Completamente avergonzado

Me encanta la frivolidad, eso sí, siempre que sea en su justo punto. La frivolidad es como el vermú en el dry martini, unas gotas pueden convertir un simple chorro de ginebra en una bebida compleja, difícil y de adultos. Sin embargo, un toque de más del barman y aquello es un brebaje que sólo te puedes beber cuando te da igual todo, por ejemplo, si estás enamorado o eres aficionado del Real Madrid en la temporada 2017-2018. Yo una vez devolví uno en el bar del Le Meurice; a veces, las revoluciones empiezan con pequeños gestos. Lo recordé el otro día cuando leí que habían entrado en el Ritz de París a robar unas joyas y que habían tenido que esconder a los clientes del bar en un salón para protegerlos, entre ellos estaba Beigbeder. Hay vidas que sólo se entienden desde la frivolidad.

De Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946. Por cierto, siempre me gustó más su título original “Notorious”) me encanta cuando el grupo de amigos nazis exiliados en Brasil quedan para cenar en casa del jefe y se dedican a conspirar con unos modales exquisitos en esmoquin. El otro día, un diputado del parlamento británico dimitía en directo por haber llegado dos minutos tarde (thoroughly ashamed). Hace poco una amiga se fue de casa de sus padres para vivir sola, me dijo que ahora se estaba dando cuenta de la cantidad de gastos que suponía vivir sola y que tendría que empezar a cortar con lo superfluo, le pregunté si iba entonces a dejar de usar una colonia de Jo Malone que me gusta mucho “antes dejo de comer que de usar Jo Malone”, me contestó. Uno se enamora de chicas así y no de las que te hablan de planes de pensiones.

Ojalá un día quedar a cenar con mis amigos para conspirar en esmoquin, aunque después de la cena nos diéramos cuenta de que no teníamos nada contra qué conspirar.