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En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal

Milán

Como segundo compañero de viaje un libro de novela negra española escrito por Andrés Trapiello que dice cosas tan maravillosas, certeras y reales como estos consejos que le da un editor a una de sus escritoras:

A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud.

Unos spritz, gafas de sol, zapatos de verano, sol y calor el viernes por la tarde en una terraza junto al río Olona.

La barra del Café Trussardi a la hora que los milaneses llaman del aperitivo (es decir, como de seis a nueve de la tarde); así que tres Plymouth con tónica y dos camareras en sus cuarenta pero con la actitud de universitarias en el viaje de ecuador.

El risotto de Giannino para cenar y esta foto imperial, que creía de Capello pero ahora tengo muchas dudas ¿quién es? ¿Baresi?, contemplándonos.

Milano

Acabar una botella de vodka en la terraza de Byblos y que un amigo te traiga a las cinco de la mañana, con cara de felicidad, no un chupito sino una copa de Jagger con Red Bull cuando lo que necesitas es una, o dos, botellas de agua.

Dormir cinco horas y echarnos a la calle como si fuéramos los restos de un naufragio, maldiciendo al Cholo porque la noche anterior a la final me haya vuelto a tender una trampa para llegar al partido arrastrándome y yo, sin ninguna dificultad, volviera a caer – otra vez – , igualito que en Lisboa. Atleti 1 – Madrid 0.

Pero aunque los náufragos no eligen puerto, algunas veces Fortuna les sonríe y recaen en un lugar especial, un paraíso en el que, al igual que en Rebelión a Bordo, están mejor que en su propio hogar. Pues así, casi de casualidad, caímos en uno de esos lugares de los que te enamoras para toda la vida y que, por mucho que te hayan cautivado, prefieres no regresar para que el recuerdo se mantenga intacto. Uno de esos paraísos lo encontré en Milán y se llama Binari. El sol de Lombardía en mayo, una terraza interior preciosa repleta de vegetación e icónicos carteles de Martini y Cinzano que me trajeron a la mente este pasaje tan evocador de José Luis Garci sobre el negroni en su libro Beber de Cine:

La época ideal para tomar el Negroni es hacia el final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio, y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona.

La liturgia obliga a que te sientes en la terracita solo, después de un paseo por el Trastevere, en una mesa cubierta con mantelito de cuadros azules y blancos y cenicero Cinzano, los periódicos cerca de ti – esos periódicos que se compran cuando uno está de vacaciones, o cuando uno se da vacaciones a sí mismo sin motivos muy claros; esa prensa, ya sabéis, del tipo de The Wall Street Journal, USA Today, The Sunday Times, Il Mesagero, L’Equipe, etcétera; tabloides que no se adquieren para leer, sino para acompañar – .

Pedimos una pasta con gambas y cacio e pepe (queso y pimienta) y creo, sin miedo a exagerar, que es la pasta más deliciosa que he tomado en mi vida. Puede ser porque encontré en esa terraza, bajo una higuera, un paréntesis a las preocupaciones, miedos y frustraciones con los que cada uno cargamos y allí, no en la terraza sino en mi interior, donde no hay nadie más, me sentí afortunado de lo que tengo y a lo que puedo aspirar. No miento, por tanto, si digo que es probable que el sabor de esa pasta en Binari cambie según la vida interior de quien la prueba y lo que a mí me pareció delicioso pudiera ser una pasta ramplona en el paladar de otro comensal.

Binari

Después de varios expresos y un gintonic y lamentándonos por no ser tan valientes como para atrancar las puertas del restaurante y quedarnos atrapados en su terraza unos días más, como sí lo fue Brando quemando la nave para vivir en Tahití con Maimiti, partimos camino del estadio. ¿Los aledaños? Pues una romería: puestos con todo tipo de comidas, una pradera, música y bebida sin alcohol porque la UEFA, como esos países que imponen la ley seca el día de las elecciones, no confía en las personas.

Luego, 120 minutos.

Dicen que sólo en las grandes ciudades sucede el destino. Y Milán lo es. Por eso, el destino ya estaba escrito… aunque se alargara treinta minutos de más.

¿Sabéis qué? La felicidad son momentos.

El infierno

– Nos está tocando mucho las narices a mi familia el periodista ése.

Hace algunos jueves un amigo me invitó a la inauguración de un restaurante gallego en Madrid. Nos pusimos de pulpo y vieiras como si estuviéramos en la boda de un narco gallego de segunda (digo de segunda porque quiero pensar que en la de uno de primera, además de pulpo y vieiras, habría kilos de percebes, decenas de langostas y varios enanos paseando entre las mesas sosteniendo sobre sus cabezas bandejas de plata repletas de drogas). Todo perfecto mientras planificábamos la forma de ir a Milán a la final de la Copa de Europa y oíamos de fondo a un grupo destrozar en directo Absolute Beginners como sentido homenaje al cantante. Pobre David nos decíamos mi amigo y yo con una empanada de bacalao en la mano.

Después de charlar con las chicas de comunicación que habían organizado la convocatoria, me presentaron a un chaval simpático y extrovertido con el que acabamos hablando del libro de Arcadi Espada “En Nombre de Franco”. El chico que me acababan de presentar es descendiente de uno de los diplomáticos españoles en Hungría que salvaron a miles de judíos de una muerte segura a manos de los nazis. “En Nombre de Franco” trata de dar luz a aquella historia no siempre bien contada. Lo interesante de este libro (que no he leído pero lo tengo en la lista) es que el periodista afirma, con pruebas en la mano, que los diplomáticos españoles no actuaron por su cuenta, como reza la versión oficialista y quizás edulcorada, sino cumpliendo órdenes del gobierno franquista. Al parecer, también se desvelan las aventuras de los diplomáticos con mujeres que no eran las suyas. Vamos, lo de siempre entre diplomáticos ¿no? Nada nuevo. Sin embargo, estas revelaciones no debieron sentar bien en la familia del chico, ya que los insultos que le cayeron a Arcadi todavía resuenan en las paredes del restaurante. Yo, callado, pensé en lo afortunado que era la familia del chico porque un buen periodista se hubiera interesado en olisquear en la historia familiar mientras que en la mía ya podían ir muriendo familiares que ni el más gris y profesional inspector de hacienda iba a investigar cómo se había tributado.

Decidido ya con mi amigo que teníamos que ir a Milán y lamentándonos por no ser jóvenes herederos de una rica familia burguesa catalana para salir en coche desde Barcelona 10 días antes de la final desembarcando en San Siro habiendo hecho parada antes en Gerona, Nimes, Marsella, Saint Tropez, Cannes, Niza, Mónaco y Génova y temiendo que la banda versionara otra canción de míster Bowie nos fuimos a tomar una copa a uno de nuestros bares favoritos

Instalados en la barra del bar le pedimos un par de gintonics a una camarera muy simpática que siempre nos trata muy bien. Esa noche, sin embargo, la notamos algo rara y al preguntarla nos contó, con ojos vidriosos, que se encontraba muy preocupada y asustada por culpa de los resultados de unos análisis médicos que tenía que repetir en los próximos días. Nosotros nos ofrecimos a ayudarla en lo que pudiéramos, nunca se sabe, quizás a través de algún amigo conociéramos a algún médico especialista de su no se sabe qué, porque de momento no tenía nada. Ella, agradeciendo nuestro ofrecimiento, nos dijo que no confiaba mucho en la medicina, que creía que los métodos homeopáticos pueden funcionar igual de bien que los científicos y que los médicos le daban miedo. Bastante sorprendidos seguimos bebiendo.

Tras acabar el segundo gintonic me fui andando hacia mi casa escuchando esta versión de Mañana por Manolo Tena. Mientras cruzaba de noche el precioso Paseo de Recoletos relacioné las dos historias: la del chico que no quería asumir la verdadera historia de su antepasado y la de la camarera que niega a la ciencia. Realmente, no eran dos historias separadas, eran la misma historia, la de no querer afrontar la realidad. Entrando casi en el portal de casa recordé aquella frase que leí en un libro y subrayé: “el infierno somos nosotros”… aunque algunas veces le echemos la culpa a Arcadi o a la ciencia.

¿Por qué siguen latiendo los corazones rotos?

Lunes

Ocho de la mañana. Recién despertado y sin desayunar me siento en el sofá del salón. Durante 10 minutos hago meditación con la aplicación Headspace. Me lo ha recomendado un amigo: “Dime una aplicación, pero sólo una, que te haya cambiado la vida”, le soltó mi amigo a alguien importante de Google USA en una cena. El otro día fue el cumpleaños de mi amigo y le regalé El Amor Dura Tres Años. Mientras medito, pienso que tiene gracia que él me ofrezca algo que puede cambiarme la vida y yo un libro que le pone fecha de caducidad al amor.

“Si, junto a una piscina, encuentras a una mujer que se niega a mojarse el pelo para no despeinarse, huye. Si se lanza de cabeza entre risas, lánzate de cabeza tú también.”

Martes

Hace dos años me regalaron unos Crockett & Jones los cuales recibí con la misma ilusión que cuando entraba en el salón la mañana de Reyes con seis años. Me dijeron, o a lo mejor lo leí por ahí, que un buen par de zapatos, que se cuidan con esmero y cariño, te pueden durar unos “15 o 20 años”. He cuidado a este par de zapatos más que a la mayoría de relaciones que he tenido con el sexo opuesto. Sin embargo, he notado que se me están agrietando por los lados. Me dicen en Orquera, mi zapatero de confianza, que todo viene de un día que diluviaba en Madrid, no se secaron bien y la humedad ha ido afectando la piel por dentro del zapato, donde no se podía ver el problema a simple vista. Les digo que esperaba que me duraran “15 o 20 años” y me contestan con una sonrisa “que nada es para siempre”, inmediatamente recuerdo que es la misma contestación que mi dentista me dio hace unos meses cuando le pregunté si el arreglo de la muela iba a ser ya, por fin, definitivo. Es una respuesta muy triste. Pienso en el amor.

Voy al Thyssen a ver la exposición Realistas de Madrid.

Miércoles

Me propone un amigo ir en abril a Milán a ver su feria de arte contemporáneo. Le digo que sí. Nunca he estado en Milán, excepto una vez que caí en su aeropuerto para coger desde allí un autobús destino Lugano. En Lugano vivía una rusa (una ciudad muy aburrida, me dijo varias veces) a la que conocí un verano en Saint Tropez. La historia es graciosa (o triste, según se mire). Ella se creyó que por conocerme en una discoteca de Saint Tropez yo debía ser rico y ella podría pasarse la vida viajando de hotel de lujo a estación de esquí agarrada a mis tarjetas de crédito. Tardó menos de 15 minutos, mientras cenábamos en el hotel Villa Príncipe Leopoldo, en darse cuenta de que había errado en el target. A Milán se puede ir de muchas maneras pero nunca sin unas bonitas gafas de sol. Mis favoritas eran unas Moscot que perdí en septiembre en un barco en Formentera (el día que probé el raó). Anoto mentalmente que tengo que comprarme unas nuevas para Milán.

Voy a una conferencia de Torres Dulce sobre cine, me hubiera gustado preguntarle por qué cree que Centaruos del Desierto es superior a El Hombre que Mató Liberty Valance. También me hubiera gustado felicitarle por su libro Armas, Mujeres y Relojes Suizos (que acaba con este poema).

Asisto a una guerra encarnizada de egos entre los asistentes a la hora de formular sus preguntas, así que prefiero cerrar la boca y pedir una copa de vino blanco. Acabo cenando solo en El Cisne Azul.

“Sólo hay dos cosas más hermosas que un arma: una mujer y un reloj suizo.

¿Has tenido alguna vez un reloj suizo?”

Jueves

Caigo en la cuenta que hace un mes estaba viajando a París a pasar el fin de semana. Aquel sábado pasé el día con un amigo que vive en París y a media tarde fuimos a Diptyque para comprarle una vela a su novia parisina. Yo tardé menos de tres minutos en decidirme por una; mientras que él necesito olerlas todas, dos veces como mínimo, y quedarse luego pensativo con varias. Le costó unos 40 euros. Los mejores regalos nunca son caros. Pienso en el amor. Me acuerdo de El Apartamento y de ese momento exacto en el que Shirley MacLaine se dio cuenta de que su amante no le quería porque de regalo de Navidad sacó un billete de 100 dólares de su cartera.

El Amor Dura Tres años creo que me costó nueve euros en Amazon.

Viernes

Leo en un libro sobre el cine negro escrito por José Luis Garci: “¿por qué siguen latiendo los corazones rotos?” Creo que por el mismo motivo que vamos a un banco y le entregamos un dinero; por la esperanza de que en el futuro me devuelvan el mismo importe y, si puede ser, con algo de intereses. Simplemente, por eso: por la esperanza. Me pregunta si habrá una edad límite, un punto de no retorno, en donde a un corazón roto ya no le queda esperanza.

Me gusta Headspace.

Sábado

No puedo hacer meditación porque la resaca me está matando y me he despertado a las 12:30.

Ceno en Matador con una amiga divorciada y con dos hijos. Dice que si se enamorara de nuevo y su nuevo novio le pidiera tener hijos, acordaría con él ir a una clínica de fertilidad para tratar de tener gemelos. Yo le pregunto extrañado el motivo. Pues porque si tuviera sólo un hijo podría quedarse muy solo y echaría en falta siempre a un hermano, me dice. Siempre hay que tener, al menos, dos hijos. Me confiesa que en su matrimonio, cuando ya sabía que aquello no iba a funcionar, decidió tener un segundo hijo para que su hija mayor no estuviera sola. Me quedó perplejo. Pienso que si esto fuera una partida de ajedrez yo estaría empezando la partida moviendo el peón y ella ya habría movido una torre, los dos caballos, la reina y me estaría dando jaque.

Mi amiga bebe vodka con zumo de naranja y algo de tónica. Muy buena bebida para desayunar en verano.

Son las dos de la mañana, me voy a casa.

Los pimientos con queso parmesano de Matador son espectaculares.

Domingo

Un amigo ha comprado un edificio en mi calle favorita de Madrid para hacer pisos de lujo. Voy a ver el edificio y, de paso, me quedó en la plaza Villa de París leyendo al sol Soldados de Salamina. Me fijo que en la plaza hay muchas chicas de entre treinta y cuarenta años que llevan a sus perros a jugar con otros perros. La novela tiene lo mejor que se puede decir de un libro: se lee muy rápido. Pero es muy tramposa.

Me vuelvo a acordar de París y la plaza Vendôme. También del jardín de las Tullerías y la fuente que hay con sillas alrededor. Me gustan las francesas y sus miradas de desprecio y superioridad (que esconden miedos y complejos) mientras comía en L’Avenue. Miro a un par de chicas y me pregunto si pasan la tarde con los perros porque ya han desertado de encontrar a alguien o, por el contrario, es toda una táctica para encontrarle (con perro, entiendo). Si es la segunda opción estoy ante otra partida de ajedrez perdida. Al sol pienso que no sé jugar al ajedrez, o más bien, no quiero, porque sino en aquella ciudad suiza “so boring” podría haber fingido ante mi amiga rusa que tenía un tablero de oro y unas piezas de marfil… pero aquí estoy.

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Todo el mundo tiene un plan

He pasado unos días en familia estas Navidades en Valladolid. Allí he vuelto a ver a algunos de los pocos amigos que tengo, de esos con los que puedes pasarte semanas o meses no ya sin verte sino sin hablarte y cuando les ves “poder pensar junto a ellos en voz alta”; también he comido como si tuviera que engordar para luego meterme en una cueva a hibernar (sopa castellana, lechazo, cocido, pularda, guisantes con jamón – mi perdición -, no soy muy de turrón pero sí de roscón y panettone con el café); no he parado de beber vino, sobre todo Emilio Moro, que para eso estábamos en Valladolid y luego en otras ciudades te lo encuentras inflado (como los desayunos en la cama, el sexo en la playa, los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas) – algunas veces me pregunto si las relaciones con mis amigos no estarán basadas en los gintonics, los vodka tonic y el vino, es decir: en el alcohol; y que si lo elimináramos de nuestras reuniones sería como quedar con el delegado de clase del colegio (el que se sentaba en primera fila, te pedía que callaras cuando hablaba el profesor y en la cena de graduación se iba al acabar los postres mientras nosotros esperábamos a las copas y ellas se iban al baño a maquillar. Posiblemente ahora sea uno de esos millonarios de Sillicon Valley, pero ¿y?) -; acabé también algún libro pendiente, entre ellos el de “Straight to Hell” de @GSElevator (aventuras y golfadas bastante exageradas, cuando no inventadas directamente, de un trader en un banco americano antes de la crisis de 2007); también madrugué mucho, hay días que me gusta levantarme muy pronto, mientras el resto de la casa duerme y sólo se oye el ruido de la cafetera, y con la tranquilidad de la mañana leer en la cocina los artículos que me he guardado en Pocket para luego, lleno de cafeína, salir a correr junto al Pisuerga con una lista de música un poco incomprensible que va desde Los Panchos a Luz Casal o Solomum. Sobre esto, sobre las listas de música, siempre he creído que junto con la biblioteca de cada uno es de lo más personal que tenemos. Yo cuando voy a casa de alguien siempre trato de cotillear un poco la librería a ver qué lee. Te puede definir el contorno de una persona. No exageremos y no digamos aquello de que “si no tiene libros, no te lo folles”. Llegado a ese punto, acabemos el trabajo, disfrutemos las cosas bien hechas y, aunque no le demos ya ninguna posibilidad a otra cena (bien es cierto que nunca sabes si te la volverás a encontrar de noche en algún sitio y entonces…), aprovechemos la oportunidad para ¡por una vez! hacer de rubia despechada yéndonos de su casa dando un sonoro portazo; indignados porque aunque la cama era cómoda y la compañía entregada de qué puedes conversar en una segunda cena con alguien que no lee ni la carta del restaurante y te dice “pide tú por mí”. No, algunos todavía preferimos a las que saben abrir una botella de vino pero que mientras te miran con cara de gatita y sonríen (puede que hasta también se muerdan el dedo) te piden que se la abras. ¿Qué por qué lo hacen? Pues chico, porque se pasan el día poniéndonos a prueba.

Bueno, sigo, allí en Valladolid el punto de encuentro con mis amigos es siempre un pequeño bar en el centro llamado Monsó. El sitio es pequeño pero muy cómodo; con una terraza agradable para pasar con copas las tardes claras de Valladolid una vez que la niebla de la mañana (que es cuando salgo a correr o con la bicicleta) ha decidido irse. Además, como pasa en provincias, y aún más en un bar, allí se mezclan todo tipo de gente de todas las edades. Te puedes encontrar a aquella chica que te gustaba hace años y que ¡oh vaya! parece que los treinta no le han sentado bien, un funcionario, al empresario al que la crisis le arruinó, la universitaria que vuelve a casa por Navidad y le cuenta a la amiga que se quedó cómo le va (“a ver si vienes a verme, porque salimos con unos chicos que siempre tienen botellas en Madrid y nunca pagamos, además, pasamos sin hacer cola. Y allí – mientras le guiña el ojo a su amiga – no nos conoce nadie” como si las oyera), un trasnochado que todavía no lo sabe, el alcalde, una funcionaria ¿cuántos funcionarios hay en provincias? y alguno que pasados los treinta aún consigue vivir de sus padres. Vamos, “un poco de todo”, como digo siempre que me preguntan qué quiero para acompañar a los garbanzos del cocido.

Como decía, por el bar se dejaba caer gente de todas las edades. De todos ellos, el que a mí más  me llamó mucho la atención fue un hombre mayor – no soy muy bueno para las edades pero apostaría a que ya no cumple los ochenta -. Siempre iba hecho un pincel con su bastón, los zapatos limpios, una corbata con el nudo bien hecho, jersey de pico y chaqueta; este look junto con su pelo, que cuidadosamente peinaba hacia atrás, le daba un cierto aire de galán del cine español ya retirado.

Siempre iba solo. La primera vez que le vi entrar y pedirse un Ribera pensé que estaría esperando a alguien. Sin embargo, allí nunca aparecía nadie. Tampoco se quedaba mucho por el bar, quince, quizás veinte minutos, y tras mirar con cuidado las monedas antes de pagar se despedía de los camareros con mucha educación.

Un día me dijeron que se había quedado viudo hacía poco y que su mujer y a él les gustaba salir juntos por el centro a tomar un vino. Cuando me enteré y le volví a ver por el bar imaginé que seguía saliendo, aunque fuera solo, a tomar un Ribera para no quedarse en casa y tratar de evitar así que el tiempo le pasase por encima. Que no hay mejor manera de no olvidar los momentos felices que pasó con su mujer que recordando los momentos felices que pasaron juntos. Yo le miraba y en ese tipo veía estilo y clase. Veía que no quería rendirse. Que los golpes son parte de la vida y que hay que saber encajarlos.

Mucha gente confunde el estilo o la clase con tener un 911 en el parking, pasar unas Navidades en Baqueira con casa a pie de pista, o pasear por París con un traje de Loro Piana agarrado a unas piernas muy largas que abrazan un 2.55 de Chanel. Y no, eso nada tiene que ver con el estilo o la clase. Sé perfectamente que no lo es porque vivo rodeada de gente así; tipos que se desmoronarían, y arrastrarían a todos los que pudieran, al menor golpe.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe. Y tiene razón. Sólo unos pocos cuando reciben un crochet en forma de enfermedad o un gancho por una traición o un directo donde más duele (en el corazón) por un abandono siguen teniendo un plan… o al menos lo parece.

Por eso, el estilo y la clase sólo se lo puedes descubrir a alguien cuando está recibiendo golpes.

Alí

En Valladolid para tomar el aperitivo La Tasquita y su tartar de pimienta. También Daicoco con sus gildas y ensaladilla.

Para comer con muy buenos vinos por copa y una gran cocina a un precio mejor: La Chula. Me encanta su pasta de calamar.

Para cenar con algo de rollo, sin lugar a dudas, la planta de arriba de Corinto.

Hay varios sitios que me han decepcionado así que mejor ni mencionarlos. En este blog me gusta hablar sólo de cosas bonitas.

Si alguien va a Valladolid y quiere saber dónde ir a comer o de pinchos, que le pregunte a Pablo Lázaro. Los ha probado todos y no le debe nada a nadie. El día que le vea escribiendo en algún periódico o revista entonces es cuando dejaré de fiarme.

No soy blando, muñeca

El martes pasado ya en la cama, tras haberme acostado tarde por culpa del trabajo, me di cuenta de que no había hablado con nadie en todo el día. Me refiero que a nadie le conté cómo estaba o qué me apetecía hacer después del trabajo, qué planes podía tener para esa semana o, no sé, si la maître del restaurante donde cené el viernes merecía tanto la pena como para ir a cenar una noche con ella. Por supuesto que había intercambiado algunas frases con alguien ese martes:  compañeros de trabajo, varias llamadas con clientes y contrapartes (ahora se dice calls) y también con algún pesado del gimnasio a la hora de comer, pero realmente eso no es hablar; de hecho, ni se le parece. Con la luz apagada en la cama pensé que el lunes tampoco había hablado con nadie; ni el domingo, en el que me había levantado pronto para salir con la bicicleta y acabé por la noche en los cines de la plaza de Jacinto Benavente viendo una película con una botella de agua y una bolsa de gominolas. Todo lo hice solo.

Ese martes había cenado en la terraza de Sifón leyendo a Raymond Chandler:

“- Eres un cachorro tan guapo, Johnny. Dios mío, qué guapo eres. Lástima que seas blando.

De Ruse dijo en voz baja sin moverse:

– No soy blando, muñeca, sólo un poco sentimental. Me gusta apostar a los caballos y jugar a las cartas y echar unos unos cubos rojos con puntos blancos. Me gustan los juegos de azar, incluyendo a las mujeres. Pero cuando pierdo, no me desespero ni hago trampas. Paso a la mesa siguiente. Hasta la vista.”

El lunes cené, también solo, en la barra del Cisne Azul. Ya casi nunca ceno en casa. Creo que lo hago (inconscientemente) para que mis días no sean unos iguales a los otros. Cuando llego a casa, normalmente tarde del trabajo, no tengo a nadie que me espere. Tampoco tengo a nadie a quien esperar. Dice mi amigo Luis que la mayoría de la gente se junta simplemente porque tiene miedo a estar sola ya que no están a gusto consigo mismos. Y creo que es verdad. Puede que los cobardes no sean los que están siempre solos, sin comprometerse con nadie, sino los que son incapaces de poder cenar, salir y beber solos y entonces huyen buscando alguien (cualquiera) a quien agarrarse. No lo sé, pero también puede que los valientes sean ésos a los que no les gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, aquéllos que se enfrentan a la soledad y no la rehuyen. La soledad es una condena y siempre va a estar acompañándonos. Muchos tratan de obviarla fingiendo que no existe, escondiéndose en sus mujeres, novios o amigos. Nacemos, vivimos y morimos solos. Sin embargo, como De Ruse, soy un sentimental y sigo buscando (discretamente) a alguien con quien compartir mi soledad… y también la suya. Y si la encuentro, decirle algo parecido a lo que Bruno, el protagonista de Las Partículas Elementales de Houllebecq, le dice a Christiane, porque aunque es cierto que nunca dos se aman a la plena satifacción del otro, los tipos como De Ruse sabemos que una vida, por muy solitaria que sea, sin amor es media vida:

“Bruno interrumpió aquí el artículo, tras una semana de estancia. Lo que le quedaba por decir era más tierno, más delicado, más incierto. Se habían acostumbrado, después de pasar la tarde en la playa, a tomar un aperitivo a las siete. Él bebía Campari; Christiane solía tomar un Martini blanco. Bruno miraba los reflejos del sol sobre las paredes (blancas en el interior, ligeramente rosadas en el exterior). Le gustaba ver a Christiane andar desnudada por el apartamento mientras iba a por hielo o las aceitunas. Lo que sentía era extraño, muy extraño: respiraba con más facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. Una tarde, ocho días después de su llegada, le dijo a Christiane: “Creo que soy feliz.” Ella se detuvo en seco, con la mano crispada en la bandeja del hielo, y dejó escapar el aire lentamente. Él continuó:

– Quiero vivir contigo. Tengo la impresión de que ya está bien, que ya hemos sido lo bastante desgraciados durante demasiado tiempo. Luego vendrán la enfermedad, la invalidez y la muerte. Pero creo que podemos ser felices juntos hasta el final. En cualquier caso, tengo ganas de intentarlo. Creo que te quiero.”

Feliz Navidad.

Algunos apuntes del verano

  • El jardín de noche del restaurante Macao en Santa Gertrudis de Fruitera (Ibiza). Un lugar discreto, con estilo y muchísimo encanto. Una gran cena. Y las grandes cenas tienen que acabar en desayuno.
  • La tortilla trufada y el bacalao negro (estilo Nobu) de Tatel en Madrid. Debo ser honesto y decir que uno de los dueños es amigo mío, pero también creo que no me llevo por la amistad cuando digo que el sitio y la comida merecen mucho la pena. Ah, y que no se me olvide, también merece la pena, y mucho, la pelirroja que canta en directo New York, New York mientras cenas.
  • La exposición de Vogue en el Thyssen (Vogue like a painting). Y de entre todas las fotos, ésta de Patrick Demarchelier

Vogue like a painting

  • Un pescado llamado raó que comí en el chiringuito Tanga en Formentera. Según nos comentó el camarero, a este pececito (parecido al salmonete) sólo se le puede pescar en septiembre. Espectacular.
  • Esta foto. Esta pareja.

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  • 0, (00 también, si es ruleta americana), 17, 20 y 36 son, a partir de ahora, mis números del casino para toda la vida. Son los mismos números con los que jugaba en el casino de Biarritz la abuela de un amigo (sin que el abuelo supiera que su mujer se dejaba caer por el casino) con el que he estado en México este verano. Yo les he añadido el 7 y el 13. Tuvimos buenas noches.

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  • Este llavero de Fernández o Hernández que compré en una tienda de la calle de Madrid Ayala (creo que Ayala 27) en donde únicamente venden cosas (todas las cosas que se te ocurran) de Tintín. Por cierto, no hay mejor libro para sostener a Hernández o Fernández.

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  • El bonito con tomate del restaurante La Bombi en Santander. En Santander: Marucho y La Bombi.
  • Este traje cruzado de verano que se hizo un amigo en Suitz (sí, para una boda en septiembre). Vuelvo a ser honesto, uno de los dueños es amigo mío, pero por muy amigo que fuera no lo recomendaría si la calidad y precio no estuvieran a la altura: lo están.

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  • Esta canción que hacía años que no escuchaba y sonó en un momento de paz absoluta una mañana. Fue el preludio de un gran día. La canción de un viaje corto a Ibiza. Ahora la escucho a diario.

Amore, fai presto, io non resisto…

se tu non arrivi non esisto

non esisto, non esisto…

  • Esta foto en donde están resumidos todos los buenos veranos que he pasado (y espero seguir pasando).

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  • “Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo”, el libro de Augusto Assía que recopila sus crónicas a La Vanguardia durante la Segunda Guerra Mundial como corresponsal en Londres. Un enamorado de Inglaterra:

“¿Cómo es que durante la guerra los ingleses siguen jugando al golf, mantienen sus costumbres, sostienen ecuanimidad en su justicia y continúan disfrutando de su tradicional libertad? Los ingleses creen – y ya la experiencia nos dirá si con razón o equivocadamente – que sin aquellas cosas no se puede hacer la guerra, y que si se hace, se pierde.”

“¿Qué cómo han vivido los ingleses en la retaguardia durante el año 1942? Querido director: los ingleses vivieron en la retaguardia del año 1942 como el año 1941, el año 1790 o el de la nanita. Leyendo el Times por las noches al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky, divagando sobre el tiempo y los antepasados, tirando de la pipa, labrando la tierra, trabajando en el torno, educando a los hijos, obedeciendo las leyes y temiendo a Dios. Vivieron, en fin, con arreglo a sus costumbres”.

  • Esto de Pessoa que robé de la cuenta de Twitter de @guardian_el_

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  • Y, sobre todo, Batey en Tulum. Pocos bares con tanto rollo he encontrado nunca. Cuando nos lo recomendó una camarera de Be Tulum nunca pensé que un sitio que no parecía ser mucho a primera vista pudiera ofrecerme tanto. Música en directo todos los días, camareras divertidas (argentinas, italianas, cubanas…), perdedores con clase que eligieron Tulum para huir y mujeres que acuden solas y se pagan sus copas (aún queda alguna).

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El blog nació con la idea publicar entradas como la de hoy o ésta de Madrid. Sin ninguna pretensión, simplemente porque me gusta pensar que en otras ciudades hay gente con gustos parecidos; gente interesante con la que es posible hablar e intercambiar consejos. Algunas veces pienso que si MenInMadrid no lo hice realmente para escapar, si es que se puede, de la soledad. Un blog como mera distracción y, a la vez, honesto, muy honesto; con la certeza de que lo que publique tiene que ser mejor que lo que se lee en la mayoría de las publicaciones de viajes, vida, hombres o como se quieran autodefinir.

Sin embargo, el blog ha ido mutando (o degenerando, dirán algunos) a algo diferente, más personal.

Pero la idea original sigue estando ahí, saber que hay gente que disfruta tomando un vermú casero mientras lee el periódico en una terraza de ¿Barcelona? o que les gusta salir a pasear solos alguna noche de verano en ¿Valencia? escuchando una canción versionada de Bowie; los mismos que saben decirte dónde hay un cine en versión original en ¿Bilbao? o que pueden tener una noche memorable en The Box Londres, rodeados de chicas que abrazan la química,  sin la necesidad de publicarlo en ninguna red social; esos mismos a los que te puedes encontrar una semana más tarde tomando una gilda y un negroni en ¿Valladolid? discutiendo sobre fútbol, los tacones perfectos o cómo mejorar el swing pero también sobre qué libro de Houellebecq es mejor: Ampliación del Campo de Batalla o Plataforma. He conocido gente así. Un poco lo que decía Garci cuando le preguntaban si sus gustos culinarios son siempre sofisticados:

Al contrario, soy un clásico. Ostras y caviar, con Dom Pérignon, por supuesto. Pero también la cuchara: judías pintas, cocido, lentejas, el arroz a banda, el jamón de Jabugo (para mí, el mejor amigo del hombre), y los bocadillos de chorizo, de anchoas, la escarola, las patatas fritas, la ensaladilla de Casa Rafa [en Madrid], el steak-tartare del Club 31 [Madrid], la carne a la brasa, el pan con aceite, las castañas asadas y las castañas pilongas, todos los frutos secos…

Chico, cuidado

Qué difícil es decir hasta luego… y más aún adiós. Qué difícil es borrar sus fotos. Qué difícil es saber que amó más intensamente a otros. Qué difícil es no sonreír al recordar sus (¿nuestras?) gracias. Qué difícil es un domingo por la tarde sin que me mientan. Qué difícil es dejar de engañarse. Qué difícil es no recordar al pedir un gin fizz. Qué difícil es ver que ya no hay ningún mensaje al acostarme. Qué difícil es no poder contárselo a nadie. Y, sobre todo, qué difícil es dejar de amar.

Qué valiente es hacerlo aunque te acusen de cobarde.

¿Te arrepientes de haberme conocido? Me preguntó un día. Y yo no supe qué contestar a eso.

Me ha vuelto a ocurrir lo mismo que a Beigbeder “amé y he sido amado, pero nunca las dos cosas al mismo tiempo”.

¿De qué le sirve abrocharse el cinturón y ponerse el casco a un kamikaze?

Qué difícil es olvidar y qué vacío es vivir sin sufrir.

Chico, cuidado con la melancolía, es un vicio… y el invierno viene frío.

(Camino de Formentera – también como Beigbeder – para huir…  de mí).

¿Qué necesito para vivir?

Hace no mucho, un buen amigo me dijo “no vas a ser feliz nunca si necesitas todo eso”. Por desgracia, no recuerdo a santo de qué me soltó aquella frase… y no será porque no he tratado de acordarme.

Me olvidé de lo de mi amigo cuando a las pocas semanas me invitaron un sábado por la noche a una gala de boxeo en el Casino de Torrelodones. La presentación fue magnífica. En uno de los salones del Casino montaron un ring rodeado por apenas tres o cuatro filas de sillas. Entre combate y combate el público salía a un jardín a tomar copas, fumar y hablar con los boxeadores y sus entrenadores. Estaba claro que muchos de los espectadores no eran los habituales que suelen ir a ver combates al extrarradio de Madrid. La intención de los organizadores era fomentar el boxeo en un ambiente distendido y en un lugar que pudiera atraer precisamente al público que no va a los extrarradios de Madrid. Allí me encontré con un conocido al que aprecio y que al verme me preguntó qué pintaba yo por allí, “en un combate de boxeo”. Insistió, dijo que me hacía más “viendo un partido de pádel o de bádminton con sus raquetas” y no a dos tíos pegarse. No soy precisamente Sherlock Holmes, pero creo que me estaba haciendo saber que si me había acercado por allí era más por el ambiente que por el deporte y que si la pelea hubiera sido en un gimnasio de barrio con su olor a lejía, sudor y duchas mal desinfectadas habría rechazado la invitación.

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A los pocos días relacioné ambas historias. Me entristecí. Noto como poco a poco me voy alejando más de la gente (amigos y conocidos) igual que el ciclista que al comienzo del puerto lentamente se va quedando descolgado del grupo; primero un metro, luego dos, al cabo de unos segundos cinco metros, y al final acaba renunciando a seguirlos porque nota que ya no tiene fuerzas.

La verdad, yo no necesito ni un coche con muchos caballos, ni un descapotable, ni una moto, ni mucho menos chófer… de hecho, ni necesito coche. Tampoco una casa grande, ni una casa con jardín, ni una casa con piscina, ni un ático, ni un dúplex, ni un ático dúplex. No necesito ir a restaurantes de lujo. Ni tampoco a mesas con modelos y bengalitas en las botellas. No necesito modelos. Tampoco viajar en primera clase. No tengo ninguna necesidad de invitar a 300 personas a mi boda. Ni a 200. Ni a 100. Ni a 50. Quizás ni me case. ¿Para qué quiero una colección de tarjetas negras o que lleven la palabra premier? Tampoco necesito ser miembro de ningún club social, náutico o de tenis. No quiero palcos ni entradas en barrera. Ni el último móvil, tableta o altavoces. No necesito subir fotos a Facebook o a Instagram. Ni Navidades en la nieve. No persigo ninguna invitación a inauguraciones, fiestas de revistas u hoteles. No soy más feliz por tener un reloj exclusivo ni caro en mi muñeca. No tengo la necesidad de presentarme a dueños de discotecas, clubs o restaurantes. Tampoco de que me los presenten.

Nada de lo anterior se lo dije ni a mi amigo ni a mi conocido. Ni siquiera les contesté ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de justificarse? Sin embargo, sí es cierto que pensé que puede que mi amigo ya no me conociera tanto y que mi conocido en algo tenía razón: yo no tengo ni idea de boxeo… como tampoco de pádel o bádminton.

Estos días me he estado preguntando qué necesito para vivir. Tras darle algunas vueltas creo que, básicamente, me bastaría con algunas de estas cosas: un pequeño apartamento (exterior) en el centro de la ciudad (o cerca del centro). Al menos, tres (buenos) amigos. Unos vaqueros y algunas camisas blancas. Iberlibro.com. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco, lo suficiente para ser independiente y pagarme mis copas. Una buena fiesta al año en Londres y en Ibiza (si puede ser). Hacer algo de deporte (casi) a diario. Aire acondicionado. Pasar las Navidades en casa de mis padres. Una bicicleta; no tiene que ser el último modelo puede ser ésta o ésta. ¿Y qué más? Pues trabajar (en un buen ambiente). Una cama grande. Un traje a medida de invierno y otro de verano. Una máquina de café. Unas buenas gafas de sol. Leer el periódico en papel por las mañanas con el café. ¡Ah! y un buen verano sin mirar (demasiado) lo que gasto, porque ¿hay acaso algo peor que un mal verano?

Por último, una mujer así que haga bien el amor. Quizás, todas las mujeres así hacen bien el amor.

Ahora que lo vuelvo a leer, veo que lo que necesito para vivir es lo mismo que necesito para ser feliz o, por lo menos, intentarlo. No sé si es mucho o poco o más o menos de lo que necesitan mis amigos y conocidos. Tampoco me interesa saberlo. Cada uno tiene unas necesidades diferentes para tratar de ser feliz:

“Me refiero a su canción It’s Money Matters. Viene a decir que vale, el dinero no da la felicidad, pero a mí dame media onza de coca y méteme con dos mellizas de quince años en una limusina, y yo te cuento” Andrés Calamaro.

Todo lo bueno pasa

¿Por qué merece la pena vivir? Sí, además de Groucho Marx, las películas suecas, Marlon Brando, Frank Sinatra y las manzanas y peras de Cézanne.

Pues por otro verano más, por el gin tonic que pido en el aeropuerto antes de embarcar, por el arroz de El Pirata de Formentera, por la chica que me sonrió al pedir el gin tonic, por las camisas de lino, por los mojitos en el cubano de Isla Mujeres, por el sabor salado en una piel morena, por la colonia de suecas de Marbella, por la sangría de cava de Sa Trinxa, por esta canción (y por ésta también), por el puerto de Malta, por los pantalones blancos, por los baños mixtos de Lío, por desayunar solo en una terraza viendo el mar con un periódico, por la fiesta décimo aniversario de Circo Loco en DC10, por bañarte desnudo a la salida del BNS de Santander, por la Osa Mayor (que no sé dónde está pero me gusta señalársela a las chicas en la playa de noche), por los amigos que te acompañaron y ya no volverán, por el concierto de Pharrel Williams en VIP Room Saint Tropez el día que España ganó el mundial, por el gin tonic que pides en el avión, por la italiana que desayunaba un vodka con zumo de naranja, por esconder los calcetines en lo más profundo del cajón, por pasear solo de noche en Madrid en agosto, por el ceviche del hotel Be Tulum, por las salidas en bicicleta asfixiado bajo el sol, por las chicas que se van solas de vacaciones, por los vestidos blancos, por hacer el amor en la cubierta de un barco…

Pero también merece la pena vivir por todo lo que rodea al viaje, por la excitación contenida de los días previos, por las recomendaciones que has ido pidiendo, por no poder cerrar la maleta, por decirle al taxista que espere, que se te han olvidado unos pantalones (los blancos), por las revistas que te compras en el aeropuerto… y por soñar, otro verano más, que éste va a ser el verano en que una chica me enseñe dónde está realmente la Osa Mayor.

Lo más bonito de las vacaciones, como esas Navidades con mis padres y hermanos cuando era pequeño, no es lo que realmente viví sino, cuando las cosas no son como uno espera, poder recordarlas como un momento muy feliz. Y ahí encuentro mi imagen de la felicidad: en mis Navidades de niño y en mis veranos con buenos amigos.

Porque todo lo bueno pasa y luego vendrá septiembre con los gastos de las tarjetas, la boda de alguien que no debería casarse (¿por qué ahora todo el mundo se casa en septiembre?), volver a abrir el ojo a la misma hora todas las mañanas, la luz roja de la blackberry, la gente que sin preguntarles me cuentan sus vacaciones en Huelva o en Sotogrande, todos esos restaurantes -tan creativos como un fotomatón- que abren después del verano (tartar de atún, tataki de atún, tortilla trufada…), otra boda más y los tristes kind regards al final de cada mail.

Porque sí, es verdad, todo lo buena pasa, pero también… todo lo malo.

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Feliz verano