Algunos apuntes de Madrid

– Que te limpien los zapatos con cariño y esmero en Orquera (y por sólo seis euros). Creo que ha pasado a ser mi nuevo sitio favorito de Madrid.

– La planta de abajo de El Amante.

– Los blazers de Hartford que venden en L’Habilleur.

– El aperitivo en las terrazas de la Plaza del Rey.

– El bloody mary de Salsa Diablo con su receta secreta de salsa diablo.

Salsa Diablo

– Las gafas de sol que me digan en Ópticas Toscana.

– Las margaritas y el taco gobernador de La Lupita (mejor el de Villanueva que el de Conde de Xiquena. Hay más rollo).

– Los chalecos cruzados de Anglomanía para chaqués.

– El salmorejo de Taberna Laredo.

– La colección Abelló que se expuso en el Palacio de Cibeles.

– El vermú Zarro de El Cangrejero y su ventresca de bonito en conserva.

El Cangrejero

– Las colecciones de Le Coq Sportif que tienen en Isolée. En general, cualquier cosa que venden en Isolée (“belleza, moda, delicatesen, menaje, regalo…”).

– Los huevos benedict de Café Murillo.

Café Murillo

– Los gin tonics de La Ruleta.

– Las más de 5.000 películas y cientos de series que hay en Diurno para alquilar por 1,5 euros.

– El kamchatka de Luzi Bombón (y el pan de centeno con mantequilla).

– Un Sin Aliento (pisco, tamarindo, lima…) en Club Matador junto a una ventana abierta.

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– El edificio del despacho de abogados Pérez-Llorca visto desde Castellana.

– La calle Barquillo y la tarta de manzana de Pomme Sucre.

Pomme Sucre

– Nunca diré no a un vodka zumo de naranja en la terraza de El Viajero, por muy conocida que sea.

– Los boletus con vieiras y las chuletillas de cabrito de El Cisne Azul.

– La Plaza Villa de París, que sigue siendo la plaza más bonita de Madrid (a pesar de la reforma de la Audiencia Nacional y el parking que le han metido con calzador).

– Tener un viernes por la tarde libre en primavera e ir andando desde el trabajo a casa. Desde cualquier trabajo a cualquier casa.

Gin fizz en Javier de las Muelas

Algunos deportistas han logrado más fama, chicas, coches, groupies y dinero del que jamás soñaron cuando comenzaban a despuntar. Hay, además, un pequeño grupo que tiene la gran suerte de haberlo ganado todo, e incluso unos pocos afortunados pueden presumir de haber sido los mejores durante un tiempo (número uno en la ATP cuatro semanas, balón de oro un año sin favoritos, MVP de una final de la NBA…).

Sin embargo, de entre todos ellos, sólo existe un puñado en activo, unos elegidos (cuatro, cinco, no sé…cada uno tendrá los suyos), que lo han ganado todo, que han sido los mejores y que ya simplemente siguen jugando para algo más importante que otra Copa del Mundo o un Laureus: para nuestra memoria.

Por eso, merece la pena ir a Delle Alpi y ver a Pirlo tirar una última falta por encima de la barrera o a Augusta para contemplar de cerca el penúltimo eagle de Woods antes de que otra rubia le mande al psiquiatra o a la Central Court de Wimbledon a aplaudir un paralelo de Federer porque en breve caerá en esa pequeña y maldita pista conocida como la Graveyard of Champions o el “Cementerio de Elefantes” (donde antes cayeron otros: McEnroe, Connors, Agassi, Sampras…) y decidirá que ya, por fin, es momento de retirarse a su casa de Suiza, frente a un precioso y aburrido lago, e invitar a su vecino Clooney a desayunar todos los sábados.

Algún día (que está muy cerca) las leyendas de hoy ya no estarán y las nuevas que vayan ocupando los tronos vacantes no lograrán alcanzar el nivel de grandeza de los actuales. Porque igual que para nuestros abuelos o padres las leyendas murieron cuando se retiraron Mark Spitz, Cassius Clay o Pelé, lo que ahora venga siempre será peor, y es que cada uno es de su tiempo, y su tiempo (en cuanto a leyendas) siempre es el mejor.

En Madrid hay un lugar donde puedes ver desde el parking del British Open como Seve se jugó un golpe hacia los coches en el 79 para acortar distancia al hoyo, hacer un birdie y coronarse como el ganador más joven del siglo. Puede incluso que una toalla llena de sudor y sangre de Alí caiga a tu lado mientras sujetas una copa y ves cómo le golpea una y otra vez a Foreman en Kinshasa en el 74. Y si tienes suerte, y ese día el bartender está inspirado, puede que veas desde las gradas del estadio olímpico de Berlín como un chico negro de Oakville, Alabama, llamado James Cleveland “Jesse” Owens y nieto de un esclavo, ganaba cuatro medallas de oro en los Juegos del 36 con Hitler en el palco. Hasta tengo un amigo que me confesó, aunque no sé si creerle, y eso que me lo ha jurado y perjurado tantas veces como un chico puede amar y fingir que no está enamorado, que tras el segundo gin fizz una tarde de sábado de diciembre el mísmismo Coppi, Il Campionissimo más grande no sólo de Italia sino de la historia del ciclismo, le pidió que le echara algo de agua sobre el maillot en una curva de Alpe d’Huez en el 52.

Así, que de un tiempo a esta parte, cada vez que entro en el Javier de las Muelas lo hago sabiendo que va ser un encuentro muy especial, como cuando vuelves a quedar con esa chica que un día desapareció de tu vida y no dio más motivos que un “tengo miedo” y entonces te das cuenta de que era verdad que nunca se conoce a una mujer tanto como se la ama. Y si al igual que un futbolista nunca sabe cuándo una entrada le retirará, un ciclista se dejará la vida bajando el Col d’Aspin o a un boxeador le ha llegado a ese último combate en donde el cuerpo sin avisar le dice game over y ya nunca más podrá volver a subirse a un ring, yo tampoco sé si ese dry martini que sirven en una pequeña bandeja de plata o el gin fizz que suelo tomar en la barra casi todas las semanas es el último que beberé antes de que se lleven el bar a otra ciudad, lo cierren o se dé la más degradante de las derrotas en un bar, lo mantengan vivo pero bajando lo único que es innegociable: la calidad.

Hay lugares que nunca volverán y donde nunca pude estar. Ya no podré beber en Balmoral, ni comer en el Bulli (original), ni ir luego por la noche al Penta a escuchar (canciones que consiguen que te pueda amar). Por eso, cuando dentro de unos años se evoque el nombre de Javier de las Muelas como un lugar mítico y mágico donde cada copa rebosaba de bondad y sensibilidad, podré levantar la cabeza y recordar como un día invité a un gin fizz a Michael Phelps mientras le pedía consejos para mejorar la patada en el agua o presumir de aquel viernes antes de cenar en que en el cuarto de baño me encontré al Pirata Pantani o la de veces que me crucé con Loquillo en el hall del hotel y un jueves, después del trabajo, me acerqué a él, como una Marianne Faithfull cualquiera, y le dije señalándome el traje que como en su canción, yo me había buscado un trabajo con miedo a volar.

¿Quién podrá decirme que todo eso yo no lo viví si ya es parte de mi memoria?