Fin de año

Sin uvas. La televisión apagada. No hay campanadas. Tampoco Puerta del Sol. Sin balance de lo bueno y lo malo. En nuestro hotel. Nada de cenar. Fuera está nevando. ¿O es verano? Qué más da. Sin turrón. Sólo vino (y champán). Vamos a la ducha. Tu pelo mojado. Te pones el albornoz. Lovers at first sight, in love forever. No llegamos a la cama. El servicio de habitaciones. Más champán. Tus hombros. Bowie. El esmoquin. Busco tu bolso. Bajamos a la fiesta. Tus miradas. Me colocas el pañuelo. Bailas. ¿Subimos? Me dices. El ascensor. Te beso. Mi pajarita. Tu perfume.

¿Qué hora es?

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Agotados. Do not disturb en la puerta y amor en la cama. Dime algo bonito, por favor: lie to meNos dormimos. Sin despertador. Abres los ojos: 2 de enero.

¿Qué es la eternidad? – Te pregunto en la cama.

Estas horas – me contestas en voz baja.

(Ever since that night, we’ve been together) 

Gin fizz en Del Diego

Moderno pero sin excesos. He leído por ahí que “con un aire neoyorquino” (quizás era eso lo que quería decir con “moderno pero sin excesos”). No muy grande y con un servicio de otra época. Las mesas están muy pegadas entre sí, lo que siempre es una gran ventaja porque mientras la lengua se te va poniendo graciosa entre trago y trago, difícil es que no hagas un nuevo amigo (todo lo amigos que pueden hacerse unos tipos que se conocen en una coctelería y se despiden en el taxi que les deja en la puerta de casa a las 8 de la mañana) o amanezcas con el número de teléfono de alguna clienta o, mejor aún, como diría Dorothy Parker al cuarto dry martini “debajo del anfitrión”.

I like to have a martini, two at the very most. After three I’m under the table, after four I’m under my host.

Si uno lo que quiere es beber solo, tranquilo, ahuyentando sus fantasmas internos y disfrutar de esos momentos de reflexión en una buena coctelería, su sitio es siempre la barra, buscando la única compañía y conversación del barman y el vaso (como nos ha enseñado Mr Draper temporada tras temporada). Para esos momentos, la barra de Del Diego es perfecta.

Pero centrémonos, el gin fizz de Del Diego es, simplemente, excelente. Tan excelente que es imposible pedir sólo uno.

A mí me gusta ir a su barra los viernes por la noche antes de una cena con amigos o con aquella chica de tu anterior trabajo con la que ya, ¡por fin!, puedes quedar. Allí, sentado, callado, solo, mientras contemplo cómo los barman preparan sus elixires, tener ese momento de tranquilidad tras toda una semana de trabajo para encontrarme conmigo mismo. Y así poder sentarme luego en la mesa con la misma seguridad con la que caminan las mujeres guapas que nunca dudan de su condición porque saben que, por muchos errores que cometan, siempre habrá un hombre dispuesto a perdonarlas.

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Mi resumen del Real Madrid-Celta de Vigo

En el descanso, tiritando, bajé las escaleras buscando el cuarto de baño. Giré a la izquierda y me la encontré viniendo de frente. Tenía la naricita roja por el frío y una cara tan blanquita  que parecía transparente. Su cutis era como el de una muñequita de porcelana. Debía de ser noruega o sueca. Quizás danesa. Era de una raza de mujeres donde con cada grado menos de termómetro están más apabullantes. Llevaba un anorak con capucha. Con esas capuchas en el que el borde está forrado de piel y sólo con verlas dan calor. No tenía pecas. Le asomaban unos mechones dorados que se fundían con la piel de la capucha. Andaba hacia mí como una de esas mujeres que no tienen miedo a nada. Ni a los lunes.  Era especial. Tenía unos ojos azules que estaban llenos de cosas. En esos ojos vi como en un little black  dress bailaba con una copa de champagne en V Estocolmo (quizás la mejor discoteca del mundo http://stureplansgruppen.se/nattliv/v/). También vi en sus ojos que iba a la biblioteca con el pelo recogido, unas gafas de pasta negras y que le gustaba morder el boli mientras sonreía al chico sentado enfrente. Estoy seguro de que tenía pecas. Era puro rock and roll. Pasó pegada a mí pero no me vio. Cuando se alejaba caí en que iba con un chico. Confirmando que (hasta en el fútbol) no hay perro bonito sin collar. Volví del cuarto de baño y me quedé esperándola en el mismo sitio hasta el minuto cinco de la segunda parte.  Pero no volvió a dejarse caer por ahí.

Regresé a mi sitio donde siguió haciendo frío y la lluvia no paró. Para entonces yo ya no recordaba quiénes jugaban ni de qué equipo era. Hay partidos de fútbol que siempre recordarás pero nunca hubiera creído que un Real Madrid-Celta de Vigo de liga en diciembre fuera uno de ellos. También hay mujeres por las que merece la pena cambiar de bebida, de vida, de patria y hasta de algo más importante: de equipo de fútbol. 

Al día siguiente en los periódicos se dijeron muchas cosas del partido pero nadie habló de la chica noruega o sueca (quizás danesa) con la capucha forrada de piel. Aún merece la pena ir al fútbol por la noche, en diciembre, con lluvia y frío aunque después de tantos años salgas del estadio siendo de otro equipo.

¿Qué busca un hombre?

Que le echen en falta. Tener algún buen amigo. Pasear solo. Invitarla a cenar. Que se acuerden de él (alguna vez). Viajar con ella. Hacerse (algo) el duro. Compartir el periódico en el desayuno. Que le digan que ese traje le sienta bien. Viajar solo. Que le regalen alguna sonrisa. Pasear con ella. Que alguien le abrace en la cama. Que (alguna vez) le inviten a cenar. Que no le mientan. Morir viejo. No enamorarse. Un buen par de zapatos. Un fin de año sin uvas. Sentirse vivo. Que le mientan. Robar algún beso. Que le regalen algún libro. Creer en algo. Regalar alguna sonrisa. No morir solo. Que le roben algún beso. Perderse en Nueva York. Que le rían las gracias. Brindar con champagne. Un buen amante. Enamorarse.

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¿Qué busca una mujer? Exactamente lo mismo que un hombre.