No soy blando, muñeca

El martes pasado ya en la cama, tras haberme acostado tarde por culpa del trabajo, me di cuenta de que no había hablado con nadie en todo el día. Me refiero que a nadie le conté cómo estaba o qué me apetecía hacer después del trabajo, qué planes podía tener para esa semana o, no sé, si la maître del restaurante donde cené el viernes merecía tanto la pena como para ir a cenar una noche con ella. Por supuesto que había intercambiado algunas frases con alguien ese martes:  compañeros de trabajo, varias llamadas con clientes y contrapartes (ahora se dice calls) y también con algún pesado del gimnasio a la hora de comer, pero realmente eso no es hablar; de hecho, ni se le parece. Con la luz apagada en la cama pensé que el lunes tampoco había hablado con nadie; ni el domingo, en el que me había levantado pronto para salir con la bicicleta y acabé por la noche en los cines de la plaza de Jacinto Benavente viendo una película con una botella de agua y una bolsa de gominolas. Todo lo hice solo.

Ese martes había cenado en la terraza de Sifón leyendo a Raymond Chandler:

“- Eres un cachorro tan guapo, Johnny. Dios mío, qué guapo eres. Lástima que seas blando.

De Ruse dijo en voz baja sin moverse:

– No soy blando, muñeca, sólo un poco sentimental. Me gusta apostar a los caballos y jugar a las cartas y echar unos unos cubos rojos con puntos blancos. Me gustan los juegos de azar, incluyendo a las mujeres. Pero cuando pierdo, no me desespero ni hago trampas. Paso a la mesa siguiente. Hasta la vista.”

El lunes cené, también solo, en la barra del Cisne Azul. Ya casi nunca ceno en casa. Creo que lo hago (inconscientemente) para que mis días no sean unos iguales a los otros. Cuando llego a casa, normalmente tarde del trabajo, no tengo a nadie que me espere. Tampoco tengo a nadie a quien esperar. Dice mi amigo Luis que la mayoría de la gente se junta simplemente porque tiene miedo a estar sola ya que no están a gusto consigo mismos. Y creo que es verdad. Puede que los cobardes no sean los que están siempre solos, sin comprometerse con nadie, sino los que son incapaces de poder cenar, salir y beber solos y entonces huyen buscando alguien (cualquiera) a quien agarrarse. No lo sé, pero también puede que los valientes sean ésos a los que no les gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, aquéllos que se enfrentan a la soledad y no la rehuyen. La soledad es una condena y siempre va a estar acompañándonos. Muchos tratan de obviarla fingiendo que no existe, escondiéndose en sus mujeres, novios o amigos. Nacemos, vivimos y morimos solos. Sin embargo, como De Ruse, soy un sentimental y sigo buscando (discretamente) a alguien con quien compartir mi soledad… y también la suya. Y si la encuentro, decirle algo parecido a lo que Bruno, el protagonista de Las Partículas Elementales de Houllebecq, le dice a Christiane, porque aunque es cierto que nunca dos se aman a la plena satifacción del otro, los tipos como De Ruse sabemos que una vida, por muy solitaria que sea, sin amor es media vida:

“Bruno interrumpió aquí el artículo, tras una semana de estancia. Lo que le quedaba por decir era más tierno, más delicado, más incierto. Se habían acostumbrado, después de pasar la tarde en la playa, a tomar un aperitivo a las siete. Él bebía Campari; Christiane solía tomar un Martini blanco. Bruno miraba los reflejos del sol sobre las paredes (blancas en el interior, ligeramente rosadas en el exterior). Le gustaba ver a Christiane andar desnudada por el apartamento mientras iba a por hielo o las aceitunas. Lo que sentía era extraño, muy extraño: respiraba con más facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. Una tarde, ocho días después de su llegada, le dijo a Christiane: “Creo que soy feliz.” Ella se detuvo en seco, con la mano crispada en la bandeja del hielo, y dejó escapar el aire lentamente. Él continuó:

– Quiero vivir contigo. Tengo la impresión de que ya está bien, que ya hemos sido lo bastante desgraciados durante demasiado tiempo. Luego vendrán la enfermedad, la invalidez y la muerte. Pero creo que podemos ser felices juntos hasta el final. En cualquier caso, tengo ganas de intentarlo. Creo que te quiero.”

Feliz Navidad.