Entre lo viejo y lo nuevo

Todos los finales de julio poseen algo de viejo, que debe morir, para que lo nuevo, el verano, pueda nacer.

Morir es olvidar el pasado, aunque Faulkner escribiera: “el pasado no es pasado porque nunca muere”; ¿y quién soy yo para llevar la contraria a un premio Nobel? Sin embargo, y mis disculpas al guionista de Howard Hawks, el verano no está sólo para traerme unas semanas de libertad y beber godello frente al mar (¡qué nivel Avancia!) mientras aguardo servilmente a que me digan que mi mesa está lista para sentarme con amigos a comer bonito en el Norte y atún en el Sur. Por cierto, amigos y mesa son el sustento de una civilización burguesa, algo frívola, egoísta y solitaria: la mía. Decía que el verano tiene también esa función de asesinar a sangre fría el pasado, de olvidar las cenas delante del ordenador del trabajo, los atascos de Madrid, los cientos de correos electrónicos diarios, el café de la oficina y todo aquello que se resume en días iguales que caen como los granos de un reloj de arena ¿quién no ha pensado alguna vez en poner en horizontal ese reloj?

Ya casi en septiembre, cuando ahora lo que está muriendo es el verano junto con sus recuerdos, cuyos pilares son: la taberna Er Guerrita, la corvina en salsa tártara de Casa Bigote, las cenas en Marbella junto al mar o las copas en el Marítimo de Santander, recuerdo lo que me dijo el padre de un amigo en el jardín de su casa de Guadalmina mientras bebíamos otro godello (de éste no recuerdo su nombre) “yo siempre he trabajado por dinero” y con un Marte tan grande este agosto que lo teníamos como uno más en la mesa, continuaba el padre de mi amigo: “trabajar es una maldición bíblica y no entiendo esta moda de decir a la gente joven que hay que trabajar en lo que a uno le gusta, pero si lo haces, luego no protestes por no ganar dinero”.

Acabo los últimos párrafos de esta entrada y descubro que Faulkner tenía razón y yo estaba equivocado (de nuevo), que lo caduco es ahora el verano que debe morir, para que lo nuevo, otra vez el café malo, el despertador a las 7:30 y las reuniones interminables, se instale. Y acepto que así debe suceder para que el verano próximo pueda disfrutar de nuevo y plenamente de la manzanilla en rama Gabriela en una plaza de Sanlúcar, del rodaballo a la parrilla de Elkano o de unas pocas páginas de Pinker, sin prisa y con aire acondicionado (que también es parte de mi civilización), antes de cada siesta estival.

Ni el pasado es pasado porque nunca muere, como decía William, ni hay nada nuevo ni nada viejo, todo se repite.

¿Qué hemos hecho mal?

Uno de los motivos por los que ya no entro en Facebook es debido a su mala costumbre,  o por no decirlo claramente, falta de educación, de recordarme las fotos que subí ese mismo día pero años atrás. Para un nostálgico como yo, recibir este tipo de documento es como para un madridista ver los goles de Cristiano Ronaldo con la Juventus.

La última vez que entré, hace unos pocos días, Facebook me mostró una foto que subí hace siete años en una casa maravillosa que habíamos alquilado unos amigos y yo en Marbella para disfrutar (que no pasar) el verano. Ahí estaba yo, con los brazos en alto, un kimono japonés que encontré en un baño y sujetando una botella de Don Julio añejo que trajo un amigo mexicano. Siete años, no sé si eso es hace mucho o hace poco. Inmediatamente, le envíe la foto a un amigo con el que pasé aquel verano marbellí de fiestas diurnas y nocturnas, horas de piscina y cenas pantagruélicas que me preguntó “¿qué hemos hecho mal?”.

De la nostalgia siempre me quedo con una frase de unos de los bármanes de mi club cuando le dije que el mejor negroni lo había tomado en Roma, exactamente en Piazza Navona frente a una fuente de Bernini: “contra los recuerdos no se puede luchar”.

(Feliz verano)