Viví unas pocas semanas

Escribo rápido, en el bloc de notas del IPhone, desde un barco en la bahía de Estocolmo mientras mis amigos duermen la siesta antes de ir a cenar. Me acompaña aquí en cubierta la única bebida que he podido conseguir: una cerveza sueca llamada Gotlands noséqué – he de confesar que yo no soy muy de cervezas, siempre he sido para abrir el apetito antes de una cena más de vino, vermú, bloodymary y últimamente también amontillado, pero cuando estoy fuera de casa lo que prefiero es un dry martini, así que en cuanto acabe la cerveza voy corriendo al Gran Hotel a ver si su dry martini está a la altura de las vistas que tiene de la ciudad (el hotel es un precioso edificio, con el tejado de pizarra verde, que me recuerda a los edificios de París) – . Tengo los cascos puestos y ahora mismo está sonando Quique González. Bebimos en los bares hasta ver el sol, quemamos el motor, volvieron a crujir las vías de trenes. Es viernes, exactamente las 20:01, y estoy recordando, mientras contemplo las maravillosas vistas que tengo delante, la última vez que vine a Estocolmo con dos buenos amigos hará ya unos seis o siete años.

Resulta que la noche antes de venir a la ciudad de Ingmar Bergman – ohhhh ese comienzo del Séptimo Sello ¿lo habéis visto? cuando el náufrago echa una partida de ajedrez con La Muerte. “Espera un momento” le dice el náufrago, “es lo que todos decís… pero yo no concedo prórrogas” le contesta La Muerte. Acabo de ver en Google que Mr Bergman no nació en Estocolmo pero seguro que estuvo por aquí muchas veces, por donde estoy yo ahora, contemplando este precioso paisaje rodeado de canales mientras los barcos van de una isla a otra – , la ciudad también de Ingrid Bergman, sí, ella, Ilsa, la mujer que abandonó a Rick en París (¿cuántas mujeres amabais de verdad y os han abandonado? A mí, por lo menos una… y la sigo recordando) y por la que Rick se echa a llorar a solas, con su botella de whisky, justo en cuanto ella da el portazo y abandona su bar (o más bien, café americain) después de haberle pedido ayuda para su marido, sí, ella, Ilsa, la misma mujer que le dice a Rick en París (recordad que ese día ella iba de azul y los alemanes de gris) horas antes de entrar los invasores “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, y estoy seguro que también ¿por qué no? que de aquí, de esta misma ciudad, a dos cuadras (como dirían mis amigos mexicanos) era la primera mujer que se puso un bikini en las playas de España – siempre he oído que era sueca y fue en Santander – ¿entendéis ahora chicas el porqué de nuestra fascinación con las mujeres de este país?

Sigo, no me enrollo más que me duelen los dedos de sujetar el teléfono (menos mal que me traje un chaqueta de entretiempo, empieza a refrescar), decía que la noche antes de venir volví a ver El Hombre que Mató a Liberty Valance (That’s my steak Valance) y me dio por preguntarme en la cama (casi no dormí, había que levantarse pronto, ir al aeropuerto con tiempo, desayunar con dos cafés y un periódico…seguro que me entendéis) qué se necesita para hacer un western. Suena El Sitio de mi Recreo. De sol, espiga y deseo, son sus manos en mi pelo, de nieve, huracán y abismos. Creo, pensaba en la cama, que para un western se necesitan caballos, un pueblo en el oeste, un bar, un sheriff, ¿indios? Pues en algunas sí y en otras no ¿qué más? Alguien fuera de la ley, un tipo honrado y puede que algún duelo. Y ahora que estoy aquí relajado, como recién salido de un spa, en la cubierta de un bonito velero y ya sin mi cerveza (en cuanto acabe de escribir esto voy a por mi martini) he recordado la película que me monté en mi cabeza sobre qué se necesita para hacer un western y, como tantas otras veces, he acabado preguntándome qué se necesita para ser feliz. Pues hoy, viernes 18 de agosto, en Estocolmo creo que, por fin, lo tengo claro: haber sido infeliz. Solamente si has sido infeliz puedes ser feliz ¿Puede ser alguien feliz perpetuamente? No, por supuesto que no, y además, si pudiera nunca sabría que es realmente la felicidad porque nunca ha conocido la infelicidad para poder comparar. Por eso, la felicidad son momentos (cortos o pequeños) que generalmente duran horas, quizás un día, aunque puede, hay que tener mucha suerte, que semanas (no muchas). Sin embargo, ser feliz durante semanas únicamente se da en un caso: si estás enamorado y, además, eres correspondido (“viví unas pocas semanas, las que me amó” le dijo no recuerdo quién a no recuerdo quién en una película que no recuerdo. Ayyy mi memoria).

IMG_8098

(Suena Cadillac Solitario mientras acabo de escribir esta tontería. Pero ya hace tiempo que me has dejado, y probablemente me habrás olvidado. Me voy a por mi martini al Gran Hotel y luego cena en Nosh and Chow)

En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal