Cuidado con los osos

Viajar a Nueva York a bordo de un transatlántico. Dejar que los días vayan pasando  instalado en el bar tomando cócteles de champán rosado. Salir a pasear a cubierta con un trench y un sombrero cuando, de repente, un chico de la tripulación comienza a gritar mi nombre. Lleva un sobre dirigido a mí. Lo abro: un telegrama. Empiezo a leerlo pero un golpe de viento se lo lleva. Una mujer se agacha y lo recoge. Vaya, parece que a la señorita le gusta tomarme el pelo. ¡Devuélvamelo! Recupero el telegrama: Te echo en falta. Stop. Te veo en el puerto. Stop. Llevaré el vestido que tanto te gusta. Stop. Sonrío, hago del telegrama una bola y lo tiro al mar. Regreso a mi camarote, echo un ojo al baúl armario con el que siempre viajo y me tomo un tiempo decidiendo qué ponerme para otra tediosa noche más a bordo: el esmoquin cruzado. Subo a cenar al comedor principal. Mi mesa de todas las noches. El piano suena de fondo y los platos se balancean. La sientan cerca de mí. Es preciosa. Un momento, ¡es ella! ¡La chica del telegrama! ¿Cómo no me había dado cuenta de que era tan guapa? Levanto la copa y le sonrío. Acompáñeme, por favor, estamos los dos solos. ¡Dos cócteles más, camarero! ¡De champán rosado! Salimos a pasear a cubierta. Se cubre la cabeza con un pañuelo; son muy frías las noches en alta mar. Está preciosa. Me dan ganas de besarla pero no puedo (o no debo); estoy prometido, está prometida. Nos quedamos callados. El Atlántico es muy oscuro de noche. De repente, sin mirarme, me dice:

“Creo que tú y yo estamos acostumbrados a una vida de champán rosado”.

En su huida hacia el camarote la oigo susurrar: “El matrimonio es una paso muy serio para una chica como yo”.

El último día de travesía me entrega una carta. Casi no puedo leer el final, la tinta está corrida; son sus lágrimas pienso; eran mis lágrimas, me dice. Nos besamos apoyados contra la barandilla. Desde la cubierta principal, por fin (o no), divisamos Nueva York. Los dos sabemos que hay compromisos que no podemos romper. Me señala el Empire Estate, lo más cerca que hay del cielo “the Empire State Building is the closest thing to Heaven in this city”. Sigo leyendo su carta, si mi sigues queriendo dentro de seis meses “el 1 de julio, a las cinco, en la planta 102 del Empire Estate nos encontraremos”. Allí estaré.

Así comienza “la más hermosa comedia romántica jamás filmada y también la del más triste final feliz que se recuerde”. Estoy hablando de Tú y Yo de Leo McCarey.

Estamos en 1939, la guerra civil ha terminado, Pío XII es el nuevo Papa, Hitler ha decidido invadir Polonia y el belga Sylvère Maes ha ganado la trigésimo tercera edición del Tour de Francia ya que al gran Gino Bartali (ganador de la edición anterior) su país, Italia, no le ha dejado competir debido a las tensiones bélicas.

Las cosas han cambiado mucho desde 1939. Ahora el Atlántico se cruza en avión, ya no se pueden recibir telegramas, los cócteles de champán han sido sustituidos por mojitos de sabores, las cosas en España están más tranquilas y ya ni el Empire Estate es uno de los edificios más altos del mundo. Sí, todo ha cambiado mucho desde 1939. De hecho, ya ni los papas se parecen. Aunque, bueno, seamos honestos, hay algo que no ha cambiado desde entonces: Nueva York sigue siendo Nueva York.

L’Eroica es regresar a 1939, o al año que cada uno quiera soñar, es quedarse con lo más bonito de tiempos pasados, es, simplemente, regresar a algo tan sencillo como los orígenes del ciclismo; al romanticismo de los ataques de lejos, a las grandes pájaras, a las carreteras mal asfaltadas, a los propios ciclistas haciendo de mecánicos, a parar en las fuentes de los pueblos para beber.

Eroica 5

El origen de la L’Eroica está en La Toscana, así que La Rioja Alta fue el lugar perfecto para la primera edición en España. Allí, en Cenicero, me presenté con una bicicleta con cambios en el cuadro, rastrales en los pedales y anterior a 1987 (como marca el reglamento), un maillot de lana y ganas de hacer 120 kilómetros entre viñedos, subidas, bajadas, caminos de tierras, subidas, pequeños pueblos, carreteras mal asfaltadas (¿he dicho subidas?), con el objetivo de acabar la etapa y hacer mía la anécdota, que cuenta Ander Izaguirre en su gran libro sobre el Tour de Francia, de cuando en 1910 un loco (porque no tiene otro nombre) subido a una bicicleta se escapó al comienzo de una etapa de 326 kilómetros (sí, 326 kilómetros uno detrás de otro) y pedaleó sin descanso 14 horas, subiendo en su trayecto cinco monstruosos puertos, y alcanzada una vez la meta, tiró la bicicleta al suelo, se dirigió a uno de los organizadores y le gritó: “Asesinos”.

Eroica Hispania

Como decía, enfundarme un maillot de lana mientras el sol derretía el asfalto, subirme a una bicicleta de hace más de 30 años, luchar contra un recorrido rompepiernas durante 120 kilómetros (muchos de ellos en solitario), pasar de carreteras a caminos de tierra, tener que arreglarme los pinchazos o hacer los avituallamientos en las fuentes de los pueblos recargando el bidón y mojándome la nuca para refrescarme, fue como volver a cuando se escribían cartas a mano, a cuando aún los amantes se podían despedir en las escaleras del avión, a comprar la edición especial de tarde de un periódico recién salido de la imprenta con la tinta aún húmeda (Extra, extra! Titanic disaster great loss of life!), en definitiva, fue… volver a beber cócteles de champán rosado en esmoquin.

Eroica Hispania

Dicen que las primeras veces que se subió el Tourmalet en el Tour de Francia a los ciclistas se les avisaba de que tuvieran cuidado con los osos. En L’Eroica no hay osos y el mayor peligro es perderte y acabar en algún pequeño pueblo (pongamos Barriobusto) pidiendo agua en el bar y la dirección correcta para volver a la carrera. De momento, mejor así, tampoco es necesario tanto romanticismo.

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4 pensamientos en “Cuidado con los osos”

  1. Aún conservo los videos de Indurain. No se porque, pero lo pasado a veces parece mejor. No había oído nunca de esta carrera y en mi twitter ya eres el segundo que la corrió ;). Como siempre, gran post.

  2. La épica del ciclismo, afortunadamente hay que seguir dando pedales, eso es así.

    Sin dispositivos enganchados al manillar, lo doy por hecho y perdiéndose, claro, lo más interesante del camino.

    Buen texto, buenos descubrimientos.

    Saludos desde el sur.

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