11:56

El 1 de mayo me subí a un tren con destino a la ciudad de mis padres. En cuanto me senté, saqué un libro y me puse a leer. Había salido la noche anterior y quería que el viaje pasara deprisa. Llevaba un buen rato concentrado en mi lectura cuando miré el reloj: las doce en punto. Clavadas. Bien, sólo quedaban treinta y cinco minutos de viaje y el libro era interesante. Miré el móvil. Ningún mensaje. Ok. Ninguna notificación. Ok. Un momento, el móvil marca las 11:56. El reloj del móvil nunca falla. Nunca. Es tan exacto que cambia de hora con los pitidos de la radio. ¿Cómo puede ser? Mi reloj siempre marca la hora real, nada de llevarlo adelantado, y mucho menos atrasado. No me había dado problemas antes. Algo le pasa. Volví a mirar mi reloj y marcaba las 11:56. Vaya, la resaca me había jugado una mala pasada pero, al mismo tiempo, me había regalado cuatro minutos extras. Desde que cumplí cierta edad he comenzado a pensar, con cierta frecuencia, en el tiempo, pero en el que me falta y el que ya ha gastado, y, en menor medida, en el que me queda por delante. Nunca en el tiempo que me regalan. Ahora me hago preguntas que no me había hecho antes ¿estaré aprovechando mi tiempo? ¿Se puede aspirar a la felicidad? ¿Estamos solos pero rodeados de gente? ¿Es necesario encontrar a alguien para aspirar a la felicidad? ¿Se puede escapar de la soledad? También me pregunto por qué me tengo que hacer estas preguntas… y si el resto de las personas se las hacen.

Era una sensación extraña, tenía cuatro minutos de regalo pero estaba encerrado en un tren y no había muchas más opciones que seguir leyendo. Además, era un tren sin cafetería. Sin embargo, seguir leyendo era lo que más me apetecía en ese momento, así que tranquilamente volví a mi lectura. El libro era Plataforma de Houellebecq (uno de esos libros que mis amigos me decían que debería haber leído, como mínimo, cinco años antes. Quizás hace cinco años no lo habría entendido. Tampoco estoy ahora seguro de estar entendiéndolo). Al poco tiempo de que el tren abandonara la estación marqué este párrafo del libro:

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos.

El tiempo extra pasó mientras leía. A punto de llegar a la estación, cuando la gente empezaba a levantarse, cerré el libro y me acordé de esos cuatro minutos de regalo. Pensé que los había aprovechado porque hice lo que más me apetecía en ese momento.  Y me pregunté: ¿Y si en vez de cuatro minutos me hubieran regalado cuatro años? ¿Cómo los habría aprovechado?

No lo sé. Y sentí tristeza.

Y (quizás) entendí el libro.