Mi segunda novela

Hay edificios que los arquitectos diseñan sólo para impresionar a otros arquitectos, igual que hay mujeres que sólo consiguen impresionar a otros mujeres. No era el caso de Andrea. Dios la había creado para seducir a todos los seres vivos que fueran pasando por su vida. ¿Qué más puedo decir de Andrea? Pues que sólo a un muerto dejaría indiferente. Ah, y que a Andrea todo el mundo le llamaba Andrea. Esto es fundamental en una vida, yo, por ejemplo, me llamo Ramón pero la gente siempre me ha llamado Cincín. Parece una diferencia sin importancia, pero tengo la teoría de que las personas que no se hacen llamar por su nombre de pila completo no se respetan, ellos mismos, digo. Y yo soy un ejemplo perfecto.

El día que conocí a Andrea en la fiesta de la embajada italiana en París me invitó a tomar una copa de champagne. Yo odiaba el champagne, y más sin comida, debido a que me produce una terrible acidez. Sin embargo, y aquí otro buen ejemplo que reafirma mi teoría sobre el auto-respeto, a los pocos días de nuestro primer encuentro en la embajada abandoné prácticamente cualquier bebida para beber sólo champagne, incluso compré varias cajas por si algún día tenía que cenar solo en casa. Cambiar de bebida por una mujer reafirmaba otra de mis teorías, pero que no viene ahora a cuento desarrollar. En cualquier caso, he de decir en mi defensa, que ha sido la primera y única vez que he cambiado de bebida por una mujer.

Algunos se preguntarán por qué bebía champagne, incluso cuando no estaba con ella, si me produce una continua acidez. La respuesta es muy simple, en cada copa que me servían veía a Andrea. Lo cual empezaba a hacer llevadera una existencia como la mía que, y aquí no quiero mentir, siempre se había inclinado entre el hastío en algunas ocasiones y la mediocridad en la mayoría. Quizás también debiera comentar, para que se me conozca un poco más, que yo era un habitual de la mayoría de las fiestas, eventos y cócteles que embajadas, agencias de comunicación, revistas de moda y joyerías daban en París. Lo cual me acabó provocando una acidez crónica en mi estómago debido a que, y creo que la gente que ha asistido en París a estas fiestas, eventos y cócteles podrá confirmar, el alcohol es la única salida que un desgraciado como yo tiene para soportar a la mayoría de los invitados. 

Andrea me había quitado mi dignidad y, además, me había producido un quemazón continuo en mi estómago -sobre el del corazón ya hablaré más tarde-, pero ¿qué me había dado Andrea? Esperanza, me había dado esperanza, y eso es lo más magnífico en una vida. La esperanza de que un día me amaría.

Así comenzará mi segunda novela que será un éxito de público, aunque no tanto de crítica. Ganaré suficiente dinero para dejar, por fin, mi trabajo y dedicarme a lo que más me gusta: tratar de buscar la infelicidad cuando soy feliz. 

Gracias al éxito de esta segunda novela se volverá a reeditar mi primera novela, que fue un rotundo fracaso de público, no llegó ni a los 150 ejemplares vendidos, pero que, paradójicamente, fue mejor de crítica, ya que al contrario que mi segunda novela no obtuvo ninguna crítica negativa. Es verdad, que tampoco obtuvo ninguna crítica positiva. Ésta será la anécdota que contaré entre risas, y con una copa de champagne en la mano, en todas las entrevistas, presentaciones de libros, fiestas, eventos y cócteles que ahora empezarán a hacer en mi honor como escritor de éxito. La vida es fácil cuando te va bien, las respuestas ingeniosas se aparecen, los lunes pasan a ser jueves y hasta te crees que los taxistas te sonríen. 

Sin embargo, todo se derrumbará cuando descubran que mi primera novela “La Carta” fue una copia casi exacta de una novela italiana, no muy larga, de principios del siglo XIX que se titulaba “La Lettera”. La Lettera narra la historia de un chico, Alonso, originario de un pequeño pueblo italiano, que se enamora de una chica, Alesia, originaria de una ciudad y que veraneaba todos los años en el pueblo de Alonso. Tuvieron un romance durante varios de eso veranos que finalmente no fructificó en relación seria porque él debía quedarse a vivir en su pueblo y ella debía quedarse a vivir en su ciudad. Alonso se enamoró más que ella, esto es siempre así, siempre ellos se enamoran más, también a principios del siglo XIX, y para que Alesia no le olvidara le escribía todos los 12 de agosto una carta por su cumpleaños. Alesia nunca hizo mucho caso a las cartas hasta que un año la lettera no se presentó en su buzón; intrigada volvió al pueblo y se entera de que Alonso había fallecido. A partir de entonces, Alesia comienza un viaje hacia su interior para descubrir que seguía enamorada de Alonso. Tras este descubrimiento su vida comienza a derrumbarse por el sentimiento de pérdida del amor de su vida y muere al cabo de unos pocos meses de una profunda pena.

Cuando me sentaron ante el juez traté de demostrar mi inocencia y juré que jamás había leído esa dichosa novela italiana. Defendí que era pura casualidad -porque las casualidades existen en este mundo, señor juez- que el autor de las dos novelas se llamara Alonso, y -porque insisto, señor juez, que la vida está llena de causalidades-, que si el título de mi libro era una mera traducción al español de La Lettera se debía a una de esas tantas casualidades que nos rodean. En mi defensa también expuse, porque tenía argumentos muy sólidos para defenderme, que el pueblo italiano del libro era Cefalù, que nada tiene que ver con el Cefalú de mi libro, y que mientras en la novela italiana la protagonista se llamaba Alessia, en mi novela el personaje femenino era Alesia -Alesia, señor juez, Alesia, con una sola s, ¿me oye?-. Obviamente, también expuse el argumento más contundente en defensa de mi inocencia, mientras en La Lettera Alonso le mandaba cartas escritas a mano a Alessia con una pluma de oca, mi Alonso le mandaba un wasap a Alesia (con una sola s) cada 12 de agosto. Lo cual, sin ser yo un experto en leyes me parece una diferencia más que significativa. A la pregunta de su señoría sobre la coincidencia de que en ambas libros el cumpleaños de Alessia, o Alesia, fuera el 12 de agosto, le argumenté con educación que en el casino muchas veces salen dos 7 seguidos en la ruleta y nadie empieza a gritar “¡trampas, trampas!”, o, por lo menos, en los casinos que yo frecuentaba.

La campaña que sufrí de la prensa por mi condena por plagio hizo que se investigara mi segunda novela, descubriendo que el premio que había recibido, sí, gané el premio literario con la mayor gratificación económica que existe en español, había sido comprado.

Yo nunca supe lo del amaño, pero mi editor me confesó que la única forma de conseguir un premio donde participen escritores es directamente amañándolo. Según me dijo, esta práctica es totalmente habitual en todos los premios literarios, donde autores, jurado y editores están perfectamente conchabados. Juro que yo no sabía nada, pero tras mi condena por plagio yo no iba muy sobrado de credibilidad.

Así que sin el dinero del premio, con todos mis bienes embargados para dárselos a los sucesores del italiano y mi orgullo por los suelos, tuve que replantearme volver a realizar la tarea más indigna a la que un hombre puede ser forzado: trabajar. Todos sabemos que los escritores, toreros, pintores, fotógrafos y promotores inmobiliarios eligen su profesión para no tener que trabajar un sólo día de su vida. Yo ya no entraba en esa categoría de elegidos. Había sido expulsado del verdadero paraíso.

No me quedaba otra y tuve que volver a mi antiguo jefe para rogarle que me permitiera “reincorporarme a este gran equipo de profesionales”, explicándole lo mucho que echaba en falta por las mañanas el sabor del café de la máquina, las anécdotas de las vacaciones de mi compañeros con sus familias o lo vacía que es la vida del escritor, despertándose cada día a una hora diferente y con resaca -como los animales, jefe, eso no es vida, se lo juro-. Incluso me vine un poco arriba y le pregunté si había conseguido matricular a sus hijos en aquel colegio concertado del que tanto me hablaba cuando trabajábamos juntos, aquí creo que notó que estaba desesperado por conseguir el trabajo.

Me readmitieron en mi antiguo trabajo, aunque sinceramente creo que más para poder burlarse de mí y convertirme en el bufón que hay en todas las oficinas que porque necesitaran a otro contable.

Finalmente, aquí estoy, a las 9 de la mañana de un lunes, en la puerta de mi antiguo trabajo, apunto de volver a “reincorporarme a este gran equipo de profesionales” y confirmando mi principal teoría: algunos nacemos marcados, y, por mucho que hayamos tenido un golpe de suerte, nunca vamos a poder cambiar nuestro destino.