Inmune

Junto con la bebida – ella había pedido un Aperol Spritz y él un daiquiri, pero sólo tras confirmar con el barman que tenía limas frescas –  les sirvieron el típico aperitivo italiano de antes de cenar (l’aperitivo), que en la terraza del De Russie consistía en una variedad de tres tipos de aceitunas, unas mini hamburguesitas, un tartar (casi un puré) de salmón, unas almendras, unas patatas y unas verduras crudas, que hacían más de adorno que de aperitivo.

– Me gusta mucho esta terraza y me gusta estar aquí contigo.

– Es uno de los sitios más bonitos de Roma y eso es mucho decir.

– ¿Qué hacías antes de que te conociera?

– Trabajar, sólo trabajar.

– Una vez te casaste,

– Era lo que hacían todos.

– ¿No la querías?

– Cuando me casé tenía 29 años. No era lo suficientemente maduro como para distinguir lo que era el amor de una obligación más para ser feliz.

– ¿Y si te digo que yo sí te quiero?

– ¿Tengo que creerte?

– Yo no tengo 29 y soy una mujer. Nacemos maduras

– Soy inmune a tus palabras, todavía… ¿Cuántas veces te has enamorado?

– No llevo una lista.

– Me estoy creyendo especial.

– Lo eres.

Cuando se levantaron para abandonar la terraza  e irse a cenar, él movió su silla lentamente para que ella se incorporara y con mucho cuidado, como si manejara algo muy frágil, puso la chaqueta sobre sus hombros desnudos y morenos. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía unos hombros tan bonitos.

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