Cuatro cosas que hacer y una que no hacer

Estos son los consejos que le dió a Tobias Meyer (antiguo jefe mundial de arte contemporánea de la casa de subastas  Sotheby’s) su padre cuando era un crío:

– Acaba el colegio.

– Práctica un deporte con el que puedas relacionarte con la gente.

– Además del alemán, aprende un idioma global.

– Convierte tu hobby en tu profesión.

+ No tengas mucho contacto con la religión, separa a la gente.

Entrevista en el especial de la revista Esquire “TheBig Black Book spring – summer 2013” versión inglesa.

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“Hice todo lo que me dijo mi padre ¿Qué deporte social practico? Tenis”

Pimm’s rocks

Si para José Luis Garci, en su memorable libro Beber de Cine,   el negroni es un cóctel que te sugiere “Roma, digamos una trattoria de Piazza Navona”, una jarra de Pimm’s en tus manos tiene que evocarte la primavera tardía de Londres. Debe llevarte a visionar un friendly match de cricket en Regent’s Park una tarde soleada de junio. Tienes que poder imaginar la verdísima hierba de la pista central del club de tenis de Queen’s mientras viertes el licor aginebrado en tu vaso. Su olor es inconfundible, es el aroma de  un mantel extendido sobre la hierba de Ascot coronado por  una cesta de picnic de Fortnum & Mason. En definitiva, unas gotas de Pimm’s sobre tu garganta son el parlamentarismo, Shakespeare escribiendo Romeo y Julieta, la Revolución Industrial, el Desembarco de Normandía,  son los hoyuelos de Pippla Middleton sonriendo en Wimbledon… Pimm’s es todo lo bueno que la vieja Albión nos ha dado.

Una bebida también son recuerdos de lugares. Por eso, Pimm’s me trae a la memoria tardes de sábado en la terraza del Anglesea Arms (15 Selwood Terrace, South Kensington) entre banqueros de la City suspirando por retirarse al sol de Marbella.

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Pipa Middleton y sus hoyuelos bebiendo Pimm’s. Wimbledon 2013.

Hay varios números de Pimm’s, desde el 1 hasta el 7, dependiendo  de la base sobre la que estén destilados. El número 1, derivado de la ginebra es el clásico, el original y el auténtico. La forma de adecuada de tomar Pimm’s (aunque la libertad es el bien más preciado del hombre)  es en un vaso de plástico, con mucho hielo en cubitos, sin pajita y con alguna rodaja de pepino, naranja o fresa. Su momento para tomarlo es mientras luzca el sol, igual que nuestra sangría o tinto de verano.

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Vaso de Pimm’s en el torneo de tenis de Queen’s.

Porque quien prueba una buena jarra de Pimm’s no sólo es incapaz de tomar un sólo vaso, como le pasa a los buenos cócteles, sino que cuando el calor aprieta – y da igual en el hemisferio que te encuentres – tu cuerpo irremediablemente solicitará hidratarse con este jugo, que más que en vasos se bebe de jarra en jarra. Y sino que se lo digan a David Gistau en su última visita a una plaza de toros, como cuenta en el ABC de 16 de mayo de 2014 “Hacía años que no iba a la plaza de toros de Madrid. O a cualquier otra. Es un mundo de calores al que no ha llegado el Pimm’s, inexplicablemente. En cuanto pasemos de los treinta grados, me negaré a ir a cualquier evento en el que no sirvan Pimm’s”.  Y es que donde hay Pimm’s, hay civilización, le faltó añadir a Gistau.

En Madrid hay un café con terraza donde sirven una más que aceptable copa de Pimm’s. Es cierto, que no lo traen en vaso de plástico  y, error (perdonable), tienden a ponerte pajita. Sin embargo, entre las hermosas vistas al Retiro y la Puerta de Alcalá, el sol de Madrid sobre mi cabeza y los jugos  alcohólicos con toque afrutrado  recorriendo mi cuerpo, puedo jurar que ha habido veces que he cerrado los ojos y me he imaginado estar en la terraza de The Botanist, en Sloane Square, con mi amigo Vincent que le decía al camarero “A bottle of Pimm’s for the ladies of that table. We got it”

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Cappuccino Grand Café (Plaza de la Independencia, 5B)

Blue Stoli Martini

Arruinada, sin marido, sin hijo, sin amigos y sin Hamptons. El mundo de Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen, 2013) se había derrumbado completamente. Sin embargo, ella siguió siendo fiel a dos de sus caprichos (o no tan caprichos) de su antigua vida,  su Birkin de Hermés y el Stoli martini.

El Stoli martini es una variante muy simple del dry martini. En vez de verter ginebra en la copa, debidamente perfumada con vermú, se sustituye por vodka. Pero no por cualquier vodka, debe ser Stolichnaya. De ahí, ¡tachán!: Stoli Martini.

“What the hell are you drinking? Let me see. What is this? Is it vodka?” Le pregunta un buscavidas.

 “Martini”.

Me gusta Jasmine, me gusta mucho, porque como diría Loriga  es una de esas “mujeres pertenecientes no a una clase superior, sino a un mundo distinto”.

De la película hay que sacar dos conclusiones.  La primera es que si te vas a comprar todo el juego de maletas de viaje de Louis Vuitton, nunca le pongas tus iniciales, porque si tu marido es un estafador no te van a dar mucho por ellas cuando tengas que venderlas para saldar deudas. La segunda es que nunca hay que preguntar a una mujer por su edad.  No porque sea una falta de educación, sino porque realmente debería darte igual.

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Cate Blanchett (1969 ¿y?). Festival de Cannes 2014.

 

 

Y así pasan los días…y yo…desesperando

Hoy hace dos semanas subía y bajaba cuestas por la moderna -a su manera- Lisboa con la bufanda de mi equipo anudada al cuello. Un buen resumen del viaje podría ser: un córner desde la derecha, un cabezazo al otro palo y dos amigos abrazados rodando por las escaleras de un estadio de fútbol.

Pero hubo algo más. Hubo una tarde de viernes y gafas de sol. De pantalones blancos y zapatos sin calcetín. Fue en una terraza escalonada encima del Tajo.  Mientras daba sorbos a varios vodkas con zumo de naranja le hablaba a mi amigo rodante, sumergido en un mundo de caipiriñas (del que sospecho no quería escapar), sobre un libro que nunca vamos a escribir.

La terraza se llamaba Noobai (Rua de Santa Catarina), y durante las casi cuatro horas que estuvimos decidiendo el mediocentro que tenía que jugar o el ilustrador que necesitábamos para nuestro libro (imaginario) sonaron muchas canciones de fondo. Aunque yo ya sólo recuerde una: Quizás, Quizás, Quizás de Pink Martini (y así pasan los dias, y yo…desesperando…)

Ahora, cada vez que escucho la canción quiero volver a Lisboa. Y no para perseguir una Copa de Europa más.

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El centro del Universo

“Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes” así comienza Enric González su libro Historias de Nueva York.

Este genial comienzo me recordó una escena de Mad Men. Tras haber estado Roger y Don en una fiesta hippie californiana típica de finales de los sesenta (piscina,  alcohol, mujeres, drogas…), Roger le dice a Don en el avión de vuelta a Nueva York:   “Know what I learned? New York is the center of the universe”.

Posiblemente Nueva York sea el centro de este universo. Sin embargo, para mí, en primavera y verano el centro del universo es una terraza en la Plaza del Rey que se llama Sifón. Allí, con mi vermú casero,  siento que juego en casa. Como Enric o Roger en Nueva York.

 

Terraza