Zuma

Mientras escribía La Modernidad traté de recordar la primera vez que fui a un restaurante japonés. Fue en Londres, allá por el 2006 ó 2007. Había conocido en Lisboa a una chica canadiense (o de madre canadiense o… ahora creo que era francesa pero había vivido en Canadá. Bueno, no sé) que vivía en Londres. Se llamaba Isabelle. Nos intercambiamos algunos correos electrónicos y, a las pocas semanas, con la excusa de ir a visitar a un amigo me presenté en Londres con mi amigo Charlie.

Fue Isabelle la que organizó la cena. Trajo un par de amigas y dos o tres amigos, que, por supuesto, nos sobraban a Charlie y a mí. Aquella noche fue mi primera vez en Zuma (5 Raphael Street, Knightsbridge). Y, la primera vez, también, que descalzo y sobre un tatami, tomé carne de Kobe, probé sus crispy fried squid (de los que me enamoré de por vida) y descubrí dos cosas: que hay sake que se toma caliente y que la comida japonesa vuelve locas a las mujeres. Recuerdo que después de cenar fuimos a Annabel’s (44 Berkeley Square) pero nos vetaron en la puerta ya que una de las chicas llevaba vaqueros (y si hay un club estricto en Londres con la admisión ése es Annabel’s). Ya no recuerdo muy bien qué hicimos luego (quizás intentarlo en otro club). Lo siguiente que me viene a la cabeza es dejar a Charlie en el hotel y acompañar a Isabelle a su casa. Subí a su diminuto apartamento en South Kensington y, aunque, como decía, no me acuerdo de muchos más detalles de la noche, sí hay un momento que se me ha quedado grabado para siempre: esa forma en la que se quitó sus tacones azules, los limpió y los metió en una caja de zapatos de Yves Saint Laurent (es como si estuviera viendo ahora las iniciales, YSL, en la caja) con tanta delicadeza que no creo que haya tratado tan bien a un hombre como a ese par de zapatos.

La segunda vez que pisé Zuma fue, con dos amigos, cerca de la Navidad de 2011. Cenamos mucho (de nuevo esos increíbles crispy fried squid) y bebimos más. En frente tenía una pareja que bebió incluso más que nosotros y no paraban de ir al cuarto de baño. Ella era guapa y sexy. Llevaba ligueros, tacones de vértigo y actitud. Pagó ella la cuenta y mis amigos y yo nos preguntamos si esa mujer era de verdad. Parecía sacada de una novela de Loriga: el ruido de todas las ciudades del mundo no pueden tapar el sonido de mis tacones. Cuando abandonaba el restaurante, al pasar por mi lado, le dije un ciao o, puede que, un see you. Ella se paró y estuvimos hablando de pie entre las mesas del comedor. Nos besamos. Resulta que su acompañante era un amigo gay al que había invitado a cenar. Me dio su teléfono, que aún conservo en mi agenda porque hay cosas inútiles de las que nos cuesta deshacernos, Tonya London (+44 7788…). Al poco de besarme noté como mis labios perdían sensibilidad y se quedaban, digamos que, anestesiados. Entendí entonces por qué Tonya iba tanto al cuarto de baño.

Estos recuerdos los tenía aparcados, casi olvidados y recordándolos me he sentido feliz. Fui muy feliz en aquellas dos cenas y no lo sabía. O, a lo mejor, no me había parado nunca a pensarlo. La gente cambia, los amigos cambian, tú cambias y esas cenas y esos momentos probablemente ya no volverán. Quizás la felicidad sea recordar esos momentos felices en los que no sabíamos que lo éramos.

¿Y si ahora estoy viendo momentos tan felices como aquéllos y no me estoy dando cuenta?

11 pensamientos en “Zuma”

  1. Muy bueno.

    Tienes buen gusto, y dinero que no siempre van de la mano.

    La próxima vez que vea a alguien con un Panamá me acordaré seguro de este blog.

    Un saludo,

    MR

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