Inmune

Junto con la bebida – ella había pedido un Aperol Spritz y él un daiquiri, pero sólo tras confirmar con el barman que tenía limas frescas –  les sirvieron el típico aperitivo italiano de antes de cenar (l’aperitivo), que en la terraza del De Russie consistía en una variedad de tres tipos de aceitunas, unas mini hamburguesitas, un tartar (casi un puré) de salmón, unas almendras, unas patatas y unas verduras crudas, que hacían más de adorno que de aperitivo.

– Me gusta mucho esta terraza y me gusta estar aquí contigo.

– Es uno de los sitios más bonitos de Roma y eso es mucho decir.

– ¿Qué hacías antes de que te conociera?

– Trabajar, sólo trabajar.

– Una vez te casaste,

– Era lo que hacían todos.

– ¿No la querías?

– Cuando me casé tenía 29 años. No era lo suficientemente maduro como para distinguir lo que era el amor de una obligación más para ser feliz.

– ¿Y si te digo que yo sí te quiero?

– ¿Tengo que creerte?

– Yo no tengo 29 y soy una mujer. Nacemos maduras

– Soy inmune a tus palabras, todavía… ¿Cuántas veces te has enamorado?

– No llevo una lista.

– Me estoy creyendo especial.

– Lo eres.

Cuando se levantaron para abandonar la terraza  e irse a cenar, él movió su silla lentamente para que ella se incorporara y con mucho cuidado, como si manejara algo muy frágil, puso la chaqueta sobre sus hombros desnudos y morenos. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía unos hombros tan bonitos.

Un disparo

– Sabía que ibas a ser tú quien abriera esa puerta.

– ¿Y desde cuándo lo sabías?

– Desde el día que me dijiste que me querías en Roma, en la terraza del De Russie.

– Siempre has sido muy perspicaz.

– No lo suficiente como para salvarme.

– Sólo cumplo órdenes.

– Las de tu cartera.

– Siguen siendo órdenes.

– ¿Me llegaste a querer alguna vez?

– Estás a punto de morir ¿acaso importa?

– Los condenados tienen derecho a una última petición.

– Sabes que nunca he sido de cumplir las peticiones de los hombres.

– Que sea rápido, por favor.

– No es la primera vez.

El disparo fue tan certero que la bala le atravesó por el mismo centro de su corazón. Fue instantáneo. Un solo disparo, una sola bala. Era una profesional. Se acercó al cuerpo, que yacía con el corazón roto en el suelo, lo miró y con su dedo índice le dio una caricia en la mejilla.

Ya en el ascensor, mientras pulsaba el botón de la planta del bar del hotel, se preguntó, durante tan sólo un segundo, si alguna vez le había querido.

Completamente avergonzado

Me encanta la frivolidad, eso sí, siempre que sea en su justo punto. La frivolidad es como el vermú en el dry martini, unas gotas pueden convertir un simple chorro de ginebra en una bebida compleja, difícil y de adultos. Sin embargo, un toque de más del barman y aquello es un brebaje que sólo te puedes beber cuando te da igual todo, por ejemplo, si estás enamorado o eres aficionado del Real Madrid en la temporada 2017-2018. Yo una vez devolví uno en el bar del Le Meurice; a veces, las revoluciones empiezan con pequeños gestos. Lo recordé el otro día cuando leí que habían entrado en el Ritz de París a robar unas joyas y que habían tenido que esconder a los clientes del bar en un salón para protegerlos, entre ellos estaba Beigbeder. Hay vidas que sólo se entienden desde la frivolidad.

De Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946. Por cierto, siempre me gustó más su título original “Notorious”) me encanta cuando el grupo de amigos nazis exiliados en Brasil quedan para cenar en casa del jefe y se dedican a conspirar con unos modales exquisitos en esmoquin. El otro día, un diputado del parlamento británico dimitía en directo por haber llegado dos minutos tarde (thoroughly ashamed). Hace poco una amiga se fue de casa de sus padres para vivir sola, me dijo que ahora se estaba dando cuenta de la cantidad de gastos que suponía vivir sola y que tendría que empezar a cortar con lo superfluo, le pregunté si iba entonces a dejar de usar una colonia de Jo Malone que me gusta mucho “antes dejo de comer que de usar Jo Malone”, me contestó. Uno se enamora de chicas así y no de las que te hablan de planes de pensiones.

Ojalá un día quedar a cenar con mis amigos para conspirar en esmoquin, aunque después de la cena nos diéramos cuenta de que no teníamos nada contra qué conspirar.

Drunker

Este diciembre del 2017 se han cumplido 70 años del estreno de Casablanca. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi y la impresión que me causó. Fueron unas Navidades en casa de mi abuela cuando yo tenía unos 14 ó 15 años. Circulaba por allí una colección del periódico El Mundo sobre las 100 mejores películas de la historia y ahí estaba ella en su cinta VHS. Me quedé pegado a la pantalla desde el momento en que apareció el mapa de África. Cuando acabó comprendí que había visto no una película, sino mi película. Sí, es mi película, no sé cuántas veces la he visto; la he visto cuando estoy triste, cuando estoy enamorado, cuando estoy feliz, cuando estoy aburrido, cuando estoy borracho y siempre, siempre, siempre lloro justo en el momento en el que cantan La Marsellesa y a una de los amantes de Rick, que tonteaba con los alemanes y vuelve con el Bien al escuchar la canción (qué difícil es para algunos saber lo que es el Bien en el 2017. Esa gente no me interesa, por cierto), se le caen las lágrimas (bufff qué guapa sale llorando).

Mi película siempre la he visto solo. La única vez que la vi acompañado fue cuando cerraron el cine Palafox de Madrid (“El mejor cine de Europa”, así se anunciaba hace muchos, muchos años). También esa vez lloré, aunque en la oscuridad del cine el amigo al que invité no se dio cuenta. Conservo dos cosas de aquella sesión: las entradas y, sobre todo, el recuerdo de ver Casablanca en pantalla grande. Fue la última sesión del Palafox. Cuando salí de ver la película pensé que cerrar un cine con Casablanca es como si eres músico y en tu funeral aparece David Bowie.

Perdón, vuelvo a la peli. Vuelvo a Ilsa ¿cómo no te vas a enamorar de Ilsa?, vuelvo al jefe de la Resistencia ¿cómo no te vas a enamorar de quien es la esperanza frente a la barbarie? Vuelvo a Sam ¿cómo no vas a querer tener un amigo como Sam? Vuelvo a Renault ¿cómo no va a hacerte gracia el mayor cínico de la historia del cine? Vuelvo al bar que siempre he soñado con tener (con una puerta secreta que te lleva a un casino y poder firmar los cheques con: OK Rick. Sé que también es el sueño de mi amigo Borja) vuelvo a Rick. Conocer a Rick es querer ser como Rick, es querer ser el tipo “al que todo le sucedió la noche anterior”, como dice Garci. Rick es un buen tipo con ideales pero camuflados en un escudo de sarcasmo y cinismo. Rick enamora a las mujeres (a todas, sí, también a nuestras madres, hermanas, novias y amantes. Lo siento, chicos), lleva el mejor bar de la ciudad y, además (y se me quedó marcado) nunca acepta que nadie se tome una copa con él. Bebe solo. Rick es el hermano mayor al que quieres imitar, es el repetidor en el colegio por el que suspiran las chicas de clase (sí, ésas que nunca se fijaron en ti cuando tenías 16), Rick bebe pero nunca se emborracha, a Rick toda Casablanca le respeta (sus empleados del bar, Ferrari, su competencia, Renault, la máxima autoridad de la ciudad, Paul Henreid, el Bien pero su competidor)… todos hemos querido ser Rick. Yo he hablado como Rick, he contestado como Rick a las chicas, he bebido solo como Rick, yo he fingido ser Rick… hasta que con el paso de los años te das cuenta de que Rick es lo que es: un fracasado.

Cuando ves Casablanca con 14 ó 15 (y luego, también, con 24 ó 25) Rick es tu modelo, Rick lo es todo, pero Rick no es ejemplo de nada. Ni pretende serlo. Rick es honesto. Rick quería amar, quería estar con Ilsa, quería tener una familia con ella, quería vivir en un país libre, con su adosado, su barbacoa los domingos y sus hijos correteando en el jardín mientras Ilsa grita desde la cocina que el pastel de manzana está ya listo pero que hay que esperar a que se enfríe para comerlo.

Cuando el mayor Strasser le pregunta a Rick cuál es su profesión y éste contesta “borracho” (drunker) no hay nada de valentía o heroicidad en su respuesta. No. Lo que está diciéndole a mucha gente es que no seáis como yo. Sin embargo, su mensaje sólo lo puedes entender cuando ya tienes unos años, cuando has viajado, has querido, te han roto el corazón y has bebido solo en las barras de muchos bares por todo el mundo.

Beber solo no tiene nada de romanticismo, a mí me gustaría beber con la mujer que amo, ni de épica, porque beber solo es lo fácil y parar lo complicado, ni de grandeza, ninguna mujer se enamora de un borracho.

Todo lo anterior lo sé porque lo que estáis leyendo lo escribo desde la barra de un bar. Acabo este texto justo cuando finiquito mi tercer dry martini.

Feliz 2018.

(Y que esta entrada sirva del más, más, más, humilde de los textos en homenaje a Casablanca)

 

No sé si lo entendéis

Mi momento favorito de la semana comienza la tarde del viernes (sí, un día como hoy), alrededor de las 19:30 o 20 horas, cuando entro en mi bar.

La puerta de mi bar es como una frontera, cuando la atravieso dejo atrás el mundo real, el de los malos trabajos, las desgracias, los sinsabores del amor, las decepciones de la gente que querías, los jefes que tiene que demostrar (¿ante quién?) que son jefes y, sobre todo, el mal gusto, para entrar en un país de ciudadanos que tiene el corazón limpio, que no envidian, que no juzgan. Mi bar es como una nación donde te reencuentras con todo aquello por lo que merece la pena vivir (y, posiblemente, morir) los momentos de felicidad con amigos, los goles de mi equipo en el 93, los viajes de verano con veintipocos cuando aún no sabías que el mundo también contenía desgracias, el primer beso con aquella chica del trabajo ¿te acuerdas?, las noches de reyes, los partidos de fútbol en los recreos o los besos de las películas antiguas.

Agarro una revista, nunca la leo, sólo la ojeo mientras bebo, me acomodo en mi sitio de la barra (digo mío porque de tantas horas que he estado allí ya lo considero mío) y dependiendo del ánimo de la semana me pido un daiquiri, un dry martini o un negroni. Aunque hay días que me siento invencible y dejo al barman que decida por mí. Ningún buen barman me ha fallado nunca en una recomendación.

Allí en la barra, mi copa y yo miramos a todo los que nos rodea, al barman que prueba la pajita del bloody mary para saber si está picante, a las botellas de bitters, cada uno de un color, que alineados junto a las cocteleras y los vasos mezcladores parecen un ejército a punto de luchar por nuestra felicidad, a esa pareja en donde ella, con esos tacones y ese vestido, va overdressed ¿serán amantes?, a las dos chicas que hay solas tomando manhattans (abro paréntesis. Siempre me he preguntado de qué hablan dos chicas solas con unas copas delante. Son un misterio) y también al que está bebiendo solo ¿esperará a alguien o sólo querrá un momento de tranquilidad consigo mismo aquí en su Inisfree?

Ya son las 21:30 y he quedado para cenar con mis amigos, hablaremos de eso que hablan los amigos cuando se juntan: chicas, fútbol, fiestas pero también de amores, cine, libros, fracasos, proyectos y recuerdos. Muchos recuerdos. Cada vez hablamos más de recuerdos.

Mis tres daiquiris y yo estamos ya en la calle buscando el restaurante. Ya he llegado. Saludo a mis amigos. Ahora charlaremos, reiremos y luego saldremos por ahí. Pero no es lo mismo. No sé si lo entendéis.

La vie en rose

Hace unos pocos fines de semana estuve en Francia en la boda de un amigo del colegio mayor. Mi amigo se llama Iñaki, es ingeniero de caminos, vive en París y se ha casado con una parisina .

Como si nos tratáramos de unos jóvenes aristócratas del norte de Europa que buscan el sentido de la vida en la belleza, el campo y el pasado, alquilé con unos amigos el jueves un coche en Nantes con la intención de recorrer con calma la parte Este del país de Houellebecq (que, por cierto, siempre he pensado que es por donde Rick llevó a Ilda a beber vino y comer queso en aquel paseo en coche en donde ella, enamorada, pone su cabeza sobre el hombro de Rick y ambos creen que estarán juntos para siempre) con el fin de contemplar sus viñedos, sus ríos navegables y sus pueblos, cada uno tan orgulloso de su vino local como los rondeños de Antonio Ordóñez, los romanos de su ciudad o Gianni Agnelli de sus trajes. Abandonados a los placeres más profundos, que siempre tienen que ver con la comida y la bebida, almorzamos a la orilla del Loira en la terraza de La Route du Sel, inolvidable la anguila y excelentes el queso y la mousse de limón. Hay comidas que se graban a martillazos en tu memoria.

Para reforzar la experiencia estética y confirmar que a la felicidad se llega a través de la belleza, como descubrieron Henry Miller o Lawrence Durrell en sus viajes al Mediterráneo, donde sus libros más recordados fueron escritos, la boda fue en el precioso château familiar que la familia de ella posee desde hace más de 150 años cerca de un pequeño pueblo llamado Montreuil-Bellay.

Allí en el pueblo se celebró una cena la noche del viernes, que básicamente consistió en probar todos los tipos de vinos de la zona. Arrastrados como tablones en el mar por la marea alcohólica de la preboda, recalamos en el château donde encontramos un precioso cielo estrellado y luz en la cocina. Pensando que quizás habría que echar una mano de última hora con algún preparativo, nos adentramos con la decisión de un legionario. Y, efectivamente, se requería nuestra ayuda, pero para acabar unas cuantas botellas de champagne que el padre de Iñaki había abierto con un amigo para brindar por su hijo.

Mi amigo tiene una de las mejores cabezas que conozco y al mismo tiempo es la persona más humilde con la que me he topado, dos cualidades que suelen tomar siempre caminos opuestos, como la manera de vestir de la mayoría de la gente que sube a un avión y el buen gusto. Esto de la genialidad y la humildad me lleva a recordar la contestación que me dio mi amigo Javier cuando le comenté que las revistas dirigidas a mujeres tenían artículos mejores, estaban mejor editadas y, en general, eran más interesantes que las de hombres “es que las revistas de hombres están hechas por tontos que se creen listos y las de mujeres por listas que van de tontas”.

En uno de los brindis, el padre nos contó una anécdota que sirve para perfilar perfectamente el carácter de mi amigo. Cuando Iñaki trabajaba en una constructora española y les dijo que se iba a París, la comisión ejecutiva del consejo de administración le citó para que explicara el estado de todos los proyectos que llevaba. Iñaki se los fue explicando detalladamente y al finalizar la exposición el consejero delegado, sorprendido por la responsabilidad que recaía sobre él a su edad, le ofreció doblarle el sueldo si se quedaba. Iñaki se lo agradeció pero rechazó la oferta. El consejero delegado insistió y le ofreció que pusiera él una cifra. Esta vez mi amigo le explico que no era una cuestión de dinero, que él se iba a París por amor. Esta historia (de amor) no la conoce su ya mujer. Soy sincero y reconozco que entre el champagne y la forma de contarlo del padre me emocioné.

La declaración de amor más grande del cine es la de Tom Doniphon (John Wayne) en El hombre que mató a Liberty Valance cuando escondido de noche en un callejón mata al asesino de Liberty pero, sin embargo, hace creer a todo el pueblo que ha sido Ransom Stoddard (James Stewart) el que les ha liberado del tirano. Ransom se casa con su chica, se va a Washington y logra ser senador. Se ha quedado con todo. Tom muere solo y sin que nadie sepa lo que ha hecho por el pueblo y a lo que ha tenido que renunciar.

De todas las formas que tenían de declarar su amor tanto Tom como mi amigo, ambos eligieron la que creo es la más sincera pero, al mismo tiempo, la más difícil: evitar declararse.

Por lo menos, en esta película mi amigo se ha quedado con la chica.

Sé que John Ford estaría orgulloso de mi amigo. Y yo lo estoy de tener un amigo que podría ser protagonista de una película del mayor genio del cine.

(Escrito en Be Tulum el 3 y el 6 de agosto mientras espero a unos amigos antes de ir a cenar. El día 3 han tocado en directo, entre otras, dos maravillosas versiones de La vie en rose – como el día de la boda  – y La mujer de Ipanema. El día 6 había luna llena y mientras la pareja de enamorados que tengo enfrente cenaba, los camareros me han dicho que las tortugas estaban dejando los huevos en la playa. He bebido unas cuantas caipirinhas)

Amos del piano bar

Hace un par de viernes fui a comer con dos amigas y un amigo. Mi amigo nos contó que estaba destrozado porque la noche anterior había ido a cenar con sus amigos del colegio (todos hombres) y se había acostado tarde en un estado calamitoso. Sus cenas de amigos me recuerdan a esa típica escena de película en el que un preso, tras 40 años recluido, abandona la cárcel, pisa suelo libre, la cámara le enfoca en primer plano, cierra los ojos, respira profundamente el aire de libertad – mientras de fondo la puerta de la cárcel se va cerrando poco a poco – y el guarda le grita “buena suerte, te lo mereces”. Hay un instante en el que el preso y mi amigo son la misma persona, es justo ese momento en el que el preso pisa la calle y mi amigo entra en el restaurante. Hay que añadir que mi amigo está casado y vive en un régimen de semi libertad similar al de los animales que viven en el zoo; lo que, supongo, es una de las virtudes del matrimonio. Pero él es feliz, así que yo soy feliz por mi amigo.

Yo el jueves por la noche había cenado solo. Les conté a mis amigos que estuve en una terraza de la Plaza del Rey mientras leía el libro de Javier Aznar y que luego me había ido a tomar un sándwich con un gintonic (al final, fueron dos) a Club Matador. Allí el gintonic te lo ponen en un vaso de la marca Riedel que cuando siente el calor de la ginebra y el frío de la tónica estalla en una combinación tan perfecta como la de John Ford, John Wayne y Monument Valley. Creo que si habéis visto la Legión Invencible (por cierto, y hablando de todo, qué maravilla de canción es She wore a yellow ribbon) o Centauros del Desierto entendéis lo que estoy diciendo. De verdad, los tragos en Riedel saben a otra cosa, a algo muy puro ¿qué queda puro? La amistad. La de verdad.

Una de mis amigas me miró como quien se levanta por la noche de la cama y ve a Alf comiéndose un gato en medio del salón “¿cómo que has cenado solo? No puedes cenar solo. Ayyy habérmelo dicho y hubiera cenado contigo.” Le contesté que para la próxima. No me apetecía explicarle que, precisamente, lo que quería era cenar solo en una pequeña terraza en la plaza del Rey con dos vermús (o tres). Igual que quería venir a Roma solo y pasear con mi panamá y mis gafas de sol para sentir la sensación de eternidad que te da la vía sacra con el monte Palatino a un lado y el Coliseo al otro. Quería descansar bajo un árbol viendo las ruinas de las Termas de Caracalla. Ir a la terraza del hotel de Russie (qué terraza tan bonita y con tan buen gusto) y salir de allí con dos spritz, un daiquiri y un aperitivo típico italiano para chocarme con la Fontana Di Trevi de madrugada y ver a todas esas parejas de enamorados que me pedían una foto ¿cuánto les quedará? ¿O de verdad es el amor de su vida? Qué más da. ¿Y sabéis lo que pasa en una ciudad como Roma en una terraza cómo la del de Russie? pues que conoces a gente en paz consigo misma, como Patric un señor de Nueva York, que me dijo que tenía 80 años y que visitó Madrid en 1965 para ver el Museo del Prado. Me dio su tarjeta y me pidió que le mandara un mail. En cuanto acabe de escribir esto le pongo uno. Quería pasear sin seguir ninguna prisa y entrar en alguna iglesia vacía, de la que no salen en las guías de viaje, y allí en silencio y recogido ver sus pinturas, imaginando que el mito, la ficción o lo que llamamos Dios conversaba con Yuval Noah Harari sobre su libro Sapien de animales a Dioses. Y yo, ahí en medio, escuchaba los argumentos de los dos sobre la evolución humana. Además, tenía apuntado también pasarme por el Jerry Thomas Speakeasy (que está en el número 33 de las mejores coctelerías del mundo) y coger ideas para la coctelería que estoy tratando de abrir en Madrid con unos amigos y un gran barman. Ah, ¿que no es he contado eso? Bueno, otro día, y despacio… con una copa.

Y, por supuesto, por tomarme un negroni en Piazza Navona y seguir las instrucciones de José Luis Garci “antes de tomar el primer sorbo, es necesario levantar la copa al sol, para que sus rayos quemen esa granada líquida que se mueve entre el hielo, un mar rojo de icebergs y música de Nino Rota”. Quería homenajear a Garci y su libro Beber de Cine y, sobre todo, a mi amigo Luis, del que hace tiempo no sé nada, y que fue el primero que me dijo que consiguiera esta joya imperecedera como el oro, la democracia, las camisas blancas o los hombros al aire de las mujeres, llamada Beber de Cine y cuya primera página sobre el negroni casi se sabe de memoria: “El negroni es un cóctel de exterior terraza y mañana alta. Una terraza de ciudad – los combinados, por encima de todo, son de asfalto -, la terraza de un café o de un pequeño restaurante. La época ideal para tomar el negroni es hacia final de la primavera, digamos un día soleado de comienzos de junio y, puestos a elegir, pensemos en Roma, en una trattoria de Piazza Navona”.

Tras cenar en una osteria cercana a Campo dei Fiori, vuelvo a mi hotel paseando junto al Tíber, lo que las italianas llaman la passeggiata y que no es más que un paseo después de cenar para que el metabolismo se les agite – igual que si lo metiéramos en una coctelera del Jerry Thomas para prepararme un daiquiri, que estaba de notable alto (el sobresaliente, de momento, sólo se lo pongo a Club Matador) – y les impide engordar. Éste parece que es el secreto de la Belluci o la Bruni, sí, la Bruni, porque Carla, es italiana y muy italiana. Llego al hotel y me siento en el bar a descansar un momento, un pianista está tocando What a wonderful world y me acuerdo de un artículo de Gistau que empezaba diciendo que según Manuel Vincent envejecer es que te conozcan por tu nombre los pianistas de los hoteles a los que vas. A mí no me conoce nadie en este hotel, pero sí siento que estoy envejeciendo.

Roma se parece a mí mucho más que otras ciudades, abierta, bulliciosa, caótica los fines de semana, pero se asemeja aún mucho más a aquella chica que me gustó y que ahora imagino que estará con otro: presumida, orgullosa, bonita, que digo bonita, preciosa, caprichosa y tan delicada que sólo está hecha para el disfrute de muy pocos, unos elegidos, aunque miles de turistas (selfies, palos de selfies, pantalones cortos y chanclas con calcetines) paseen por ella creyéndose que les pertenece, pero por encima de todo es eterna… como lo es mi amor por ella (¿hablo de Roma o de la chica? Creo que ya no lo sé. Otro negroni, camarero. Prego).

A Roma hay que venir, como hay que ir a París o a Londres o a Lisboa, pero a Lisboa mejor si estás enamorado y quieres sentir qué es el amor sincero cuando ella se agarra a ti en cada cuesta. Los que habéis estado en Lisboa no me dejaréis por mentiroso.

Nunca he dejado de hacer cosas solo porque no tuviera a nadie con quién hacerlas, ¿por qué? Porque yo, como decía Pascal, soy de los que puedo estar a solas en una habitación:

“Toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa: su incapacidad para permanecer tranquilamente a solas en una habitación”.

Escribo desde el avión mientras suena Amos del piano bar (Y no volverán, a salir por esa puerta los amos del piano bar, se lamentan. Y en el avión, ya no queda nada de alcohol, nos estrellamos…). Me acuerdo del artículo de Gistau y el piano del hotel. Los que cantan son ya más jóvenes que yo. Está claro que estoy envejeciendo. Voy a seguir leyendo un rato más.

P.D.: espero que mi amiga sea feliz y Pascal esté equivocado.

¿El azar planificado?

Hace un par de noches vi este documental de National Geographic sobre el nacimiento de la Tierra y la vida. Es un documental excepcional que me ha enseñado varias cosas, por ejemplo: que la Tierra nació hace aproximadamente 4.500 millones de años. Que se cree que durante el proceso de formación la Tierra otro planeta llamado Tea chocó contra el nuestro y así se creó nuestra luna. Que el agua llegó a la Tierra a través de millones de meteoritos que estuvieron cayendo durante millones de años sobre el planeta, así que el agua no tiene un origen terrestre. Que los días no siempre han durado 24 horas o que la especie que más ha dominado la Tierra no ha sido la humana, sino los dinosaurios que vivieron unos 170 millones de años antes de extinguirse. Nosotros (si nos podemos empezar a llamar nosotros a un simio que vivió sobre un árbol y no podía ponerse de pie) debemos llevar unos cuatro millones de años. También que el hombre, como el resto de los animales, podría descender de un pez llamado picaya. Y que hay una teoría que dice que la vida pudo no nacer en la Tierra sino que llegó a ella a través de algún meteorito, lo que convertiría nuestros orígenes en extraterrestres. Hablar de miles de millones de años hace que pierda toda perspectiva.

A la mañana siguiente, mientras andaba camino del trabajo, iba pensando en lo insignificante que es la vida de cada uno con los que me cruzaba pero también qué insignificante es la mía. ¿Qué significa una vida, la de cualquier especie, en un periodo de 4.500 millones años? ¿Qué valor tiene mi vida frente al universo? Por muchos años que pueda vivir no significaré nada en la historia del universo y, a la vez, con qué intensidad pueda llegar a sentir amor, odio, felicidad, tristeza o pasión. Mi vida no significará nada y, sin embargo, todo en mi vida gira en torno a mí, como la del resto de gente que iba viendo por la calle gira en torno a ellas. Qué insignificantes son ellos para mí igual que yo lo soy para el universo.

¿Qué he elegido yo en mi vida? No lo sé. No elegí a mis padres, ni a mis hermanos, no elegí mi familia, no elegí dónde nací, tampoco la fecha de mi nacimiento y no elegiré el día que me muera. ¿Qué puede depender de mí? Vivimos sabiendo que vamos a morir y ésa es una losa que nos acompaña desde que nacemos. Hace unos años un amigo me dijo que ya nunca beberíamos tan jóvenes como esa noche, y ese pensamiento me creó una profunda angustia. Soy joven pero siento la angustia del paso del tiempo.

Voy andando por la calle y veo los autobuses, las paradas de metro, los edificios y pienso en lo mucho que el hombre ha evolucionado en los últimos 70.000 años, que es cuando se cree que el homo sapiens abandonó África. Hemos pasado de descender de un pez que un día salió del agua, a erguirnos y caminar, de escondernos en cuevas a construir catedrales, de aprender a cazar a explorar el espacio interestelar gracias a la Voyager 1 y también a crear esta maravilla que suena sin parar mientras escribo ¿pero esta evolución ha sido rápido o lenta? ¿Son muchos o pocos 70.000 años de evolución? No lo podemos saber porque no sabemos cuántos años, miles de años o millones de años seguiremos sobre la Tierra para comparar nuestro proceso evolutivo.

Se cree que dentro de 5.000 millones de años la Tierra desaparecerá. Otra galaxia chocará contra la nuestra y se creará un agujero negro que arrastrará al Sol y a la Tierra, lo que será nuestro fin. Pero es probable que el ser humano haya desaparecido antes por la caída de un meteorito ¿Y una vez desaparecidos, significará que nuestro paso por la Tierra fue puro azar o, por el contrario, el hecho de poder tener estos pensamientos supone ya de por sí que somos fruto de un plan?

Jamás lo sabré.

Entro en mi despacho, me pongo un café, leo los periódicos y comienza un nuevo día.

El club de las horas contadas

Estos días de Navidad he vuelto a ver El Ladrón de Bicicletas. Hacía muchísimo tiempo que no la veía. Estamos en Roma, hacia 1947, en medio de una posguerra durísima. A un padre, el primer día de trabajo después de pasarse meses buscando uno, le roban la bicicleta que necesita para trabajar o será despedido, así que al día siguiente coge a su hijo, que tendrá cuatro o cinco años, y juntos se dedican a buscar al ladrón durante toda la mañana.

La frustración del padre por los fracasos en la búsqueda hace que lo pague con el hijo y acaben enfadados entre ellos, por lo que durante un breve momento se separan; breve, pero lo justo para que el padre tema que su hijo haya podido morir ahogado en el Tíber. Sin embargo, no es Bruno el desafortunado y cuando aliviado el padre lo descubre, le comienza a tratar con más dulzura (“estás sudando, Bruno. Anda, venga, ponte la americana” le dice cuando le encuentra) y se lo lleva a comer a un restaurante donde la posguerra ya no existe.

En el restaurante, el chaval juega con su mozzarella en carrozza como si fuera chicle mientras no deja de mirar a la mesa de al lado, donde un crío de su edad, bien vestido y regordete, que come a dos carrillos, está sentado con una familia que no para de pedir más comida y champagne. El padre observa a su hijo y le dice inocentemente que para comer como los de esa mesa habría que ganar “por lo menos, un millón al mes”. El niño, que no ha dicho una sola palabra desde que entraron en el restaurante, suelta automáticamente la mozzarella de las manos, como si en ese queso estuviesen todos los fracasos de la familia y la culpabilidad que siente el padre por ser pobres, y es que Bruno será pequeño pero sabe perfectamente que su padre le ha llevado a un restaurante que su familia no se puede permitir. El padre, que ha sido humillado durante toda la mañana delante de su hijo, le mira con ternura y le dice que no se preocupe, que siga comiendo, que “todo tiene solución menos la muerte”.

Esta escena está llena de la mayor ternura y el amor más sincero que pueden existir.

En muchas ocasiones, ya no hay amor ni queda nada de la amistad pero muchos prefieren seguir fingiendo, creo que por el pánico que les produce la soledad (“tengo miedo a los domingos por la tarde solo” me dijo hace poco un conocido). Yo, mientras, prefiero seguir siendo socio del club de las horas contadas, donde hace años que el tiempo se acaba, para que cuando alguien reciba mi amor o mi amistad sepan que es totalmente sincera, como el amor del desdichado padre a Bruno.

Feliz Navidad

Viví unas pocas semanas

Escribo rápido, en el bloc de notas del IPhone, desde un barco en la bahía de Estocolmo mientras mis amigos duermen la siesta antes de ir a cenar. Me acompaña aquí en cubierta la única bebida que he podido conseguir: una cerveza sueca llamada Gotlands noséqué – he de confesar que yo no soy muy de cervezas, siempre he sido para abrir el apetito antes de una cena más de vino, vermú, bloodymary y últimamente también amontillado, pero cuando estoy fuera de casa lo que prefiero es un dry martini, así que en cuanto acabe la cerveza voy corriendo al Gran Hotel a ver si su dry martini está a la altura de las vistas que tiene de la ciudad (el hotel es un precioso edificio, con el tejado de pizarra verde, que me recuerda a los edificios de París) – . Tengo los cascos puestos y ahora mismo está sonando Quique González. Bebimos en los bares hasta ver el sol, quemamos el motor, volvieron a crujir las vías de trenes. Es viernes, exactamente las 20:01, y estoy recordando, mientras contemplo las maravillosas vistas que tengo delante, la última vez que vine a Estocolmo con dos buenos amigos hará ya unos seis o siete años.

Resulta que la noche antes de venir a la ciudad de Ingmar Bergman – ohhhh ese comienzo del Séptimo Sello ¿lo habéis visto? cuando el náufrago echa una partida de ajedrez con La Muerte. “Espera un momento” le dice el náufrago, “es lo que todos decís… pero yo no concedo prórrogas” le contesta La Muerte. Acabo de ver en Google que Mr Bergman no nació en Estocolmo pero seguro que estuvo por aquí muchas veces, por donde estoy yo ahora, contemplando este precioso paisaje rodeado de canales mientras los barcos van de una isla a otra – , la ciudad también de Ingrid Bergman, sí, ella, Ilsa, la mujer que abandonó a Rick en París (¿cuántas mujeres amabais de verdad y os han abandonado? A mí, por lo menos una… y la sigo recordando) y por la que Rick se echa a llorar a solas, con su botella de whisky, justo en cuanto ella da el portazo y abandona su bar (o más bien, café americain) después de haberle pedido ayuda para su marido, sí, ella, Ilsa, la misma mujer que le dice a Rick en París (recordad que ese día ella iba de azul y los alemanes de gris) horas antes de entrar los invasores “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, y estoy seguro que también ¿por qué no? que de aquí, de esta misma ciudad, a dos cuadras (como dirían mis amigos mexicanos) era la primera mujer que se puso un bikini en las playas de España – siempre he oído que era sueca y fue en Santander – ¿entendéis ahora chicas el porqué de nuestra fascinación con las mujeres de este país?

Sigo, no me enrollo más que me duelen los dedos de sujetar el teléfono (menos mal que me traje un chaqueta de entretiempo, empieza a refrescar), decía que la noche antes de venir volví a ver El Hombre que Mató a Liberty Valance (That’s my steak Valance) y me dio por preguntarme en la cama (casi no dormí, había que levantarse pronto, ir al aeropuerto con tiempo, desayunar con dos cafés y un periódico…seguro que me entendéis) qué se necesita para hacer un western. Suena El Sitio de mi Recreo. De sol, espiga y deseo, son sus manos en mi pelo, de nieve, huracán y abismos. Creo, pensaba en la cama, que para un western se necesitan caballos, un pueblo en el oeste, un bar, un sheriff, ¿indios? Pues en algunas sí y en otras no ¿qué más? Alguien fuera de la ley, un tipo honrado y puede que algún duelo. Y ahora que estoy aquí relajado, como recién salido de un spa, en la cubierta de un bonito velero y ya sin mi cerveza (en cuanto acabe de escribir esto voy a por mi martini) he recordado la película que me monté en mi cabeza sobre qué se necesita para hacer un western y, como tantas otras veces, he acabado preguntándome qué se necesita para ser feliz. Pues hoy, viernes 18 de agosto, en Estocolmo creo que, por fin, lo tengo claro: haber sido infeliz. Solamente si has sido infeliz puedes ser feliz ¿Puede ser alguien feliz perpetuamente? No, por supuesto que no, y además, si pudiera nunca sabría que es realmente la felicidad porque nunca ha conocido la infelicidad para poder comparar. Por eso, la felicidad son momentos (cortos o pequeños) que generalmente duran horas, quizás un día, aunque puede, hay que tener mucha suerte, que semanas (no muchas). Sin embargo, ser feliz durante semanas únicamente se da en un caso: si estás enamorado y, además, eres correspondido (“viví unas pocas semanas, las que me amó” le dijo no recuerdo quién a no recuerdo quién en una película que no recuerdo. Ayyy mi memoria).

IMG_8098

(Suena Cadillac Solitario mientras acabo de escribir esta tontería. Pero ya hace tiempo que me has dejado, y probablemente me habrás olvidado. Me voy a por mi martini al Gran Hotel y luego cena en Nosh and Chow)