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No sé si lo entendéis

Mi momento favorito de la semana comienza la tarde del viernes (sí, un día como hoy), alrededor de las 19:30 o 20 horas, cuando entro en mi bar.

La puerta de mi bar es como una frontera, cuando la atravieso dejo atrás el mundo real, el de los malos trabajos, las desgracias, los sinsabores del amor, las decepciones de la gente que querías, los jefes que tiene que demostrar (¿ante quién?) que son jefes y, sobre todo, el mal gusto, para entrar en un país de ciudadanos que tiene el corazón limpio, que no envidian, que no juzgan. Mi bar es como una nación donde te reencuentras con todo aquello por lo que merece la pena vivir (y, posiblemente, morir) los momentos de felicidad con amigos, los goles de mi equipo en el 93, los viajes de verano con veintipocos cuando aún no sabías que el mundo también contenía desgracias, el primer beso con aquella chica del trabajo ¿te acuerdas?, las noches de reyes, los partidos de fútbol en los recreos o los besos de las películas antiguas.

Agarro una revista, nunca la leo, sólo la ojeo mientras bebo, me acomodo en mi sitio de la barra (digo mío porque de tantas horas que he estado allí ya lo considero mío) y dependiendo del ánimo de la semana me pido un daiquiri, un dry martini o un negroni. Aunque hay días que me siento invencible y dejo al barman que decida por mí. Ningún buen barman me ha fallado nunca en una recomendación.

Allí en la barra, mi copa y yo miramos a todo los que nos rodea, al barman que prueba la pajita del bloody mary para saber si está picante, a las botellas de bitters, cada uno de un color, que alineados junto a las cocteleras y los vasos mezcladores parecen un ejército a punto de luchar por nuestra felicidad, a esa pareja en donde ella, con esos tacones y ese vestido, va overdressed ¿serán amantes?, a las dos chicas que hay solas tomando manhattans (abro paréntesis. Siempre me he preguntado de qué hablan dos chicas solas con unas copas delante. Son un misterio) y también al que está bebiendo solo ¿esperará a alguien o sólo querrá un momento de tranquilidad consigo mismo aquí en su Inisfree?

Ya son las 21:30 y he quedado para cenar con mis amigos, hablaremos de eso que hablan los amigos cuando se juntan: chicas, fútbol, fiestas pero también de amores, cine, libros, fracasos, proyectos y recuerdos. Muchos recuerdos. Cada vez hablamos más de recuerdos.

Mis tres daiquiris y yo estamos ya en la calle buscando el restaurante. Ya he llegado. Saludo a mis amigos. Ahora charlaremos, reiremos y luego saldremos por ahí. Pero no es lo mismo. No sé si lo entendéis.

Gin fizz en Javier de las Muelas

Algunos deportistas han logrado más fama, chicas, coches, groupies y dinero del que jamás soñaron cuando comenzaban a despuntar. Hay, además, un pequeño grupo que tiene la gran suerte de haberlo ganado todo, e incluso unos pocos afortunados pueden presumir de haber sido los mejores durante un tiempo (número uno en la ATP cuatro semanas, balón de oro un año sin favoritos, MVP de una final de la NBA…).

Sin embargo, de entre todos ellos, sólo existe un puñado en activo, unos elegidos (cuatro, cinco, no sé…cada uno tendrá los suyos), que lo han ganado todo, que han sido los mejores y que ya simplemente siguen jugando para algo más importante que otra Copa del Mundo o un Laureus: para nuestra memoria.

Por eso, merece la pena ir a Delle Alpi y ver a Pirlo tirar una última falta por encima de la barrera o a Augusta para contemplar de cerca el penúltimo eagle de Woods antes de que otra rubia le mande al psiquiatra o a la Central Court de Wimbledon a aplaudir un paralelo de Federer porque en breve caerá en esa pequeña y maldita pista conocida como la Graveyard of Champions o el “Cementerio de Elefantes” (donde antes cayeron otros: McEnroe, Connors, Agassi, Sampras…) y decidirá que ya, por fin, es momento de retirarse a su casa de Suiza, frente a un precioso y aburrido lago, e invitar a su vecino Clooney a desayunar todos los sábados.

Algún día (que está muy cerca) las leyendas de hoy ya no estarán y las nuevas que vayan ocupando los tronos vacantes no lograrán alcanzar el nivel de grandeza de los actuales. Porque igual que para nuestros abuelos o padres las leyendas murieron cuando se retiraron Mark Spitz, Cassius Clay o Pelé, lo que ahora venga siempre será peor, y es que cada uno es de su tiempo, y su tiempo (en cuanto a leyendas) siempre es el mejor.

En Madrid hay un lugar donde puedes ver desde el parking del British Open como Seve se jugó un golpe hacia los coches en el 79 para acortar distancia al hoyo, hacer un birdie y coronarse como el ganador más joven del siglo. Puede incluso que una toalla llena de sudor y sangre de Alí caiga a tu lado mientras sujetas una copa y ves cómo le golpea una y otra vez a Foreman en Kinshasa en el 74. Y si tienes suerte, y ese día el bartender está inspirado, puede que veas desde las gradas del estadio olímpico de Berlín como un chico negro de Oakville, Alabama, llamado James Cleveland “Jesse” Owens y nieto de un esclavo, ganaba cuatro medallas de oro en los Juegos del 36 con Hitler en el palco. Hasta tengo un amigo que me confesó, aunque no sé si creerle, y eso que me lo ha jurado y perjurado tantas veces como un chico puede amar y fingir que no está enamorado, que tras el segundo gin fizz una tarde de sábado de diciembre el mísmismo Coppi, Il Campionissimo más grande no sólo de Italia sino de la historia del ciclismo, le pidió que le echara algo de agua sobre el maillot en una curva de Alpe d’Huez en el 52.

Así, que de un tiempo a esta parte, cada vez que entro en el Javier de las Muelas lo hago sabiendo que va ser un encuentro muy especial, como cuando vuelves a quedar con esa chica que un día desapareció de tu vida y no dio más motivos que un “tengo miedo” y entonces te das cuenta de que era verdad que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama. Y si al igual que un futbolista nunca sabe cuándo una entrada le retirará, un ciclista se dejará la vida bajando el Col d’Aspin o a un boxeador le ha llegado a ese último combate en donde el cuerpo sin avisar le dice game over y ya nunca más podrá volver a subirse a un ring, yo tampoco sé si ese dry martini que sirven en una pequeña bandeja de plata o el gin fizz que suelo tomar en la barra casi todas las semanas es el último que beberé antes de que se lleven el bar a otra ciudad, lo cierren o se dé la más degradante de las derrotas en un bar, lo mantengan vivo pero bajando lo único que es innegociable: la calidad.

Hay lugares que nunca volverán y donde nunca pude estar. Ya no podré beber en Balmoral, ni comer en el Bulli (original), ni ir luego por la noche al Penta a escuchar (canciones que consiguen que te pueda amar). Por eso, cuando dentro de unos años se evoque el nombre de Javier de las Muelas como un lugar mítico y mágico donde cada copa rebosaba de bondad y sensibilidad, podré levantar la cabeza y recordar como un día invité a un gin fizz a Michael Phelps mientras le pedía consejos para mejorar la patada en el agua o presumir de aquel viernes antes de cenar en que en el cuarto de baño me encontré al Pirata Pantani o la de veces que me crucé con Loquillo en el hall del hotel y un jueves, después del trabajo, me acerqué a él, como una Marianne Faithfull cualquiera, y le dije señalándome el traje que como en su canción, yo me había buscado un trabajo con miedo a volar.

¿Quién podrá decirme que todo eso yo no lo viví si ya es parte de mi memoria?

Gin fizz en Del Diego

Moderno pero sin excesos. He leído por ahí que “con un aire neoyorquino” (quizás era eso lo que quería decir con “moderno pero sin excesos”). No muy grande y con un servicio de otra época. Las mesas están muy pegadas entre sí, lo que siempre es una gran ventaja porque mientras la lengua se te va poniendo graciosa entre trago y trago, difícil es que no hagas un nuevo amigo (todo lo amigos que pueden hacerse unos tipos que se conocen en una coctelería y se despiden en el taxi que les deja en la puerta de casa a las 8 de la mañana) o amanezcas con el número de teléfono de alguna clienta o, mejor aún, como diría Dorothy Parker al cuarto dry martini “debajo del anfitrión”.

I like to have a martini, two at the very most. After three I’m under the table, after four I’m under my host.

Si uno lo que quiere es beber solo, tranquilo, ahuyentando sus fantasmas internos y disfrutar de esos momentos de reflexión en una buena coctelería, su sitio es siempre la barra, buscando la única compañía y conversación del barman y el vaso (como nos ha enseñado Mr Draper temporada tras temporada). Para esos momentos, la barra de Del Diego es perfecta.

Pero centrémonos, el gin fizz de Del Diego es, simplemente, excelente. Tan excelente que es imposible pedir sólo uno.

A mí me gusta ir a su barra los viernes por la noche antes de una cena con amigos o con aquella chica de tu anterior trabajo con la que ya, ¡por fin!, puedes quedar. Allí, sentado, callado, solo, mientras contemplo cómo los barman preparan sus elixires, tener ese momento de tranquilidad tras toda una semana de trabajo para encontrarme conmigo mismo. Y así poder sentarme luego en la mesa con la misma seguridad con la que caminan las mujeres guapas que nunca dudan de su condición porque saben que, por muchos errores que cometan, siempre habrá un hombre dispuesto a perdonarlas.

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Gin fizz en Cock

No muy grande, con techos muy altos y cierta apariencia a un club de East London donde poder ver un Inglaterra-Australia de The Ashes o echar un ojo al The Guardian y el otro a un partido de Wimbledon. Muy animado las noches de fin de semana. En verano abren las ventanas a media tarde  y entra una agradable brisa que anima a prolongar las discusiones hasta que el camarero te invite a irte. De mis cuatro favoritos (Cock, Del Diego, el bar del Palace y Javier de las Muelas) es el que tiene una clientela más variopinta.

La primera vez que entré en Cock pensé ¿éste es el famoso Cock? Sin embargo, lo que sucede con Cock es que uno de esos lugares con un encanto escondido, que te da mucho más de lo que promete a primera vista y que apenas sin darte cuenta acaba enamorándote, como el tequila, los días de pura rutina o las compañeras de clase a las que pedías los apuntes para fotocopiarlos.

“También resulta recomendable la coctelería Cock en la calle Reina, detrás de la Gran Vía. Tiene aires de club inglés y por las tardes es un local apacible, recóndito e incluso sereno.” Escribió Enric Juliana sobre Cock en La Vanguardia.

http://www.caffereggio.net/2006/01/23/gin-fizz-con-valeriana-viendolo-venir-de-enric-juliana-en-la-vanguardia/

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Cock está en calle de la Reina 16. Abre de 19:00 horas a 2:30 los fines de semana (creo que hasta las 2 entre semana). Hasta las 22:00 el gin fizz está a 7 euros, luego sube a 11 euros.

Gin fizz en Madrid

Un buen chorro de ginebra, zumo de limón, un toque de azúcar glas, algo de soda – siempre al final -, y el toque secreto de cada bartender  (clara de huevo, unas gotitas de leche…).

Un gin fizz entra tan bien a cualquier hora del día y en cualquier estación del año como una bebida energética después de correr la maratón de Nueva York en menos de tres horas.

Según dicen (aquí hay muchas leyendas, así que ya saben when the legend becomes fact, print the legend) gin fizz es lo que desayunaban Sinatra, Bogart, Dean Martin y demás miembros de pelo en pecho del Rat Pack cuando a la noche se le había ido la mano y acababan en el bar de algún hotel de Las Vegas mientras las señoras de la limpieza levantaban las sillas y barrían los recuerdos de la noche.

Gin fizz es lo que bebe también la pelirroja más femenina, exuberante y deseada ya no de toda la Madison Avenue, sino de lo que llevamos de siglo XXI, para celebrar la vuelta a casa de su marido de la guerra de Vietnam.

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¿Por qué gin fizz? Porque el gin fizz es la medida de todas las cosas en un coctelería. Yo no me aventuraría a entrar en un bar del que no tengo referencias (como decía Manuel Vincent), sentarme en la barra y pedirle a un barman desconocido un dry martini sabiendo que voy a tener que tomarme “más de dos pero menos de cuatro”. Un martini exige dedicación, experiencia, gusto por la vida y, claro que sí, amor; amor a este trabajo artesanal pero también a la propia vida. Como decía, empecemos por un gin fizz y pongamos secretamente al barman a prueba. Con la sentencia firme del néctar amarillo decidamos si el bar merece la pena. Si el gin fizz pasa los estrictos controles que cada uno se autoimpone ¡adelante! adentrémonos en la gloria (o en el mayor de los fracasos) que es el dry martini.

Los cuatro mejores gin fizzes que he probado en Madrid son: el de Del Diego, el del bar del Palace, el de Cock y el de Javier de las Muelas. Sin embargo, esta lista no pretende ser una lista sobre “los cuatro mejores gin fizzes de Madrid”. Ni mucho menos. Tal vez, porque no existe tal lista. Su orden es completamente aleatorio. Es, simplemente, una lista (sin muchas pretensiones) de cuatro coctelerías o bares – no tengo claro aún cómo se les debe llamar – por los que deambulo con relativa frecuencia donde tomar un buen gin fizz (y más ahora que la mayoría de los bares reducen sus cócteles a mojitos de sabores tropicales), bien como un llanero solitario o, fundamental, en buena compañía, porque si la compañía no está a la altura, lo mejor es no pisar ninguno de estos lugares sagrados y que nos arruinen así un momento diario, semanal o mensual tan deseado.

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Cada uno de estos bares tiene sus peculiaridades, sus ambientes y, lógicamente, sus precios. Sin embargo, todos ellos con una clientela tan parecida entre sí (bebedores solitarios, conquistadores, hombres de negocios, lugartenientes de la noche, mujeres resabiadas, quizás algún pesado…) que podríais intercambiarla entre ellos, como puedes intercambiar a dos abogados fiscalistas de diferentes despachos, y que nadie se diera cuenta del trueque hasta pasados unos meses. Porque como decía Pla “las tabernas no varían. Antes se alternaba La Marsellesa y el Vals de las Olas. Ahora se cantan La Internacional  y el cuplé. La gente es siempre igual. Son las canciones las que pasan”.

Mi único consejo (si me aceptan alguno), no pidan una cerveza en estos bares. Disfruten de lo artesano.

El mejor bellini de Madrid

Ahora que parece que Cipriani abrirá próximamente en Madrid, debo decir que el mejor bellini no lo he tomado en los Cipriani de Londres o Ibiza que he visitado. El mejor bellini lo he tomado aquí, en Madrid.

Fue en Viridiana (calle de Juan de Mena, 14), hace unas pocas semanas, un domingo de finales de septiembre a la hora del aperitivo (es decir, cerca ya de terminarse la temporada de melocotones). El restaurante estaba vacío a esas horas y fue el propio Abraham el que me atendió. “Me han dicho que es el mejor bellini de Madrid” le dije con toda la sinceridad (había hecho mis averiguaciones). “La gente exagera” contestó.

De pie, sobre la barra de los camareros, me tomé, acompañados de algo de jamón con higos que me sacó por deferencia, el mejor bellini que he probado en mi vida, mezcla de: talento, mucha sensibilidad y melocotones gallegos.

No he probado el del Harry’s Bar de Venecia (quizás tenga que meterlo en mi bucket list) pero dudo mucho que pueda superar al de Viridiana.

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La gente no exageraba.

Moon in champagne

Hace unos días, mientras volvía a casa tras tomar una copa (sin más compañía que la de un libro) en la barra del bar del hotel Only You (calle Barquillo, 21), me di cuenta, de manera casual, de que había una preciosa luna llena en el cielo de Madrid. ¿Cuántas veces se me habrá escapado ver una luna como la de ese día?

Me quedé mirándola fijamente, tranquilo, sin prisas, con la seguridad que te da quedarte parado en la acera -mientras la gente me adelantaba por ambos lados- tras haber tomado una copa en paz contigo mismo (sólo una). Y en seguida recordé la escena de Trouble in Paradise (Un Ladrón en la Alcoba. Ernst Lubitsch). Siendo honestos, siempre que veo una luna llena me viene a la mente esa escena cuyos diálogos te entran directamente al corazón, al igual que una copa en tranquilidad (Can’t a man get a drink around this town in peace?  decía el hombre que de verdad mató a Valance). En ese momento, totalmente inmóvil mirando a la luna en una acera de la calle Prim, caí en que no se ve en la película cómo es la luna que el obediente camarero debe poner en el champán para la “más maravillosa” cena entre el falso barón y la falsa condesa.

En cuanto llegué a casa, imagino que algún vecino desde ese día piensa que vive  con un loco (o con un borracho), puse de nuevo esa escena, tan veneciana que parece pintada por Canaletto, para volver a descubrir el momento en que ella pasa en una góndola  por delante de su terraza y él, desde el balcón, sin que ni una sola palabra salga de su boca, le devuelve el saludo, le sonríe y enamorado, rendido ante ella. Luego, sin mirar al camarero, pronuncia, mirando a la luna, una de las frases más mágicas y, por qué no decirlo, más románticas que haya escuchado en mi vida.

Y así, envidié durante unos segundos (no nos engañemos, es posible que la copa tuviera algo que ver) a ese falso barón, que ya mayor había descubierto el amor. Allí estaba yo, en el salón de mi casa, creo que un miércoles por la noche, mientras tatareaba la música de esa escena (tititititititiririri tititititititiriirii –no tengo buen oído-) pensando que quizás en esa escena, de diálogos cortos y modales en blanco y negro, se había conseguido resumir en una sola frase ya no sólo lo que se llama estilo o clase, sino una manera de entender la vida. Porque se necesita toda una vida para un día poder pronunciar, mirando a la luna, en Venecia y con el camarero detrás algo con tanta sensibilidad como: Do you see that moon? I want to see that moon in the champagne.

(Yo siempre me he imaginado que la luna que estaba viendo el barón era una luna llena).

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Waiter: Yes, Baron. What should we start with, Baron? Hmmm..?

Baron:  Oh yes. That’s not so easy. Beginnings are always difficult.

Waiter: Yes, Baron.

Baron: If Casanova suddenly turned out to be Romeo having supper with Juliet, who might become Cleopatra, how would you start?

 Waiter: Hmmm… I would start with cocktails.

Baron: Very good… excellent…

(Pasa ella en una góndola. Le sonríe. Le saluda. Y él desde el balcón le devuelve la sonrisa y el saludo. Completamente enamorado)

Baron: It must be the most marvellous supper… we may not eat it, but it must be marvellous

Waiter: Yes, Baron

Baron: And, waiter…

Waiter: Yes, Baron?

Baron: Do you see that moon?

Waiter: Yes, Baron

Baron: I want to see that moon in the champagne

Waiter: Yes, Baron (mientras lo apunta en su cuaderno) Moon…in…champagne

http://www.tcm.com/mediaroom/video/210262/Trouble-in-Paradise-Movie-Clip-Moon-in-Champagne.html (a partir del 1′:40″)

My mojito in La Bodeguita my daiquiri in La Floridita

En el cubano más auténtico en el que he estado quise conocer cuál era su técnica  para hacer un mojito tan memorable como el que podía beber Mr. Hemingway en La Bodeguita; y con esa fórmula secreta poder deleitar con un auténtico trago cubano a mis invitados  en alguna fiesta en casa. Ya sabemos que pocas bebidas hay mejores para romper el hielo en una fiesta (cosa de ellas).

La mulata que tan alegremente los preparaba (y al ritmo cubano) nos enseñó que no hay tanto una fórmula secreta para hacer un gran mojito sino más bien  un ingrediente clave que  nunca debe ser sustituido ni remplazado por ningún otro. Guárdenselo a fuego en la memoria. Según ella, el auténtico secreto en la preparación de un verdadero mojito es que el ron debe ser siempre  (y recalcó “siempre”): Havana Club 3 años. No puede vale otro. En esto nuestra mulata fue muy tajante.

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Yo, que siempre huyo de lo que lleva la palabra lujo o exclusividad, recordé, mientras tomaba el pescado del día con plátano frito y vaciaba un mojito tras otro, lo que un amigo con muchos viajes y aventuras me dijo hace tiempo “ningún sitio con estilo presume de serlo. Si quieres saber si un sitio es exclusivo simplemente mira a su clientela, no el precio .”

El restaurante se llama El Varadero (calle de Septiembre) y está en la pequeña isla de Isla Mujeres, frente a la costa de Cancún.  La isla es tan pequeña que se recorre entera en 40 minutos en un carrito de golf que alquilan a los turistas. No tiene pérdida encontrar esta joya de otros tiempos regentada por una familia cubana revolucionaria que huyó de la revolución.

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He de decir que en Madrid, en un pequeño sitio de Malasaña,  he podido comprobar varias veces como siguen religiosamente en la fabricación del “popular trago cubano” el mismo proceso que la sonriente mulata de Isla Mujeres me confesó. El lugar se llama Vacaciones (calle del Espíritu Santo, 15) y aunque no estés junto a un embarcadero contemplando un estrecho canal del Mar Caribe, merece la pena pasarse por allí y tomarse uno al modo cubano, es decir, con toda la tranquilidad del mundo; como si el tiempo se hubiera detenido.

Pimm’s rocks

Si para José Luis Garci, en su memorable libro Beber de Cine,   el negroni es un cóctel que te sugiere “Roma, digamos una trattoria de Piazza Navona”, una jarra de Pimm’s en tus manos tiene que evocarte la primavera tardía de Londres. Debe llevarte a visionar un friendly match de cricket en Regent’s Park una tarde soleada de junio. Tienes que poder imaginar la verdísima hierba de la pista central del club de tenis de Queen’s mientras viertes el licor aginebrado en tu vaso. Su olor es inconfundible, es el aroma de  un mantel extendido sobre la hierba de Ascot coronado por  una cesta de picnic de Fortnum & Mason. En definitiva, unas gotas de Pimm’s sobre tu garganta son el parlamentarismo, Shakespeare escribiendo Romeo y Julieta, la Revolución Industrial, el Desembarco de Normandía,  son los hoyuelos de Pippla Middleton sonriendo en Wimbledon… Pimm’s es todo lo bueno que la vieja Albión nos ha dado.

Una bebida también son recuerdos de lugares. Por eso, Pimm’s me trae a la memoria tardes de sábado en la terraza del Anglesea Arms (15 Selwood Terrace, South Kensington) entre banqueros de la City suspirando por retirarse al sol de Marbella.

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Pipa Middleton y sus hoyuelos bebiendo Pimm’s. Wimbledon 2013.

Hay varios números de Pimm’s, desde el 1 hasta el 7, dependiendo  de la base sobre la que estén destilados. El número 1, derivado de la ginebra es el clásico, el original y el auténtico. La forma de adecuada de tomar Pimm’s (aunque la libertad es el bien más preciado del hombre)  es en un vaso de plástico, con mucho hielo en cubitos, sin pajita y con alguna rodaja de pepino, naranja o fresa. Su momento para tomarlo es mientras luzca el sol, igual que nuestra sangría o tinto de verano.

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Vaso de Pimm’s en el torneo de tenis de Queen’s.

Porque quien prueba una buena jarra de Pimm’s no sólo es incapaz de tomar un sólo vaso, como le pasa a los buenos cócteles, sino que cuando el calor aprieta – y da igual en el hemisferio que te encuentres – tu cuerpo irremediablemente solicitará hidratarse con este jugo, que más que en vasos se bebe de jarra en jarra. Y sino que se lo digan a David Gistau en su última visita a una plaza de toros, como cuenta en el ABC de 16 de mayo de 2014 “Hacía años que no iba a la plaza de toros de Madrid. O a cualquier otra. Es un mundo de calores al que no ha llegado el Pimm’s, inexplicablemente. En cuanto pasemos de los treinta grados, me negaré a ir a cualquier evento en el que no sirvan Pimm’s”.  Y es que donde hay Pimm’s, hay civilización, le faltó añadir a Gistau.

En Madrid hay un café con terraza donde sirven una más que aceptable copa de Pimm’s. Es cierto, que no lo traen en vaso de plástico  y, error (perdonable), tienden a ponerte pajita. Sin embargo, entre las hermosas vistas al Retiro y la Puerta de Alcalá, el sol de Madrid sobre mi cabeza y los jugos  alcohólicos con toque afrutrado  recorriendo mi cuerpo, puedo jurar que ha habido veces que he cerrado los ojos y me he imaginado estar en la terraza de The Botanist, en Sloane Square, con mi amigo Vincent que le decía al camarero “A bottle of Pimm’s for the ladies of that table. We got it”

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Cappuccino Grand Café (Plaza de la Independencia, 5B)

Blue Stoli Martini

Arruinada, sin marido, sin hijo, sin amigos y sin Hamptons. El mundo de Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen, 2013) se había derrumbado completamente. Sin embargo, ella siguió siendo fiel a dos de sus caprichos (o no tan caprichos) de su antigua vida,  su Birkin de Hermés y el Stoli martini.

El Stoli martini es una variante muy simple del dry martini. En vez de verter ginebra en la copa, debidamente perfumada con vermú, se sustituye por vodka. Pero no por cualquier vodka, debe ser Stolichnaya. De ahí, ¡tachán!: Stoli Martini.

“What the hell are you drinking? Let me see. What is this? Is it vodka?” Le pregunta un buscavidas.

 “Martini”.

Me gusta Jasmine, me gusta mucho, porque como diría Loriga  es una de esas “mujeres pertenecientes no a una clase superior, sino a un mundo distinto”.

De la película hay que sacar dos conclusiones.  La primera es que si te vas a comprar todo el juego de maletas de viaje de Louis Vuitton, nunca le pongas tus iniciales, porque si tu marido es un estafador no te van a dar mucho por ellas cuando tengas que venderlas para saldar deudas. La segunda es que nunca hay que preguntar a una mujer por su edad.  No porque sea una falta de educación, sino porque realmente debería darte igual.

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Cate Blanchett (1969 ¿y?). Festival de Cannes 2014.