El club de las horas contadas

Estos días de Navidad he vuelto a ver El Ladrón de Bicicletas. Hacía muchísimo tiempo que no la veía. Estamos en Roma, hacia 1947, en medio de una posguerra durísima. A un padre, el primer día de trabajo después de pasarse meses buscando uno, le roban la bicicleta que necesita para trabajar o será despedido, así que al día siguiente coge a su hijo, que tendrá cuatro o cinco años, y juntos se dedican a buscar al ladrón durante toda la mañana.

La frustración del padre por los fracasos en la búsqueda hace que lo pague con el hijo y acaben enfadados entre ellos, por lo que durante un breve momento se separan; breve, pero lo justo para que el padre tema que su hijo haya podido morir ahogado en el Tíber. Sin embargo, no es Bruno el desafortunado y cuando aliviado el padre lo descubre, le comienza a tratar con más dulzura (“estás sudando, Bruno. Anda, venga, ponte la americana” le dice cuando le encuentra) y se lo lleva a comer a un restaurante donde la posguerra ya no existe.

En el restaurante, el chaval juega con su mozzarella en carrozza como si fuera chicle mientras no deja de mirar a la mesa de al lado, donde un crío de su edad, bien vestido y regordete, que come a dos carrillos, está sentado con una familia que no para de pedir más comida y champagne. El padre observa a su hijo y le dice inocentemente que para comer como los de esa mesa habría que ganar “por lo menos, un millón al mes”. El niño, que no ha dicho una sola palabra desde que entraron en el restaurante, suelta automáticamente la mozzarella de las manos, como si en ese queso estuviesen todos los fracasos de la familia y la culpabilidad que siente el padre por ser pobres, y es que Bruno será pequeño pero sabe perfectamente que su padre le ha llevado a un restaurante que su familia no se puede permitir. El padre, que ha sido humillado durante toda la mañana delante de su hijo, le mira con ternura y le dice que no se preocupe, que siga comiendo, que “todo tiene solución menos la muerte”.

Esta escena está llena de la mayor ternura y el amor más sincero que pueden existir.

En muchas ocasiones, ya no hay amor ni queda nada de la amistad pero muchos prefieren seguir fingiendo, creo que por el pánico que les produce la soledad (“tengo miedo a los domingos por la tarde solo” me dijo hace poco un conocido). Yo, mientras, prefiero seguir siendo socio del club de las horas contadas, donde hace años que el tiempo se acaba, para que cuando alguien reciba mi amor o mi amistad sepan que es totalmente sincera, como el amor del desdichado padre a Bruno.

Feliz Navidad

2 pensamientos en “El club de las horas contadas”

  1. “”Tengo miedo a los domingos por la tarde solo” me dijo hace poco un conocido.” Qué bonito, triste y real. La nostalgia del fin del verano. Cuánta gente busca compañía a cualquier precio por el miedo a estar sola. Incluso al precio de no gustarle esa compañía.

  2. Se echaba de menos un nuevo post por aquí y, aunque lo leí en su momento, no quería dejar de pasar a dejar un comentario de la entrañable y familiar escena de padre y el hijo.

    Y de una de las mejores canciones de Erentxun.

    Seguimos bien. Saludos desde el Sur.

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