Salvaje y sentimental

Existe un placer, intenso y profundo, que poca gente conoce y, por tanto, pocos pueden disfrutar en dejarse atrapar por un bucle de sufrimiento. Levantarse un sábado con la boca pegajosa y los vaqueros al lado de la cama. Recordar que escribiste a un par de amigos para salir a cenar porque no querías quedarte en casa un viernes por la noche. “Un poco de dignidad” pensaste. Vas hacia el cuarto de baño, pisas la camisa blanca que tiraste al entrar por la puerta y recuerdas, mientras bebes agua directamente del grifo, que después de unos chupitos de no sabes muy bien qué terminaste, sin más compañía que un vodka, en la barra de El Amante. Hasta que lo cerraste. Hay felicidad en esos momentos en los que, aceptando que te han derrotado, te vuelves solo a casa en un taxi sufriendo por alguien.

Te escribió sobre las 2:30 pero parecía que lo hacía ya por pura rutina. No estaba convencida. O al menos no es como otras que te escribían. O estás convencida o no lo estás. No hay más. No te voy a perseguir, para eso búscate otro perro.

Mientras cenas con los dos amigos que has conseguido a última hora miras de vez en cuando el móvil. Más o menos cada dos o tres minutos. Como si fueras el presidente de Goldman Sachs. Sin embargo, tú aquí ni pones las normas ni controlas nada (y sabes que ya es demasiado tarde para hacerlo). Por supuesto que tus amigos no saben nada. Nadie sabe nada. Y no lo van a saber. Ocultarlo es una forma razonable de ser alguien. Puede ser que algún día dejes caer alguna cosa. Si es un buen amigo lo captará. No necesita más. Y no te preguntará, te dejará hablar, si es que tú quieres hablar. De repente, te viene a la memoria aquel amigo de la universidad que parecía inmune a cualquier mordedura de este tipo pero que ahora cuando le ves de cena en cena ya sólo habla de amor. Lo que sufría sabiendo que unos pocos meses antes le había invitado a Nueva York y que ahora ésa misma se la estaba jugando a otro en alguna estación de esquí (mira que me avisaron… si ya se lo había hecho a otros). Su sufrimiento te parecía tan lejano como el del ciclista que ves en la televisión escalando Alpe d’Huez. No hemos llegado a eso, es cierto, pero ya, ¡por fin!, sufriendo en la barra de El Amante has conseguido darte cuenta de algo: están jugando contigo. Sabes que tenía que pasar, era pura justicia divina o como cada uno quiera llamarlo. Tantas veces estuviste en el otro lado poniendo tú las reglas que algún día te tocaría jugar en el lado que sólo sabías que existía por referencias y del que no tienes ningún manual.

Te duchas, bajas la cabeza mientras el agua te cae sobre el pelo y piensas qué hacer el sábado. No tienes ningún plan y no hay nada peor en esta vida que no tener un plan para el fin de semana. Te pones las gafas de sol y como un náufrago te dejas arrastrar hacia donde te lleve el día, sin saber tampoco si te rescatarán. Al menos, los náufragos tienen un madero al que agarrarse, piensas parado en un semáforo.

Te pones esta canción (only miss the sun when it starts to snow), o ésta otra (debería estar cansado de tus manos, de tu pelo… de tus rarezas), para llegar a la terraza de Cappuccino. Hay tanto placer en este sufrimiento con música de fondo… Y lo disfrutas, porque no sabes cuándo volverá a repetirse. Y cuando todo esto haya pasado (porque pasará) lo recordarás con la misma felicidad que sentiste cuando te levantaste por primera vez con ella y no se lo dijiste a nadie (porque nadie sabe nada, ni del principio, ni del final). Te pones al sol, con el abrigo, un café y un vaso de agua mientras ves a la gente pasar. Parecen felices. Siempre has sospechado de la gente que te dice que es feliz. Estos sólo lo parecen. Y pensando en la felicidad pides otro café y otro vaso de agua. Miras al móvil y todavía no te ha escrito. Cuña de tu madera.

Paseas por Serrano, llegas hasta no sabes dónde, y recorres el mismo camino de vuelta, entras en alguna tienda y sientes mucha debilidad, no por la resaca sino por esa desconocida sensación de estar jugando fuera de casa, con el campo embarrado y el árbitro en contra en un partido de sentimientos que tienes que salir a remontar. Te paras a tomar un vermut en Café Murillo y vuelves a echarle un ojo al móvil, debe ser la vigésima cuarta vez que te lo sacas del bolsillo desde que lo miraste deambulando hacia la ducha como un extra de The Walking Dead. Nada. Pues tú no piensas escribirla.

Del vermut inicial pasaste al tercero y a lo mejor ya es suficiente. Decides volver a casa para disfrutar de esta extraña sensación con alguien que ya haya vivido el juego al que te están obligando a jugar. Así que te agarras a Mr. Allen como el náufrago al madero. Te decides entre Manhattan o Annie Hall. Manhattan. Al acabar de verla, te das cuenta de que el hoyo es más grande y que no estás parando de cavar.

Crees que es una buena idea salir a correr para así no tener que estar mirando cada tres minutos el móvil y también, seamos aquí honestos, con la esperanza de que cuando te pares tengas algún mensaje. Tratando de llegar a El Retiro vuelves a notar que ayer bebiste demasiado. Sin embargo, salir a correr te aclara las ideas y en un momento de lucidez caes en la cuenta de que envidias a la gente que se atreve a ir a alcohólicos anónimos. Ellos también tienen problemas pero por lo menos se tienen los unos a los otros para contarse por lo que están pasando.

No hay ningún mensaje y te quieres ir ya a la cama en un sábado de sufrimiento, tristeza y puro placer en donde envidias la suerte que corrió Napoleón en Waterloo. Sólo quieres levantarte el domingo pronto y tomar tres cafés bien cargados mientras lees el periódico en silencio. Te duchas y en otro momento más de debilidad decides mandarla un mensaje antes de ir a dormir. Algo suave. Que no crea que estás ofendido o que le importas demasiado. Vaya, te contesta y está encantadora. Dice que sale a cenar y luego a tomar algo. Que si vas a salir.

Está claro que cuanto mayor es el sufrimiento, menor es el azar de que haya sido justo con ella. Tu propia medicina.

Pues sí, yo también salgo hoy. Y sí, resulta que yo también tengo una cena. Qué casualidad, le digo. Habrá que llamar a alguien. Y piensas que hay que disfrutar de estos momentos que no se dan muy a menudo. Sonríes y te vuelves a acordar de la noche anterior, en el taxi, borracho, solo, volviendo a casa, sufriendo y disfrutando.

Agradeces todo lo que te está pasando, porque te estás sintiendo muy vivo dentro de este interminable bucle.

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Y justo antes de salir por la puerta a forzar un encuentro casi casual, llegas a una conclusión: tú no estás sufriendo por amor, amigo. No. El que está aquí realmente sufriendo es tu E-G-O.