¿El azar planificado?

Hace un par de noches vi este documental de National Geographic sobre el nacimiento de la Tierra y la vida. Es un documental excepcional que me ha enseñado varias cosas, por ejemplo: que la Tierra nació hace aproximadamente 4.500 millones de años. Que se cree que durante el proceso de formación la Tierra otro planeta llamado Tea chocó contra el nuestro y así se creó nuestra luna. Que el agua llegó a la Tierra a través de millones de meteoritos que estuvieron cayendo durante millones de años sobre el planeta, así que el agua no tiene un origen terrestre. Que los días no siempre han durado 24 horas o que la especie que más ha dominado la Tierra no ha sido la humana, sino los dinosaurios que vivieron unos 170 millones de años antes de extinguirse. Nosotros (si nos podemos empezar a llamar nosotros a un simio que vivió sobre un árbol y no podía ponerse de pie) debemos llevar unos cuatro millones de años. También que el hombre, como el resto de los animales, podría descender de un pez llamado picaya. Y que hay una teoría que dice que la vida pudo no nacer en la Tierra sino que llegó a ella a través de algún meteorito, lo que convertiría nuestros orígenes en extraterrestres. Hablar de miles de millones de años hace que pierda toda perspectiva.

A la mañana siguiente, mientras andaba camino del trabajo, iba pensando en lo insignificante que es la vida de cada uno con los que me cruzaba pero también qué insignificante es la mía. ¿Qué significa una vida, la de cualquier especie, en un periodo de 4.500 millones años? ¿Qué valor tiene mi vida frente al universo? Por muchos años que pueda vivir no significaré nada en la historia del universo y, a la vez, con qué intensidad pueda llegar a sentir amor, odio, felicidad, tristeza o pasión. Mi vida no significará nada y, sin embargo, todo en mi vida gira en torno a mí, como la del resto de gente que iba viendo por la calle gira en torno a ellas. Qué insignificantes son ellos para mí igual que yo lo soy para el universo.

¿Qué he elegido yo en mi vida? No lo sé. No elegí a mis padres, ni a mis hermanos, no elegí mi familia, no elegí dónde nací, tampoco la fecha de mi nacimiento y no elegiré el día que me muera. ¿Qué puede depender de mí? Vivimos sabiendo que vamos a morir y ésa es una losa que nos acompaña desde que nacemos. Hace unos años un amigo me dijo que ya nunca beberíamos tan jóvenes como esa noche, y ese pensamiento me creó una profunda angustia. Soy joven pero siento la angustia del paso del tiempo.

Voy andando por la calle y veo los autobuses, las paradas de metro, los edificios y pienso en lo mucho que el hombre ha evolucionado en los últimos 70.000 años, que es cuando se cree que el homo sapiens abandonó África. Hemos pasado de descender de un pez que un día salió del agua, a erguirnos y caminar, de escondernos en cuevas a construir catedrales, de aprender a cazar a explorar el espacio interestelar gracias a la Voyager 1 y también a crear esta maravilla que suena sin parar mientras escribo ¿pero esta evolución ha sido rápido o lenta? ¿Son muchos o pocos 70.000 años de evolución? No lo podemos saber porque no sabemos cuántos años, miles de años o millones de años seguiremos sobre la Tierra para comparar nuestro proceso evolutivo.

Se cree que dentro de 5.000 millones de años la Tierra desaparecerá. Otra galaxia chocará contra la nuestra y se creará un agujero negro que arrastrará al Sol y a la Tierra, lo que será nuestro fin. Pero es probable que el ser humano haya desaparecido antes por la caída de un meteorito ¿Y una vez desaparecidos, significará que nuestro paso por la Tierra fue puro azar o, por el contrario, el hecho de poder tener estos pensamientos supone ya de por sí que somos fruto de un plan?

Jamás lo sabré.

Entro en mi despacho, me pongo un café, leo los periódicos y comienza un nuevo día.