Los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas

Esta Semana Santa estuve en Santander pasando unos días. Me gusta ir al Norte a descansar. Mis días allí básicamente se traducen en levantarme pronto, salir a correr viendo el mar (sin música) y luego dejar que el resto de la mañana vaya muriendo en alguna cafetería, junto con algún periódico y mezclando cafés con vermuts. Las tardes las dedico, o más bien se dedican ellas solas, a ir pasando lentamente mientras leo en el sofá o adelanto algo de trabajo esperando a que llegue la noche. Esa primera noche es obligatorio ir con un amigo a cenar al Marucho para tomar albóndigas de rape y mucho vino en la barra. Las demás noches suelen ser hamburguesa y gin tonics en el Caribe, en pleno Sardinero, o cenas en el Tenis absorbiendo lentamente la decadencia de la ciudad.

Aproveché una mañana para ir a hacer surf a Suances con un amigo. Lo mejor del surf es el después. Sales del agua tan cansado pero, al mismo tiempo, tan relajado como cuando, tras un día de SPA, te tumbas en albornoz en una habitación semi-oscura, con música relajante de fondo y consigues, sin esfuerzo, llegar a ese punto de relajación en el que no piensas en nada (que es una de las cosas más complicadas de esta vida).

En Suances hay un lugar, un hotel más bien, El Castillo, con unas vistas preciosas a la playa de Los Locos. Siempre que hago surf en Suances, al terminar, voy a El Castillo a tomar un café y un sándwich. Es un ritual, igual que la primera cena cada vez que voy a Santander tiene que ser en Marucho. Tengo unos amigos, ya mayores, que llevan muchos años viajando juntos. Siempre que van a una ciudad investigan cuál es el hotel (tiene que ser un hotel, no les vale un bar) con la mejor coctelería y allí se van la primera tarde a tomar unos martinis. Esos martinis los comparan con los recuerdos que tienen de otros martinis bebidos en otros viajes y mientras planifican, con una copa en la mano, nuevos viajes, me confiesan que suelen caer en la melancolía al recordar que ya nunca beberán tan jóvenes pero que, sin embargo, eso no quiere decir que sean jóvenes. Porque, como decía el poema, que dejaron de ser jóvenes y entender de qué iba esto, ya se dieron cuenta hace demasiado tiempo:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes,

yo vine a llevarme la vida por delante.

Me gustan los rituales por una razón muy sencilla: los rituales los creas tú. Tus rituales, como tus amigos o tus ex, son lo que te definen. A todos ellos los has escogido tú.

En Suances, decía, en el hotel El Castillo estaba tomando un café bien caliente y mi sándwich, cuando en la mesa de al lado se sentó una madre (supongo) y su hijo. El hijo tendría entre treinta y treinta cinco años y escuchaba a su madre sin decir una sola palabra. La madre le repetía que debía ir pensando en casarse. Que tenía que salir menos. Y que a su edad ya era el momento de que formara una familia. Como argumento final, y para zanjar aquel asunto con su hijo, le dio un último consejo: “haz como el resto de la gente”. En ese momento, me acordé de la anécdota que publicó hace tiempo Manuel Jabois:

“En Pardiñas con Diego de León una anciana alta de pelo muy blanco y muy corto, peinada a lo garçon como una flapper superviviente del hundimiento del 29, se acercó a mi hijo para decir que estaba dispuesta a robarlo. Ella ya había criado a seis hijos, dijo, pero podría hacerse cargo del mío. Hablaba con ese humor feliz que se le pone a las señoras mayores cuando pasean por la calle asombrándose de todo como si tuvieran 15 años. Mi mujer declinó amablemente la invitación. Pasados los sofocos iniciales, y mientras no dejaba de jugar con el niño, la mujer dijo en un acento levemente extranjero, diluido con los años y caído en algún momento del siglo pasado:

– Tuve seis hijos, sí, y perdí a uno muy jovencito.

– Pues lo sentimos, de verdad.

Hizo un gesto de dejarlo estar, como si ya hubiese pasado mucho tiempo.

– Era una época en la que en Madrid los jóvenes bebían y se drogaban mucho, ¿sabes? Y yo siempre le metí en la cabeza a mi hijo que hiciese deporte. Murió en el Himalaya.

Sonrió muy despacio, como si temiese echar a llorar, y dijo con la voz ronca: «Nunca aconsejes nada a nadie».”

Creo que David Trueba podía haber metido los consejos, junto con los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas, en el comienzo de su libro Cuatro Amigos:

“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas (…). No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados”.

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15 pensamientos en “Los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas”

      1. Hoy viernes en la oficina tengo poco trabajo y ocupo el tiempo leyendo tu blog. Me acordé que hace 2 semanas me acerqué a los Locos a surfear y no hubo suerte, un viento gallego horrible, y como era pronto el Castillo estaba cerrado. Copiar los rituales de otras personas veo que a veces no funciona. Se acerca un finde soleado en Asturias, así que ya es hora de recuperar mis rituales de verano. Un saludo¡

  1. Gran entrada, todo un placer volver a leerle.

    A la espera quedo de la entrada de qué hacer en Madrid en los días de verano.

  2. Creo que nadie sigue consejos de nadie, así que da un poco igual darlos, que no. La gente hace al final lo que le da la gana por las razones más variopintas. Nadie es responsable de nuestros actos. Todo lo que hacemos puede tener una consecuencia no deseada o imprevista, pero eso es a lo que normalmente llamamos vida.

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