Milán

Como segundo compañero de viaje un libro de novela negra española escrito por Andrés Trapiello que dice cosas tan maravillosas, certeras y reales como estos consejos que le da un editor a una de sus escritoras:

A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud.

Unos spritz, gafas de sol, zapatos de verano, sol y calor el viernes por la tarde en una terraza junto al río Olona.

La barra del Café Trussardi a la hora que los milaneses llaman del aperitivo (es decir, como de seis a nueve de la tarde); así que tres Plymouth con tónica y dos camareras en sus cuarenta pero con la actitud de universitarias en el viaje de ecuador.

El risotto de Giannino para cenar y esta foto imperial, que creía de Capello pero ahora tengo muchas dudas ¿quién es? ¿Baresi?, contemplándonos.

Milano

Acabar una botella de vodka en la terraza de Byblos y que un amigo te traiga a las cinco de la mañana, con cara de felicidad, no un chupito sino una copa de Jagger con Red Bull cuando lo que necesitas es una, o dos, botellas de agua.

Dormir cinco horas y echarnos a la calle como si fuéramos los restos de un naufragio, maldiciendo al Cholo porque la noche anterior a la final me haya vuelto a tender una trampa para llegar al partido arrastrándome y yo, sin ninguna dificultad, volviera a caer – otra vez – , igualito que en Lisboa. Atleti 1 – Madrid 0.

Pero aunque los náufragos no eligen puerto, algunas veces Fortuna les sonríe y recaen en un lugar especial, un paraíso en el que, al igual que en Rebelión a Bordo, están mejor que en su propio hogar. Pues así, casi de casualidad, caímos en uno de esos lugares de los que te enamoras para toda la vida y que, por mucho que te hayan cautivado, prefieres no regresar para que el recuerdo se mantenga intacto. Uno de esos paraísos lo encontré en Milán y se llama Binari. El sol de Lombardía en mayo, una terraza interior preciosa repleta de vegetación e icónicos carteles de Martini y Cinzano que me trajeron a la mente este pasaje tan evocador de José Luis Garci sobre el negroni en su libro Beber de Cine:

La época ideal para tomar el Negroni es hacia el final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio, y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona.

La liturgia obliga a que te sientes en la terracita solo, después de un paseo por el Trastevere, en una mesa cubierta con mantelito de cuadros azules y blancos y cenicero Cinzano, los periódicos cerca de ti – esos periódicos que se compran cuando uno está de vacaciones, o cuando uno se da vacaciones a sí mismo sin motivos muy claros; esa prensa, ya sabéis, del tipo de The Wall Street Journal, USA Today, The Sunday Times, Il Mesagero, L’Equipe, etcétera; tabloides que no se adquieren para leer, sino para acompañar – .

Pedimos una pasta con gambas y cacio e pepe (queso y pimienta) y creo, sin miedo a exagerar, que es la pasta más deliciosa que he tomado en mi vida. Puede ser porque encontré en esa terraza, bajo una higuera, un paréntesis a las preocupaciones, miedos y frustraciones con los que cada uno cargamos y allí, no en la terraza sino en mi interior, donde no hay nadie más, me sentí afortunado de lo que tengo y a lo que puedo aspirar. No miento, por tanto, si digo que es probable que el sabor de esa pasta en Binari cambie según la vida interior de quien la prueba y lo que a mí me pareció delicioso pudiera ser una pasta ramplona en el paladar de otro comensal.

Binari

Después de varios expresos y un gintonic y lamentándonos por no ser tan valientes como para atrancar las puertas del restaurante y quedarnos atrapados en su terraza unos días más, como sí lo fue Brando quemando la nave para vivir en Tahití con Maimiti, partimos camino del estadio. ¿Los aledaños? Pues una romería: puestos con todo tipo de comidas, una pradera, música y bebida sin alcohol porque la UEFA, como esos países que imponen la ley seca el día de las elecciones, no confía en las personas.

Luego, 120 minutos.

Dicen que sólo en las grandes ciudades sucede el destino. Y Milán lo es. Por eso, el destino ya estaba escrito… aunque se alargara treinta minutos de más.

¿Sabéis qué? La felicidad son momentos.

5 pensamientos en “Milán”

  1. Anotamos sugerencias del viaje y vivencias con las que nos sentimos identificados o gustos compartidos por esos pequeños momentos que nos hacen sentir vivos.

    Gracias!

    Pd: ya queda menos para Agosto. Calor sofocante en Madrid.

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