¿Qué necesito para vivir?

Hace no mucho, un buen amigo me dijo “no vas a ser feliz nunca si necesitas todo eso”. Por desgracia, no recuerdo a santo de qué me soltó aquella frase… y no será porque no he tratado de acordarme.

Me olvidé de lo de mi amigo cuando a las pocas semanas me invitaron un sábado por la noche a una gala de boxeo en el Casino de Torrelodones. La presentación fue magnífica. En uno de los salones del Casino montaron un ring rodeado por apenas tres o cuatro filas de sillas. Entre combate y combate el público salía a un jardín a tomar copas, fumar y hablar con los boxeadores y sus entrenadores. Estaba claro que muchos de los espectadores no eran los habituales que suelen ir a ver combates al extrarradio de Madrid. La intención de los organizadores era fomentar el boxeo en un ambiente distendido y en un lugar que pudiera atraer precisamente al público que no va a los extrarradios de Madrid. Allí me encontré con un conocido al que aprecio y que al verme me preguntó qué pintaba yo por allí, “en un combate de boxeo”. Insistió, dijo que me hacía más “viendo un partido de pádel o de bádminton con sus raquetas” y no a dos tíos pegarse. No soy precisamente Sherlock Holmes, pero creo que me estaba haciendo saber que si me había acercado por allí era más por el ambiente que por el deporte y que si la pelea hubiera sido en un gimnasio de barrio con su olor a lejía, sudor y duchas mal desinfectadas habría rechazado la invitación.

ring

A los pocos días relacioné ambas historias. Me entristecí. Noto como poco a poco me voy alejando más de la gente (amigos y conocidos) igual que el ciclista que al comienzo del puerto lentamente se va quedando descolgado del grupo; primero un metro, luego dos, al cabo de unos segundos cinco metros, y al final acaba renunciando a seguirlos porque nota que ya no tiene fuerzas.

La verdad, yo no necesito ni un coche con muchos caballos, ni un descapotable, ni una moto, ni mucho menos chófer… de hecho, ni necesito coche. Tampoco una casa grande, ni una casa con jardín, ni una casa con piscina, ni un ático, ni un dúplex, ni un ático dúplex. No necesito ir a restaurantes de lujo. Ni tampoco a mesas con modelos y bengalitas en las botellas. No necesito modelos. Tampoco viajar en primera clase. No tengo ninguna necesidad de invitar a 300 personas a mi boda. Ni a 200. Ni a 100. Ni a 50. Quizás ni me case. ¿Para qué quiero una colección de tarjetas negras o que lleven la palabra premier? Tampoco necesito ser miembro de ningún club social, náutico o de tenis. No quiero palcos ni entradas en barrera. Ni el último móvil, tableta o altavoces. No necesito subir fotos a Facebook o a Instagram. Ni Navidades en la nieve. No persigo ninguna invitación a inauguraciones, fiestas de revistas u hoteles. No soy más feliz por tener un reloj exclusivo ni caro en mi muñeca. No tengo la necesidad de presentarme a dueños de discotecas, clubs o restaurantes. Tampoco de que me los presenten.

Nada de lo anterior se lo dije ni a mi amigo ni a mi conocido. Ni siquiera les contesté ¿para qué? ¿Qué necesidad hay de justificarse? Sin embargo, sí es cierto que pensé que puede que mi amigo ya no me conociera tanto y que mi conocido en algo tenía razón: yo no tengo ni idea de boxeo… como tampoco de pádel o bádminton.

Estos días me he estado preguntando qué necesito para vivir. Tras darle algunas vueltas creo que, básicamente, me bastaría con algunas de estas cosas: un pequeño apartamento (exterior) en el centro de la ciudad (o cerca del centro). Al menos, tres (buenos) amigos. Unos vaqueros y algunas camisas blancas. Iberlibro.com. Algo de dinero en el banco, ni mucho ni poco, lo suficiente para ser independiente y pagarme mis copas. Una buena fiesta al año en Londres y en Ibiza (si puede ser). Hacer algo de deporte (casi) a diario. Aire acondicionado. Pasar las Navidades en casa de mis padres. Una bicicleta; no tiene que ser el último modelo puede ser ésta o ésta. ¿Y qué más? Pues trabajar (en un buen ambiente). Una cama grande. Un traje a medida de invierno y otro de verano. Una máquina de café. Unas buenas gafas de sol. Leer el periódico en papel por las mañanas con el café. ¡Ah! y un buen verano sin mirar (demasiado) lo que gasto, porque ¿hay acaso algo peor que un mal verano?

Por último, una mujer así que haga bien el amor. Quizás, todas las mujeres así hacen bien el amor.

Ahora que lo vuelvo a leer, veo que lo que necesito para vivir es lo mismo que necesito para ser feliz o, por lo menos, intentarlo. No sé si es mucho o poco o más o menos de lo que necesitan mis amigos y conocidos. Tampoco me interesa saberlo. Cada uno tiene unas necesidades diferentes para tratar de ser feliz:

“Me refiero a su canción It’s Money Matters. Viene a decir que vale, el dinero no da la felicidad, pero a mí dame media onza de coca y méteme con dos mellizas de quince años en una limusina, y yo te cuento” Andrés Calamaro.