Amos del piano bar

Hace un par de viernes fui a comer con dos amigas y un amigo. Mi amigo nos contó que estaba destrozado porque la noche anterior había ido a cenar con sus amigos del colegio (todos hombres) y se había acostado tarde en un estado calamitoso. Sus cenas de amigos me recuerdan a esa típica escena de película en el que un preso, tras 40 años recluido, abandona la cárcel, pisa suelo libre, la cámara le enfoca en primer plano, cierra los ojos, respira profundamente el aire de libertad – mientras de fondo la puerta de la cárcel se va cerrando poco a poco – y el guarda le grita “buena suerte, te lo mereces”. Hay un instante en el que el preso y mi amigo son la misma persona, es justo ese momento en el que el preso pisa la calle y mi amigo entra en el restaurante. Hay que añadir que mi amigo está casado y vive en un régimen de semi libertad similar al de los animales que viven en el zoo; lo que, supongo, es una de las virtudes del matrimonio. Pero él es feliz, así que yo soy feliz por mi amigo.

Yo el jueves por la noche había cenado solo. Les conté a mis amigos que estuve en una terraza de la Plaza del Rey mientras leía el libro de Javier Aznar y que luego me había ido a tomar un sándwich con un gintonic (al final, fueron dos) a Club Matador. Allí el gintonic te lo ponen en un vaso de la marca Riedel que cuando siente el calor de la ginebra y el frío de la tónica estalla en una combinación tan perfecta como la de John Ford, John Wayne y Monument Valley. Creo que si habéis visto la Legión Invencible (por cierto, y hablando de todo, qué maravilla de canción es She wore a yellow ribbon) o Centauros del Desierto entendéis lo que estoy diciendo. De verdad, los tragos en Riedel saben a otra cosa, a algo muy puro ¿qué queda puro? La amistad. La de verdad.

Una de mis amigas me miró como quien se levanta por la noche de la cama y ve a Alf comiéndose un gato en medio del salón “¿cómo que has cenado solo? No puedes cenar solo. Ayyy habérmelo dicho y hubiera cenado contigo.” Le contesté que para la próxima. No me apetecía explicarle que, precisamente, lo que quería era cenar solo en una pequeña terraza en la plaza del Rey con dos vermús (o tres). Igual que quería venir a Roma solo y pasear con mi panamá y mis gafas de sol para sentir la sensación de eternidad que te da la vía sacra con el monte Palatino a un lado y el Coliseo al otro. Quería descansar bajo un árbol viendo las ruinas de las Termas de Caracalla. Ir a la terraza del hotel de Russie (qué terraza tan bonita y con tan buen gusto) y salir de allí con dos spritz, un daiquiri y un aperitivo típico italiano para chocarme con la Fontana Di Trevi de madrugada y ver a todas esas parejas de enamorados que me pedían una foto ¿cuánto les quedará? ¿O de verdad es el amor de su vida? Qué más da. ¿Y sabéis lo que pasa en una ciudad como Roma en una terraza cómo la del de Russie? pues que conoces a gente en paz consigo misma, como Patric un señor de Nueva York, que me dijo que tenía 80 años y que visitó Madrid en 1965 para ver el Museo del Prado. Me dio su tarjeta y me pidió que le mandara un mail. En cuanto acabe de escribir esto le pongo uno. Quería pasear sin seguir ninguna prisa y entrar en alguna iglesia vacía, de la que no salen en las guías de viaje, y allí en silencio y recogido ver sus pinturas, imaginando que el mito, la ficción o lo que llamamos Dios conversaba con Yuval Noah Harari sobre su libro Sapien de animales a Dioses. Y yo, ahí en medio, escuchaba los argumentos de los dos sobre la evolución humana. Además, tenía apuntado también pasarme por el Jerry Thomas Speakeasy (que está en el número 33 de las mejores coctelerías del mundo) y coger ideas para la coctelería que estoy tratando de abrir en Madrid con unos amigos y un gran barman. Ah, ¿que no es he contado eso? Bueno, otro día, y despacio… con una copa.

Y, por supuesto, por tomarme un negroni en Piazza Navona y seguir las instrucciones de José Luis Garci “antes de tomar el primer sorbo, es necesario levantar la copa al sol, para que sus rayos quemen esa granada líquida que se mueve entre el hielo, un mar rojo de icebergs y música de Nino Rota”. Quería homenajear a Garci y su libro Beber de Cine y, sobre todo, a mi amigo Luis, del que hace tiempo no sé nada, y que fue el primero que me dijo que consiguiera esta joya imperecedera como el oro, la democracia, las camisas blancas o los hombros al aire de las mujeres, llamada Beber de Cine y cuya primera página sobre el negroni casi se sabe de memoria: “El negroni es un cóctel de exterior terraza y mañana alta. Una terraza de ciudad – los combinados, por encima de todo, son de asfalto -, la terraza de un café o de un pequeño restaurante. La época ideal para tomar el negroni es hacia final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona”.

Tras cenar en una osteria cercana a Campo dei Fiori, vuelvo a mi hotel paseando junto al Tíber, lo que las italianas llaman la passeggiata y que no es más que un paseo después de cenar para que el metabolismo se les agite – igual que si lo metiéramos en una coctelera del Jerry Thomas para prepararme un daiquiri, que estaba de notable alto (el sobresaliente, de momento, sólo se lo pongo a Club Matador) – y les impide engordar. Éste parece que es el secreto de la Belluci o la Bruni, sí, la Bruni, porque Carla, es italiana y muy italiana. Llego al hotel y me siento en el bar a descansar un momento, un pianista está tocando What a wonderful world y me acuerdo de un artículo de Gistau que empezaba diciendo que según Manuel Vincent envejecer es que te conozcan por tu nombre los pianistas de los hoteles a los que vas. A mí no me conoce nadie en este hotel, pero sí siento que estoy envejeciendo.

Roma se parece a mí mucho más que otras ciudades, abierta, bulliciosa, caótica los fines de semana, pero se asemeja aún mucho más a aquella chica que me gustó y que ahora imagino que estará con otro: presumida, orgullosa, bonita, que digo bonita, preciosa, caprichosa y tan delicada que sólo está hecha para el disfrute de muy pocos, unos elegidos, aunque miles de turistas (selfies, palos de selfies, pantalones cortos y chanclas con calcetines) paseen por ella creyéndose que les pertenece, pero por encima de todo es eterna… como lo es mi amor por ella (¿hablo de Roma o de la chica? Creo que ya no lo sé. Otro negroni, camarero. Prego).

A Roma hay que venir, como hay que ir a París o a Londres o a Lisboa, pero a Lisboa mejor si estás enamorado y quieres sentir qué es el amor sincero cuando ella se agarra a ti en cada cuesta. Los que habéis estado en Lisboa no me dejaréis por mentiroso.

Nunca he dejado de hacer cosas solo porque no tuviera a nadie con quién hacerlas, ¿por qué? Porque yo, como decía Pascal, soy de los que puedo estar a solas en una habitación:

“Toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa: su incapacidad para permanecer tranquilamente a solas en una habitación”.

Escribo desde el avión mientras suena Amos del piano bar (Y no volverán, a salir por esa puerta los amos del piano bar, se lamentan. Y en el avión, ya no queda nada de alcohol, nos estrellamos…). Me acuerdo del artículo de Gistau y el piano del hotel. Los que cantan son ya más jóvenes que yo. Está claro que estoy envejeciendo. Voy a seguir leyendo un rato más.

P.D.: espero que mi amiga sea feliz y Pascal esté equivocado.

¿El azar planificado?

Hace un par de noches vi este documental de National Geographic sobre el nacimiento de la Tierra y la vida. Es un documental excepcional que me ha enseñado varias cosas, por ejemplo: que la Tierra nació hace aproximadamente 4.500 millones de años. Que se cree que durante el proceso de formación la Tierra otro planeta llamado Tea chocó contra el nuestro y así se creó nuestra luna. Que el agua llegó a la Tierra a través de millones de meteoritos que estuvieron cayendo durante millones de años sobre el planeta, así que el agua no tiene un origen terrestre. Que los días no siempre han durado 24 horas o que la especie que más ha dominado la Tierra no ha sido la humana, sino los dinosaurios que vivieron unos 170 millones de años antes de extinguirse. Nosotros (si nos podemos empezar a llamar nosotros a un simio que vivió sobre un árbol y no podía ponerse de pie) debemos llevar unos cuatro millones de años. También que el hombre, como el resto de los animales, podría descender de un pez llamado picaya. Y que hay una teoría que dice que la vida pudo no nacer en la Tierra sino que llegó a ella a través de algún meteorito, lo que convertiría nuestros orígenes en extraterrestres. Hablar de miles de millones de años hace que pierda toda perspectiva.

A la mañana siguiente, mientras andaba camino del trabajo, iba pensando en lo insignificante que es la vida de cada uno con los que me cruzaba pero también qué insignificante es la mía. ¿Qué significa una vida, la de cualquier especie, en un periodo de 4.500 millones años? ¿Qué valor tiene mi vida frente al universo? Por muchos años que pueda vivir no significaré nada en la historia del universo y, a la vez, con qué intensidad pueda llegar a sentir amor, odio, felicidad, tristeza o pasión. Mi vida no significará nada y, sin embargo, todo en mi vida gira en torno a mí, como la del resto de gente que iba viendo por la calle gira en torno a ellas. Qué insignificantes son ellos para mí igual que yo lo soy para el universo.

¿Qué he elegido yo en mi vida? No lo sé. No elegí a mis padres, ni a mis hermanos, no elegí mi familia, no elegí dónde nací, tampoco la fecha de mi nacimiento y no elegiré el día que me muera. ¿Qué puede depender de mí? Vivimos sabiendo que vamos a morir y ésa es una losa que nos acompaña desde que nacemos. Hace unos años un amigo me dijo que ya nunca beberíamos tan jóvenes como esa noche, y ese pensamiento me creó una profunda angustia. Soy joven pero siento la angustia del paso del tiempo.

Voy andando por la calle y veo los autobuses, las paradas de metro, los edificios y pienso en lo mucho que el hombre ha evolucionado en los últimos 70.000 años, que es cuando se cree que el homo sapiens abandonó África. Hemos pasado de descender de un pez que un día salió del agua, a erguirnos y caminar, de escondernos en cuevas a construir catedrales, de aprender a cazar a explorar el espacio interestelar gracias a la Voyager 1 y también a crear esta maravilla que suena sin parar mientras escribo ¿pero esta evolución ha sido rápido o lenta? ¿Son muchos o pocos 70.000 años de evolución? No lo podemos saber porque no sabemos cuántos años, miles de años o millones de años seguiremos sobre la Tierra para comparar nuestro proceso evolutivo.

Se cree que dentro de 5.000 millones de años la Tierra desaparecerá. Otra galaxia chocará contra la nuestra y se creará un agujero negro que arrastrará al Sol y a la Tierra, lo que será nuestro fin. Pero es probable que el ser humano haya desaparecido antes por la caída de un meteorito ¿Y una vez desaparecidos, significará que nuestro paso por la Tierra fue puro azar o, por el contrario, el hecho de poder tener estos pensamientos supone ya de por sí que somos fruto de un plan?

Jamás lo sabré.

Entro en mi despacho, me pongo un café, leo los periódicos y comienza un nuevo día.

El club de las horas contadas

Estos días de Navidad he vuelto a ver El Ladrón de Bicicletas. Hacía muchísimo tiempo que no la veía. Estamos en Roma, hacia 1947, en medio de una posguerra durísima. A un padre, el primer día de trabajo después de pasarse meses buscando uno, le roban la bicicleta que necesita para trabajar o será despedido, así que al día siguiente coge a su hijo, que tendrá cuatro o cinco años, y juntos se dedican a buscar al ladrón durante toda la mañana.

La frustración del padre por los fracasos en la búsqueda hace que lo pague con el hijo y acaben enfadados entre ellos, por lo que durante un breve momento se separan; breve, pero lo justo para que el padre tema que su hijo haya podido morir ahogado en el Tíber. Sin embargo, no es Bruno el desafortunado y cuando aliviado el padre lo descubre, le comienza a tratar con más dulzura (“estás sudando, Bruno. Anda, venga, ponte la americana” le dice cuando le encuentra) y se lo lleva a comer a un restaurante donde la posguerra ya no existe.

En el restaurante, el chaval juega con su mozzarella en carrozza como si fuera chicle mientras no deja de mirar a la mesa de al lado, donde un crío de su edad, bien vestido y regordete, que come a dos carrillos, está sentado con una familia que no para de pedir más comida y champagne. El padre observa a su hijo y le dice inocentemente que para comer como los de esa mesa habría que ganar “por lo menos, un millón al mes”. El niño, que no ha dicho una sola palabra desde que entraron en el restaurante, suelta automáticamente la mozzarella de las manos, como si en ese queso estuviesen todos los fracasos de la familia y la culpabilidad que siente el padre por ser pobres, y es que Bruno será pequeño pero sabe perfectamente que su padre le ha llevado a un restaurante que su familia no se puede permitir. El padre, que ha sido humillado durante toda la mañana delante de su hijo, le mira con ternura y le dice que no se preocupe, que siga comiendo, que “todo tiene solución menos la muerte”.

Esta escena está llena de la mayor ternura y el amor más sincero que pueden existir.

En muchas ocasiones, ya no hay amor ni queda nada de la amistad pero muchos prefieren seguir fingiendo, creo que por el pánico que les produce la soledad (“tengo miedo a los domingos por la tarde solo” me dijo hace poco un conocido). Yo, mientras, prefiero seguir siendo socio del club de las horas contadas, donde hace años que el tiempo se acaba, para que cuando alguien reciba mi amor o mi amistad sepan que es totalmente sincera, como el amor del desdichado padre a Bruno.

Feliz Navidad

Viví unas pocas semanas

Escribo rápido, en el bloc de notas del IPhone, desde un barco en la bahía de Estocolmo mientras mis amigos duermen la siesta antes de ir a cenar. Me acompaña aquí en cubierta la única bebida que he podido conseguir: una cerveza sueca llamada Gotlands noséqué – he de confesar que yo no soy muy de cervezas, siempre he sido para abrir el apetito antes de una cena más de vino, vermú, bloodymary y últimamente también amontillado, pero cuando estoy fuera de casa lo que prefiero es un dry martini, así que en cuanto acabe la cerveza voy corriendo al Gran Hotel a ver si su dry martini está a la altura de las vistas que tiene de la ciudad (el hotel es un precioso edificio, con el tejado de pizarra verde, que me recuerda a los edificios de París) – . Tengo los cascos puestos y ahora mismo está sonando Quique González. Bebimos en los bares hasta ver el sol, quemamos el motor, volvieron a crujir las vías de trenes. Es viernes, exactamente las 20:01, y estoy recordando, mientras contemplo las maravillosas vistas que tengo delante, la última vez que vine a Estocolmo con dos buenos amigos hará ya unos seis o siete años.

Resulta que la noche antes de venir a la ciudad de Ingmar Bergman – ohhhh ese comienzo del Séptimo Sello ¿lo habéis visto? cuando el náufrago echa una partida de ajedrez con La Muerte. “Espera un momento” le dice el náufrago, “es lo que todos decís… pero yo no concedo prórrogas” le contesta La Muerte. Acabo de ver en Google que Mr Bergman no nació en Estocolmo pero seguro que estuvo por aquí muchas veces, por donde estoy yo ahora, contemplando este precioso paisaje rodeado de canales mientras los barcos van de una isla a otra – , la ciudad también de Ingrid Bergman, sí, ella, Ilsa, la mujer que abandonó a Rick en París (¿cuántas mujeres amabais de verdad y os han abandonado? A mí, por lo menos una… y la sigo recordando) y por la que Rick se echa a llorar a solas, con su botella de whisky, justo en cuanto ella da el portazo y abandona su bar (o más bien, café americain) después de haberle pedido ayuda para su marido, sí, ella, Ilsa, la misma mujer que le dice a Rick en París (recordad que ese día ella iba de azul y los alemanes de gris) horas antes de entrar los invasores “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, y estoy seguro que también ¿por qué no? que de aquí, de esta misma ciudad, a dos cuadras (como dirían mis amigos mexicanos) era la primera mujer que se puso un bikini en las playas de España – siempre he oído que era sueca y fue en Santander – ¿entendéis ahora chicas el porqué de nuestra fascinación con las mujeres de este país?

Sigo, no me enrollo más que me duelen los dedos de sujetar el teléfono (menos mal que me traje un chaqueta de entretiempo, empieza a refrescar), decía que la noche antes de venir volví a ver El Hombre que Mató a Liberty Valance (That’s my steak Valance) y me dio por preguntarme en la cama (casi no dormí, había que levantarse pronto, ir al aeropuerto con tiempo, desayunar con dos cafés y un periódico…seguro que me entendéis) qué se necesita para hacer un western. Suena El Sitio de mi Recreo. De sol, espiga y deseo, son sus manos en mi pelo, de nieve, huracán y abismos. Creo, pensaba en la cama, que para un western se necesitan caballos, un pueblo en el oeste, un bar, un sheriff, ¿indios? Pues en algunas sí y en otras no ¿qué más? Alguien fuera de la ley, un tipo honrado y puede que algún duelo. Y ahora que estoy aquí relajado, como recién salido de un spa, en la cubierta de un bonito velero y ya sin mi cerveza (en cuanto acabe de escribir esto voy a por mi martini) he recordado la película que me monté en mi cabeza sobre qué se necesita para hacer un western y, como tantas otras veces, he acabado preguntándome qué se necesita para ser feliz. Pues hoy, viernes 18 de agosto, en Estocolmo creo que, por fin, lo tengo claro: haber sido infeliz. Solamente si has sido infeliz puedes ser feliz ¿Puede ser alguien feliz perpetuamente? No, por supuesto que no, y además, si pudiera nunca sabría que es realmente la felicidad porque nunca ha conocido la infelicidad para poder comparar. Por eso, la felicidad son momentos (cortos o pequeños) que generalmente duran horas, quizás un día, aunque puede, hay que tener mucha suerte, que semanas (no muchas). Sin embargo, ser feliz durante semanas únicamente se da en un caso: si estás enamorado y, además, eres correspondido (“viví unas pocas semanas, las que me amó” le dijo no recuerdo quién a no recuerdo quién en una película que no recuerdo. Ayyy mi memoria).

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(Suena Cadillac Solitario mientras acabo de escribir esta tontería. Pero ya hace tiempo que me has dejado, y probablemente me habrás olvidado. Me voy a por mi martini al Gran Hotel y luego cena en Nosh and Chow)

En mi novela

En la novela que estoy escribiendo, el protagonista, como los detectives de una película de cine negro, no busca, encuentra… pero se siente terriblemente solo.

Al protagonista de mi novela las mujeres le rompen el corazón, al menos, una vez cada cinco años y un amigo le traiciona cada año. Creo que para el final del libro ya no tendrá amigos. Él, sin embargo, cargará hasta el último capítulo con la culpa de haber traicionado a un amigo.

A mitad del libro se enamorará de una chica dulce, guapa, delicada y más joven que él, pero aún no he decidido si será la mujer de su vida o acabará abandonándole por lo mucho que al protagonista le cuesta decir “te quiero”.

Mi protagonista ha bebido, ha ligado, ha derrochado y ha salido más que aquellos tipos de Madison Avenue en el Nueva York de los sesenta. Además, nada le sorprenderá, porque como a Rick en Casablanca, lo más impresionante que os haya pasado, a él le habrá sucedido la noche anterior.

Pero se encuentra terriblemente solo.

Cuando describa al protagonista diré que es un sentimental. Sin embargo, los restantes personajes de la novela no se darán cuenta.

Las mujeres que le gustan (y que saben que no le convienen pero, vaya, por eso le gustan) son guapas, ambiciosas, frías, calculadoras, caprichosas, chantajistas profesionales de los sentimientos y, por supuesto, no lloran y menos aún por un hombre. Además, los malos vestirán trajes baratos, llevarán zapatos sucios y venderán a sus amigos por un par de besos con una chica aburrida con la que puedan fingir llevar una vida feliz en una casa decorada por ella, con un 4×4 elegido por él, varios críos disfrazados iguales y barbacoa con los vecinos los sábados en el jardín.

Vivirá solo en un pequeño apartamento en el centro de una gran ciudad que recorrerá las noches de invierno, a la salida del trabajo, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo gris cruzado.

No tendrá novia pero recordará a diario a aquella flaca de cintura estrecha, ojos verdes (o marrones, ya lo olvidé), de melena larga y ondulada, espalda interminable y suave, a la que le gustaba abrazarse a él en la cama para sentirse protegida pero que un día, de repente y sin previo aviso, desapareció. ¿Por qué sigo pensando en ella todos los días? se preguntará a menudo; pues, chico, porque, como le dijo un amigo, los amores eternos sólo pueden ser aquellos que no son correspondidos.

Mi protagonista nunca llorará, excepto en el cine y en la cama y como Nicolás Cage en Leaving Las Vegas no hará planes más allá de una cena.

Además, en mi novela, el protagonista irá a beber solo a bares de hoteles con pianista para huir de la gente normal y sólo dará conversación al barman – que será negro y se apellidará Martínez – al que le contará sus secretos, igual que hace un pecador con su confesor.

A mitad del libro, en una de esas barras de hoteles, se encontrará con una rubia, extranjera, de pelo corto, que será una agente doble a sueldo de Rusia o, peor, una rica casada y aburrida con mucho tiempo que perder. Rubias sensuales (con todos) y sexuales (con casi nadie) que te llaman darling cada siete palabras y sólo beben champagne (“un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”). Esa clase de mujeres (¿valdrán morenas o tienen que ser rubias?) tan seguras de si mismas que no le tienen miedo a nada, ni a los lunes en un despacho de abogados, y por las que cualquier hombre cambiaría de bebida si se lo pidieran. Rubias que cuando te despiertas ya no están y que van a beber solas a la barra de un hotel porque no tienen que esperar a ningún hombre con la casa arreglada sino que, al contrario, son ellos los que las esperan preocupados en el sofá con cara de preocupación. ¿Acaso vivir no es enamorarse alguna vez de una de esas mujeres, que como decían en Atraco perfecto (The Killing), tienen una moneda donde otras tienen un corazón?

Los días grises de otoño le insistirán para cenar con el otro tipo de mujeres que existen: las normales (como nuestras madres, nuestras hermanas o nuestras ex-novias del colegio), pero como una vez le dijo su padre: no te engañes, hijo, ésas son las peores.

Con todas ellas se sentirá terriblemente solo.

Él no se venderá, no se regalará y no se arrastrará por nada… menos ante aquella flaca de cintura estrecha ¿pero no nos enseñaron de pequeños en clase de religión que hasta el Papa se confiesa a diario por sus pecados?

Mi novela empezara así:

“Se sentía terriblemente solo, pero nunca supe si era un solitario o fue la soledad la que le encontró.”

Lo que aún no tengo claro es el final del libro, lo único que espero es que mate a todos los malos que le rodean y, sobre todo, no muera recordando todavía a aquella flaca de cintura estrecha.

(Escrito la tarde del 4 de agosto en este rincón de Es Molí de Sal, Formentera)

Es Molí de Sal

Milán

Como segundo compañero de viaje un libro de novela negra española escrito por Andrés Trapiello que dice cosas tan maravillosas, certeras y reales como estos consejos que le da un editor a una de sus escritoras:

A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud.

Unos spritz, gafas de sol, zapatos de verano, sol y calor el viernes por la tarde en una terraza junto al río Olona.

La barra del Café Trussardi a la hora que los milaneses llaman del aperitivo (es decir, como de seis a nueve de la tarde); así que tres Plymouth con tónica y dos camareras en sus cuarenta pero con la actitud de universitarias en el viaje de ecuador.

El risotto de Giannino para cenar y esta foto imperial, que creía de Capello pero ahora tengo muchas dudas ¿quién es? ¿Baresi?, contemplándonos.

Milano

Acabar una botella de vodka en la terraza de Byblos y que un amigo te traiga a las cinco de la mañana, con cara de felicidad, no un chupito sino una copa de Jagger con Red Bull cuando lo que necesitas es una, o dos, botellas de agua.

Dormir cinco horas y echarnos a la calle como si fuéramos los restos de un naufragio, maldiciendo al Cholo porque la noche anterior a la final me haya vuelto a tender una trampa para llegar al partido arrastrándome y yo, sin ninguna dificultad, volviera a caer – otra vez – , igualito que en Lisboa. Atleti 1 – Madrid 0.

Pero aunque los náufragos no eligen puerto, algunas veces Fortuna les sonríe y recaen en un lugar especial, un paraíso en el que, al igual que en Rebelión a Bordo, están mejor que en su propio hogar. Pues así, casi de casualidad, caímos en uno de esos lugares de los que te enamoras para toda la vida y que, por mucho que te hayan cautivado, prefieres no regresar para que el recuerdo se mantenga intacto. Uno de esos paraísos lo encontré en Milán y se llama Binari. El sol de Lombardía en mayo, una terraza interior preciosa repleta de vegetación e icónicos carteles de Martini y Cinzano que me trajeron a la mente este pasaje tan evocador de José Luis Garci sobre el negroni en su libro Beber de Cine:

La época ideal para tomar el Negroni es hacia el final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio, y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona.

La liturgia obliga a que te sientes en la terracita solo, después de un paseo por el Trastevere, en una mesa cubierta con mantelito de cuadros azules y blancos y cenicero Cinzano, los periódicos cerca de ti – esos periódicos que se compran cuando uno está de vacaciones, o cuando uno se da vacaciones a sí mismo sin motivos muy claros; esa prensa, ya sabéis, del tipo de The Wall Street Journal, USA Today, The Sunday Times, Il Mesagero, L’Equipe, etcétera; tabloides que no se adquieren para leer, sino para acompañar – .

Pedimos una pasta con gambas y cacio e pepe (queso y pimienta) y creo, sin miedo a exagerar, que es la pasta más deliciosa que he tomado en mi vida. Puede ser porque encontré en esa terraza, bajo una higuera, un paréntesis a las preocupaciones, miedos y frustraciones con los que cada uno cargamos y allí, no en la terraza sino en mi interior, donde no hay nadie más, me sentí afortunado de lo que tengo y a lo que puedo aspirar. No miento, por tanto, si digo que es probable que el sabor de esa pasta en Binari cambie según la vida interior de quien la prueba y lo que a mí me pareció delicioso pudiera ser una pasta ramplona en el paladar de otro comensal.

Binari

Después de varios expresos y un gintonic y lamentándonos por no ser tan valientes como para atrancar las puertas del restaurante y quedarnos atrapados en su terraza unos días más, como sí lo fue Brando quemando la nave para vivir en Tahití con Maimiti, partimos camino del estadio. ¿Los aledaños? Pues una romería: puestos con todo tipo de comidas, una pradera, música y bebida sin alcohol porque la UEFA, como esos países que imponen la ley seca el día de las elecciones, no confía en las personas.

Luego, 120 minutos.

Dicen que sólo en las grandes ciudades sucede el destino. Y Milán lo es. Por eso, el destino ya estaba escrito… aunque se alargara treinta minutos de más.

¿Sabéis qué? La felicidad son momentos.

El infierno

– Nos está tocando mucho las narices a mi familia el periodista ése.

Hace algunos jueves un amigo me invitó a la inauguración de un restaurante gallego en Madrid. Nos pusimos de pulpo y vieiras como si estuviéramos en la boda de un narco gallego de segunda (digo de segunda porque quiero pensar que en la de uno de primera, además de pulpo y vieiras, habría kilos de percebes, decenas de langostas y varios enanos paseando entre las mesas sosteniendo sobre sus cabezas bandejas de plata repletas de drogas). Todo perfecto mientras planificábamos la forma de ir a Milán a la final de la Copa de Europa y oíamos de fondo a un grupo destrozar en directo Absolute Beginners como sentido homenaje al cantante. Pobre David nos decíamos mi amigo y yo con una empanada de bacalao en la mano.

Después de charlar con las chicas de comunicación que habían organizado la convocatoria, me presentaron a un chaval simpático y extrovertido con el que acabamos hablando del libro de Arcadi Espada “En Nombre de Franco”. El chico que me acababan de presentar es descendiente de uno de los diplomáticos españoles en Hungría que salvaron a miles de judíos de una muerte segura a manos de los nazis. “En Nombre de Franco” trata de dar luz a aquella historia no siempre bien contada. Lo interesante de este libro (que no he leído pero lo tengo en la lista) es que el periodista afirma, con pruebas en la mano, que los diplomáticos españoles no actuaron por su cuenta, como reza la versión oficialista y quizás edulcorada, sino cumpliendo órdenes del gobierno franquista. Al parecer, también se desvelan las aventuras de los diplomáticos con mujeres que no eran las suyas. Vamos, lo de siempre entre diplomáticos ¿no? Nada nuevo. Sin embargo, estas revelaciones no debieron sentar bien en la familia del chico, ya que los insultos que le cayeron a Arcadi todavía resuenan en las paredes del restaurante. Yo, callado, pensé en lo afortunado que era la familia del chico porque un buen periodista se hubiera interesado en olisquear en la historia familiar mientras que en la mía ya podían ir muriendo familiares que ni el más gris y profesional inspector de hacienda iba a investigar cómo se había tributado.

Decidido ya con mi amigo que teníamos que ir a Milán y lamentándonos por no ser jóvenes herederos de una rica familia burguesa catalana para salir en coche desde Barcelona 10 días antes de la final desembarcando en San Siro habiendo hecho parada antes en Gerona, Nimes, Marsella, Saint Tropez, Cannes, Niza, Mónaco y Génova y temiendo que la banda versionara otra canción de míster Bowie nos fuimos a tomar una copa a uno de nuestros bares favoritos

Instalados en la barra del bar le pedimos un par de gintonics a una camarera muy simpática que siempre nos trata muy bien. Esa noche, sin embargo, la notamos algo rara y al preguntarla nos contó, con ojos vidriosos, que se encontraba muy preocupada y asustada por culpa de los resultados de unos análisis médicos que tenía que repetir en los próximos días. Nosotros nos ofrecimos a ayudarla en lo que pudiéramos, nunca se sabe, quizás a través de algún amigo conociéramos a algún médico especialista de su no se sabe qué, porque de momento no tenía nada. Ella, agradeciendo nuestro ofrecimiento, nos dijo que no confiaba mucho en la medicina, que creía que los métodos homeopáticos pueden funcionar igual de bien que los científicos y que los médicos le daban miedo. Bastante sorprendidos seguimos bebiendo.

Tras acabar el segundo gintonic me fui andando hacia mi casa escuchando esta versión de Mañana por Manolo Tena. Mientras cruzaba de noche el precioso Paseo de Recoletos relacioné las dos historias: la del chico que no quería asumir la verdadera historia de su antepasado y la de la camarera que niega a la ciencia. Realmente, no eran dos historias separadas, eran la misma historia, la de no querer afrontar la realidad. Entrando casi en el portal de casa recordé aquella frase que leí en un libro y subrayé: “el infierno somos nosotros”… aunque algunas veces le echemos la culpa a Arcadi o a la ciencia.

¿Por qué siguen latiendo los corazones rotos?

Lunes

Ocho de la mañana. Recién despertado y sin desayunar me siento en el sofá del salón. Durante 10 minutos hago meditación con la aplicación Headspace. Me lo ha recomendado un amigo: “Dime una aplicación, pero sólo una, que te haya cambiado la vida”, le soltó mi amigo a alguien importante de Google USA en una cena. El otro día fue el cumpleaños de mi amigo y le regalé El Amor Dura Tres Años. Mientras medito, pienso que tiene gracia que él me ofrezca algo que puede cambiarme la vida y yo un libro que le pone fecha de caducidad al amor.

“Si, junto a una piscina, encuentras a una mujer que se niega a mojarse el pelo para no despeinarse, huye. Si se lanza de cabeza entre risas, lánzate de cabeza tú también.”

Martes

Hace dos años me regalaron unos Crockett & Jones los cuales recibí con la misma ilusión que cuando entraba en el salón la mañana de Reyes con seis años. Me dijeron, o a lo mejor lo leí por ahí, que un buen par de zapatos, que se cuidan con esmero y cariño, te pueden durar unos “15 o 20 años”. He cuidado a este par de zapatos más que a la mayoría de relaciones que he tenido con el sexo opuesto. Sin embargo, he notado que se me están agrietando por los lados. Me dicen en Orquera, mi zapatero de confianza, que todo viene de un día que diluviaba en Madrid, no se secaron bien y la humedad ha ido afectando la piel por dentro del zapato, donde no se podía ver el problema a simple vista. Les digo que esperaba que me duraran “15 o 20 años” y me contestan con una sonrisa “que nada es para siempre”, inmediatamente recuerdo que es la misma contestación que mi dentista me dio hace unos meses cuando le pregunté si el arreglo de la muela iba a ser ya, por fin, definitivo. Es una respuesta muy triste. Pienso en el amor.

Voy al Thyssen a ver la exposición Realistas de Madrid.

Miércoles

Me propone un amigo ir en abril a Milán a ver su feria de arte contemporáneo. Le digo que sí. Nunca he estado en Milán, excepto una vez que caí en su aeropuerto para coger desde allí un autobús destino Lugano. En Lugano vivía una rusa (una ciudad muy aburrida, me dijo varias veces) a la que conocí un verano en Saint Tropez. La historia es graciosa (o triste, según se mire). Ella se creyó que por conocerme en una discoteca de Saint Tropez yo debía ser rico y ella podría pasarse la vida viajando de hotel de lujo a estación de esquí agarrada a mis tarjetas de crédito. Tardó menos de 15 minutos, mientras cenábamos en el hotel Villa Príncipe Leopoldo, en darse cuenta de que había errado en el target. A Milán se puede ir de muchas maneras pero nunca sin unas bonitas gafas de sol. Mis favoritas eran unas Moscot que perdí en septiembre en un barco en Formentera (el día que probé el raó). Anoto mentalmente que tengo que comprarme unas nuevas para Milán.

Voy a una conferencia de Torres Dulce sobre cine, me hubiera gustado preguntarle por qué cree que Centaruos del Desierto es superior a El Hombre que Mató Liberty Valance. También me hubiera gustado felicitarle por su libro Armas, Mujeres y Relojes Suizos (que acaba con este poema).

Asisto a una guerra encarnizada de egos entre los asistentes a la hora de formular sus preguntas, así que prefiero cerrar la boca y pedir una copa de vino blanco. Acabo cenando solo en El Cisne Azul.

“Sólo hay dos cosas más hermosas que un arma: una mujer y un reloj suizo.

¿Has tenido alguna vez un reloj suizo?”

Jueves

Caigo en la cuenta que hace un mes estaba viajando a París a pasar el fin de semana. Aquel sábado pasé el día con un amigo que vive en París y a media tarde fuimos a Diptyque para comprarle una vela a su novia parisina. Yo tardé menos de tres minutos en decidirme por una; mientras que él necesito olerlas todas, dos veces como mínimo, y quedarse luego pensativo con varias. Le costó unos 40 euros. Los mejores regalos nunca son caros. Pienso en el amor. Me acuerdo de El Apartamento y de ese momento exacto en el que Shirley MacLaine se dio cuenta de que su amante no le quería porque de regalo de Navidad sacó un billete de 100 dólares de su cartera.

El Amor Dura Tres años creo que me costó nueve euros en Amazon.

Viernes

Leo en un libro sobre el cine negro escrito por José Luis Garci: “¿por qué siguen latiendo los corazones rotos?” Creo que por el mismo motivo que vamos a un banco y le entregamos un dinero; por la esperanza de que en el futuro me devuelvan el mismo importe y, si puede ser, con algo de intereses. Simplemente, por eso: por la esperanza. Me pregunta si habrá una edad límite, un punto de no retorno, en donde a un corazón roto ya no le queda esperanza.

Me gusta Headspace.

Sábado

No puedo hacer meditación porque la resaca me está matando y me he despertado a las 12:30.

Ceno en Matador con una amiga divorciada y con dos hijos. Dice que si se enamorara de nuevo y su nuevo novio le pidiera tener hijos, acordaría con él ir a una clínica de fertilidad para tratar de tener gemelos. Yo le pregunto extrañado el motivo. Pues porque si tuviera sólo un hijo podría quedarse muy solo y echaría en falta siempre a un hermano, me dice. Siempre hay que tener, al menos, dos hijos. Me confiesa que en su matrimonio, cuando ya sabía que aquello no iba a funcionar, decidió tener un segundo hijo para que su hija mayor no estuviera sola. Me quedó perplejo. Pienso que si esto fuera una partida de ajedrez yo estaría empezando la partida moviendo el peón y ella ya habría movido una torre, los dos caballos, la reina y me estaría dando jaque.

Mi amiga bebe vodka con zumo de naranja y algo de tónica. Muy buena bebida para desayunar en verano.

Son las dos de la mañana, me voy a casa.

Los pimientos con queso parmesano de Matador son espectaculares.

Domingo

Un amigo ha comprado un edificio en mi calle favorita de Madrid para hacer pisos de lujo. Voy a ver el edificio y, de paso, me quedó en la plaza Villa de París leyendo al sol Soldados de Salamina. Me fijo que en la plaza hay muchas chicas de entre treinta y cuarenta años que llevan a sus perros a jugar con otros perros. La novela tiene lo mejor que se puede decir de un libro: se lee muy rápido. Pero es muy tramposa.

Me vuelvo a acordar de París y la plaza Vendôme. También del jardín de las Tullerías y la fuente que hay con sillas alrededor. Me gustan las francesas y sus miradas de desprecio y superioridad (que esconden miedos y complejos) mientras comía en L’Avenue. Miro a un par de chicas y me pregunto si pasan la tarde con los perros porque ya han desertado de encontrar a alguien o, por el contrario, es toda una táctica para encontrarle (con perro, entiendo). Si es la segunda opción estoy ante otra partida de ajedrez perdida. Al sol pienso que no sé jugar al ajedrez, o más bien, no quiero, porque sino en aquella ciudad suiza “so boring” podría haber fingido ante mi amiga rusa que tenía un tablero de oro y unas piezas de marfil… pero aquí estoy.

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Todo el mundo tiene un plan

He pasado unos días en familia estas Navidades en Valladolid. Allí he vuelto a ver a algunos de los pocos amigos que tengo, de esos con los que puedes pasarte semanas o meses no ya sin verte sino sin hablarte y cuando les ves “poder pensar junto a ellos en voz alta”; también he comido como si tuviera que engordar para luego meterme en una cueva a hibernar (sopa castellana, lechazo, cocido, pularda, guisantes con jamón – mi perdición -, no soy muy de turrón pero sí de roscón y panettone con el café); no he parado de beber vino, sobre todo Emilio Moro, que para eso estábamos en Valladolid y luego en otras ciudades te lo encuentras inflado (como los desayunos en la cama, el sexo en la playa, los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas) – algunas veces me pregunto si las relaciones con mis amigos no estarán basadas en los gintonics, los vodka tonic y el vino, es decir: en el alcohol; y que si lo elimináramos de nuestras reuniones sería como quedar con el delegado de clase del colegio (el que se sentaba en primera fila, te pedía que callaras cuando hablaba el profesor y en la cena de graduación se iba al acabar los postres mientras nosotros esperábamos a las copas y ellas se iban al baño a maquillar. Posiblemente ahora sea uno de esos millonarios de Sillicon Valley, pero ¿y?) -; acabé también algún libro pendiente, entre ellos el de “Straight to Hell” de @GSElevator (aventuras y golfadas bastante exageradas, cuando no inventadas directamente, de un trader en un banco americano antes de la crisis de 2007); también madrugué mucho, hay días que me gusta levantarme muy pronto, mientras el resto de la casa duerme y sólo se oye el ruido de la cafetera, y con la tranquilidad de la mañana leer en la cocina los artículos que me he guardado en Pocket para luego, lleno de cafeína, salir a correr junto al Pisuerga con una lista de música un poco incomprensible que va desde Los Panchos a Luz Casal o Solomum. Sobre esto, sobre las listas de música, siempre he creído que junto con la biblioteca de cada uno es de lo más personal que tenemos. Yo cuando voy a casa de alguien siempre trato de cotillear un poco la librería a ver qué lee. Te puede definir el contorno de una persona. No exageremos y no digamos aquello de que “si no tiene libros, no te lo folles”. Llegado a ese punto, acabemos el trabajo, disfrutemos las cosas bien hechas y, aunque no le demos ya ninguna posibilidad a otra cena (bien es cierto que nunca sabes si te la volverás a encontrar de noche en algún sitio y entonces…), aprovechemos la oportunidad para ¡por una vez! hacer de rubia despechada yéndonos de su casa dando un sonoro portazo; indignados porque aunque la cama era cómoda y la compañía entregada de qué puedes conversar en una segunda cena con alguien que no lee ni la carta del restaurante y te dice “pide tú por mí”. No, algunos todavía preferimos a las que saben abrir una botella de vino pero que mientras te miran con cara de gatita y sonríen (puede que hasta también se muerdan el dedo) te piden que se la abras. ¿Qué por qué lo hacen? Pues chico, porque se pasan el día poniéndonos a prueba.

Bueno, sigo, allí en Valladolid el punto de encuentro con mis amigos es siempre un pequeño bar en el centro llamado Monsó. El sitio es pequeño pero muy cómodo; con una terraza agradable para pasar con copas las tardes claras de Valladolid una vez que la niebla de la mañana (que es cuando salgo a correr o con la bicicleta) ha decidido irse. Además, como pasa en provincias, y aún más en un bar, allí se mezclan todo tipo de gente de todas las edades. Te puedes encontrar a aquella chica que te gustaba hace años y que ¡oh vaya! parece que los treinta no le han sentado bien, un funcionario, al empresario al que la crisis le arruinó, la universitaria que vuelve a casa por Navidad y le cuenta a la amiga que se quedó cómo le va (“a ver si vienes a verme, porque salimos con unos chicos que siempre tienen botellas en Madrid y nunca pagamos, además, pasamos sin hacer cola. Y allí – mientras le guiña el ojo a su amiga – no nos conoce nadie” como si las oyera), un trasnochado que todavía no lo sabe, el alcalde, una funcionaria ¿cuántos funcionarios hay en provincias? y alguno que pasados los treinta aún consigue vivir de sus padres. Vamos, “un poco de todo”, como digo siempre que me preguntan qué quiero para acompañar a los garbanzos del cocido.

Como decía, por el bar se dejaba caer gente de todas las edades. De todos ellos, el que a mí más  me llamó mucho la atención fue un hombre mayor – no soy muy bueno para las edades pero apostaría a que ya no cumple los ochenta -. Siempre iba hecho un pincel con su bastón, los zapatos limpios, una corbata con el nudo bien hecho, jersey de pico y chaqueta; este look junto con su pelo, que cuidadosamente peinaba hacia atrás, le daba un cierto aire de galán del cine español ya retirado.

Siempre iba solo. La primera vez que le vi entrar y pedirse un Ribera pensé que estaría esperando a alguien. Sin embargo, allí nunca aparecía nadie. Tampoco se quedaba mucho por el bar, quince, quizás veinte minutos, y tras mirar con cuidado las monedas antes de pagar se despedía de los camareros con mucha educación.

Un día me dijeron que se había quedado viudo hacía poco y que su mujer y a él les gustaba salir juntos por el centro a tomar un vino. Cuando me enteré y le volví a ver por el bar imaginé que seguía saliendo, aunque fuera solo, a tomar un Ribera para no quedarse en casa y tratar de evitar así que el tiempo le pasase por encima. Que no hay mejor manera de no olvidar los momentos felices que pasó con su mujer que recordando los momentos felices que pasaron juntos. Yo le miraba y en ese tipo veía estilo y clase. Veía que no quería rendirse. Que los golpes son parte de la vida y que hay que saber encajarlos.

Mucha gente confunde el estilo o la clase con tener un 911 en el parking, pasar unas Navidades en Baqueira con casa a pie de pista, o pasear por París con un traje de Loro Piana agarrado a unas piernas muy largas que abrazan un 2.55 de Chanel. Y no, eso nada tiene que ver con el estilo o la clase. Sé perfectamente que no lo es porque vivo rodeada de gente así; tipos que se desmoronarían, y arrastrarían a todos los que pudieran, al menor golpe.

Decía Mike Tyson que todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer golpe. Y tiene razón. Sólo unos pocos cuando reciben un crochet en forma de enfermedad o un gancho por una traición o un directo donde más duele (en el corazón) por un abandono siguen teniendo un plan… o al menos lo parece.

Por eso, el estilo y la clase sólo se lo puedes descubrir a alguien cuando está recibiendo golpes.

Alí

En Valladolid para tomar el aperitivo La Tasquita y su tartar de pimienta. También Daicoco con sus gildas y ensaladilla.

Para comer con muy buenos vinos por copa y una gran cocina a un precio mejor: La Chula. Me encanta su pasta de calamar.

Para cenar con algo de rollo, sin lugar a dudas, la planta de arriba de Corinto.

Hay varios sitios que me han decepcionado así que mejor ni mencionarlos. En este blog me gusta hablar sólo de cosas bonitas.

Si alguien va a Valladolid y quiere saber dónde ir a comer o de pinchos, que le pregunte a Pablo Lázaro. Los ha probado todos y no le debe nada a nadie. El día que le vea escribiendo en algún periódico o revista entonces es cuando dejaré de fiarme.

No soy blando, muñeca

El martes pasado ya en la cama, tras haberme acostado tarde por culpa del trabajo, me di cuenta de que no había hablado con nadie en todo el día. Me refiero que a nadie le conté cómo estaba o qué me apetecía hacer después del trabajo, qué planes podía tener para esa semana o, no sé, si la maître del restaurante donde cené el viernes merecía tanto la pena como para ir a cenar una noche con ella. Por supuesto que había intercambiado algunas frases con alguien ese martes:  compañeros de trabajo, varias llamadas con clientes y contrapartes (ahora se dice calls) y también con algún pesado del gimnasio a la hora de comer, pero realmente eso no es hablar; de hecho, ni se le parece. Con la luz apagada en la cama pensé que el lunes tampoco había hablado con nadie; ni el domingo, en el que me había levantado pronto para salir con la bicicleta y acabé por la noche en los cines de la plaza de Jacinto Benavente viendo una película con una botella de agua y una bolsa de gominolas. Todo lo hice solo.

Ese martes había cenado en la terraza de Sifón leyendo a Raymond Chandler:

“- Eres un cachorro tan guapo, Johnny. Dios mío, qué guapo eres. Lástima que seas blando.

De Ruse dijo en voz baja sin moverse:

– No soy blando, muñeca, sólo un poco sentimental. Me gusta apostar a los caballos y jugar a las cartas y echar unos unos cubos rojos con puntos blancos. Me gustan los juegos de azar, incluyendo a las mujeres. Pero cuando pierdo, no me desespero ni hago trampas. Paso a la mesa siguiente. Hasta la vista.”

El lunes cené, también solo, en la barra del Cisne Azul. Ya casi nunca ceno en casa. Creo que lo hago (inconscientemente) para que mis días no sean unos iguales a los otros. Cuando llego a casa, normalmente tarde del trabajo, no tengo a nadie que me espere. Tampoco tengo a nadie a quien esperar. Dice mi amigo Luis que la mayoría de la gente se junta simplemente porque tiene miedo a estar sola ya que no están a gusto consigo mismos. Y creo que es verdad. Puede que los cobardes no sean los que están siempre solos, sin comprometerse con nadie, sino los que son incapaces de poder cenar, salir y beber solos y entonces huyen buscando alguien (cualquiera) a quien agarrarse. No lo sé, pero también puede que los valientes sean ésos a los que no les gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, aquéllos que se enfrentan a la soledad y no la rehuyen. La soledad es una condena y siempre va a estar acompañándonos. Muchos tratan de obviarla fingiendo que no existe, escondiéndose en sus mujeres, novios o amigos. Nacemos, vivimos y morimos solos. Sin embargo, como De Ruse, soy un sentimental y sigo buscando (discretamente) a alguien con quien compartir mi soledad… y también la suya. Y si la encuentro, decirle algo parecido a lo que Bruno, el protagonista de Las Partículas Elementales de Houllebecq, le dice a Christiane, porque aunque es cierto que nunca dos se aman a la plena satifacción del otro, los tipos como De Ruse sabemos que una vida, por muy solitaria que sea, sin amor es media vida:

“Bruno interrumpió aquí el artículo, tras una semana de estancia. Lo que le quedaba por decir era más tierno, más delicado, más incierto. Se habían acostumbrado, después de pasar la tarde en la playa, a tomar un aperitivo a las siete. Él bebía Campari; Christiane solía tomar un Martini blanco. Bruno miraba los reflejos del sol sobre las paredes (blancas en el interior, ligeramente rosadas en el exterior). Le gustaba ver a Christiane andar desnudada por el apartamento mientras iba a por hielo o las aceitunas. Lo que sentía era extraño, muy extraño: respiraba con más facilidad, a veces se quedaba minutos enteros sin pensar, ya no tenía tanto miedo. Una tarde, ocho días después de su llegada, le dijo a Christiane: “Creo que soy feliz.” Ella se detuvo en seco, con la mano crispada en la bandeja del hielo, y dejó escapar el aire lentamente. Él continuó:

– Quiero vivir contigo. Tengo la impresión de que ya está bien, que ya hemos sido lo bastante desgraciados durante demasiado tiempo. Luego vendrán la enfermedad, la invalidez y la muerte. Pero creo que podemos ser felices juntos hasta el final. En cualquier caso, tengo ganas de intentarlo. Creo que te quiero.”

Feliz Navidad.