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Amos del piano bar

Hace un par de viernes fui a comer con dos amigas y un amigo. Mi amigo nos contó que estaba destrozado porque la noche anterior había ido a cenar con sus amigos del colegio (todos hombres) y se había acostado tarde en un estado calamitoso. Sus cenas de amigos me recuerdan a esa típica escena de película en el que un preso, tras 40 años recluido, abandona la cárcel, pisa suelo libre, la cámara le enfoca en primer plano, cierra los ojos, respira profundamente el aire de libertad – mientras de fondo la puerta de la cárcel se va cerrando poco a poco – y el guarda le grita “buena suerte, te lo mereces”. Hay un instante en el que el preso y mi amigo son la misma persona, es justo ese momento en el que el preso pisa la calle y mi amigo entra en el restaurante. Hay que añadir que mi amigo está casado y vive en un régimen de semi libertad similar al de los animales que viven en el zoo; lo que, supongo, es una de las virtudes del matrimonio. Pero él es feliz, así que yo soy feliz por mi amigo.

Yo el jueves por la noche había cenado solo. Les conté a mis amigos que estuve en una terraza de la Plaza del Rey mientras leía el libro de Javier Aznar y que luego me había ido a tomar un sándwich con un gintonic (al final, fueron dos) a Club Matador. Allí el gintonic te lo ponen en un vaso de la marca Riedel que cuando siente el calor de la ginebra y el frío de la tónica estalla en una combinación tan perfecta como la de John Ford, John Wayne y Monument Valley. Creo que si habéis visto la Legión Invencible (por cierto, y hablando de todo, qué maravilla de canción es She wore a yellow ribbon) o Centauros del Desierto entendéis lo que estoy diciendo. De verdad, los tragos en Riedel saben a otra cosa, a algo muy puro ¿qué queda puro? La amistad. La de verdad.

Una de mis amigas me miró como quien se levanta por la noche de la cama y ve a Alf comiéndose un gato en medio del salón “¿cómo que has cenado solo? No puedes cenar solo. Ayyy habérmelo dicho y hubiera cenado contigo.” Le contesté que para la próxima. No me apetecía explicarle que, precisamente, lo que quería era cenar solo en una pequeña terraza en la plaza del Rey con dos vermús (o tres). Igual que quería venir a Roma solo y pasear con mi panamá y mis gafas de sol para sentir la sensación de eternidad que te da la vía sacra con el monte Palatino a un lado y el Coliseo al otro. Quería descansar bajo un árbol viendo las ruinas de las Termas de Caracalla. Ir a la terraza del hotel de Russie (qué terraza tan bonita y con tan buen gusto) y salir de allí con dos spritz, un daiquiri y un aperitivo típico italiano para chocarme con la Fontana Di Trevi de madrugada y ver a todas esas parejas de enamorados que me pedían una foto ¿cuánto les quedará? ¿O de verdad es el amor de su vida? Qué más da. ¿Y sabéis lo que pasa en una ciudad como Roma en una terraza cómo la del de Russie? pues que conoces a gente en paz consigo misma, como Patric un señor de Nueva York, que me dijo que tenía 80 años y que visitó Madrid en 1965 para ver el Museo del Prado. Me dio su tarjeta y me pidió que le mandara un mail. En cuanto acabe de escribir esto le pongo uno. Quería pasear sin seguir ninguna prisa y entrar en alguna iglesia vacía, de la que no salen en las guías de viaje, y allí en silencio y recogido ver sus pinturas, imaginando que el mito, la ficción o lo que llamamos Dios conversaba con Yuval Noah Harari sobre su libro Sapien de animales a Dioses. Y yo, ahí en medio, escuchaba los argumentos de los dos sobre la evolución humana. Además, tenía apuntado también pasarme por el Jerry Thomas Speakeasy (que está en el número 33 de las mejores coctelerías del mundo) y coger ideas para la coctelería que estoy tratando de abrir en Madrid con unos amigos y un gran barman. Ah, ¿que no es he contado eso? Bueno, otro día, y despacio… con una copa.

Y, por supuesto, por tomarme un negroni en Piazza Navona y seguir las instrucciones de José Luis Garci “antes de tomar el primer sorbo, es necesario levantar la copa al sol, para que sus rayos quemen esa granada líquida que se mueve entre el hielo, un mar rojo de icebergs y música de Nino Rota”. Quería homenajear a Garci y su libro Beber de Cine y, sobre todo, a mi amigo Luis, del que hace tiempo no sé nada, y que fue el primero que me dijo que consiguiera esta joya imperecedera como el oro, la democracia, las camisas blancas o los hombros al aire de las mujeres, llamada Beber de Cine y cuya primera página sobre el negroni casi se sabe de memoria: “El negroni es un cóctel de exterior terraza y mañana alta. Una terraza de ciudad – los combinados, por encima de todo, son de asfalto -, la terraza de un café o de un pequeño restaurante. La época ideal para tomar el negroni es hacia final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona”.

Tras cenar en una osteria cercana a Campo dei Fiori, vuelvo a mi hotel paseando junto al Tíber, lo que las italianas llaman la passeggiata y que no es más que un paseo después de cenar para que el metabolismo se les agite – igual que si lo metiéramos en una coctelera del Jerry Thomas para prepararme un daiquiri, que estaba de notable alto (el sobresaliente, de momento, sólo se lo pongo a Club Matador) – y les impide engordar. Éste parece que es el secreto de la Belluci o la Bruni, sí, la Bruni, porque Carla, es italiana y muy italiana. Llego al hotel y me siento en el bar a descansar un momento, un pianista está tocando What a wonderful world y me acuerdo de un artículo de Gistau que empezaba diciendo que según Manuel Vincent envejecer es que te conozcan por tu nombre los pianistas de los hoteles a los que vas. A mí no me conoce nadie en este hotel, pero sí siento que estoy envejeciendo.

Roma se parece a mí mucho más que otras ciudades, abierta, bulliciosa, caótica los fines de semana, pero se asemeja aún mucho más a aquella chica que me gustó y que ahora imagino que estará con otro: presumida, orgullosa, bonita, que digo bonita, preciosa, caprichosa y tan delicada que sólo está hecha para el disfrute de muy pocos, unos elegidos, aunque miles de turistas (selfies, palos de selfies, pantalones cortos y chanclas con calcetines) paseen por ella creyéndose que les pertenece, pero por encima de todo es eterna… como lo es mi amor por ella (¿hablo de Roma o de la chica? Creo que ya no lo sé. Otro negroni, camarero. Prego).

A Roma hay que venir, como hay que ir a París o a Londres o a Lisboa, pero a Lisboa mejor si estás enamorado y quieres sentir qué es el amor sincero cuando ella se agarra a ti en cada cuesta. Los que habéis estado en Lisboa no me dejaréis por mentiroso.

Nunca he dejado de hacer cosas solo porque no tuviera a nadie con quién hacerlas, ¿por qué? Porque yo, como decía Pascal, soy de los que puedo estar a solas en una habitación:

“Toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa: su incapacidad para permanecer tranquilamente a solas en una habitación”.

Escribo desde el avión mientras suena Amos del piano bar (Y no volverán, a salir por esa puerta los amos del piano bar, se lamentan. Y en el avión, ya no queda nada de alcohol, nos estrellamos…). Me acuerdo del artículo de Gistau y el piano del hotel. Los que cantan son ya más jóvenes que yo. Está claro que estoy envejeciendo. Voy a seguir leyendo un rato más.

P.D.: espero que mi amiga sea feliz y Pascal esté equivocado.

Viví unas pocas semanas

Escribo rápido, en el bloc de notas del IPhone, desde un barco en la bahía de Estocolmo mientras mis amigos duermen la siesta antes de ir a cenar. Me acompaña aquí en cubierta la única bebida que he podido conseguir: una cerveza sueca llamada Gotlands noséqué – he de confesar que yo no soy muy de cervezas, siempre he sido para abrir el apetito antes de una cena más de vino, vermú, bloodymary y últimamente también amontillado, pero cuando estoy fuera de casa lo que prefiero es un dry martini, así que en cuanto acabe la cerveza voy corriendo al Gran Hotel a ver si su dry martini está a la altura de las vistas que tiene de la ciudad (el hotel es un precioso edificio, con el tejado de pizarra verde, que me recuerda a los edificios de París) – . Tengo los cascos puestos y ahora mismo está sonando Quique González. Bebimos en los bares hasta ver el sol, quemamos el motor, volvieron a crujir las vías de trenes. Es viernes, exactamente las 20:01, y estoy recordando, mientras contemplo las maravillosas vistas que tengo delante, la última vez que vine a Estocolmo con dos buenos amigos hará ya unos seis o siete años.

Resulta que la noche antes de venir a la ciudad de Ingmar Bergman – ohhhh ese comienzo del Séptimo Sello ¿lo habéis visto? cuando el náufrago echa una partida de ajedrez con La Muerte. “Espera un momento” le dice el náufrago, “es lo que todos decís… pero yo no concedo prórrogas” le contesta La Muerte. Acabo de ver en Google que Mr Bergman no nació en Estocolmo pero seguro que estuvo por aquí muchas veces, por donde estoy yo ahora, contemplando este precioso paisaje rodeado de canales mientras los barcos van de una isla a otra – , la ciudad también de Ingrid Bergman, sí, ella, Ilsa, la mujer que abandonó a Rick en París (¿cuántas mujeres amabais de verdad y os han abandonado? A mí, por lo menos una… y la sigo recordando) y por la que Rick se echa a llorar a solas, con su botella de whisky, justo en cuanto ella da el portazo y abandona su bar (o más bien, café americain) después de haberle pedido ayuda para su marido, sí, ella, Ilsa, la misma mujer que le dice a Rick en París (recordad que ese día ella iba de azul y los alemanes de gris) horas antes de entrar los invasores “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, y estoy seguro que también ¿por qué no? que de aquí, de esta misma ciudad, a dos cuadras (como dirían mis amigos mexicanos) era la primera mujer que se puso un bikini en las playas de España – siempre he oído que era sueca y fue en Santander – ¿entendéis ahora chicas el porqué de nuestra fascinación con las mujeres de este país?

Sigo, no me enrollo más que me duelen los dedos de sujetar el teléfono (menos mal que me traje un chaqueta de entretiempo, empieza a refrescar), decía que la noche antes de venir volví a ver El Hombre que Mató a Liberty Valance (That’s my steak Valance) y me dio por preguntarme en la cama (casi no dormí, había que levantarse pronto, ir al aeropuerto con tiempo, desayunar con dos cafés y un periódico…seguro que me entendéis) qué se necesita para hacer un western. Suena El Sitio de mi Recreo. De sol, espiga y deseo, son sus manos en mi pelo, de nieve, huracán y abismos. Creo, pensaba en la cama, que para un western se necesitan caballos, un pueblo en el oeste, un bar, un sheriff, ¿indios? Pues en algunas sí y en otras no ¿qué más? Alguien fuera de la ley, un tipo honrado y puede que algún duelo. Y ahora que estoy aquí relajado, como recién salido de un spa, en la cubierta de un bonito velero y ya sin mi cerveza (en cuanto acabe de escribir esto voy a por mi martini) he recordado la película que me monté en mi cabeza sobre qué se necesita para hacer un western y, como tantas otras veces, he acabado preguntándome qué se necesita para ser feliz. Pues hoy, viernes 18 de agosto, en Estocolmo creo que, por fin, lo tengo claro: haber sido infeliz. Solamente si has sido infeliz puedes ser feliz ¿Puede ser alguien feliz perpetuamente? No, por supuesto que no, y además, si pudiera nunca sabría que es realmente la felicidad porque nunca ha conocido la infelicidad para poder comparar. Por eso, la felicidad son momentos (cortos o pequeños) que generalmente duran horas, quizás un día, aunque puede, hay que tener mucha suerte, que semanas (no muchas). Sin embargo, ser feliz durante semanas únicamente se da en un caso: si estás enamorado y, además, eres correspondido (“viví unas pocas semanas, las que me amó” le dijo no recuerdo quién a no recuerdo quién en una película que no recuerdo. Ayyy mi memoria).

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(Suena Cadillac Solitario mientras acabo de escribir esta tontería. Pero ya hace tiempo que me has dejado, y probablemente me habrás olvidado. Me voy a por mi martini al Gran Hotel y luego cena en Nosh and Chow)

En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal

Milán

Como segundo compañero de viaje un libro de novela negra española escrito por Andrés Trapiello que dice cosas tan maravillosas, certeras y reales como estos consejos que le da un editor a una de sus escritoras:

A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud.

Unos spritz, gafas de sol, zapatos de verano, sol y calor el viernes por la tarde en una terraza junto al río Olona.

La barra del Café Trussardi a la hora que los milaneses llaman del aperitivo (es decir, como de seis a nueve de la tarde); así que tres Plymouth con tónica y dos camareras en sus cuarenta pero con la actitud de universitarias en el viaje de ecuador.

El risotto de Giannino para cenar y esta foto imperial, que creía de Capello pero ahora tengo muchas dudas ¿quién es? ¿Baresi?, contemplándonos.

Milano

Acabar una botella de vodka en la terraza de Byblos y que un amigo te traiga a las cinco de la mañana, con cara de felicidad, no un chupito sino una copa de Jagger con Red Bull cuando lo que necesitas es una, o dos, botellas de agua.

Dormir cinco horas y echarnos a la calle como si fuéramos los restos de un naufragio, maldiciendo al Cholo porque la noche anterior a la final me haya vuelto a tender una trampa para llegar al partido arrastrándome y yo, sin ninguna dificultad, volviera a caer – otra vez – , igualito que en Lisboa. Atleti 1 – Madrid 0.

Pero aunque los náufragos no eligen puerto, algunas veces Fortuna les sonríe y recaen en un lugar especial, un paraíso en el que, al igual que en Rebelión a Bordo, están mejor que en su propio hogar. Pues así, casi de casualidad, caímos en uno de esos lugares de los que te enamoras para toda la vida y que, por mucho que te hayan cautivado, prefieres no regresar para que el recuerdo se mantenga intacto. Uno de esos paraísos lo encontré en Milán y se llama Binari. El sol de Lombardía en mayo, una terraza interior preciosa repleta de vegetación e icónicos carteles de Martini y Cinzano que me trajeron a la mente este pasaje tan evocador de José Luis Garci sobre el negroni en su libro Beber de Cine:

La época ideal para tomar el Negroni es hacia el final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio, y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona.

La liturgia obliga a que te sientes en la terracita solo, después de un paseo por el Trastevere, en una mesa cubierta con mantelito de cuadros azules y blancos y cenicero Cinzano, los periódicos cerca de ti – esos periódicos que se compran cuando uno está de vacaciones, o cuando uno se da vacaciones a sí mismo sin motivos muy claros; esa prensa, ya sabéis, del tipo de The Wall Street Journal, USA Today, The Sunday Times, Il Mesagero, L’Equipe, etcétera; tabloides que no se adquieren para leer, sino para acompañar – .

Pedimos una pasta con gambas y cacio e pepe (queso y pimienta) y creo, sin miedo a exagerar, que es la pasta más deliciosa que he tomado en mi vida. Puede ser porque encontré en esa terraza, bajo una higuera, un paréntesis a las preocupaciones, miedos y frustraciones con los que cada uno cargamos y allí, no en la terraza sino en mi interior, donde no hay nadie más, me sentí afortunado de lo que tengo y a lo que puedo aspirar. No miento, por tanto, si digo que es probable que el sabor de esa pasta en Binari cambie según la vida interior de quien la prueba y lo que a mí me pareció delicioso pudiera ser una pasta ramplona en el paladar de otro comensal.

Binari

Después de varios expresos y un gintonic y lamentándonos por no ser tan valientes como para atrancar las puertas del restaurante y quedarnos atrapados en su terraza unos días más, como sí lo fue Brando quemando la nave para vivir en Tahití con Maimiti, partimos camino del estadio. ¿Los aledaños? Pues una romería: puestos con todo tipo de comidas, una pradera, música y bebida sin alcohol porque la UEFA, como esos países que imponen la ley seca el día de las elecciones, no confía en las personas.

Luego, 120 minutos.

Dicen que sólo en las grandes ciudades sucede el destino. Y Milán lo es. Por eso, el destino ya estaba escrito… aunque se alargara treinta minutos de más.

¿Sabéis qué? La felicidad son momentos.

Todo el mundo tiene un plan

He pasado unos días en familia estas Navidades en Valladolid. Allí he vuelto a ver a algunos de los pocos amigos que tengo, de esos con los que puedes pasarte semanas o meses no ya sin verte sino sin hablarte y cuando les ves “poder pensar junto a ellos en voz alta”; también he comido como si tuviera que engordar para luego meterme en una cueva a hibernar (sopa castellana, lechazo, cocido, pularda, guisantes con jamón – mi perdición -, no soy muy de turrón pero sí de roscón y panettone con el café); no he parado de beber vino, sobre todo Emilio Moro, que para eso estábamos en Valladolid y luego en otras ciudades te lo encuentras inflado (como los desayunos en la cama, el sexo en la playa, los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas) – algunas veces me pregunto si las relaciones con mis amigos no estarán basadas en los gintonics, los vodka tonic y el vino, es decir: en el alcohol; y que si lo elimináramos de nuestras reuniones sería como quedar con el delegado de clase del colegio (el que se sentaba en primera fila, te pedía que callaras cuando hablaba el profesor y en la cena de graduación se iba al acabar los postres mientras nosotros esperábamos a las copas y ellas se iban al baño a maquillar. Posiblemente ahora sea uno de esos millonarios de Sillicon Valley, pero ¿y?) -; acabé también algún libro pendiente, entre ellos el de “Straight to Hell” de @GSElevator (aventuras y golfadas bastante exageradas, cuando no inventadas directamente, de un trader en un banco americano antes de la crisis de 2007); también madrugué mucho, hay días que me gusta levantarme muy pronto, mientras el resto de la casa duerme y sólo se oye el ruido de la cafetera, y con la tranquilidad de la mañana leer en la cocina los artículos que me he guardado en Pocket para luego, lleno de cafeína, salir a correr junto al Pisuerga con una lista de música un poco incomprensible que va desde Los Panchos a Luz Casal o Solomum. Sobre esto, sobre las listas de música, siempre he creído que junto con la biblioteca de cada uno es de lo más personal que tenemos. Yo cuando voy a casa de alguien siempre trato de cotillear un poco la librería a ver qué lee. Te puede definir el contorno de una persona. No exageremos y no digamos aquello de que “si no tiene libros, no te lo folles”. Llegado a ese punto, acabemos el trabajo, disfrutemos las cosas bien hechas y, aunque no le demos ya ninguna posibilidad a otra cena (bien es cierto que nunca sabes si te la volverás a encontrar de noche en algún sitio y entonces…), aprovechemos la oportunidad para ¡por una vez! hacer de rubia despechada yéndonos de su casa dando un sonoro portazo; indignados porque aunque la cama era cómoda y la compañía entregada de qué puedes conversar en una segunda cena con alguien que no lee ni la carta del restaurante y te dice “pide tú por mí”. No, algunos todavía preferimos a las que saben abrir una botella de vino pero que mientras te miran con cara de gatita y sonríen (puede que hasta también se muerdan el dedo) te piden que se la abras. ¿Qué por qué lo hacen? Pues chico, porque se pasan el día poniéndonos a prueba.

Bueno, sigo, allí en Valladolid el punto de encuentro con mis amigos es siempre un pequeño bar en el centro llamado Monsó. El sitio es pequeño pero muy cómodo; con una terraza agradable para pasar con copas las tardes claras de Valladolid una vez que la niebla de la mañana (que es cuando salgo a correr o con la bicicleta) ha decidido irse. Además, como pasa en provincias, y aún más en un bar, allí se mezclan todo tipo de gente de todas las edades. Te puedes encontrar a aquella chica que te gustaba hace años y que ¡oh vaya! parece que los treinta no le han sentado bien, un funcionario, al empresario al que la crisis le arruinó, la universitaria que vuelve a casa por Navidad y le cuenta a la amiga que se quedó cómo le va (“a ver si vienes a verme, porque salimos con unos chicos que siempre tienen botellas en Madrid y nunca pagamos, además, pasamos sin hacer cola. Y allí – mientras le guiña el ojo a su amiga – no nos conoce nadie” como si las oyera), un trasnochado que todavía no lo sabe, el alcalde, una funcionaria ¿cuántos funcionarios hay en provincias? y alguno que pasados los treinta aún consigue vivir de sus padres. Vamos, “un poco de todo”, como digo siempre que me preguntan qué quiero para acompañar a los garbanzos del cocido.

Como decía, por el bar se dejaba caer gente de todas las edades. De todos ellos, el que a mí más  me llamó mucho la atención fue un hombre mayor – no soy muy bueno para las edades pero apostaría a que ya no cumple los ochenta -. Siempre iba hecho un pincel con su bastón, los zapatos limpios, una corbata con el nudo bien hecho, jersey de pico y chaqueta; este look junto con su pelo, que cuidadosamente peinaba hacia atrás, le daba un cierto aire de galán del cine español ya retirado.

Siempre iba solo. La primera vez que le vi entrar y pedirse un Ribera pensé que estaría esperando a alguien. Sin embargo, allí nunca aparecía nadie. Tampoco se quedaba mucho por el bar, quince, quizás veinte minutos, y tras mirar con cuidado las monedas antes de pagar se despedía de los camareros con mucha educación.

Un día me dijeron que se había quedado viudo hacía poco y que su mujer y a él les gustaba salir juntos por el centro a tomar un vino. Cuando me enteré y le volví a ver por el bar imaginé que seguía saliendo, aunque fuera solo, a tomar un Ribera para no quedarse en casa y tratar de evitar así que el tiempo le pasase por encima. Que no hay mejor manera de no olvidar los momentos felices que pasó con su mujer que recordando los momentos felices que pasaron juntos. Yo le miraba y en ese tipo veía estilo y clase. Veía que no quería rendirse. Que los golpes son parte de la vida y que hay que saber encajarlos.

Mucha gente confunde el estilo o la clase con tener un 911 en el parking, pasar unas Navidades en Baqueira con casa a pie de pista, o pasear por París con un traje de Loro Piana agarrado a unas piernas muy largas que abrazan un 2.55 de Chanel. Y no, eso nada tiene que ver con el estilo o la clase. Sé perfectamente que no lo es porque vivo rodeada de gente así; tipos que se desmoronarían, y arrastrarían a todos los que pudieran, al menor golpe.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe. Y tiene razón. Sólo unos pocos cuando reciben un crochet en forma de enfermedad o un gancho por una traición o un directo donde más duele (en el corazón) por un abandono siguen teniendo un plan… o al menos lo parece.

Por eso, el estilo y la clase sólo se lo puedes descubrir a alguien cuando está recibiendo golpes.

Alí

En Valladolid para tomar el aperitivo La Tasquita y su tartar de pimienta. También Daicoco con sus gildas y ensaladilla.

Para comer con muy buenos vinos por copa y una gran cocina a un precio mejor: La Chula. Me encanta su pasta de calamar.

Para cenar con algo de rollo, sin lugar a dudas, la planta de arriba de Corinto.

Hay varios sitios que me han decepcionado así que mejor ni mencionarlos. En este blog me gusta hablar sólo de cosas bonitas.

Si alguien va a Valladolid y quiere saber dónde ir a comer o de pinchos, que le pregunte a Pablo Lázaro. Los ha probado todos y no le debe nada a nadie. El día que le vea escribiendo en algún periódico o revista entonces es cuando dejaré de fiarme.

Algunos apuntes del verano

  • El jardín de noche del restaurante Macao en Santa Gertrudis de Fruitera (Ibiza). Un lugar discreto, con estilo y muchísimo encanto. Una gran cena. Y las grandes cenas tienen que acabar en desayuno.
  • La tortilla trufada y el bacalao negro (estilo Nobu) de Tatel en Madrid. Debo ser honesto y decir que uno de los dueños es amigo mío, pero también creo que no me llevo por la amistad cuando digo que el sitio y la comida merecen mucho la pena. Ah, y que no se me olvide, también merece la pena, y mucho, la pelirroja que canta en directo New York, New York mientras cenas.
  • La exposición de Vogue en el Thyssen (Vogue like a painting). Y de entre todas las fotos, ésta de Patrick Demarchelier

Vogue like a painting

  • Un pescado llamado raó que comí en el chiringuito Tanga en Formentera. Según nos comentó el camarero, a este pececito (parecido al salmonete) sólo se le puede pescar en septiembre. Espectacular.
  • Esta foto. Esta pareja.

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  • 0, (00 también, si es ruleta americana), 17, 20 y 36 son, a partir de ahora, mis números del casino para toda la vida. Son los mismos números con los que jugaba en el casino de Biarritz la abuela de un amigo (sin que el abuelo supiera que su mujer se dejaba caer por el casino) con el que he estado en México este verano. Yo les he añadido el 7 y el 13. Tuvimos buenas noches.

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  • Este llavero de Fernández o Hernández que compré en una tienda de la calle de Madrid Ayala (creo que Ayala 27) en donde únicamente venden cosas (todas las cosas que se te ocurran) de Tintín. Por cierto, no hay mejor libro para sostener a Hernández o Fernández.

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  • El bonito con tomate del restaurante La Bombi en Santander. En Santander: Marucho y La Bombi.
  • Este traje cruzado de verano que se hizo un amigo en Suitz (sí, para una boda en septiembre). Vuelvo a ser honesto, uno de los dueños es amigo mío, pero por muy amigo que fuera no lo recomendaría si la calidad y precio no estuvieran a la altura: lo están.

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  • Esta canción que hacía años que no escuchaba y sonó en un momento de paz absoluta una mañana. Fue el preludio de un gran día. La canción de un viaje corto a Ibiza. Ahora la escucho a diario.

Amore, fai presto, io non resisto…

se tu non arrivi non esisto

non esisto, non esisto…

  • Esta foto en donde están resumidos todos los buenos veranos que he pasado (y espero seguir pasando).

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  • “Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo”, el libro de Augusto Assía que recopila sus crónicas a La Vanguardia durante la Segunda Guerra Mundial como corresponsal en Londres. Un enamorado de Inglaterra:

“¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad? Los ingleses creen – y ya la experiencia nos dirá si con razón o equivocadamente – que sin aquellas cosas no se puede hacer la guerra, y que si se hace, se pierde.”

“¿Qué cómo han vivido los ingleses en la retaguardia durante el año 1942? Querido director: los ingleses vivieron en la retaguardia del año 1942 como el año 1941, el año 1790 o el de la nanita. Leyendo el Times por las noches al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky, divagando sobre el tiempo y los antepasados, tirando de la pipa, labrando la tierra, trabajando en el torno, educando a los hijos, obedeciendo las leyes y temiendo a Dios. Vivieron, en fin, con arreglo a sus costumbres”.

  • Esto de Pessoa que robé de la cuenta de Twitter de @guardian_el_

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  • Y, sobre todo, Batey en Tulum. Pocos bares con tanto rollo he encontrado nunca. Cuando nos lo recomendó una camarera de Be Tulum nunca pensé que un sitio que no parecía ser mucho a primera vista pudiera ofrecerme tanto. Música en directo todos los días, camareras divertidas (argentinas, italianas, cubanas…), perdedores con clase que eligieron Tulum para huir y mujeres que acuden solas y se pagan sus copas (aún queda alguna).

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El blog nació con la idea publicar entradas como la de hoy o ésta de Madrid. Sin ninguna pretensión, simplemente porque me gusta pensar que en otras ciudades hay gente con gustos parecidos; gente interesante con la que es posible hablar e intercambiar consejos. Algunas veces pienso que si MenInMadrid no lo hice realmente para escapar, si es que se puede, de la soledad. Un blog como mera distracción y, a la vez, honesto, muy honesto; con la certeza de que lo que publique tiene que ser mejor que lo que se lee en la mayoría de las publicaciones de viajes, vida, hombres o como se quieran autodefinir.

Sin embargo, el blog ha ido mutando (o degenerando, dirán algunos) a algo diferente, más personal.

Pero la idea original sigue estando ahí, saber que hay gente que disfruta tomando un vermú casero mientras lee el periódico en una terraza de ¿Barcelona? o que les gusta salir a pasear solos alguna noche de verano en ¿Valencia? escuchando una canción versionada de Bowie; los mismos que saben decirte dónde hay un cine en versión original en ¿Bilbao? o que pueden tener una noche memorable en The Box Londres, rodeados de chicas que abrazan la química,  sin la necesidad de publicarlo en ninguna red social; esos mismos a los que te puedes encontrar una semana más tarde tomando una gilda y un negroni en ¿Valladolid? discutiendo sobre fútbol, los tacones perfectos o cómo mejorar el swing pero también sobre qué libro de Houellebecq es mejor: Ampliación del Campo de Batalla o Plataforma. He conocido gente así. Un poco lo que decía Garci cuando le preguntaban si sus gustos culinarios son siempre sofisticados:

Al contrario, soy un clásico. Ostras y caviar, con Dom Pérignon, por supuesto. Pero también la cuchara: judías pintas, cocido, lentejas, el arroz a banda, el jamón de Jabugo (para mí, el mejor amigo del hombre), y los bocadillos de chorizo, de anchoas, la escarola, las patatas fritas, la ensaladilla de Casa Rafa [en Madrid], el steak-tartare del Club 31 [Madrid], la carne a la brasa, el pan con aceite, las castañas asadas y las castañas pilongas, todos los frutos secos…

Algunos apuntes de Madrid

– Que te limpien los zapatos con cariño y esmero en Orquera (y por sólo seis euros). Creo que ha pasado a ser mi nuevo sitio favorito de Madrid.

– La planta de abajo de El Amante.

– Los blazers de Hartford que venden en L’Habilleur.

– El aperitivo en las terrazas de la Plaza del Rey.

– El bloody mary de Salsa Diablo con su receta secreta de salsa diablo.

Salsa Diablo

– Las gafas de sol que me digan en Ópticas Toscana.

– Las margaritas y el taco gobernador de La Lupita (mejor el de Villanueva que el de Conde de Xiquena. Hay más rollo).

– Los chalecos cruzados de Anglomanía para chaqués.

– El salmorejo de Taberna Laredo.

– La colección Abelló que se expuso en el Palacio de Cibeles.

– El vermú Zarro de El Cangrejero y su ventresca de bonito en conserva.

El Cangrejero

– Las colecciones de Le Coq Sportif que tienen en Isolée. En general, cualquier cosa que venden en Isolée (“belleza, moda, delicatesen, menaje, regalo…”).

– Los huevos benedict de Café Murillo.

Café Murillo

– Los gin tonics de La Ruleta.

– Las más de 5.000 películas y cientos de series que hay en Diurno para alquilar por 1,5 euros.

– El kamchatka de Luzi Bombón (y el pan de centeno con mantequilla).

– Un Sin Aliento (pisco, tamarindo, lima…) en Club Matador junto a una ventana abierta.

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– El edificio del despacho de abogados Pérez-Llorca visto desde Castellana.

– La calle Barquillo y la tarta de manzana de Pomme Sucre.

Pomme Sucre

– Nunca diré no a un vodka zumo de naranja en la terraza de El Viajero, por muy conocida que sea.

– Los boletus con vieiras y las chuletillas de cabrito de El Cisne Azul.

– La Plaza Villa de París, que sigue siendo la plaza más bonita de Madrid (a pesar de la reforma de la Audiencia Nacional y el parking que le han metido con calzador).

– Tener un viernes por la tarde libre en primavera e ir andando desde el trabajo a casa. Desde cualquier trabajo a cualquier casa.

Gin fizz en Madrid

Un buen chorro de ginebra, zumo de limón, un toque de azúcar glas, algo de soda – siempre al final -, y el toque secreto de cada bartender  (clara de huevo, unas gotitas de leche…).

Un gin fizz entra tan bien a cualquier hora del día y en cualquier estación del año como una bebida energética después de correr la maratón de Nueva York en menos de tres horas.

Según dicen (aquí hay muchas leyendas, así que ya saben when the legend becomes fact, print the legend) gin fizz es lo que desayunaban Sinatra, Bogart, Dean Martin y demás miembros de pelo en pecho del Rat Pack cuando a la noche se le había ido la mano y acababan en el bar de algún hotel de Las Vegas mientras las señoras de la limpieza levantaban las sillas y barrían los recuerdos de la noche.

Gin fizz es lo que bebe también la pelirroja más femenina, exuberante y deseada ya no de toda la Madison Avenue, sino de lo que llevamos de siglo XXI, para celebrar la vuelta a casa de su marido de la guerra de Vietnam.

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¿Por qué gin fizz? Porque el gin fizz es la medida de todas las cosas en un coctelería. Yo no me aventuraría a entrar en un bar del que no tengo referencias (como decía Manuel Vincent), sentarme en la barra y pedirle a un barman desconocido un dry martini sabiendo que voy a tener que tomarme “más de dos pero menos de cuatro”. Un martini exige dedicación, experiencia, gusto por la vida y, claro que sí, amor; amor a este trabajo artesanal pero también a la propia vida. Como decía, empecemos por un gin fizz y pongamos secretamente al barman a prueba. Con la sentencia firme del néctar amarillo decidamos si el bar merece la pena. Si el gin fizz pasa los estrictos controles que cada uno se autoimpone ¡adelante! adentrémonos en la gloria (o en el mayor de los fracasos) que es el dry martini.

Los cuatro mejores gin fizzes que he probado en Madrid son: el de Del Diego, el del bar del Palace, el de Cock y el de Javier de las Muelas. Sin embargo, esta lista no pretende ser una lista sobre “los cuatro mejores gin fizzes de Madrid”. Ni mucho menos. Tal vez, porque no existe tal lista. Su orden es completamente aleatorio. Es, simplemente, una lista (sin muchas pretensiones) de cuatro coctelerías o bares – no tengo claro aún cómo se les debe llamar – por los que deambulo con relativa frecuencia donde tomar un buen gin fizz (y más ahora que la mayoría de los bares reducen sus cócteles a mojitos de sabores tropicales), bien como un llanero solitario o, fundamental, en buena compañía, porque si la compañía no está a la altura, lo mejor es no pisar ninguno de estos lugares sagrados y que nos arruinen así un momento diario, semanal o mensual tan deseado.

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Cada uno de estos bares tiene sus peculiaridades, sus ambientes y, lógicamente, sus precios. Sin embargo, todos ellos con una clientela tan parecida entre sí (bebedores solitarios, conquistadores, hombres de negocios, lugartenientes de la noche, mujeres resabiadas, quizás algún pesado…) que podríais intercambiarla entre ellos, como puedes intercambiar a dos abogados fiscalistas de diferentes despachos, y que nadie se diera cuenta del trueque hasta pasados unos meses. Porque como decía Pla “las tabernas no varían. Antes se alternaba La Marsellesa y el Vals de las Olas. Ahora se cantan La Internacional  y el cuplé. La gente es siempre igual. Son las canciones las que pasan”.

Mi único consejo (si me aceptan alguno), no pidan una cerveza en estos bares. Disfruten de lo artesano.

Zuma

Mientras escribía La Modernidad traté de recordar la primera vez que fui a un restaurante japonés. Fue en Londres, allá por el 2006 ó 2007. Había conocido en Lisboa a una chica canadiense (o de madre canadiense o… ahora creo que era francesa pero había vivido en Canadá. Bueno, no sé) que vivía en Londres. Se llamaba Isabelle. Nos intercambiamos algunos correos electrónicos y, a las pocas semanas, con la excusa de ir a visitar a un amigo me presenté en Londres con mi amigo Charlie.

Fue Isabelle la que organizó la cena. Trajo un par de amigas y dos o tres amigos, que, por supuesto, nos sobraban a Charlie y a mí. Aquella noche fue mi primera vez en Zuma (5 Raphael Street, Knightsbridge). Y, la primera vez, también, que descalzo y sobre un tatami, tomé carne de Kobe, probé sus crispy fried squid (de los que me enamoré de por vida) y descubrí dos cosas: que hay sake que se toma caliente y que la comida japonesa vuelve locas a las mujeres. Recuerdo que después de cenar fuimos a Annabel’s (44 Berkeley Square) pero nos vetaron en la puerta ya que una de las chicas llevaba vaqueros (y si hay un club estricto en Londres con la admisión ése es Annabel’s). Ya no recuerdo muy bien qué hicimos luego (quizás intentarlo en otro club). Lo siguiente que me viene a la cabeza es dejar a Charlie en el hotel y acompañar a Isabelle a su casa. Subí a su diminuto apartamento en South Kensington y, aunque, como decía, no me acuerdo de muchos más detalles de la noche, sí hay un momento que se me ha quedado grabado para siempre: esa forma en la que se quitó sus tacones azules, los limpió y los metió en una caja de zapatos de Yves Saint Laurent (es como si estuviera viendo ahora las iniciales, YSL, en la caja) con tanta delicadeza que no creo que haya tratado tan bien a un hombre como a ese par de zapatos.

La segunda vez que pisé Zuma fue, con dos amigos, cerca de la Navidad de 2011. Cenamos mucho (de nuevo esos increíbles crispy fried squid) y bebimos más. En frente tenía una pareja que bebió incluso más que nosotros y no paraban de ir al cuarto de baño. Ella era guapa y sexy. Llevaba ligueros, tacones de vértigo y actitud. Pagó ella la cuenta y mis amigos y yo nos preguntamos si esa mujer era de verdad. Parecía sacada de una novela de Loriga: el ruido de todas las ciudades del mundo no pueden tapar el sonido de mis tacones. Cuando abandonaba el restaurante, al pasar por mi lado, le dije un ciao o, puede que, un see you. Ella se paró y estuvimos hablando de pie entre las mesas del comedor. Nos besamos. Resulta que su acompañante era un amigo gay al que había invitado a cenar. Me dio su teléfono, que aún conservo en mi agenda porque hay cosas inútiles de las que nos cuesta deshacernos, Tonya London (+44 7788…). Al poco de besarme noté como mis labios perdían sensibilidad y se quedaban, digamos que, anestesiados. Entendí entonces por qué Tonya iba tanto al cuarto de baño.

Estos recuerdos los tenía aparcados, casi olvidados y recordándolos me he sentido feliz. Fui muy feliz en aquellas dos cenas y no lo sabía. O, a lo mejor, no me había parado nunca a pensarlo. La gente cambia, los amigos cambian, tú cambias y esas cenas y esos momentos probablemente ya no volverán. Quizás la felicidad sea recordar esos momentos felices en los que no sabíamos que lo éramos.

¿Y si ahora estoy viendo momentos tan felices como aquéllos y no me estoy dando cuenta?

Mi calle favorita de Madrid

Despertarse un sábado de primavera (como a mediados de mayo), lentamente acercarse a la ventana de la terraza, levantar la persiana e inmóvil, contemplando cómo ha amanecido la ciudad, tratar de capturar durante unos segundos un momento de felicidad tras una dura semana de trabajo. Caminas hacia la ducha, tu jabón, tu acondicionador, tu rutina – recordando el comienzo de American Psycho – mientras  suena de fondo desde Calamaro a Elvis Presley. En albornoz te preparas un café y un zumo de naranja (o dos si has dormido con compañía). Abres la puerta y recoges el periódico que han dejado sobre el felpudo a primera hora. Sales a la terraza donde sólo cabe una pequeña mesa con dos sillas. Sentado y contemplando la plaza le das un sorbo al primer café de la mañana. Comienzas, sin ninguna prisa,  a leer minuciosamente el periódico, alzando la cabeza cada seis o siete páginas para recrearte en las vistas que tienes a esa escondida plaza que se llama Villa de París.

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Pocos días pueden amanecer mejor.

Si pudiera elegir una calle para vivir en Madrid no tendría ninguna duda, mi calle favorita es General Castaños. Pero no toda la calle General Castaños, mi calle favorita es un pequeño trozo de esa calle. Exactamente, el trecho  que va desde el número 3 hasta el número 11, esquina con Orellana. En mi calle hay sólamente cinco portales, cinco casas de no más de cuatro alturas que, sin edificios de por medio, contemplan las dos estatuas que hay erigidas a Fernando VI y Bárbara de Braganza en cada extremo de la plaza y que, al mismo tiempo, miran de tú a tú al Palacio de las Salesas (sede del Tribunal Supremo). Una plaza tranquila, donde casi no circulan coches, sin ruidos pero concurrida por niños con balones, jugadores escondidos de petanca, dueños de perros… y rodeada de árboles y calles apacibles, como Orellana y Marqués de la Ensenada.

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Pero contemos toda la verdad. Si General Castaños es mi favorita es porque hay algo que le favorece sobre los demás: su fabulosa situación. Es un un punto de encuentro entre el barrio de Justicia, el de Chueca, Alonso Martínez y la Plaza de Colón. Yo no podría vivir en las afueras de una ciudad, sería una tortura. Requiero de ruido, gente, olores de civilización, pasos de cebra, calles estrechas y terrazas, más o menos, concurridas. Y ya no es que requiera, es que necesito andar unos pocos metros y poder parar a tomarme un vermú, en especial un Casa Mariol, acompañado de unos boquerones en vinagre, como en Sifón (Plaza del Rey). O hacer una pausa breve y tomar un café – servido en una fina vajilla de porcelana – junto con un pastelito de manzana, evocándome una infancia feliz de la mano de mi madre, como en Pomme Sucre (calle Barquillo, 49). O almorzar de pie una copa de champán y un bocadillo con un pan tan suave como cuando escuchas a una parisina decir oui en Bocadillo de Jamón y Champán (calle Fernando VI, 21). O quedar con un amigo y tomar un pisco sour en Le Cabrera (calle Bárbara de Braganza, 2) simplemente por el placer de poder compararlo con el que tomemos en Lima antes de tratar de ascender al Machu Picchu.

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Bocadillo de Jamón y Champagne (recomiendo el de la foto: mortadela trufada, rúcula, parmesano, membrillo y salsa dijonnaise)

Por desgracia, parece que no soy el único que tiene a General Castaños como una de sus calles favoritas. Casi no existen pisos destinados a viviendas: diseñadores de moda, abogados, estudios de arquitectura y empresas de publicidad los ocupan en su mayoría. Así que no me queda más que la resignación de pasear por la plaza algún viernes  por la tarde y sentarme en un banco a leer, rodeado de niños, balones y perros, y desde allí mirar a los ojos a Gayo y Justiniano, que bien erguidos y elevados en la fachada del Tribunal Supremo vigilan por mí la plaza, hasta que finalmente un sábado a primera hora pueda saludarlos  a su misma altura, en albornoz y alzando la primera taza de café del día.

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Pomme Sucre (sólo seis mesas)