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La vie en rose

Hace unos pocos fines de semana estuve en Francia en la boda de un amigo del colegio mayor. Mi amigo se llama Iñaki, es ingeniero de caminos, vive en París y se ha casado con una parisina .

Como si nos tratáramos de unos jóvenes aristócratas del norte de Europa que buscan el sentido de la vida en la belleza, el campo y el pasado, alquilé con unos amigos el jueves un coche en Nantes con la intención de recorrer con calma la parte Este del país de Houellebecq (que, por cierto, siempre he pensado que es por donde Rick llevó a Ilda a beber vino y comer queso en aquel paseo en coche en donde ella, enamorada, pone su cabeza sobre el hombro de Rick y ambos creen que estarán juntos para siempre) con el fin de contemplar sus viñedos, sus ríos navegables y sus pueblos, cada uno tan orgulloso de su vino local como los rondeños de Antonio Ordóñez, los romanos de su ciudad o Gianni Agnelli de sus trajes. Abandonados a los placeres más profundos, que siempre tienen que ver con la comida y la bebida, almorzamos a la orilla del Loira en la terraza de La Route du Sel, inolvidable la anguila y excelentes el queso y la mousse de limón. Hay comidas que se graban a martillazos en tu memoria.

Para reforzar la experiencia estética y confirmar que a la felicidad se llega a través de la belleza, como descubrieron Henry Miller o Lawrence Durrell en sus viajes al Mediterráneo, donde sus libros más recordados fueron escritos, la boda fue en el precioso château familiar que la familia de ella posee desde hace más de 150 años cerca de un pequeño pueblo llamado Montreuil-Bellay.

Allí en el pueblo se celebró una cena la noche del viernes, que básicamente consistió en probar todos los tipos de vinos de la zona. Arrastrados como tablones en el mar por la marea alcohólica de la preboda, recalamos en el château donde encontramos un precioso cielo estrellado y luz en la cocina. Pensando que quizás habría que echar una mano de última hora con algún preparativo, nos adentramos con la decisión de un legionario. Y, efectivamente, se requería nuestra ayuda, pero para acabar unas cuantas botellas de champagne que el padre de Iñaki había abierto con un amigo para brindar por su hijo.

Mi amigo tiene una de las mejores cabezas que conozco y al mismo tiempo es la persona más humilde con la que me he topado, dos cualidades que suelen tomar siempre caminos opuestos, como la manera de vestir de la mayoría de la gente que sube a un avión y el buen gusto. Esto de la genialidad y la humildad me lleva a recordar la contestación que me dio mi amigo Javier cuando le comenté que las revistas dirigidas a mujeres tenían artículos mejores, estaban mejor editadas y, en general, eran más interesantes que las de hombres “es que las revistas de hombres están hechas por tontos que se creen listos y las de mujeres por listas que van de tontas”.

En uno de los brindis, el padre nos contó una anécdota que sirve para perfilar perfectamente el carácter de mi amigo. Cuando Iñaki trabajaba en una constructora española y les dijo que se iba a París, la comisión ejecutiva del consejo de administración le citó para que explicara el estado de todos los proyectos que llevaba. Iñaki se los fue explicando detalladamente y al finalizar la exposición el consejero delegado, sorprendido por la responsabilidad que recaía sobre él a su edad, le ofreció doblarle el sueldo si se quedaba. Iñaki se lo agradeció pero rechazó la oferta. El consejero delegado insistió y le ofreció que pusiera él una cifra. Esta vez mi amigo le explico que no era una cuestión de dinero, que él se iba a París por amor. Esta historia (de amor) no la conoce su ya mujer. Soy sincero y reconozco que entre el champagne y la forma de contarlo del padre me emocioné.

La declaración de amor más grande del cine es la de Tom Doniphon (John Wayne) en El hombre que mató a Liberty Valance cuando escondido de noche en un callejón mata al asesino de Liberty pero, sin embargo, hace creer a todo el pueblo que ha sido Ransom Stoddard (James Stewart) el que les ha liberado del tirano. Ransom se casa con su chica, se va a Washington y logra ser senador. Se ha quedado con todo. Tom muere solo y sin que nadie sepa lo que ha hecho por el pueblo y a lo que ha tenido que renunciar.

De todas las formas que tenían de declarar su amor tanto Tom como mi amigo, ambos eligieron la que creo es la más sincera pero, al mismo tiempo, la más difícil: evitar declararse.

Por lo menos, en esta película mi amigo se ha quedado con la chica.

Sé que John Ford estaría orgulloso de mi amigo. Y yo lo estoy de tener un amigo que podría ser protagonista de una película del mayor genio del cine.

(Escrito en Be Tulum el 3 y el 6 de agosto mientras espero a unos amigos antes de ir a cenar. El día 3 han tocado en directo, entre otras, dos maravillosas versiones de La vie en rose – como el día de la boda  – y La mujer de Ipanema. El día 6 había luna llena y mientras la pareja de enamorados que tengo enfrente cenaba, los camareros me han dicho que las tortugas estaban dejando los huevos en la playa. He bebido unas cuantas caipirinhas)

En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal

Chico, cuidado

Qué difícil es decir hasta luego… y más aún adiós. Qué difícil es borrar sus fotos. Qué difícil es saber que amó más intensamente a otros. Qué difícil es no sonreír al recordar sus (¿nuestras?) gracias. Qué difícil es un domingo por la tarde sin que me mientan. Qué difícil es dejar de engañarse. Qué difícil es no recordar al pedir un gin fizz. Qué difícil es ver que ya no hay ningún mensaje al acostarme. Qué difícil es no poder contárselo a nadie. Y, sobre todo, qué difícil es dejar de amar.

Qué valiente es hacerlo aunque te acusen de cobarde.

¿Te arrepientes de haberme conocido? Me preguntó un día. Y yo no supe qué contestar a eso.

Me ha vuelto a ocurrir lo mismo que a Beigbeder “amé y he sido amado, pero nunca las dos cosas al mismo tiempo”.

¿De qué le sirve abrocharse el cinturón y ponerse el casco a un kamikaze?

Qué difícil es olvidar y qué vacío es vivir sin sufrir.

Chico, cuidado con la melancolía, es un vicio… y el invierno viene frío.

(Camino de Formentera – también como Beigbeder – para huir…  de mí).

Salvaje y sentimental

Existe un placer, intenso y profundo, que poca gente conoce y, por tanto, pocos pueden disfrutar en dejarse atrapar por un bucle de sufrimiento. Levantarse un sábado con la boca pegajosa y los vaqueros al lado de la cama. Recordar que escribiste a un par de amigos para salir a cenar porque no querías quedarte en casa un viernes por la noche. “Un poco de dignidad” pensaste. Vas hacia el cuarto de baño, pisas la camisa blanca que tiraste al entrar por la puerta y recuerdas, mientras bebes agua directamente del grifo, que después de unos chupitos de no sabes muy bien qué terminaste, sin más compañía que un vodka, en la barra de El Amante. Hasta que lo cerraste. Hay felicidad en esos momentos en los que, aceptando que te han derrotado, te vuelves solo a casa en un taxi sufriendo por alguien.

Te escribió sobre las 2:30 pero parecía que lo hacía ya por pura rutina. No estaba convencida. O al menos no es como otras que te escribían. O estás convencida o no lo estás. No hay más. No te voy a perseguir, para eso búscate otro perro.

Mientras cenas con los dos amigos que has conseguido a última hora miras de vez en cuando el móvil. Más o menos cada dos o tres minutos. Como si fueras el presidente de Goldman Sachs. Sin embargo, tú aquí ni pones las normas ni controlas nada (y sabes que ya es demasiado tarde para hacerlo). Por supuesto que tus amigos no saben nada. Nadie sabe nada. Y no lo van a saber. Ocultarlo es una forma razonable de ser alguien. Puede ser que algún día dejes caer alguna cosa. Si es un buen amigo lo captará. No necesita más. Y no te preguntará, te dejará hablar, si es que tú quieres hablar. De repente, te viene a la memoria aquel amigo de la universidad que parecía inmune a cualquier mordedura de este tipo pero que ahora cuando le ves de cena en cena ya sólo habla de amor. Lo que sufría sabiendo que unos pocos meses antes le había invitado a Nueva York y que ahora ésa misma se la estaba jugando a otro en alguna estación de esquí (mira que me avisaron… si ya se lo había hecho a otros). Su sufrimiento te parecía tan lejano como el del ciclista que ves en la televisión escalando Alpe d’Huez. No hemos llegado a eso, es cierto, pero ya, ¡por fin!, sufriendo en la barra de El Amante has conseguido darte cuenta de algo: están jugando contigo. Sabes que tenía que pasar, era pura justicia divina o como cada uno quiera llamarlo. Tantas veces estuviste en el otro lado poniendo tú las reglas que algún día te tocaría jugar en el lado que sólo sabías que existía por referencias y del que no tienes ningún manual.

Te duchas, bajas la cabeza mientras el agua te cae sobre el pelo y piensas qué hacer el sábado. No tienes ningún plan y no hay nada peor en esta vida que no tener un plan para el fin de semana. Te pones las gafas de sol y como un náufrago te dejas arrastrar hacia donde te lleve el día, sin saber tampoco si te rescatarán. Al menos, los náufragos tienen un madero al que agarrarse, piensas parado en un semáforo.

Te pones esta canción (only miss the sun when it starts to snow), o ésta otra (debería estar cansado de tus manos, de tu pelo… de tus rarezas), para llegar a la terraza de Cappuccino. Hay tanto placer en este sufrimiento con música de fondo… Y lo disfrutas, porque no sabes cuándo volverá a repetirse. Y cuando todo esto haya pasado (porque pasará) lo recordarás con la misma felicidad que sentiste cuando te levantaste por primera vez con ella y no se lo dijiste a nadie (porque nadie sabe nada, ni del principio, ni del final). Te pones al sol, con el abrigo, un café y un vaso de agua mientras ves a la gente pasar. Parecen felices. Siempre has sospechado de la gente que te dice que es feliz. Estos sólo lo parecen. Y pensando en la felicidad pides otro café y otro vaso de agua. Miras al móvil y todavía no te ha escrito. Cuña de tu madera.

Paseas por Serrano, llegas hasta no sabes dónde, y recorres el mismo camino de vuelta, entras en alguna tienda y sientes mucha debilidad, no por la resaca sino por esa desconocida sensación de estar jugando fuera de casa, con el campo embarrado y el árbitro en contra en un partido de sentimientos que tienes que salir a remontar. Te paras a tomar un vermut en Café Murillo y vuelves a echarle un ojo al móvil, debe ser la vigésima cuarta vez que te lo sacas del bolsillo desde que lo miraste deambulando hacia la ducha como un extra de The Walking Dead. Nada. Pues tú no piensas escribirla.

Del vermut inicial pasaste al tercero y a lo mejor ya es suficiente. Decides volver a casa para disfrutar de esta extraña sensación con alguien que ya haya vivido el juego al que te están obligando a jugar. Así que te agarras a Mr. Allen como el náufrago al madero. Te decides entre Manhattan o Annie Hall. Manhattan. Al acabar de verla, te das cuenta de que el hoyo es más grande y que no estás parando de cavar.

Crees que es una buena idea salir a correr para así no tener que estar mirando cada tres minutos el móvil y también, seamos aquí honestos, con la esperanza de que cuando te pares tengas algún mensaje. Tratando de llegar a El Retiro vuelves a notar que ayer bebiste demasiado. Sin embargo, salir a correr te aclara las ideas y en un momento de lucidez caes en la cuenta de que envidias a la gente que se atreve a ir a alcohólicos anónimos. Ellos también tienen problemas pero por lo menos se tienen los unos a los otros para contarse por lo que están pasando.

No hay ningún mensaje y te quieres ir ya a la cama en un sábado de sufrimiento, tristeza y puro placer en donde envidias la suerte que corrió Napoleón en Waterloo. Sólo quieres levantarte el domingo pronto y tomar tres cafés bien cargados mientras lees el periódico en silencio. Te duchas y en otro momento más de debilidad decides mandarla un mensaje antes de ir a dormir. Algo suave. Que no crea que estás ofendido o que le importas demasiado. Vaya, te contesta y está encantadora. Dice que sale a cenar y luego a tomar algo. Que si vas a salir.

Está claro que cuanto mayor es el sufrimiento, menor es el azar de que haya sido justo con ella. Tu propia medicina.

Pues sí, yo también salgo hoy. Y sí, resulta que yo también tengo una cena. Qué casualidad, le digo. Habrá que llamar a alguien. Y piensas que hay que disfrutar de estos momentos que no se dan muy a menudo. Sonríes y te vuelves a acordar de la noche anterior, en el taxi, borracho, solo, volviendo a casa, sufriendo y disfrutando.

Agradeces todo lo que te está pasando, porque te estás sintiendo muy vivo dentro de este interminable bucle.

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Y justo antes de salir por la puerta a forzar un encuentro casi casual, llegas a una conclusión: tú no estás sufriendo por amor, amigo. No. El que está aquí realmente sufriendo es tu E-G-O.

Fin de año

Sin uvas. La televisión apagada. No hay campanadas. Tampoco Puerta del Sol. Sin balance de lo bueno y lo malo. En nuestro hotel. Nada de cenar. Fuera está nevando. ¿O es verano? Qué más da. Sin turrón. Sólo vino (y champán). Vamos a la ducha. Tu pelo mojado. Te pones el albornoz. Lovers at first sight, in love forever. No llegamos a la cama. El servicio de habitaciones. Más champán. Tus hombros. Bowie. El esmoquin. Busco tu bolso. Bajamos a la fiesta. Tus miradas. Me colocas el pañuelo. Bailas. ¿Subimos? Me dices. El ascensor. Te beso. Mi pajarita. Tu perfume.

¿Qué hora es?

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Agotados. Do not disturb en la puerta y amor en la cama. Dime algo bonito, por favor: lie to meNos dormimos. Sin despertador. Abres los ojos: 2 de enero.

¿Qué es la eternidad? – Te pregunto en la cama.

Estas horas – me contestas en voz baja.

(Ever since that night, we’ve been together) 

Mi resumen del Real Madrid-Celta de Vigo

En el descanso, tiritando, bajé las escaleras buscando el cuarto de baño. Giré a la izquierda y me la encontré viniendo de frente. Tenía la naricita roja por el frío y una cara tan blanquita  que parecía transparente. Su cutis era como el de una muñequita de porcelana. Debía de ser noruega o sueca. Quizás danesa. Era de una raza de mujeres donde con cada grado menos de termómetro están más apabullantes. Llevaba un anorak con capucha. Con esas capuchas en el que el borde está forrado de piel y sólo con verlas dan calor. No tenía pecas. Le asomaban unos mechones dorados que se fundían con la piel de la capucha. Andaba hacia mí como una de esas mujeres que no tienen miedo a nada. Ni a los lunes.  Era especial. Tenía unos ojos azules que estaban llenos de cosas. En esos ojos vi como en un little black  dress bailaba con una copa de champagne en V Estocolmo (quizás la mejor discoteca del mundo http://stureplansgruppen.se/nattliv/v/). También vi en sus ojos que iba a la biblioteca con el pelo recogido, unas gafas de pasta negras y que le gustaba morder el boli mientras sonreía al chico sentado enfrente. Estoy seguro de que tenía pecas. Era puro rock and roll. Pasó pegada a mí pero no me vio. Cuando se alejaba caí en que iba con un chico. Confirmando que (hasta en el fútbol) no hay perro bonito sin collar. Volví del cuarto de baño y me quedé esperándola en el mismo sitio hasta el minuto cinco de la segunda parte.  Pero no volvió a dejarse caer por ahí.

Regresé a mi sitio donde siguió haciendo frío y la lluvia no paró. Para entonces yo ya no recordaba quiénes jugaban ni de qué equipo era. Hay partidos de fútbol que siempre recordarás pero nunca hubiera creído que un Real Madrid-Celta de Vigo de liga en diciembre fuera uno de ellos. También hay mujeres por las que merece la pena cambiar de bebida, de vida, de patria y hasta de algo más importante: de equipo de fútbol. 

Al día siguiente en los periódicos se dijeron muchas cosas del partido pero nadie habló de la chica noruega o sueca (quizás danesa) con la capucha forrada de piel. Aún merece la pena ir al fútbol por la noche, en diciembre, con lluvia y frío aunque después de tantos años salgas del estadio siendo de otro equipo.

¿Qué busca un hombre?

Que le echen en falta. Tener algún buen amigo. Pasear solo. Invitarla a cenar. Que se acuerden de él (alguna vez). Viajar con ella. Hacerse (algo) el duro. Compartir el periódico en el desayuno. Que le digan que ese traje le sienta bien. Viajar solo. Que le regalen alguna sonrisa. Pasear con ella. Que alguien le abrace en la cama. Que (alguna vez) le inviten a cenar. Que no le mientan. Morir viejo. No enamorarse. Un buen par de zapatos. Un fin de año sin uvas. Sentirse vivo. Que le mientan. Robar algún beso. Que le regalen algún libro. Creer en algo. Regalar alguna sonrisa. No morir solo. Que le roben algún beso. Perderse en Nueva York. Que le rían las gracias. Brindar con champagne. Un buen amante. Enamorarse.

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¿Qué busca una mujer? Exactamente lo mismo que un hombre.

Ya sólo habla de amor

Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso

que no me canso nunca de escucharlo.

Repíteme otra vez que la pareja

del cuento fue feliz hasta la muerte,

que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera

se le ocurrió engañarla. Y no te olvides

de que, a pesar del tiempo y los problemas,

se seguían besando cada noche.

Cuéntamelo mil veces, por favor;

es la historia más bella que conozco.

(Amalia Bautista)

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(Por ese beso que nunca nos dimos. Y nunca nos podremos dar)

Dime algo bonito: Miénteme

No teníamos ningún futuro. Y yo se lo repetía. Pero nos divertíamos juntos. Ella odiaba París. ¿Qué futuro puede haber con alguien que odia París? En mi casa nos mentíamos los domingos por la tarde. Pero me gustaban sus (nuestras) mentiras. Nadie me dijo que era el último domingo. Ahora me gustaría que me volviera a decir algo bonito. Algo como:

– Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.

– Te he esperado todos estos años.

– Dime que habrías muerto si no hubiese vuelto.

– Habría muerto si no hubieses vuelto.

– Dime que todavía me quieres, como yo te quiero.

-Todavía te quiero como tú me quieres.

– Gracias. Muchas gracias.

Quizás, porque fue ella, y no yo, el que ya no volvió a escribir.

Tenía razón  Loriga, otra vez, cuando dijo “esperar a ser querido por una mujer que no te quiere es uno de los placeres más grandes que este mundo puede regalarnos”.

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El guisante

No era un príncipe feliz ya que no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.

-¡Eres demasiado exigente! -le decía la reina- Te he presentado a las princesas más hermosas, más inteligentes y más encantadoras del mundo, pero ninguna ha colmado tu deseo.

-Te estoy muy agradecido, madre -respondía el príncipe- Es muy difícil encontrar una verdadera princesa. Pero, estoy seguro de que algún día la hallaré.

La reina decidió salir en ayuda de su hijo y convocó en palacio a todas aquéllas que decían ser princesas. Y les puso a prueba. Dormirían sobre veinte colchones y veinte edredones, debajo de los cuales había colocado un guisante. Pasarían la prueba las que no pudieran pegar ojo por culpa del guisante. Ninguna de ellas protestó a la mañana siguiente. Cuando ya creían que no encontrarían princesa para el príncipe apareció una noche una desconocida, superviviente de un naufragio, pidiendo pasar la noche en palacio. La reina, aunque ya sin esperanzas, decidió también ponerla a prueba. No pudo dormir en toda la noche por culpa del guisante.

Hay una canción de Lana del Rey que comienza así: blue jeans, white shirt…cuatro palabras que definen un estilo de mujer. Blue jeans, white shirt es la  princesa náufraga. Blue jeans, white shirt: ése es el guisante.