Todo el mundo tiene un plan

He pasado unos días en familia estas Navidades en Valladolid. Allí he vuelto a ver a algunos de los pocos amigos que tengo, de esos con los que puedes pasarte semanas o meses no ya sin verte sino sin hablarte y cuando les ves “poder pensar junto a ellos en voz alta”; también he comido como si tuviera que engordar para luego meterme en una cueva a hibernar (sopa castellana, lechazo, cocido, pularda, guisantes con jamón – mi perdición -, no soy muy de turrón pero sí de roscón y panettone con el café); no he parado de beber vino, sobre todo Emilio Moro, que para eso estábamos en Valladolid y luego en otras ciudades te lo encuentras inflado (como los desayunos en la cama, el sexo en la playa, los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas) – algunas veces me pregunto si las relaciones con mis amigos no estarán basadas en los gintonics, los vodka tonic y el vino, es decir: en el alcohol; y que si lo elimináramos de nuestras reuniones sería como quedar con el delegado de clase del colegio (el que se sentaba en primera fila, te pedía que callaras cuando hablaba el profesor y en la cena de graduación se iba al acabar los postres mientras nosotros esperábamos a las copas y ellas se iban al baño a maquillar. Posiblemente ahora sea uno de esos millonarios de Sillicon Valley, pero ¿y?) -; acabé también algún libro pendiente, entre ellos el de “Straight to Hell” de @GSElevator (aventuras y golfadas bastante exageradas, cuando no inventadas directamente, de un trader en un banco americano antes de la crisis de 2007); también madrugué mucho, hay días que me gusta levantarme muy pronto, mientras el resto de la casa duerme y sólo se oye el ruido de la cafetera, y con la tranquilidad de la mañana leer en la cocina los artículos que me he guardado en Pocket para luego, lleno de cafeína, salir a correr junto al Pisuerga con una lista de música un poco incomprensible que va desde Los Panchos a Luz Casal o Solomum. Sobre esto, sobre las listas de música, siempre he creído que junto con la biblioteca de cada uno es de lo más personal que tenemos. Yo cuando voy a casa de alguien siempre trato de cotillear un poco la librería a ver qué lee. Te puede definir el contorno de una persona. No exageremos y no digamos aquello de que “si no tiene libros, no te lo folles”. Llegado a ese punto, acabemos el trabajo, disfrutemos las cosas bien hechas y, aunque no le demos ya ninguna posibilidad a otra cena (bien es cierto que nunca sabes si te la volverás a encontrar de noche en algún sitio y entonces…), aprovechemos la oportunidad para ¡por una vez! hacer de rubia despechada yéndonos de su casa dando un sonoro portazo; indignados porque aunque la cama era cómoda y la compañía entregada de qué puedes conversar en una segunda cena con alguien que no lee ni la carta del restaurante y te dice “pide tú por mí”. No, algunos todavía preferimos a las que saben abrir una botella de vino pero que mientras te miran con cara de gatita y sonríen (puede que hasta también se muerdan el dedo) te piden que se la abras. ¿Qué por qué lo hacen? Pues chico, porque se pasan el día poniéndonos a prueba.

Bueno, sigo, allí en Valladolid el punto de encuentro con mis amigos es siempre un pequeño bar en el centro llamado Monsó. El sitio es pequeño pero muy cómodo; con una terraza agradable para pasar con copas las tardes claras de Valladolid una vez que la niebla de la mañana (que es cuando salgo a correr o con la bicicleta) ha decidido irse. Además, como pasa en provincias, y aún más en un bar, allí se mezclan todo tipo de gente de todas las edades. Te puedes encontrar a aquella chica que te gustaba hace años y que ¡oh vaya! parece que los treinta no le han sentado bien, un funcionario, al empresario al que la crisis le arruinó, la universitaria que vuelve a casa por Navidad y le cuenta a la amiga que se quedó cómo le va (“a ver si vienes a verme, porque salimos con unos chicos que siempre tienen botellas en Madrid y nunca pagamos, además, pasamos sin hacer cola. Y allí – mientras le guiña el ojo a su amiga – no nos conoce nadie” como si las oyera), un trasnochado que todavía no lo sabe, el alcalde, una funcionaria ¿cuántos funcionarios hay en provincias? y alguno que pasados los treinta aún consigue vivir de sus padres. Vamos, “un poco de todo”, como digo siempre que me preguntan qué quiero para acompañar a los garbanzos del cocido.

Como decía, por el bar se dejaba caer gente de todas las edades. De todos ellos, el que a mí más  me llamó mucho la atención fue un hombre mayor – no soy muy bueno para las edades pero apostaría a que ya no cumple los ochenta -. Siempre iba hecho un pincel con su bastón, los zapatos limpios, una corbata con el nudo bien hecho, jersey de pico y chaqueta; este look junto con su pelo, que cuidadosamente peinaba hacia atrás, le daba un cierto aire de galán del cine español ya retirado.

Siempre iba solo. La primera vez que le vi entrar y pedirse un Ribera pensé que estaría esperando a alguien. Sin embargo, allí nunca aparecía nadie. Tampoco se quedaba mucho por el bar, quince, quizás veinte minutos, y tras mirar con cuidado las monedas antes de pagar se despedía de los camareros con mucha educación.

Un día me dijeron que se había quedado viudo hacía poco y que su mujer y a él les gustaba salir juntos por el centro a tomar un vino. Cuando me enteré y le volví a ver por el bar imaginé que seguía saliendo, aunque fuera solo, a tomar un Ribera para no quedarse en casa y tratar de evitar así que el tiempo le pasase por encima. Que no hay mejor manera de no olvidar los momentos felices que pasó con su mujer que recordando los momentos felices que pasaron juntos. Yo le miraba y en ese tipo veía estilo y clase. Veía que no quería rendirse. Que los golpes son parte de la vida y que hay que saber encajarlos.

Mucha gente confunde el estilo o la clase con tener un 911 en el parking, pasar unas Navidades en Baqueira con casa a pie de pista, o pasear por París con un traje de Loro Piana agarrado a unas piernas muy largas que abrazan un 2.55 de Chanel. Y no, eso nada tiene que ver con el estilo o la clase. Sé perfectamente que no lo es porque vivo rodeada de gente así; tipos que se desmoronarían, y arrastrarían a todos los que pudieran, al menor golpe.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe. Y tiene razón. Sólo unos pocos cuando reciben un crochet en forma de enfermedad o un gancho por una traición o un directo donde más duele (en el corazón) por un abandono siguen teniendo un plan… o al menos lo parece.

Por eso, el estilo y la clase sólo se lo puedes descubrir a alguien cuando está recibiendo golpes.

Alí

En Valladolid para tomar el aperitivo La Tasquita y su tartar de pimienta. También Daicoco con sus gildas y ensaladilla.

Para comer con muy buenos vinos por copa y una gran cocina a un precio mejor: La Chula. Me encanta su pasta de calamar.

Para cenar con algo de rollo, sin lugar a dudas, la planta de arriba de Corinto.

Hay varios sitios que me han decepcionado así que mejor ni mencionarlos. En este blog me gusta hablar sólo de cosas bonitas.

Si alguien va a Valladolid y quiere saber dónde ir a comer o de pinchos, que le pregunte a Pablo Lázaro. Los ha probado todos y no le debe nada a nadie. El día que le vea escribiendo en algún periódico o revista entonces es cuando dejaré de fiarme.