Todo lo bueno pasa

¿Por qué merece la pena vivir? Sí, además de Groucho Marx, las películas suecas, Marlon Brando, Frank Sinatra y las manzanas y peras de Cézanne.

Pues por otro verano más, por el gin tonic que pido en el aeropuerto antes de embarcar, por el arroz de El Pirata de Formentera, por la chica que me sonrió al pedir el gin tonic, por las camisas de lino, por los mojitos en el cubano de Isla Mujeres, por el sabor salado en una piel morena, por la colonia de suecas de Marbella, por la sangría de cava de Sa Trinxa, por esta canción (y por ésta también), por el puerto de Malta, por los pantalones blancos, por los baños mixtos de Lío, por desayunar solo en una terraza viendo el mar con un periódico, por la fiesta décimo aniversario de Circo Loco en DC10, por bañarte desnudo a la salida del BNS de Santander, por la Osa Mayor (que no sé dónde está pero me gusta señalársela a las chicas en la playa de noche), por los amigos que te acompañaron y ya no volverán, por el concierto de Pharrel Williams en VIP Room Saint Tropez el día que España ganó el mundial, por el gin tonic que pides en el avión, por la italiana que desayunaba un vodka con zumo de naranja, por esconder los calcetines en lo más profundo del cajón, por pasear solo de noche en Madrid en agosto, por el ceviche del hotel Be Tulum, por las salidas en bicicleta asfixiado bajo el sol, por las chicas que se van solas de vacaciones, por los vestidos blancos, por hacer el amor en la cubierta de un barco…

Pero también merece la pena vivir por todo lo que rodea al viaje, por la excitación contenida de los días previos, por las recomendaciones que has ido pidiendo, por no poder cerrar la maleta, por decirle al taxista que espere, que se te han olvidado unos pantalones (los blancos), por las revistas que te compras en el aeropuerto… y por soñar, otro verano más, que éste va a ser el verano en que una chica me enseñe dónde está realmente la Osa Mayor.

Lo más bonito de las vacaciones, como esas Navidades con mis padres y hermanos cuando era pequeño, no es lo que realmente viví sino, cuando las cosas no son como uno espera, poder recordarlas como un momento muy feliz. Y ahí encuentro mi imagen de la felicidad: en mis Navidades de niño y en mis veranos con buenos amigos.

Porque todo lo bueno pasa y luego vendrá septiembre con los gastos de las tarjetas, la boda de alguien que no debería casarse (¿por qué ahora todo el mundo se casa en septiembre?), volver a abrir el ojo a la misma hora todas las mañanas, la luz roja de la blackberry, la gente que sin preguntarles me cuentan sus vacaciones en Huelva o en Sotogrande, todos esos restaurantes -tan creativos como un fotomatón- que abren después del verano (tartar de atún, tataki de atún, tortilla trufada…), otra boda más y los tristes kind regards al final de cada mail.

Porque sí, es verdad, todo lo buena pasa, pero también… todo lo malo.

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Feliz verano

7 pensamientos en “Todo lo bueno pasa”

  1. Ya se esperaba otro post, me ha gustado. Me gusta leerte, me gusta como te fijas y escribes los detalles (por la chica que me sonrió al pedir el gin tonic, por el sabor salado en una piel morena…). Que pases un buen verano¡

  2. Por favor, envía una postal desde donde estés… Comentada, mejor.

    Buen verano, nuevas oportunidades, nuevas experiencias.

    Saludos desde el insufrible Sur.

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