Mi calle favorita de Madrid

Despertarse un sábado de primavera (como a mediados de mayo), lentamente acercarse a la ventana de la terraza, levantar la persiana e inmóvil, contemplando cómo ha amanecido la ciudad, tratar de capturar durante unos segundos un momento de felicidad tras una dura semana de trabajo. Caminas hacia la ducha, tu jabón, tu acondicionador, tu rutina – recordando el comienzo de American Psycho – mientras  suena de fondo desde Calamaro a Elvis Presley. En albornoz te preparas un café y un zumo de naranja (o dos si has dormido con compañía). Abres la puerta y recoges el periódico que han dejado sobre el felpudo a primera hora. Sales a la terraza donde sólo cabe una pequeña mesa con dos sillas. Sentado y contemplando la plaza le das un sorbo al primer café de la mañana. Comienzas, sin ninguna prisa,  a leer minuciosamente el periódico, alzando la cabeza cada seis o siete páginas para recrearte en las vistas que tienes a esa escondida plaza que se llama Villa de París.

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Pocos días pueden amanecer mejor.

Si pudiera elegir una calle para vivir en Madrid no tendría ninguna duda, mi calle favorita es General Castaños. Pero no toda la calle General Castaños, mi calle favorita es un pequeño trozo de esa calle. Exactamente, el trecho  que va desde el número 3 hasta el número 11, esquina con Orellana. En mi calle hay sólamente cinco portales, cinco casas de no más de cuatro alturas que, sin edificios de por medio, contemplan las dos estatuas que hay erigidas a Fernando VI y Bárbara de Braganza en cada extremo de la plaza y que, al mismo tiempo, miran de tú a tú al Palacio de las Salesas (sede del Tribunal Supremo). Una plaza tranquila, donde casi no circulan coches, sin ruidos pero concurrida por niños con balones, jugadores escondidos de petanca, dueños de perros… y rodeada de árboles y calles apacibles, como Orellana y Marqués de la Ensenada.

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Pero contemos toda la verdad. Si General Castaños es mi favorita es porque hay algo que le favorece sobre los demás: su fabulosa situación. Es un un punto de encuentro entre el barrio de Justicia, el de Chueca, Alonso Martínez y la Plaza de Colón. Yo no podría vivir en las afueras de una ciudad, sería una tortura. Requiero de ruido, gente, olores de civilización, pasos de cebra, calles estrechas y terrazas, más o menos, concurridas. Y ya no es que requiera, es que necesito andar unos pocos metros y poder parar a tomarme un vermú, en especial un Casa Mariol, acompañado de unos boquerones en vinagre, como en Sifón (Plaza del Rey). O hacer una pausa breve y tomar un café – servido en una fina vajilla de porcelana – junto con un pastelito de manzana, evocándome una infancia feliz de la mano de mi madre, como en Pomme Sucre (calle Barquillo, 49). O almorzar de pie una copa de champán y un bocadillo con un pan tan suave como cuando escuchas a una parisina decir oui en Bocadillo de Jamón y Champán (calle Fernando VI, 21). O quedar con un amigo y tomar un pisco sour en Le Cabrera (calle Bárbara de Braganza, 2) simplemente por el placer de poder compararlo con el que tomemos en Lima antes de tratar de ascender al Machu Picchu.

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Bocadillo de Jamón y Champagne (recomiendo el de la foto: mortadela trufada, rúcula, parmesano, membrillo y salsa dijonnaise)

Por desgracia, parece que no soy el único que tiene a General Castaños como una de sus calles favoritas. Casi no existen pisos destinados a viviendas: diseñadores de moda, abogados, estudios de arquitectura y empresas de publicidad los ocupan en su mayoría. Así que no me queda más que la resignación de pasear por la plaza algún viernes  por la tarde y sentarme en un banco a leer, rodeado de niños, balones y perros, y desde allí mirar a los ojos a Gayo y Justiniano, que bien erguidos y elevados en la fachada del Tribunal Supremo vigilan por mí la plaza, hasta que finalmente un sábado a primera hora pueda saludarlos  a su misma altura, en albornoz y alzando la primera taza de café del día.

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Pomme Sucre (sólo seis mesas)

4 pensamientos en “Mi calle favorita de Madrid”

  1. Yo viví en el número 9 de la calle cuando era pequeña. El edificio lo construyó mi tatarabuelo y ha estado en manos de mi familia hasta mediados de los 80 más o menos.
    Aún me acuerdo perfectamente de la casa en la que viví mis primeros 9 años y de la Plaza de Paris llena de niños a todas horas. Y de estar esperando con las katiuskas y el impermeable puestos al instante en que dejara de llover para bajar a la plaza a jugar, daba igual que hiciera frío y todo estuviera encharcado. Y lo curioso es que siempre había otros niños que aparecían al mismo tiempo como si hubieran estado esperando también y era maravillosa la sensación de tener la plaza para un puñaíto solo y saltar en los charcos y hacer pasteles de barro.
    También ví construir la Torre de Colón y siempre he odiado ese edificio que quitó las vistas de la Biblioteca Nacional. Y me muero de nostalgia pensando en la pastelería Niza, en Orellana esquina a Argensola, un primor barroco lleno de molduritas doradas y vitrinas llenas de bomboneras, pastilleros, cajas de cristal llenas de bombones de licor y un olor absolutamente inconfundible que hoy solo puedo encontrar en la Pastelería La Mallorquina de Sol.
    La ciudad que conocí se está transformando a toda velocidad aunque de vez en cuando te llegan ráfagas y sensaciones de otros tiempos..:-)

    1. Muchas gracias Azalai por tu comentario. Mcha suerte tuviste de poder disfrutar de esa plaza de pequeña. Ahora con la nueva Audiencia Nacional ha perdido parte del encanto pero sigue siendo mi favorita de Madrid. Además, las calles de alrededor han mejorado mucho con tiendas y restaurantes que le están dando mucha vida a la zona. Yo vivo cerca y estoy encantado.

      Un beso

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