

Dicen que es una obra menor de Vargas Llosa ¿y la cantidad de obras mayores que he leído de otros autores que no llegan a la suela de los zapatos de esta novela? Todo el libro está lleno de sensibilidad, pero de sensibilidad de verdad, no eso que algunos llaman sensibilidad y es, realmente, cursilería.

  1. Todo se puede entrenar (Toni Nadal. 2015)

Siempre me he preguntado como un entrenador que no tenía ningún título y no llevaba a ningún jugador profesional es capaz de coger a su sobrino y hacerle ganar 17 grand slams (a día de hoy). Y por qué los padres de Rafa aceptan entregar a su hijo pequeño al tío para que éste le eduque. El tenis es una excusa para hablar de algo que es más importante. Un libro del que no esperaba tanto. Me ha fascinado.

  1. El universo en tu mano (Christophe Galfard. 2016)

¿Qué es la gravedad (que no es una fuerza)? ¿Qué es el Bing Bang? ¿Hay universos paralelos? ¿Qué es el tiempo? ¿Por qué no encajan las fuerzas del mundo cuántico con la gravedad? Aunque peca de cursi en algunas ocasiones, es un libro magnífico para todos aquellos que nos hacemos preguntas sobre el lugar donde vivimos.

TRES RESTAURANTES

Tres restaurantes de Madrid por menos de 50 euros:

  1. Taberna Verdejo

Excelentes sus escabeches, pero cualquier plato está pensado con cariño y buen gusto y, además, muy bien ejecutado. Me gusta también su carta de manzanillas que incluye Velo Flor.

  1. Matteo

En el Mercado de la Paz hay un italiano que tiene la mejor burrata con trufa y los mejores espaguetis carbonara que he tomado nunca. Mejor que los que he podido comer en Italia. No paro de recomendárselo a la gente. No es el sitio más cómodo del mundo pero se merece, al menos, una visita.

  1. Mawey Taco Bar

Hay pocas cosas que me gusten más que una cena de viernes con amigos en un mexicano compartiendo unos buenos tacos y unas “chelas” (qué pena que cerrara Mexkisito). Me ha encantado este sitio, carta pequeña, sin pretensiones, pero con unos tacos excelentes. No toda va a ser La Lupita (que está muy bien).

TRES BEBIDAS

Tres bebidas para tomar en Madrid:

  1. El daiquiri de Matador (creo que es el mejor del mundo. No lo he probado igual en ninguna otra coctelería de este universo). Yo sé el truco.
  2. El ginfizz de Cock.
  3. El dry martini en el Javier de las Muelas del hotel Gran Meliá Fénix.

Y UN CUADRO

Siempre me ha encantado este cuadro de Eduardo Úrculo que me recuerda a una escena de Love Affair (pero la del 39, la de Charles Boyer e Irene Dunne, que me gusta más que el remake del 57 con Cary Grant y Deborah Kerr), una de mis películas favoritas.

 

 

Entre lo viejo y lo nuevo

Todos los finales de julio poseen algo de viejo, que debe morir, para que lo nuevo, el verano, pueda nacer.

Morir es olvidar el pasado, aunque Faulkner escribiera: “el pasado no es pasado porque nunca muere”; ¿y quién soy yo para llevar la contraria a un premio Nobel? Sin embargo, y mis disculpas al guionista de Howard Hawks, el verano no está sólo para traerme unas semanas de libertad y beber godello frente al mar (¡qué nivel Avancia!) mientras aguardo servilmente a que me digan que mi mesa está lista para sentarme con amigos a comer bonito en el Norte y atún en el Sur. Por cierto, amigos y mesa son el sustento de una civilización burguesa, algo frívola, egoísta y solitaria: la mía. Decía que el verano tiene también esa función de asesinar a sangre fría el pasado, de olvidar las cenas delante del ordenador del trabajo, los atascos de Madrid, los cientos de correos electrónicos diarios, el café de la oficina y todo aquello que se resume en días iguales que caen como los granos de un reloj de arena ¿quién no ha pensado alguna vez en poner en horizontal ese reloj?

Ya casi en septiembre, cuando ahora lo que está muriendo es el verano junto con sus recuerdos, cuyos pilares son: la taberna Er Guerrita, la corvina en salsa tártara de Casa Bigote, las cenas en Marbella junto al mar o las copas en el Marítimo de Santander, recuerdo lo que me dijo el padre de un amigo en el jardín de su casa de Guadalmina mientras bebíamos otro godello (de éste no recuerdo su nombre) “yo siempre he trabajado por dinero” y con un Marte tan grande este agosto que lo teníamos como uno más en la mesa, continuaba el padre de mi amigo: “trabajar es una maldición bíblica y no entiendo esta moda de decir a la gente joven que hay que trabajar en lo que a uno le gusta, pero si lo haces, luego no protestes por no ganar dinero”.

Acabo los últimos párrafos de esta entrada y descubro que Faulkner tenía razón y yo estaba equivocado (de nuevo), que lo caduco es ahora el verano que debe morir, para que lo nuevo, otra vez el café malo, el despertador a las 7:30 y las reuniones interminables, se instale. Y acepto que así debe suceder para que el verano próximo pueda disfrutar de nuevo y plenamente de la manzanilla en rama Gabriela en una plaza de Sanlúcar, del rodaballo a la parrilla de Elkano o de unas pocas páginas de Pinker, sin prisa y con aire acondicionado (que también es parte de mi civilización), antes de cada siesta estival.

Ni el pasado es pasado porque nunca muere, como decía William, ni hay nada nuevo ni nada viejo, todo se repite.

¿Qué hemos hecho mal?

Uno de los motivos por los que ya no entro en Facebook es debido a su mala costumbre,  o por no decirlo claramente, falta de educación, de recordarme las fotos que subí ese mismo día pero años atrás. Para un nostálgico como yo, recibir este tipo de documento es como para un madridista ver los goles de Cristiano Ronaldo con la Juventus.

La última vez que entré, hace unos pocos días, Facebook me mostró una foto que subí hace siete años en una casa maravillosa que habíamos alquilado unos amigos y yo en Marbella para disfrutar (que no pasar) el verano. Ahí estaba yo, con los brazos en alto, un kimono japonés que encontré en un baño y sujetando una botella de Don Julio añejo que trajo un amigo mexicano. Siete años, no sé si eso es hace mucho o hace poco. Inmediatamente, le envíe la foto a un amigo con el que pasé aquel verano marbellí de fiestas diurnas y nocturnas, horas de piscina y cenas pantagruélicas que me preguntó “¿qué hemos hecho mal?”.

De la nostalgia siempre me quedo con una frase de unos de los bármanes de mi club cuando le dije que el mejor negroni lo había tomado en Roma, exactamente en Piazza Navona frente a una fuente de Bernini: “contra los recuerdos no se puede luchar”.

(Feliz verano)

Inmune

Junto con la bebida – ella había pedido un Aperol Spritz y él un daiquiri, pero sólo tras confirmar con el barman que tenía limas frescas –  les sirvieron el típico aperitivo italiano de antes de cenar (l’aperitivo), que en la terraza del De Russie consistía en una variedad de tres tipos de aceitunas, unas mini hamburguesitas, un tartar (casi un puré) de salmón, unas almendras, unas patatas y unas verduras crudas, que hacían más de adorno que de aperitivo.

– Me gusta mucho esta terraza y me gusta estar aquí contigo.

– Es uno de los sitios más bonitos de Roma y eso es mucho decir.

– ¿Qué hacías antes de que te conociera?

– Trabajar, sólo trabajar.

– Una vez te casaste,

– Era lo que hacían todos.

– ¿No la querías?

– Cuando me casé tenía 29 años. No era lo suficientemente maduro como para distinguir lo que era el amor de una obligación más para ser feliz.

– ¿Y si te digo que yo sí te quiero?

– ¿Tengo que creerte?

– Yo no tengo 29 y soy una mujer. Nacemos maduras

– Soy inmune a tus palabras, todavía… ¿Cuántas veces te has enamorado?

– No llevo una lista.

– Me estoy creyendo especial.

– Lo eres.

Cuando se levantaron para abandonar la terraza  e irse a cenar, él movió su silla lentamente para que ella se incorporara y con mucho cuidado, como si manejara algo muy frágil, puso la chaqueta sobre sus hombros desnudos y morenos. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía unos hombros tan bonitos.

Un disparo

– Sabía que ibas a ser tú quien abriera esa puerta.

– ¿Y desde cuándo lo sabías?

– Desde el día que me dijiste que me querías en Roma, en la terraza del De Russie.

– Siempre has sido muy perspicaz.

– No lo suficiente como para salvarme.

– Sólo cumplo órdenes.

– Las de tu cartera.

– Siguen siendo órdenes.

– ¿Me llegaste a querer alguna vez?

– Estás a punto de morir ¿acaso importa?

– Los condenados tienen derecho a una última petición.

– Sabes que nunca he sido de cumplir las peticiones de los hombres.

– Que sea rápido, por favor.

– No es la primera vez.

El disparo fue tan certero que la bala le atravesó por el mismo centro de su corazón. Fue instantáneo. Un solo disparo, una sola bala. Era una profesional. Se acercó al cuerpo, que yacía con el corazón roto en el suelo, lo miró y con su dedo índice le dio una caricia en la mejilla.

Ya en el ascensor, mientras pulsaba el botón de la planta del bar del hotel, se preguntó, durante tan sólo un segundo, si alguna vez le había querido.

Completamente avergonzado

Me encanta la frivolidad, eso sí, siempre que sea en su justo punto. La frivolidad es como el vermú en el dry martini, unas gotas pueden convertir un simple chorro de ginebra en una bebida compleja, difícil y de adultos. Sin embargo, un toque de más del barman y aquello es un brebaje que sólo te puedes beber cuando te da igual todo, por ejemplo, si estás enamorado o eres aficionado del Real Madrid en la temporada 2017-2018. Yo una vez devolví uno en el bar del Le Meurice; a veces, las revoluciones empiezan con pequeños gestos. Lo recordé el otro día cuando leí que habían entrado en el Ritz de París a robar unas joyas y que habían tenido que esconder a los clientes del bar en un salón para protegerlos, entre ellos estaba Beigbeder. Hay vidas que sólo se entienden desde la frivolidad.

De Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946. Por cierto, siempre me gustó más su título original “Notorious”) me encanta cuando el grupo de amigos nazis exiliados en Brasil quedan para cenar en casa del jefe y se dedican a conspirar con unos modales exquisitos en esmoquin. El otro día, un diputado del parlamento británico dimitía en directo por haber llegado dos minutos tarde (thoroughly ashamed). Hace poco una amiga se fue de casa de sus padres para vivir sola, me dijo que ahora se estaba dando cuenta de la cantidad de gastos que suponía vivir sola y que tendría que empezar a cortar con lo superfluo, le pregunté si iba entonces a dejar de usar una colonia de Jo Malone que me gusta mucho “antes dejo de comer que de usar Jo Malone”, me contestó. Uno se enamora de chicas así y no de las que te hablan de planes de pensiones.

Ojalá un día quedar a cenar con mis amigos para conspirar en esmoquin, aunque después de la cena nos diéramos cuenta de que no teníamos nada contra qué conspirar.

Drunker

Este diciembre del 2017 se han cumplido 70 años del estreno de Casablanca. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi y la impresión que me causó. Fueron unas Navidades en casa de mi abuela cuando yo tenía unos 14 ó 15 años. Circulaba por allí una colección del periódico El Mundo sobre las 100 mejores películas de la historia y ahí estaba ella en su cinta VHS. Me quedé pegado a la pantalla desde el momento en que apareció el mapa de África. Cuando acabó comprendí que había visto no una película, sino mi película. Sí, es mi película, no sé cuántas veces la he visto; la he visto cuando estoy triste, cuando estoy enamorado, cuando estoy feliz, cuando estoy aburrido, cuando estoy borracho y siempre, siempre, siempre lloro justo en el momento en el que cantan La Marsellesa y a una de los amantes de Rick, que tonteaba con los alemanes y vuelve con el Bien al escuchar la canción (qué difícil es para algunos saber lo que es el Bien en el 2017. Esa gente no me interesa, por cierto), se le caen las lágrimas (bufff qué guapa sale llorando).

Mi película siempre la he visto solo. La única vez que la vi acompañado fue cuando cerraron el cine Palafox de Madrid (“El mejor cine de Europa”, así se anunciaba hace muchos, muchos años). También esa vez lloré, aunque en la oscuridad del cine el amigo al que invité no se dio cuenta. Conservo dos cosas de aquella sesión: las entradas y, sobre todo, el recuerdo de ver Casablanca en pantalla grande. Fue la última sesión del Palafox. Cuando salí de ver la película pensé que cerrar un cine con Casablanca es como si eres músico y en tu funeral aparece David Bowie.

Perdón, vuelvo a la peli. Vuelvo a Ilsa ¿cómo no te vas a enamorar de Ilsa?, vuelvo al jefe de la Resistencia ¿cómo no te vas a enamorar de quien es la esperanza frente a la barbarie? Vuelvo a Sam ¿cómo no vas a querer tener un amigo como Sam? Vuelvo a Renault ¿cómo no va a hacerte gracia el mayor cínico de la historia del cine? Vuelvo al bar que siempre he soñado con tener (con una puerta secreta que te lleva a un casino y poder firmar los cheques con: OK Rick. Sé que también es el sueño de mi amigo Borja) vuelvo a Rick. Conocer a Rick es querer ser como Rick, es querer ser el tipo “al que todo le sucedió la noche anterior”, como dice Garci. Rick es un buen tipo con ideales pero camuflados en un escudo de sarcasmo y cinismo. Rick enamora a las mujeres (a todas, sí, también a nuestras madres, hermanas, novias y amantes. Lo siento, chicos), lleva el mejor bar de la ciudad y, además (y se me quedó marcado) nunca acepta que nadie se tome una copa con él. Bebe solo. Rick es el hermano mayor al que quieres imitar, es el repetidor en el colegio por el que suspiran las chicas de clase (sí, ésas que nunca se fijaron en ti cuando tenías 16), Rick bebe pero nunca se emborracha, a Rick toda Casablanca le respeta (sus empleados del bar, Ferrari, su competencia, Renault, la máxima autoridad de la ciudad, Paul Henreid, el Bien pero su competidor)… todos hemos querido ser Rick. Yo he hablado como Rick, he contestado como Rick a las chicas, he bebido solo como Rick, yo he fingido ser Rick… hasta que con el paso de los años te das cuenta de que Rick es lo que es: un fracasado.

Cuando ves Casablanca con 14 ó 15 (y luego, también, con 24 ó 25) Rick es tu modelo, Rick lo es todo, pero Rick no es ejemplo de nada. Ni pretende serlo. Rick es honesto. Rick quería amar, quería estar con Ilsa, quería tener una familia con ella, quería vivir en un país libre, con su adosado, su barbacoa los domingos y sus hijos correteando en el jardín mientras Ilsa grita desde la cocina que el pastel de manzana está ya listo pero que hay que esperar a que se enfríe para comerlo.

Cuando el mayor Strasser le pregunta a Rick cuál es su profesión y éste contesta “borracho” (drunker) no hay nada de valentía o heroicidad en su respuesta. No. Lo que está diciéndole a mucha gente es que no seáis como yo. Sin embargo, su mensaje sólo lo puedes entender cuando ya tienes unos años, cuando has viajado, has querido, te han roto el corazón y has bebido solo en las barras de muchos bares por todo el mundo.

Beber solo no tiene nada de romanticismo, a mí me gustaría beber con la mujer que amo, ni de épica, porque beber solo es lo fácil y parar lo complicado, ni de grandeza, ninguna mujer se enamora de un borracho.

Todo lo anterior lo sé porque lo que estáis leyendo lo escribo desde la barra de un bar. Acabo este texto justo cuando finiquito mi tercer dry martini.

Feliz 2018.

(Y que esta entrada sirva del más, más, más, humilde de los textos en homenaje a Casablanca)

 

No sé si lo entendéis

Mi momento favorito de la semana comienza la tarde del viernes (sí, un día como hoy), alrededor de las 19:30 o 20 horas, cuando entro en mi bar.

La puerta de mi bar es como una frontera, cuando la atravieso dejo atrás el mundo real, el de los malos trabajos, las desgracias, los sinsabores del amor, las decepciones de la gente que querías, los jefes que tiene que demostrar (¿ante quién?) que son jefes y, sobre todo, el mal gusto, para entrar en un país de ciudadanos que tiene el corazón limpio, que no envidian, que no juzgan. Mi bar es como una nación donde te reencuentras con todo aquello por lo que merece la pena vivir (y, posiblemente, morir) los momentos de felicidad con amigos, los goles de mi equipo en el 93, los viajes de verano con veintipocos cuando aún no sabías que el mundo también contenía desgracias, el primer beso con aquella chica del trabajo ¿te acuerdas?, las noches de reyes, los partidos de fútbol en los recreos o los besos de las películas antiguas.

Agarro una revista, nunca la leo, sólo la ojeo mientras bebo, me acomodo en mi sitio de la barra (digo mío porque de tantas horas que he estado allí ya lo considero mío) y dependiendo del ánimo de la semana me pido un daiquiri, un dry martini o un negroni. Aunque hay días que me siento invencible y dejo al barman que decida por mí. Ningún buen barman me ha fallado nunca en una recomendación.

Allí en la barra, mi copa y yo miramos a todo los que nos rodea, al barman que prueba la pajita del bloody mary para saber si está picante, a las botellas de bitters, cada uno de un color, que alineados junto a las cocteleras y los vasos mezcladores parecen un ejército a punto de luchar por nuestra felicidad, a esa pareja en donde ella, con esos tacones y ese vestido, va overdressed ¿serán amantes?, a las dos chicas que hay solas tomando manhattans (abro paréntesis. Siempre me he preguntado de qué hablan dos chicas solas con unas copas delante. Son un misterio) y también al que está bebiendo solo ¿esperará a alguien o sólo querrá un momento de tranquilidad consigo mismo aquí en su Inisfree?

Ya son las 21:30 y he quedado para cenar con mis amigos, hablaremos de eso que hablan los amigos cuando se juntan: chicas, fútbol, fiestas pero también de amores, cine, libros, fracasos, proyectos y recuerdos. Muchos recuerdos. Cada vez hablamos más de recuerdos.

Mis tres daiquiris y yo estamos ya en la calle buscando el restaurante. Ya he llegado. Saludo a mis amigos. Ahora charlaremos, reiremos y luego saldremos por ahí. Pero no es lo mismo. No sé si lo entendéis.

La vie en rose

Hace unos pocos fines de semana estuve en Francia en la boda de un amigo del colegio mayor. Mi amigo se llama Iñaki, es ingeniero de caminos, vive en París y se ha casado con una parisina .

Como si nos tratáramos de unos jóvenes aristócratas del norte de Europa que buscan el sentido de la vida en la belleza, el campo y el pasado, alquilé con unos amigos el jueves un coche en Nantes con la intención de recorrer con calma la parte Este del país de Houellebecq (que, por cierto, siempre he pensado que es por donde Rick llevó a Ilda a beber vino y comer queso en aquel paseo en coche en donde ella, enamorada, pone su cabeza sobre el hombro de Rick y ambos creen que estarán juntos para siempre) con el fin de contemplar sus viñedos, sus ríos navegables y sus pueblos, cada uno tan orgulloso de su vino local como los rondeños de Antonio Ordóñez, los romanos de su ciudad o Gianni Agnelli de sus trajes. Abandonados a los placeres más profundos, que siempre tienen que ver con la comida y la bebida, almorzamos a la orilla del Loira en la terraza de La Route du Sel, inolvidable la anguila y excelentes el queso y la mousse de limón. Hay comidas que se graban a martillazos en tu memoria.

Para reforzar la experiencia estética y confirmar que a la felicidad se llega a través de la belleza, como descubrieron Henry Miller o Lawrence Durrell en sus viajes al Mediterráneo, donde sus libros más recordados fueron escritos, la boda fue en el precioso château familiar que la familia de ella posee desde hace más de 150 años cerca de un pequeño pueblo llamado Montreuil-Bellay.

Allí en el pueblo se celebró una cena la noche del viernes, que básicamente consistió en probar todos los tipos de vinos de la zona. Arrastrados como tablones en el mar por la marea alcohólica de la preboda, recalamos en el château donde encontramos un precioso cielo estrellado y luz en la cocina. Pensando que quizás habría que echar una mano de última hora con algún preparativo, nos adentramos con la decisión de un legionario. Y, efectivamente, se requería nuestra ayuda, pero para acabar unas cuantas botellas de champagne que el padre de Iñaki había abierto con un amigo para brindar por su hijo.

Mi amigo tiene una de las mejores cabezas que conozco y al mismo tiempo es la persona más humilde con la que me he topado, dos cualidades que suelen tomar siempre caminos opuestos, como la manera de vestir de la mayoría de la gente que sube a un avión y el buen gusto. Esto de la genialidad y la humildad me lleva a recordar la contestación que me dio mi amigo Javier cuando le comenté que las revistas dirigidas a mujeres tenían artículos mejores, estaban mejor editadas y, en general, eran más interesantes que las de hombres “es que las revistas de hombres están hechas por tontos que se creen listos y las de mujeres por listas que van de tontas”.

En uno de los brindis, el padre nos contó una anécdota que sirve para perfilar perfectamente el carácter de mi amigo. Cuando Iñaki trabajaba en una constructora española y les dijo que se iba a París, la comisión ejecutiva del consejo de administración le citó para que explicara el estado de todos los proyectos que llevaba. Iñaki se los fue explicando detalladamente y al finalizar la exposición el consejero delegado, sorprendido por la responsabilidad que recaía sobre él a su edad, le ofreció doblarle el sueldo si se quedaba. Iñaki se lo agradeció pero rechazó la oferta. El consejero delegado insistió y le ofreció que pusiera él una cifra. Esta vez mi amigo le explico que no era una cuestión de dinero, que él se iba a París por amor. Esta historia (de amor) no la conoce su ya mujer. Soy sincero y reconozco que entre el champagne y la forma de contarlo del padre me emocioné.

La declaración de amor más grande del cine es la de Tom Doniphon (John Wayne) en El hombre que mató a Liberty Valance cuando escondido de noche en un callejón mata al asesino de Liberty pero, sin embargo, hace creer a todo el pueblo que ha sido Ransom Stoddard (James Stewart) el que les ha liberado del tirano. Ransom se casa con su chica, se va a Washington y logra ser senador. Se ha quedado con todo. Tom muere solo y sin que nadie sepa lo que ha hecho por el pueblo y a lo que ha tenido que renunciar.

De todas las formas que tenían de declarar su amor tanto Tom como mi amigo, ambos eligieron la que creo es la más sincera pero, al mismo tiempo, la más difícil: evitar declararse.

Por lo menos, en esta película mi amigo se ha quedado con la chica.

Sé que John Ford estaría orgulloso de mi amigo. Y yo lo estoy de tener un amigo que podría ser protagonista de una película del mayor genio del cine.

(Escrito en Be Tulum el 3 y el 6 de agosto mientras espero a unos amigos antes de ir a cenar. El día 3 han tocado en directo, entre otras, dos maravillosas versiones de La vie en rose – como el día de la boda  – y La mujer de Ipanema. El día 6 había luna llena y mientras la pareja de enamorados que tengo enfrente cenaba, los camareros me han dicho que las tortugas estaban dejando los huevos en la playa. He bebido unas cuantas caipirinhas)

Amos del piano bar

Hace un par de viernes fui a comer con dos amigas y un amigo. Mi amigo nos contó que estaba destrozado porque la noche anterior había ido a cenar con sus amigos del colegio (todos hombres) y se había acostado tarde en un estado calamitoso. Sus cenas de amigos me recuerdan a esa típica escena de película en el que un preso, tras 40 años recluido, abandona la cárcel, pisa suelo libre, la cámara le enfoca en primer plano, cierra los ojos, respira profundamente el aire de libertad – mientras de fondo la puerta de la cárcel se va cerrando poco a poco – y el guarda le grita “buena suerte, te lo mereces”. Hay un instante en el que el preso y mi amigo son la misma persona, es justo ese momento en el que el preso pisa la calle y mi amigo entra en el restaurante. Hay que añadir que mi amigo está casado y vive en un régimen de semi libertad similar al de los animales que viven en el zoo; lo que, supongo, es una de las virtudes del matrimonio. Pero él es feliz, así que yo soy feliz por mi amigo.

Yo el jueves por la noche había cenado solo. Les conté a mis amigos que estuve en una terraza de la Plaza del Rey mientras leía el libro de Javier Aznar y que luego me había ido a tomar un sándwich con un gintonic (al final, fueron dos) a Club Matador. Allí el gintonic te lo ponen en un vaso de la marca Riedel que cuando siente el calor de la ginebra y el frío de la tónica estalla en una combinación tan perfecta como la de John Ford, John Wayne y Monument Valley. Creo que si habéis visto la Legión Invencible (por cierto, y hablando de todo, qué maravilla de canción es She wore a yellow ribbon) o Centauros del Desierto entendéis lo que estoy diciendo. De verdad, los tragos en Riedel saben a otra cosa, a algo muy puro ¿qué queda puro? La amistad. La de verdad.

Una de mis amigas me miró como quien se levanta por la noche de la cama y ve a Alf comiéndose un gato en medio del salón “¿cómo que has cenado solo? No puedes cenar solo. Ayyy habérmelo dicho y hubiera cenado contigo.” Le contesté que para la próxima. No me apetecía explicarle que, precisamente, lo que quería era cenar solo en una pequeña terraza en la plaza del Rey con dos vermús (o tres). Igual que quería venir a Roma solo y pasear con mi panamá y mis gafas de sol para sentir la sensación de eternidad que te da la vía sacra con el monte Palatino a un lado y el Coliseo al otro. Quería descansar bajo un árbol viendo las ruinas de las Termas de Caracalla. Ir a la terraza del hotel de Russie (qué terraza tan bonita y con tan buen gusto) y salir de allí con dos spritz, un daiquiri y un aperitivo típico italiano para chocarme con la Fontana Di Trevi de madrugada y ver a todas esas parejas de enamorados que me pedían una foto ¿cuánto les quedará? ¿O de verdad es el amor de su vida? Qué más da. ¿Y sabéis lo que pasa en una ciudad como Roma en una terraza cómo la del de Russie? pues que conoces a gente en paz consigo misma, como Patric un señor de Nueva York, que me dijo que tenía 80 años y que visitó Madrid en 1965 para ver el Museo del Prado. Me dio su tarjeta y me pidió que le mandara un mail. En cuanto acabe de escribir esto le pongo uno. Quería pasear sin seguir ninguna prisa y entrar en alguna iglesia vacía, de la que no salen en las guías de viaje, y allí en silencio y recogido ver sus pinturas, imaginando que el mito, la ficción o lo que llamamos Dios conversaba con Yuval Noah Harari sobre su libro Sapien de animales a Dioses. Y yo, ahí en medio, escuchaba los argumentos de los dos sobre la evolución humana. Además, tenía apuntado también pasarme por el Jerry Thomas Speakeasy (que está en el número 33 de las mejores coctelerías del mundo) y coger ideas para la coctelería que estoy tratando de abrir en Madrid con unos amigos y un gran barman. Ah, ¿que no es he contado eso? Bueno, otro día, y despacio… con una copa.

Y, por supuesto, por tomarme un negroni en Piazza Navona y seguir las instrucciones de José Luis Garci “antes de tomar el primer sorbo, es necesario levantar la copa al sol, para que sus rayos quemen esa granada líquida que se mueve entre el hielo, un mar rojo de icebergs y música de Nino Rota”. Quería homenajear a Garci y su libro Beber de Cine y, sobre todo, a mi amigo Luis, del que hace tiempo no sé nada, y que fue el primero que me dijo que consiguiera esta joya imperecedera como el oro, la democracia, las camisas blancas o los hombros al aire de las mujeres, llamada Beber de Cine y cuya primera página sobre el negroni casi se sabe de memoria: “El negroni es un cóctel de exterior terraza y mañana alta. Una terraza de ciudad – los combinados, por encima de todo, son de asfalto -, la terraza de un café o de un pequeño restaurante. La época ideal para tomar el negroni es hacia final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona”.

Tras cenar en una osteria cercana a Campo dei Fiori, vuelvo a mi hotel paseando junto al Tíber, lo que las italianas llaman la passeggiata y que no es más que un paseo después de cenar para que el metabolismo se les agite – igual que si lo metiéramos en una coctelera del Jerry Thomas para prepararme un daiquiri, que estaba de notable alto (el sobresaliente, de momento, sólo se lo pongo a Club Matador) – y les impide engordar. Éste parece que es el secreto de la Belluci o la Bruni, sí, la Bruni, porque Carla, es italiana y muy italiana. Llego al hotel y me siento en el bar a descansar un momento, un pianista está tocando What a wonderful world y me acuerdo de un artículo de Gistau que empezaba diciendo que según Manuel Vincent envejecer es que te conozcan por tu nombre los pianistas de los hoteles a los que vas. A mí no me conoce nadie en este hotel, pero sí siento que estoy envejeciendo.

Roma se parece a mí mucho más que otras ciudades, abierta, bulliciosa, caótica los fines de semana, pero se asemeja aún mucho más a aquella chica que me gustó y que ahora imagino que estará con otro: presumida, orgullosa, bonita, que digo bonita, preciosa, caprichosa y tan delicada que sólo está hecha para el disfrute de muy pocos, unos elegidos, aunque miles de turistas (selfies, palos de selfies, pantalones cortos y chanclas con calcetines) paseen por ella creyéndose que les pertenece, pero por encima de todo es eterna… como lo es mi amor por ella (¿hablo de Roma o de la chica? Creo que ya no lo sé. Otro negroni, camarero. Prego).

A Roma hay que venir, como hay que ir a París o a Londres o a Lisboa, pero a Lisboa mejor si estás enamorado y quieres sentir qué es el amor sincero cuando ella se agarra a ti en cada cuesta. Los que habéis estado en Lisboa no me dejaréis por mentiroso.

Nunca he dejado de hacer cosas solo porque no tuviera a nadie con quién hacerlas, ¿por qué? Porque yo, como decía Pascal, soy de los que puedo estar a solas en una habitación:

“Toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa: su incapacidad para permanecer tranquilamente a solas en una habitación”.

Escribo desde el avión mientras suena Amos del piano bar (Y no volverán, a salir por esa puerta los amos del piano bar, se lamentan. Y en el avión, ya no queda nada de alcohol, nos estrellamos…). Me acuerdo del artículo de Gistau y el piano del hotel. Los que cantan son ya más jóvenes que yo. Está claro que estoy envejeciendo. Voy a seguir leyendo un rato más.

P.D.: espero que mi amiga sea feliz y Pascal esté equivocado.